EL COMPONENTE ESPIRITUAL
Lo que está
ocurriendo es la consecuencia de haber olvidado el componente espiritual que nos
conecta con lo trascendente
La locura parece haber encarnado en nuestras sociedades del
bienestar, acompañada de una violencia callejera y salvaje que hiela el alma de
los pacíficos. No es ninguna sorpresa. En 2022, en plena pandemia, y a
propósito de las múltiples revueltas en diferentes partes del mundo, por
diferentes causas, escribí:
Bienvenidos al caos. Nada que no estuviera previsto en el plan de la Agenda 2030, protocolo del NOM”. Decirlo cuando todo estaba moderadamente tranquilo y vivíamos en una burbuja de equilibrio inestable al que el Estado del bienestar nos había acostumbrado, sonaba más bien raro, provocando muecas, sonrisas y algún que otro descalificativo.
Los economistas serios, los políticos o los analistas internacionales de postín no solo no hablaban de ello, sino que se negaban a darle pábulo a ciertas ideas consideradas delirantes. Pero el caos llegó, y antes de lo que creíamos. No sé si será el gran caos definitivo, que precede a todo cambio importante, o un ensayo general de lo que se avecina. Aunque, a estas alturas, no se puede descartar nada, y en vista del acelerón que se gastan las élites globalistas, bien podríamos estar entrando en las postrimerías de la etapa post Segunda Guerra Mundial y la génesis del cacareado gran reinicio.Hasta aquí mis palabras de 2022.
Y el caos continúa haciéndose cada vez más contagioso. Así
reaccionan en determinadas circunstancias las manadas, sean de lobos o de
animales humanos, sobre todo, si se activan los resortes inhibidores de la
individualidad, y el alma grupal se manifiesta como fuerza incontrolable
convertida en bomba.
Ignoro si el reseteo toca ahora o si la escalada de
violencia desatada estos días será solo un nuevo episodio, precursor del gran
cambio. Pero la situación extraordinaria que vive el mundo requiere
explicaciones extraordinarias. Es, por tanto, tiempo de hacer metaanálisis más
profundos e incluir en el tablero otros elementos.
Estamos viviendo una gran guerra espiritual entre el Bien y
el Mal, pero no nos atrevemos a pensarlo, y mucho menos a expresarlo
públicamente. ¡Cómo vamos a hacerlo si somos hijos de la Ilustración! Por eso
es tan difícil entender lo que está ocurriendo en el mundo, que afecta a
los diversos ámbitos de la realidad humana. Analizamos todo bajo el prisma de
la geopolítica, la economía, las leyes, la educación, la corrupción de los
gobiernos, en los que el de España ocupa un puesto de privilegio; pero no somos
capaces de ver más allá de lo puramente material, y por eso tenemos una visión
tan miope e incompleta de la realidad, que nos impide entender su complejidad.
Es imposible comprender la situación actual de caos, de
enfrentamiento a todos los niveles, por todo, y en todas las esquinas, dentro y
fuera de España, si no caemos en la cuenta de que estamos inmersos en una
descomunal batalla espiritual de la cual somos espejo, a la vez que
protagonistas y combatientes. Es una elección personal y libre alistarse en el
ejército de la luz o en el de las tinieblas. Sin embargo, la libertad puede ser
o estar condicionada y contaminada por el entorno, sin apenas percatarnos,
hasta el punto de ser invadidos por ideas y pensamientos ajenos que se
manifiestan como propios en una suerte de contagio mental/intelectual.
Cuando los regímenes totalitarios prohíben hablar de Dios y
las Constituciones –más que laicas son laicistas–, evitan todo atisbo de
espiritualidad, las sociedades degeneran y los elementos de barbarie de etapas
primitivas regresan y se instalan en forma de leyes o tendencias que configuran
un marco de pensamiento único, del que no es fácil escapar.
Por poner un ejemplo, en plena redacción de la Carta Magna
de Europa, los laicistas y provenientes de regímenes ateos, se opusieron a
incluir en el preámbulo de la Constitución Europea su herencia cristiana.
España, que sí había solicitado esa mención, cambió de criterio al llegar
Zapatero al poder, y nuestro país se sumó al bando de quienes optaban por
eliminar cualquier alusión al cristianismo. Una pretensión de consenso para un
proyecto de unión que empezó con mal pie, sustanciado en la actualidad en
desconfianza, escepticismo, corrupción, ruina, división, caos y, por si no
fuera suficiente, rumores de guerra. ¿Era esto lo que se esperaba? Nada que ver
con lo que fue el embrión ilusionante, la llamada ‘Comunidad del acero’,
firmado por Schuman, Adenauer y De Gasperi.
Quizá vaya siendo hora de cambiar de paradigma y abandonar
el viejo bulo institucionalizado de que la Revolución Francesa es el arquetipo
de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Nada más lejos de la verdad. Lo
pasmoso es que hayamos creído durante tanto tiempo esta falacia, cuando en
realidad fue una guerra de religión, idea cada vez más defendida por
historiadores y críticos, sobre todo, tras haber conocido de manera
pormenorizada la masacre de La Vendée, a raíz de la tesis doctoral del historiador
francés, Reynald Secher, con el título La Vendée-Vengé. Le génocide
franco-français. Javier Olivera Ravasi compara los hechos de La Vendée con
la Cristiada de México. Ambas masacres permanecieron ocultas durante
años.
Probablemente sea tiempo de reflexionar y hacer una
“entresaca” a la Ilustración y despojarse de lo nefasto que tanto nos ha
perjudicado. Quizá antes haya que sanar muchos complejos infundados. Y como
segundo paso, y a manera de inmersión en una de las causas de nuestro presente,
analizar a fondo el cometido programático de la Escuela de Fráncfort y sus
“sabios” neomarxistas, auténticos profesionales de la ingeniería social, entre
ellos, Pollock, Horkheimer, Benjamin, Adorno, Marcuse, From o Habermas, que
tanto han contribuido a la conformación de una sociedad uniformada,
infantiloide, inane, relativista e infeliz, que anda por la vida dando tumbos a
oscuras, tomando como realidad lo que solo son sombras que los
manipuladores proyectan en la pared.
Esto se incrementa a medida que las nuevas tecnologías y,
sobre todo, la inteligencia artificial, avanzan y roban un terreno que no les
pertenece, pero que estamos cediendo dócilmente. Nuestro cerebro no está
preparado para recibir tal avalancha de estímulos, como hablábamos en un
artículo anterior. Esto nos hace completamente insatisfechos y nos incita
a cabalgar en busca de continuas y nuevas experiencias. En los últimos años, el
ser humano se siente muy confuso y ansioso, ha perdido la capacidad de atención
y teme enfrentarse al aburrimiento y al silencio.
Este es el motivo por el cual cada vez hay más demanda de
psicólogos. El abandono de la espiritualidad es la clave. Los ilustrados del
siglo XVIII secularizaron la psicología desplazándola de las “ciencias del
alma”; y en el siglo posterior y siguientes, ilustrísimos positivistas de la
psicología experimental, como Wundt, James o Pavlov la incorporaron a la
medicina como ciencia independiente, pasando a formar parte de las ciencias de
la salud. Fue un error.
Ahora, los avances en el conocimiento del cerebro y la
psique humana, la individualidad única, las angustias, traumas y miedos o el
inconsciente familiar, nos están haciendo recapacitar e intentar encontrar un
justo medio demasiado escorado hacia lo material, lo explicable y lo definible,
de acuerdo a parámetros obsoletos.
Yo lo llamo encontrar el alma robada. Es el gran mal de
nuestro tiempo. ¿Seremos capaces de no dejarnos engullir por el transhumanismo
galopante? Sin ninguna duda al respecto, es lo peor que le ha ocurrido al ser
humano en toda su historia.

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