MEMORIAS DE UN CARACOL
La ternura que arrastra consigo las cicatrices del alma
Una película que desliza su suavidad sobre las heridas del
alma, invitándote a soltar las memorias que aprisionan y a danzar con la vida,
en su belleza y su crueldad
Memorias de un caracol de Adam Elliot (2024) es una de esas películas que no sólo se ven: se siente cómo desafían algo dentro de ti, como un caracol que deja su rastro húmedo, brillante y viscoso en cada pliegue de tu memoria.
Una historia que no necesita gritar para rasgar, que habla en susurros y caricias lentas, pero contundentes, arrastrando las emociones más profundas hasta la superficie, ahí, donde se vuelven un duelo acaramelado.
La película sigue a una mujer atrapada entre lo que parecen ser las ruinas de su pasado, coleccionando memorias y objetos como si fueran pequeños tesoros que atrapan la felicidad que alguna vez fue, aferrándose a ellas con la misma delicadeza con la que uno sostiene un caracol: sabiendo que un movimiento brusco podría romperlo, pero también consciente de que retenerlo demasiado tiempo es negarle la oportunidad de avanzar.
Es un relato sobre la
pérdida, sobre el peso de los recuerdos que, aunque forman la esencia de
nuestro ser, pueden convertirse en cadenas invisibles si no les permitimos
liberarse y respirar.
Los caracoles, esos seres frágiles y antiguos, no son en la
película solo una metáfora: son un espejo de la protagonista, con su andar
pausado y sus casas a cuestas. En una escena que parece casi mágica, los
caracoles trepan por sus mejillas como si mitigaran las arrugas del alma, y con
ello, el dolor; como si al deslizarse sobre su piel buscaran desprender
una lágrima que se escondía años atrás. No es solo un acto poéticamente
hermoso, es una alegoría sobre cómo la suavidad es capaz de desprender el
dolor, sobre cómo la nostalgia puede atrapar en sí aquello que sentíamos perdido.
Lejos de sólo la pérdida y tristeza, la película también nos recuerda, con una suerte de comedia, que la vida no es sólo abrupta, cruel o tenue y dulce: es un todo a la vez, un recordatorio de que la existencia bailotea entre esos extremos, jugando con nuestras almas sin pedir permiso, dotando nuestros pasos y recuerdos de un agridulce que podemos abrazar o rechazar.
Un vistazo de cómo las personas que han pasado por nuestra
vida han caminado por nuestra alma y siempre serán parte de ella, aunque
su presencia ya no forme parte de nuestro presente. El filme también nos
muestra cómo la identidad, cual caracol, se arrastra entre lo fuimos y lo que
aún está por ser, dejando un rastro invisible que brilla solo cuando le damos
la oportunidad de avanzar.
La película es asimismo una carta abierta a nuestras propias
cicatrices. Un susurro que nos recuerda que aunque el pasado define nuestra
historia, aferrarnos a él puede impedirnos ser plenamente. A
veces, el acto más valiente es soltar, dejar que los recuerdos descansen en su
lecho y permitirnos seguir avanzando, aunque sea lentamente.
Memorias
de un caracol es sin duda
una historia que permite reflexionar la vida y sus matices, que atrapa tu alma
con la de la protagonista y te encamina hacia una nueva forma de recordar la
vida y cómo te contemplas en ella, que entre suaves caricias desgarra tu alma y
libera esas lágrimas que se guardan en el abismo del sinsentido cruel que
a veces parece la vida, redimensiona la perspectiva y te encamina en el ánimo
de adorar cada instante de ser quien eres en esta historia: tu historia.
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