YO, NADA
Hace no mucho un buen amigo me relató cómo, de joven, se
integró en el mercado laboral hace poco más de tres décadas, lo que en medida
de tiempo histórico equivale a ayer mismo. En la empresa en la que inició su
andadura primero fue mensajero, porque entonces los servicios de mensajería
estaban poco implantados y las empresas con algún recurso solían tener su
propio personal para esta tarea. Después le bajaron de la moto para colocarle
de “chico para todo”.
Entre sus obligaciones estaba hacer una ronda a primera
hora de la mañana para tomar nota a sus compañeros y bajar al bar de la esquina
para encargar bocadillos a la carta, a continuación, tenía que limpiar y
ordenar los utensilios de trabajo, reponer consumibles y, en general, realizar
cualquier tarea menor que le fuera requerida por cualquiera, incluso barrer el
suelo.
Como era costumbre en esa empresa, y también en otros muchos
lugares, se le adjudicó un mote para reflejar su situación. Puesto que acababa
de empezar, no sabía nada, no entendía nada y no tenía derecho a nada, elegirlo
fue fácil: le pusieron Nada. Y con ese nombre atendió mil y un
requerimientos durante meses, “Nada, haz esto”, “Nada, trae lo
otro”, “Nada, limpia aquello” fue su rutina cotidiana, y lo sobrellevó
sin poner mala cara ni revolverse, porque la actitud era clave en el proceso.