LAS GRATITUDES
Estar agradecido es un sentimiento parecido a la conciencia, un deber de gratitud. No tiene nada que ver con el acto rutinario de dar las gracias: mil veces lo hacemos a diario y mil veces no significa apenas nada. La gratitud es compleja y es incómoda, sobre todo cuando uno, o una en ese caso, no puede hacerse cargo de esa deuda.
La protagonista de esta novela de la
francesa Delphine de Vigan tiene una deuda de gratitud, pero no
tiene tiempo y apenas está en condiciones: se encuentra en una residencia y va
perdiendo la capacidad de comunicación.
Por suerte, cuenta con una cadena de gratitudes engrasada y consigue que dos personas de su entorno se hagan cargo de ella y de su particular deuda de gratitud. De ese engranaje trata la novela Las gratitudes, que las nuevas generaciones y las redes sociales han vuelto a traer a la actualidad.
Algunos libros parecen tener vida propia. Funcionan al
margen de las normas del mercado y los dictados del marketing. ¿Cómo
explicar que una novela de hace siete años viva ahora su pico de ventas? Justo
en esta época de volatilidad, de modas vertiginosas y de gustos pasajeros. Solo
el boca a boca, multiplicado por las redes sociales, puede explicar el
fenómeno.
Las gratitudes no es solo que se haya colado entre los libros más
vendidos, sino que además se ha convertido en un fenómeno entre los lectores
más jóvenes. No es infrecuente encontrar comentarios espontáneos sobre el libro
entre usuarios de Tik-Tok, la red utilizada como lugar de encuentro de los
lectores más empedernidos.
Gratitud sin rutina
¿Cuál es la historia de la novela?, ¿qué asunto trata para
ser tan popular?, ¿de qué va? Curiosamente, va de asuntos que solemos rehuir en
la vida cotidiana: la vejez, la soledad, la vida en las residencias de ancianos,
el deterioro físico y mental, la pérdida de facultades, la proximidad de la
muerte, y, sobre todo, como indica el título, sobre el agradecimiento.
Sostiene la autora que nos pasamos la vida dando las gracias de forma educada y
cortés, pero mecánicamente, sin pensarlo y, muchas veces, sin sentirlo. Bien
está. Pero no son esas las gratitudes a las que se refiere De Vigan. Lo
que ella quiere ensalzar es la consciencia de lo mucho que debemos a las demás
personas y, asimismo, la imperiosa necesidad de comunicar, expresar
abiertamente, incluso efusivamente, nuestro agradecimiento.
El argumento de Las Gratitudes es muy sencillo. Lo
protagonizan tres personajes esenciales. El principal, Michka, una anciana con
la mente muy despierta, muy inquieta culturalmente. De joven, fue correctora de
un importante magazine. Hasta el momento, se las ha arreglado
para vivir sola, pero sus fuerzas empiezan a flaquear. Tras varios sustos
—caídas, desvanecimientos—, Marie, su
joven vecina siempre pendiente de ella, cree que ha llegado el momento de
convencer a Michka para ingresar en una residencia.
Michka y Marie no son familia, pero cuidan una de la otra. Llevan años siendo
vecinas, desde que Marie era una niña. Vivía sola con su madre, que padecía
graves desajustes mentales y no se encontraba en condiciones de ofrecer el
ciudadano que la niña precisaba. Michka dudó si denunciar la situación a
asuntos sociales, pero, al final, decidió ocuparse ella misma. De hecho la
niña, y la madre en sus momentos de lucidez, pasaban gran parte del tiempo en
su casa.
Pero ahora es ella la que necesita de cuidados. A
regañadientes, ingresa en la residencia. Los días se van sucediendo entre las
visitas de Marie y un logopeda, Jérôme, quien intenta, a base de ejercicios
mentales, retrasar la progresiva pérdida del habla de la anciana. Su relación
acaba por ir más allá de lo profesional. Michka comienza a indagar en la vida
del joven. Él le cuenta sus problemas familiares; ella le aconseja en base a la
rica experiencia que dan los muchos años.
Llevarlo a las tablas, ponerlo en palabras
La acción se circunscribe a la habitación de la residencia.
De hecho, no hay una narración como tal. Vamos conociendo la evolución y las
vivencias de Michka a través de los diálogos con sus dos visitantes (el logopeda,
martes y jueves; la joven vecina, los fines de semana) y las reflexiones de
esto.
Para comprender el deterioro mental de Michka, resulta esencial hacerse una
idea precisa de lo que supone la afasia que padece. En un prodigio literario,
la autora (y también el traductor, Pablo Martín) llevan a las páginas, con una
fidelidad extraordinaria, las dificultades de la anciana para hablar. Su
obsesiva búsqueda del término que quiere pronunciar y no le viene a las cuerdas
vocales, sus frecuentes confusiones con palabras semejantes, los cambios de
orden de las letras, los titubeos, los tartamudeos, la desesperación al no
poder comunicarse. El lector acaba por angustiarse con la propia Michka en los
intentos cada vez más titánicos para hacerse entender.
El deber de agradecer
La anciana está obsesionada con algo que debe hacer antes de
morir. Quiere encontrar a toda costa a la familia que la acogió cuando su
madre, judía, fue conducida a un campo de concentración durante la Segunda
Guerra Mundial. Se trata de una familia de La Ferté-sous-Jouarre, pequeño
pueblo al este de Francia, de la que ni siquiera sabe el apellido. Todo el
mundo le dice que es imposible, que han pasado muchos años, que estarán
muertos. Pero ella insiste. Pide ayuda a Marie y a Jérôme, que incluso llegan a
publicar anuncios en Le Monde para intentar localizar a algún
superviviente. ¿Por qué tanto interés en encontrar a esas personas? Por
una razón muy simple: Michka quiere transmitirles su gratitud por lo que
hicieron por ella cuando solo era una niña.
https://www.nuevarevista.net/las-gratitudes-de-delphine-de-vigan/

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