CAMINAR ES RESISTIR
UNA PROPUESTA AMBULANTE
Caminar es uno de los últimos actos de resistencia en un mundo que ha convertido el tiempo en una mercancía. Mientras la ciudad nos obliga a medir cada minuto en función de su utilidad, el flâneur –ese caminante sin causa– se desliza entre las grietas del sistema, eligiendo el extravío en lugar del destino.
No le interesa la dictadura de los relojes, sino el ritmo impredecible de sus pasos, la textura del suelo, la forma en que la luz tiñe una esquina. Como advirtió Walter Benjamin, para ese paseante ocioso, la multitud es su velo, la trinchera desde la que observa sin ser devorado por la maquinaria del mercado.
El filósofo francés David Le Breton también lo expresa con claridad: "Cada paso es un gesto de apropiación del mundo". Caminar es un acto de insumisión ante el torbellino moderno, una ruptura con la lógica que impone velocidad, eficiencia y productividad absoluta. En la caminata, el tiempo no es algo que se pierde, sino algo que se recupera, que se reescribe al margen de la vida.Se transita no solo el espacio, sino también la memoria, el alma misma de
la vida. Se revelan ciudades que no existen en los mapas, sino en la manera en
que el viento sacude un árbol, la sombra de un letrero que nunca antes había
estado ahí o la propia escena única e irrepetible que sólo la pausa deja ver.
Caminar es ir soltando, con cada paso, el nudo ciego que la sociedad de la
prisa nos impone.
El flâneur es una
anomalía en un mundo donde el movimiento debe ser lineal, estrictamente
encadenado a una rutina que promete éxito; minuto a minuto, midiendo cuál es el
siguiente paso para llenar la lista de actividades por hacer. Pero él desafía
esa rigidez con la deriva, con la pausa sin justificación. En la economía del
capital, el peatón sin destino es una pérdida, un estorbo en el sistema de la
eficiencia. La ciudad ha sido diseñada para el tránsito "veloz" y sin
interrupciones, para que la mercancía circule sin fricciones. Pero el caminante
es fricción pura, una resistencia viva al ritmo impuesto.
Le Breton advierte: "El caminar libera el espíritu del peso del
mundo". Y en estos tiempos donde la realidad se desmorona bajo el exceso
de información y la velocidad del consumo, caminar es aflojar la venda que nos
aprieta los ojos. Es recuperar la calle antes de que se convierta en un
decorado, en un flujo incesante de datos, publicidad y entes corriendo a la
desgarradora rutina. Es reivindicar la existencia fuera del algoritmo
repetitivo, del cálculo meticuloso de lo que debemos hacer cada segundo del
día.
Y más aún, caminar es una forma de pensamiento. En una sociedad que ha
convertido el tiempo en una cadena de producción ininterrumpida, donde cada
instante debe ser optimizado, la prisa se convierte en un mecanismo de control.
La velocidad no solo nos desplaza físicamente, sino que nos impide ver.
"Caminar es también una forma de pensar", dice Le Breton. Cuando todo
se mueve tan rápido, el pensamiento crítico se evapora, la contemplación se vuelve
un lujo.
Y sin contemplación, sin ese espacio donde germinan las ideas, ¿qué
queda de la humanidad? La enajenación no solo es un efecto de la prisa, es su
esencia. Caminar es la última grieta en ese muro, la rendija por la que aún se
filtran los susurros de la vida, las preguntas que solo pueden nacer en la
pausa, en la soledad con uno mismo. "La lentitud es un derecho fundamental
del espíritu", señala Le Breton, y sin ella, la conciencia se marchita.
En este mundo, donde los autos han conquistado el paisaje y las aceras se reducen a meros fragmentos de lo que fueron, el caminante se ha convertido en un intruso. El automóvil, el tren, el avión: todos vehículos de la prisa, diseñados no para mirar, sino para llegar. "El hombre moderno ya no camina, se desplaza", dice Le Breton.
Y en ese desplazamiento, en esa
obsesión por acortar distancias, se pierde la posibilidad de ver, de sentir, de
existir y de cuestionar. Se borra el detalle, se anula el encuentro fortuito,
se aniquila la posibilidad del asombro y contemplación. La ciudad, que alguna
vez fue un espacio de exploración, se convierte en un simple tablero de
trayectorias predefinidas, donde cada trayecto es solo un medio para un fin.
La velocidad lo consume todo, incluso el pensamiento. Ir de un punto a otro sin
detenerse es la norma, y en ese vaivén se pierde la capacidad de reflexionar,
de descifrar los secretos –o los no tan secretos– de la existencia. La
contemplación, ese espacio donde germinan y florecen las ideas que nos hacen
avanzar como humanidad, ha sido borrada. Caminar es la única forma de reabrir
esa puerta, de recuperar las pistas que la vida deja entre las esquinas.
Cada
paso es un desafío a la prisa, un acto de resistencia frente al río que nos
arrastra. Es enfrentarse a la incomodidad de estar a solas con nuestros
pensamientos, pero también la oportunidad de florecer en esa soledad, de
reencontrarnos con las preguntas esenciales que el ruido de la modernidad ha
silenciado.
Hoy, más que nunca, la caminata está en peligro. Las aceras
se reducen, los espacios públicos desaparecen y el peatón se vuelve un estorbo.
Se camina menos y se consume más. Los vehículos han conquistado el paisaje,
devorando la posibilidad del paseo errante. "Caminar es un arte que se
desvanece en un mundo donde todo debe ir más rápido", nos advierte Le
Breton. La ciudad se ha vuelto una máquina de tránsito, un engranaje donde lo
único que importa es llegar, nunca estar.
Qué nos queda entonces, sino caminar a contracorriente. Hacer del laberinto
nuestro hogar y del paso errante nuestro manifiesto. Salir de casa como quien
llega de lejos, redescubriendo el mundo en cada esquina, como si fuera la
primera vez. Porque, como bien advierte Benjamin, la ciudad ya no es una
patria, sino un escenario. Y en este teatro de lo fugaz, el caminante sigue
siendo el último espectador lúcido.
Así, en la era de la prisa, quien aún camina sin rumbo desafía al tiempo mismo.
Quien aún se detiene a observar, a escuchar los ecos que la velocidad silencia,
a mirar las sombras es quien mantiene encendida la chispa de la conciencia.
Carolina de la Torre
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