31.3.25

Te encamina en el ánimo de adorar cada instante de ser quien eres en esta tu historia

MEMORIAS DE UN CARACOL          

La ternura que arrastra consigo las cicatrices del alma

Una película que desliza su suavidad sobre las heridas del alma, invitándote a soltar las memorias que aprisionan y a danzar con la vida, en su belleza y su crueldad

Memorias de un caracol de Adam Elliot (2024) es una de esas películas que no sólo se ven: se siente cómo desafían algo dentro de ti, como un caracol que deja su rastro húmedo, brillante y viscoso en cada pliegue de tu memoria. 

Una historia que no necesita gritar para rasgar, que habla en susurros y caricias lentas, pero contundentes, arrastrando las emociones más profundas hasta la superficie, ahí, donde se vuelven un duelo acaramelado.

La película sigue a una mujer atrapada entre lo que parecen ser las ruinas de su pasado, coleccionando memorias y objetos como si fueran pequeños tesoros que atrapan la felicidad que alguna vez fue, aferrándose a ellas con la misma delicadeza con la que uno sostiene un caracol: sabiendo que un movimiento brusco podría romperlo, pero también consciente de que retenerlo demasiado tiempo es negarle la oportunidad de avanzar. 

Es un relato sobre la pérdida, sobre el peso de los recuerdos que, aunque forman la esencia de nuestro ser, pueden convertirse en cadenas invisibles si no les permitimos liberarse y respirar.

Los caracoles, esos seres frágiles y antiguos, no son en la película solo una metáfora: son un espejo de la protagonista,  con su andar pausado y sus casas a cuestas. En una escena que parece casi mágica, los caracoles trepan por sus mejillas como si mitigaran las arrugas del alma, y con ello, el dolor; como si al deslizarse sobre su piel buscaran desprender una lágrima que se escondía años atrás. No es solo un acto poéticamente hermoso, es una alegoría sobre cómo la suavidad es capaz de desprender el dolor, sobre cómo la nostalgia puede atrapar en sí aquello que sentíamos perdido.

Lejos de sólo la pérdida y tristeza, la película también nos recuerda, con una suerte de comedia, que la vida no es sólo abrupta, cruel o tenue y dulce: es un todo a la vez, un recordatorio de que la existencia bailotea entre esos extremos, jugando con nuestras almas sin pedir permiso, dotando nuestros pasos y recuerdos de un agridulce que podemos abrazar o rechazar. 

Un vistazo de cómo las personas que han pasado por nuestra vida han caminado por nuestra alma y siempre serán parte de ella, aunque su presencia ya no forme parte de nuestro presente. El  filme también nos muestra cómo la identidad, cual caracol, se arrastra entre lo fuimos y lo que aún está por ser, dejando un rastro invisible que brilla solo cuando le damos la oportunidad de avanzar.

La película es asimismo una carta abierta a nuestras propias cicatrices. Un susurro que nos recuerda que aunque el pasado define nuestra historia, aferrarnos a él puede impedirnos ser  plenamente. A veces, el acto más valiente es soltar, dejar que los recuerdos descansen en su lecho y permitirnos seguir avanzando, aunque sea lentamente. 

Memorias de un caracol es sin duda una historia que permite reflexionar la vida y sus matices, que atrapa tu alma con la de la protagonista y te encamina hacia una nueva forma de recordar la vida y cómo te contemplas en ella, que entre suaves caricias desgarra tu alma y libera esas lágrimas que se guardan en el abismo del sinsentido cruel que a veces parece la vida, redimensiona la perspectiva y te encamina en el ánimo de adorar cada instante de ser quien eres en esta historia: tu historia.

https://pijamasurf.com/2025/03/memorias_de_un_caracol_la_ternura_que_arrastra_las_cicatrices_del_alma/

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