13/9/21

Es imposible reducir un territorio a un perímetro geográfico, con un interior y un exterior

REAPRENDER A HACER TERRITORIO

Invitados por Romain Beaucher y Vraiment Vraiment, tuvimos la oportunidad de debatir con Bruno Latour sobre las necesarias transformaciones de la acción pública ante lo que él llama el "Nuevo Régimen Climático". Los intercambios nos abrieron la cabeza, hasta el punto de que el pensamiento de Latour desafía nuestra lectura habitual del Estado, la sociedad y la transición ecológica. Pero también dejaron a uno con ganas. Dos horas de debate abierto no son suficientes para pasar de la teoría a la práctica.

Sin embargo, ese es el objetivo. Al implicarse en el debate público, Bruno Latour no se contenta con renovar nuestras parrillas de lectura teórica; con sus dos últimos libros, pretende ayudarnos a encontrar nuestro camino. ¿Y si continuamos la reflexión por escrito, para imaginar lo que significaría "actuar con Bruno Latour" (haciéndose eco de la publicación Le cri de Gaïa, penser avec Bruno Latour)?

Jugamos al juego, intentando aclarar cómo el pensamiento de Latour constituye un recurso para la acción pública y esbozar otras cuestiones más o menos operativas. Se trata de una lectura subjetiva, anclada en una práctica profesional de asesoramiento en cooperación territorial a las autoridades locales y alimentada por los intercambios del grupo reunido por VV sobre las metamorfosis de la acción pública.

Este documento debe tomarse como un trabajo en curso, escrito a modo de ensayo y error (ese es el problema de los grandes pensadores, nunca estamos seguros de entenderlos bien). Como invitación a continuar la serie: y tú, ¿cómo actúas o actuarías después de leer a Bruno Latour?

Desplegar nuestros lazos de subsistencia para evitar la trampa del desarraigo... y del localismo

"Territorio de subsistencia": esta fórmula es la que mejor resume cómo el pensamiento de Latour constituye un recurso para nuestro trabajo como consultores y el diálogo que establecemos con las comunidades. Nos ayuda a pensar en el lugar correcto de lo local y los territorios, sin caer en la trampa de creer en su total autonomía.

Mediante esta fórmula, Latour amplía nuestra comprensión de los territorios al pasar de una definición cartográfica y administrativa ("un territorio es cualquier cosa que pueda localizarse en un mapa trazando una línea alrededor de él") a una definición "etológica": "dime de qué vives y te diré hasta dónde se extiende tu terreno de vida". Esta inversión debería inspirar los numerosos diagnósticos que las comunidades lanzan al elaborar sus proyectos territoriales. No se trata de tener una imagen lo más objetiva posible de lo que existe dentro de un perímetro, sino de elaborar una "lista de interacciones con aquellos de los que se depende", sean quienes sean y estén donde estén.

Latour subraya la importancia de este lento y difícil trabajo de descripción, en la encrucijada entre lo individual y lo colectivo, para sacar todos los hilos que participan en nuestra (sobre) vida y observar la geografía en red que emerge. También lo ha ensayado en forma de talleres experimentales, en la encrucijada entre las artes escénicas y la educación popular. O cómo la teoría del actor-red se convierte en una brújula que hay que poner en la mano de todos los cargos electos locales.

Esta definición tiene el mérito de mostrar que es imposible reducir un territorio a un perímetro geográfico, con una clara demarcación entre un interior y un exterior. Latour no es el único en afirmarlo, otros lo han dicho antes que él (pensamos en Laurent Davezies y Magali Talandier sobre los sistemas territoriales, o en los de Sabine Barles sobre los metabolismos urbanos). Al introducir la noción de "subsistencia" en relación con la cuestión climática, Latour hace que esta visión sea aún más actual, y más tangible a nivel individual.

También subraya que la atención al suelo y a la tierra no puede reducirse a una cierta fascinación por lo local: "Aterrizar no es volverse local -en el sentido de la métrica habitual- sino poder encontrarse con los seres de los que dependemos, por muy lejos que estén en kilómetros." Como cualquier organismo vivo, los territorios son una entidad "heterótrofa", dice Latour, es decir que "dependen de otras formas de vida para existir". Por lo tanto, sería inútil buscar una autonomía completa.

Otra aportación de Latour para las políticas territoriales consiste en superar la noción de "medio ambiente", que llevaría a disociar el territorio como realidad física ("natural") y el territorio como realidad humana ("artificial"). Por el contrario, la noción de "zona crítica" subraya su imbricación... y su fragilidad. Los territorios son una composición entre una multiplicidad de seres vivos que deben cohabitar dentro de una zona crítica (esa fina capa que va del subsuelo a la atmósfera y que hace posible la vida).

El ser humano es sólo uno de los ocupantes de este ecosistema vivo y frágil, que cambia constantemente. Y el, como los demás, se enfrentan a la necesidad de mantener la habitabilidad de esta zona crítica, cada vez más amenazada, para permitir que la vida continúe. "Ya no podemos escapar, pero podemos habitar el mismo lugar de otra manera, lo que hace que todo el proceso acrobático se apoye en nuevas formas de situarnos en el mismo lugar de otra manera"

Tomar el mapa en la mano para orientarse

En resumen, hay tres principios de actuación que podrían compartirse con las autoridades locales para emprender este trabajo de autodescripción colectiva:

  • Aceptar estar desorientado para mirar en todas las direcciones y buscar pistas. Antes de sacar la brújula propuesta por Latour, debemos aceptar que estamos un poco perdidos. "¿Dónde estamos? La cuestión ya no es evidente, cuando la globalización ha desdibujado nuestra geografía de la subsistencia y el Antropoceno hace que la tierra se desmorone bajo nuestros pies, poniendo en cuestión las condiciones de habitabilidad de cada trozo de territorio. En definitiva, Bruno Latour nos invita a apagar el GPS (que nos dice por dónde ir sin permitirnos saber dónde estamos: en 300 metros, gira a la derecha y quédate en el carril izquierdo) y a coger un buen y viejo mapa (¿cuáles son los elementos del territorio circundante que podrían ayudarnos a saber dónde estamos?)
  • Partir de nuestra vida cotidiana para seguir las relaciones de subsistencia en las que se basa, para luego ver las geografías que ésta dibuja. Por tanto, para trazar nuestros territorios, debemos empezar por nuestras necesidades primarias (alimentación, vivienda, ropa, etc.) y luego ir subiendo poco a poco por sus cadenas de suministro ("de una a otra"). ¿De dónde proceden las latas de comida que compro en mi supermercado? ¿Quién ha hecho la lana de mi jersey y quién la ha mezclado con el poliéster? Una investigación que puede llevarle lejos del territorio de partida, que recuerda a la película Louise-Michel , cuando una trabajadora textil intenta desesperadamente dar con el responsable del cierre de su fábrica. La noción de huella de carbono y de metabolismo urbano ayuda a equipar este trabajo, mostrando el peso de las emisiones importadas y el alcance de las conexiones que la globalización ha tratado de hacer invisibles durante mucho tiempo. El confinamiento por la pandemia de la primavera pasada dio una primera muestra de ello, al igual que el incendio del servidor de OVH mientras escribo estas líneas (no pensé que mi vida digital dependiera de un almacén de Estrasburgo).
  • Tomar conciencia de la diversidad de los actores de los que dependemos y hacerla visible. Este es el reto de cualquier diagnóstico territorial, sea cual sea el tema. Ya no se trata de construir agregados estadísticos y medir sus variaciones, sino de desplegar una cadena de subsistencia formada por varios eslabones (que pueden ser más o menos numerosos, y más o menos distantes). Esta descripción confiere al trabajo de diagnóstico su fuerza política. Por un lado, implica asumir una cierta fragilidad: mi territorio depende de otros, al igual que los que lo ocupan. Por otro lado, crea nuevas obligaciones: "Si has registrado estas formas de vida con dificultad, es porque muerden en la descripción y te comprometen a tenerlas en cuenta. Cuanto más precisa es su descripción, más le obliga".

Describiendo nuestros territorios de subsistencia. ¿Y ahora qué?

Una vez establecidos estos principios, quedan tres cuestiones que dificultan la adopción de medidas. La primera se refiere a las instrucciones propuestas por Latour para describir el territorio de subsistencia. Latour invita a cada persona a hacer una lista de lo que depende, es decir, lo que le permite subsistir. ¿No deberíamos hacer también lo recíproco: qué seres vivos dependen del territorio que ocupo a diario para subsistir? Esta cuestión nos parece aún más poderosa en su capacidad de interpelar a las comunidades y a la población de un territorio. Demuestra que no se trata sólo de una cuestión de vulnerabilidades ("dependo de los demás"), sino también de responsabilidades ("los demás dependen de mi territorio, y de mi capacidad para cuidarlos"). Nos invita a ampliar los actores implicados para incluir a otros seres vivos con los que debemos (re)aprender a convivir en la zona crítica. Esto nos remite a la noción de interdependencia planteada por Baptiste Morizot, para subrayar la importancia de inventar nuevas prácticas diplomáticas interespecíficas ¡e interterritoriales!

La segunda cuestión es práctica y nos acompaña en muchas de nuestras misiones con las comunidades. Supongamos que conseguimos cartografiar nuestros territorios de subsistencia: ¿qué debemos hacer con esta cartografía? ¿Cómo podemos gobernarlo colectivamente? Y aquí los escritos de Latour aportan pocas respuestas (los investigadores están principalmente para hacernos preguntas, podríamos decir). Sin embargo, da ganas de saber cómo esta noción de sustento orienta la gobernanza interterritorial que Martin Vanier defiende desde hace una década (retomada por las autoridades locales con contratos de reciprocidad y el lema "alianza de territorios"). ¿Podemos recuperar el control de nuestras relaciones de subsistencia para convertirlas en "vínculos liberadores"? El ejemplo de las Associations pour le Maintien d'une Agriculture Paysanne (Asociaciones para el Mantenimiento de la Agricultura Campesina) ofrece una interesante vía de actuación.

El objetivo de las AMAP es asumir la interdependencia entre un agricultor y los consumidores en su mutua subsistencia, y contractualizarla mediante el compromiso de un contrato de un año de duración para compartir los riesgos de las cosechas aleatorias. Las AMAP no pretenden volver a la agricultura de subsistencia, sino que asumen el reparto de papeles entre "comedores" y agricultores. Tampoco buscan la autonomía territorial: muchas AMAP se asocian con agricultores situados a varios cientos de kilómetros. 

El interés de los circuitos cortos reside menos en la proximidad geográfica que en la eliminación de intermediarios para hacer tangibles (una vez más) estas situaciones de interdependencia. Un AMAP ayuda a relacionar dos lugares distintos para demostrar que forman un mismo territorio de subsistencia. Y ahora los habitantes de la ciudad de París se preocupan por las condiciones climáticas del sur del Sena y el Marne y su habitabilidad para la fauna y la flora: Inundación del Sena, heladas tardías, invasión de escarabajos pulga debido a la sequía...

La tercera cuestión es más problemática, en la transición de lo individual a lo colectivo. Porque ante la pregunta planteada por Latour ¿de qué actores/territorios depende usted para subsistir?, cada habitante puede dar una respuesta diferente. Podemos ser vecinos y a la vez tener patrones de consumo opuestos: entre el jubilado que cultiva su huerto, el ejecutivo industrial que compra en Amazon y la joven pareja que visita la granja de autoservicio mientras renueva su smartphone cada año, estas tres geografías apenas se superponen. 

¿Qué hay de común en la cohabitación de esos "terrenos de vida" diferenciados? ¿Cuál es la capacidad del poder local para organizar la alineación de estas geografías de subsistencia? Esta cuestión puede explicar la creciente preocupación por crear lo común a nivel local. En cualquier caso, aporta una nueva perspectiva sobre el "proyecto territorial", mostrando que "hacer territorio" es una búsqueda constantemente renovada.

También en este caso, los AMAP son un ejemplo esclarecedor. Más allá del vínculo con los agricultores, estas asociaciones también contribuyen a estructurar una "comunidad de subsistencia" entre una diversidad de habitantes de un barrio que comparten la misma (inter)dependencia de una granja y su hortelano. Este ejemplo podría trasladarse a otros temas: están surgiendo iniciativas similares en materia de agua, energía o bosques. Del mismo modo, los cierres de tiendas, restaurantes e instalaciones durante el confinamiento por la pandemia revelaron la existencia de esas comunidades de subsistencia que existen en estado latente alrededor de cada punto de suministro. Estos ejemplos nos recuerdan que el sentimiento de pertenencia a un territorio común no es una cuestión de marketing territorial o de comunicación institucional (como hacen muchas comunidades), sino una cuestión mucho más prosaica que implica la capacidad de compartir nuestras interdependencias.

Fuente: Autrementautrement

https://www.climaterra.org/post/actuar-con-bruno-latour-reaprender-a-hacer-territorio  

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