17/5/11

RENUNCIAR AL CREIXEMENT QUANTITATIU


     El "capitalismo verde” o la cuadratura del círculo: 
El nuevo traje verde del emperador


A raíz de la catástrofe de Fukushima, en Alemania se ha reavivado intensamente el debate sobre la energía nuclear y su abandono. También la creciente escasez de combustibles fósiles anuncia la necesidad de un cambio energético radical. El autor de este artículo polemiza con los planteamientos que contemplan la posibilidad de llegar a una sociedad sostenible sin acabar con el modo de producción capitalista.

De pronto resulta factible lo que durante años iba a suponer el fin de la sociedad industrial: el abandono de la energía nuclear y el adiós a las energías fósiles. Partidos políticos y organizaciones ecologistas compiten por saber quién propone la alternativa más audaz. ¿Acaso tienen razón los Verdes? ¿Es posible un “capitalismo verde”? ¿O está desnudo el emperador?

El cuento de la “energía limpia”
O bien los protagonistas del “new deal verde” o del “cambio socioecológico” no saben de números, o bien, como es más probable, no quieren hacer la suma. La afirmación de que con el abandono de las energías fósiles y del uranio (aunque con respecto al petróleo y al gas se manifiesten con palabras muy ambiguas) es un paso decisivo hacia un orden económico “verde” y sostenible, es pura charlatanería. Recordemos algunos datos:
Con la salvedad de las centrales de biogás —y estas, cuidado, única y exclusivamente si funcionan con materiales que no proceden de cultivos agrarios destinados específicamente a ello (en cuyo caso el balance ecológico resulta catastrófico), sino exclusivamente con residuos—, todos los materiales que sirven para generar energía tienen un efecto climático más o menos negativo. El uso de energías “verdes” comporta sin duda una reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, pero de ninguna manera una generación de energía climáticamente neutra.

El 20 % de los seres humanos de este mundo, concretamente los que habitan en los países industriales, consumen alrededor del 80 % de la energía que se genera actualmente. Un tercio de la población mundial todavía no tiene acceso a formas de energía comerciales.
El “Earth overshoot day” o el día del año en que la humanidad ha consumido matemáticamente sus recursos de todo el año (no solo los energéticos) y a partir del cual no aprovechamos los recursos naturales de una forma sostenible, cayó el año pasado en el mes de agosto, y cada año se adelanta un poco más: podemos decir que a partir de agosto nos comemos el planeta. Esto no se resuelve realmente si lo único que hacemos es cambiar de dieta.
 

No cabe ninguna duda de que el abandono inmediato de la tecnología nuclear (y no solo de la energía atómica) representaría todo un logro para el movimiento de defensa del medio ambiente y del clima, y hay que hacer todo lo posible por alcanzar este objetivo. Pero con ello no se resuelve el problema de fondo: una pequeña parte de la humanidad vive por encima del nivel que permiten los medios (ecológicos) de este planeta. ¿Y los demás?

Racismo encubierto
La destrucción del medio ambiente y el cambio climático que provoca no es un problema nacional. Sin embargo, el enfoque de los “ecorrenovadores” ignora este hecho. Si nos tomamos en serio la afirmación de que estamos por la “justicia global”, entonces habría que extrapolar la demanda energética de los países industrializados al resto del mundo y asegurar que quede cubierta. Esto sería del todo imposible incluso utilizando energías “verdes”, no solo porque aceleraría enormemente el cambio climático (las fuentes de energía alternativas tampoco salen gratuitas desde el punto de vista climático), sino también porque no existen los recursos naturales necesarios para ello. El aumento exorbitante del precio de las materias primas es consecuencia de la escasez —que ya es bastante acuciante en determinados casos, como en el de las tierras raras— de los materiales que se precisan, entre otras cosas, para la producción de paneles solares, los componentes electrónicos, etc. ¿Y qué ocurriría si extendiéramos también todo el tráfico actual de los países industriales a todo el mundo y alimentáramos esos vehículos con electricidad?

Por consiguiente, el tan celebrado “cambio energético” solamente es una solución si se cumple una condición (que sus defensores no expresan, por supuesto): que el resto del mundo siga viviendo como hasta ahora, es decir, que siga siendo explotado. Esto, sin embargo, y como muestran los ejemplos de China e India, no está sucediendo, pues el club ha dejado de ser exclusivo.

¿Capitalismo sostenible?
Un ejemplo de la “Gran Depresión” de los años treinta del siglo pasado ilustra muy bien por qué el capitalismo y la sostenibilidad son incompatibles: un economista estadounidense propuso a la sazón superar la crisis mediante lo que llamó la “obsolescencia programada”, es decir, estipulando por ley una duración limitada de los productos para mantener siempre en marcha la producción y el consumo. No se había dado cuenta de que las empresas ya lo estaban haciendo a la chita callando. Debido a que el orden económico capitalista necesita el crecimiento, practica la obsolescencia sistemática: la mayoría de los productos podrían durar sin problemas cinco a diez veces más si no se limitara sistemáticamente su “vida útil” a un determinado periodo. Y esto no es una “aberración” del sistema, sino una necesidad imperiosa para que pueda seguir funcionando.

En la producción agraria ya podemos comprobar cómo la tendencia a la industrialización y la capitalización de la agricultura repercute en el rendimiento y la calidad de la tierra; así, cada día se pierde más suelo cultivable que el que es posible habilitar.
La pregunta de cómo se puede evitar la amenaza del desastre climático y sus secuelas no tiene que ver con la posibilidad o no de saciar la sed de energía de la sociedad sin combustibles fósiles ni uranio. Lo que importa es el balance global ecológico. Y este nos indica que en todos los ámbitos —generación energética, producción industrial y agricultura— ya impera el canibalismo planetario. Esto implica, en toda lógica, que hay que volver a un nivel de producción y consumo que permita garantizar una producción y un consumo sostenibles. Y esto es exactamente lo contrario de lo que caracteriza al sistema actual, a saber, el crecimiento sin límites.

Justamente esta forma de crecimiento cuantitativo es a la que hay que renunciar si no queremos destruir la ecosfera y con ella las bases de la vida, pero la economía capitalista no puede renunciar a él. Es indispensable reinvertir en el sistema los beneficios generados para seguir produciendo a cualquier precio, tenga sentido o no desde el punto de vista ecológico; el castigo será la destrucción.

Fuerzas productivas y fuerzas destructivas
Por supuesto que puede existir un capitalismo sin energía nuclear. Desde luego que es posible un capitalismo con energías renovables, y a la larga el señor Capital no tendrá más remedio que tirar por ese camino. Pero esto no responde a la cuestión esencial, que podríamos formular así: ¿es capaz una sociedad capitalista de mantener globalmente una economía sostenible? La respuesta nos la dan 200 años de capitalismo industrial: en la historia de la humanidad no existe ningún otro ejemplo de una organización social como la capitalista que en tan poco tiempo haya causado un desastre ecológico (y social) tan grande que incluso pone en tela de juicio la supervivencia de la especie.

El sistema es flexible, se adapta a las nuevas circunstancias. El sector que más crece actualmente es la industria medioambiental, en la que se invierte alegremente, con la tácita condición de que el objetivo principal ha de consistir en mantener en pie los niveles actuales de producción y consumo (y los hábitos correspondientes). Esa será entonces la venganza del capital: tendremos energía verde, que será cara, y la destrucción del medio ambiente seguirá su curso.
 

La transformación de las fuerzas productivas capitalistas en fuerzas destructivas, de la que habló una vez Karl Marx, ya es una realidad desde hace tiempo. El intento de inventar un capitalismo sostenible, que no necesite el crecimiento, no es más que una nueva búsqueda de la cuadratura del círculo. Por eso el emperador verde va desnudo. 
Thadeus Pato

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