Me
gustaría escribir sobre la vida y la muerte con las sabias palabras
de los ancianos, capaces de trascender en unas pocas frases la frágil
línea que separa ambos mundos. Trato de imaginar en qué puede
consistir la leve carcasa de mi ser, una vez desprendida del cúmulo
de vivencias de un yo que, por imaginario o construido pero en todo
caso pesado, tiene vedado el acceso a un más allá reservado solo
para lo más ligero y sutil. Y no lo consigo. Solo me llegan
palabras, las venerables palabras de los ancianos, repetidas una y
otra vez como un mantra que para muchos abre puertas, mientras que
para otros las cierra. Tal vez las palabras fueran claras en su
tiempo, ahora urge reinventarlas para encajar en ellas sensaciones
apenas perceptibles.
Es
fácil decir que todos somos uno, que todo es energía o que estamos
interconectados, es fácil entenderlo y sentirlo en las historias que
construimos cada día, puedo incluso imaginarme haciendo de esta idea
algo tan poderoso que toda mi vida se ajuste a ella, sin un asomo de
duda o temor. Puedo imaginarme siendo un auténtico creyente. Casi
diría que no hay nada que añore más, pero de qué serviría
sucumbir a una creencia si lo único que demuestra es el poder de una
idea, poco o nada de la realidad de las cosas.
Me
siento atrapado en una mente que busca pruebas, qué duda de las
historias de otros simplemente porque no son su historia, o porque
piensa que sólo son palabras, meras palabras. Y por otra parte, ¿qué
otra cosa puede hacer este pequeño yo que dudar?, ¿qué otra cosa
puede hacer para no convertirse en el adalid de una verdad que otros
vivirán como impuesta?, ¿qué sabe él de la vida y la muerte,
atrapado como está en el miedo a morir? Ese soy yo, de lo que pueda
ser más allá de eso no sabría qué decir, apenas son sensaciones
deslavazadas y fugaces, momentos imperceptibles de luz entre oscuras
nubes.
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