LA ILUSIÓN DE UNA VIDA
PROGRAMADA
Parecía que si vivías en Occidente
(el de los hipermercados, seguros, tele y consumo), todo estaba bajo control y
apenas podía haber riesgos en tu existencia. La sociedad ha vivido con poca tolerancia a
la incertidumbre y cada causa
que le hiciese salir de la zona de confort se metía debajo la alfombra o se
medicaba, para que todo volviera a ser como antes: una vida
ajena al cambio continuo y la evolución-aprendizaje que escuece.
Hasta que la crisis se ha llevado
por la borda la seguridad emocional de que el Estado nos va a cuidar, ahora
parece que nos va a torturar en cambio, y la
sociedad no ha tenido más remedio que abrir los ojos, salir a empujones de la
zona de comodidad conocida, percibir de forma diferente la Vida y su sentido,
comenzar a fluir y auto-responsabilizarse de los actos
sobre los que si tenemos control y
que son muchos (pensamientos, emociones, actitud ante las circunstancias)
El siguiente artículo titulado “La ilusión de una
vida programada” fue publicado en
el periódico La Vanguardia en febrero del 2005 en un momento de confluencia de
varias catástrofes: el tsunami asiático, el incendio del emblemático
rascacielos Windsor en Madrid y el hundimiento de varias casas de un barrio -el
Carmel- en Barcelona, y nos habla de la mentira del control del progreso, de
que a menos tribu-familia estructurada más a la deriva ante las olas de la
Vida, el aumento de la medicalización de
las emociones y la falsa creencia
de que los seguros lo pueden resolver todo, todo y todo…
¿Cómo nos sentimos 8 años después
tras terremotos económicos y sociales y pérdida progresiva de
derechos adquiridos?
La Vida es IMPREVISIBLE y ahora
más que nunca hay que coger con fuerza el timón sabiendo que la mar en
calma no da buenos marineros…
La ilusión de una vida programada
Progreso si, pero con sistemas de control;
globalización, sí, progreso, pero también individualización… Con éstos y otros términos aparentemente
contradictorios se despedían del siglo XX una generación de sociólogos que
bautizaban con nuevas y férreas teorías la sociedad del riesgo global (Ulrich Beck, 1999).
Una civilización sometida a la
retórica sobre la seguridad,
la prevención y el control, y al mismo
tiempo sujeta a las noticias sobre catástrofes ecológicas, crisis financieras,
terrorismo, guerras preventivas, derrumbes en barrios empinados,
incendios en rascacielos y tsunamis con turismo a pie de playa.
Si ha quedado claro que el progreso
genera riesgos, también lo está
que los ciudadanos exigen mucha seguridad y están poco dispuestos
psicológicamente a encajar este tipo de shocks. ¿Acaso no había de permitirse
una civilización del bienestar, tan marcada por la ciencia y la tecnología,
vivir con la sensación de que todo está bajo control?
Para el psicólogo José Ramón
Ubieto, existe un desfase entre este ideal y la cantidad de riesgo: “Vemos una diferencia entre los riesgos objetivos y el sentimiento. Se
genera la idea de que estamos en una sociedad de riesgo, pero no ha habido
nunca más sistemas de control que ahora”,
indica. Así, la victimización (el sentimiento de convertirse en víctima) no
tiene nada que ver con el riesgo objetivo. Sirva de muestra que la criminología
dice que donde hay más victimización no es donde se producen más delitos.
Los tranquilizantes como parche
La ilusión
es, pues, vivir en una sociedad controlada, lo que provoca que cada riesgo haga fracasar este ideal. Un factor
más agravado entre generaciones de jóvenes que sólo han conocido el bienestar y
para quienes cualquier elemento que lo contraríe aparece como algo
traumático. “Cada uno de estos sucesos, que
siempre han estado presentes, sorprende ahora por esta convicción que se tiene
de que todo está programado y bajo control; es un efecto de choque contra esa
ilusión de que la vida puede ser secuencial” indica Ubieto.
La reacción postraumática, por otra parte, se ha
convertido en una etiqueta diagnóstica que da cuenta de malestares ahora
reconocidos y prescritos. Sin embargo, en el caso del Carmel, indica Ubieto, la
consecuencia más grave no es el trauma, porque hacía tiempo que había indicios
de que algo iba mal, sino “la pérdida de objetos íntimos
(fotos, regalos, cosas que forman parte de la trayectoria sentimental), y el
resto corresponde a la indignación”.
En cualquier caso, la respuesta sanitaria -que suele comenzar con una
intervención inmediata de psicólogos cuyos servicios aceptan los afectados
dócilmente— incluye el uso de tranquilizantes cada vez más generalizado. “A más bienestar —dice Ubieto—, más necesidad de tranquilizantes:
es el parche que nos ponemos. Y la catástrofe se hace más evidente”. ¿Radica tal vez la lección en que la sorpresa
y el trauma forman parte de la naturaleza humana? “Probablemente, pero no se vive como lección, sino como un error,
porque se parte de la omnipotencia, de que todo es controlable”, insiste Ubieto.
Cuando Freud se refería en El malestar
de la cultura a la civilización como respuesta de los hombres al malestar
del mundo, concluía que, a su vez, la cultura provoca malestar. Hacía
referencia a la Primera Guerra Mundial, el trauma por excelencia del
siglo pasado, que acababa con una civilización basada en la confianza.
Un siglo después, la sociedad del
bienestar se tiñe de profundas contradicciones. Los sociólogos vaticinan en las
próximas décadas desconcertantes paradojas, “esperanzas
envueltas de desesperación”, escribe el
teórico Ulrich Beck. “Una base de indiferencia y nihilismo
reñida con cualquier épica”, dice
Richard Sennet. La rotura del núcleo familiar como
célula social, combinada con el auge de la individualización, ha
logrado un cóctel de mayor incertidumbre frente a la inestabilidad de la unión sentimental, el trabajo precario, la
crisis personal, el escepticismo, la marginación, el desarraigo…
“Hablar del riesgo -apunta el psicoanalista Francese
Vilá- supone hablar antes del orden, y en la sociedad posmoderna, el orden natural según el cual nacemos, crecemos, nos reproducimos y
morimos ha sido sustituido por un orden científico. El ciclo de vida ya no se basa en la reproducción, sino en la
invención. Y no nos protege Dios o el padre, sino la ciencia, de la que se
espera que funcione como un condón que nos preserve de todos los males”. Vilá ilustra este argumento con la manera en que
se ha encajado el tsunami en Oriente y Occidente: “En India se acepta como un fenómeno que tenía que pasar y ha pasado,
mientras que aquí se sufre como resultado, del fracaso de la ciencia o de su
mala aplicación”,
Del mismo modo, eI ingeniero
industrial Narcís Mir; del Observatori del Risc, imagina cómo se habría vivido hace
medio siglo el episodio de infección alimentaria en Torroella de Montgrí, donde
a causa del mal estado de las cocas de Sant Joan, se vieron afectadas 1000
personas, de las cuales 400 llegaron a querellarse: “Se habría considerado como un desafortunado accidente que entra
dentro de lo normal y a nadie se le habría ocurrido pedir responsabilidades”, supone Mir.
Pero la angustia moderna radica, según Vilá, en que
la persona se pregunta cómo debe ser para ser eficaz. “En la época de las razones divinas y paternas -explica-, había
creencias y se cumplían por la ley del amor: si eras amable a ojos de Dios o
del padre, tu vida tenía un sentido. En la lógica científica, en cambio se
trata de eficacia. De la eficacia en cumplir el ciclo económico de reproducción
financiera del capital, cuya recompensa ya no es el amor. sino el dinero, y en
donde la persona no se vincula a la sociedad, sino al dinero”.
”La gente -prosigue- ya no cree en las leyes humanas. En el Carmel
no se contentan con que Maragall diga que les quiere y que se hace cargo,
quieren eficacia. Antes creían en la providencia y hoy en la técnica. Y la
providencia no les fallaba porque, pasara lo que pasara, uno era querido si se
comportaba de forma razonable para la providencia. El amor no fallaba. Ahora,
si falla el condón de la técnica, uno se va al carajo”.
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