LA ÚLTIMA GENERACIÓN SALVAJE
Hubo un tiempo —y apenas queda memoria de él— en que la infancia era un territorio de fronteras difusas. No existían agendas escolares interminables ni calendarios que planificaran la existencia de los niños como si fueran entes programables. La calle, el descampado y la tarde eran entornos salvajes que pertenecían a quien supiera conquistarlos.
Hoy, quien logre
recordarlo lo hará con una mezcla de incredulidad y ternura: los niños
desaparecían durante horas y solo había una regla para el regreso: la primera
farola encendida. No había llamadas ni mensajes desde un smartphone, no había
geolocalización, no había ansiedad.
Entre los años sesenta y mediados de los noventa se produjo una anomalía histórica que pocos se han molestado en analizar. Fue una fase en la que la seguridad material había avanzado lo suficiente como para permitir libertad sin miedo, pero aún no existía la hiperregulación social que convierte cada detalle de la crianza en una elección susceptible de juicio y sanción. La infancia se vivía a la intemperie, en una mezcla de civilización y selva.











































