¿POR
QUÉ EL DECRECIMIENTO?
Hay
muchos aspectos de la vida al uso que parecen remitir a verdades
reveladas. Uno de ellos afecta a las presuntas virtudes, al parecer
incuestionables, del crecimiento económico. Lo que al respecto se
nos suele decir es que allí donde hay un crecimiento palpable lo
común es que exista también cohesión social, se hayan alcanzado
niveles altos de consumo, los servicios sean solventes y, en fin, la
pobreza, la desigualdad y el desempleo no ganen terreno.
Sobran
las razones, a mi entender, para recelar de todas
esas supersticiones. El crecimiento económico no genera, o no
genera necesariamente, cohesión social. La idea de que se traduce
inequívocamente en la creación de puestos de trabajo se ve
desmentida por lo ocurrido en las tres últimas décadas en el mundo
desarrollado.
Por otra parte, se salda muy a menudo en
agresiones medioambientales literalmente irreversibles al tiempo que
provoca el agotamiento de recursos básicos que sabemos no van a
estar a disposición de las generaciones venideras. El crecimiento de
los países ricos bebe, en un grado u otro, y en paralelo, del
expolio de los recursos, humanos y materiales, de los países pobres,
circunstancia que debiera plantear, claro, un problema moral
elemental.