LA DISIDENCIA QUE NO SE VE
Hace unas semanas, estuvimos en ‘Ay Carallo’ haciendo un directo sobre geoingeniería. La charla fue intensa, apasionada y, sobre todo, bien documentada. En medio del intercambio de ideas, un comentario destacó por encima de todos los demás: una petición y un recordatorio de nuestra «obligación» de hacer un llamamiento a la movilización.
Esa frase me hizo pensar, porque la verdad es que no es la primera vez que me enfrentaba a una cuestión tan compleja: ¿realmente tenemos la responsabilidad, nosotros, los comunicadores con un medio, de llamar a la acción? Y más importante aún: ¿hasta qué punto la responsabilidad de movilizar no recae también en quienes no tienen una plataforma, pero sí una voz -como es el caso de una actividad en Internet, aunque sea tras cuentas anónimas-?
La pregunta es profunda, porque no solo toca el papel de los
medios en una sociedad, sino también el de las personas que los componen. ¿Es
nuestro deber hacer algo más que informar? Claro, al principio puede parecer
que la respuesta es simple. Si tenemos la capacidad de llegar a tantas
personas, si nuestras palabras tienen la capacidad de influir, entonces parece
lógico que tengamos alguna clase de responsabilidad social. Pero la realidad es
que la responsabilidad de movilizar a una comunidad no es algo que se pueda
definir en dos líneas.
Lo primero que debemos reconocer es que, como comunicadores,
nuestra principal función debería ser informar, educar y fomentar el
pensamiento crítico. En ese sentido, movilizar es una responsabilidad extra,
que no todos los comunicadores o medios deciden asumir. Pero, por otro lado,
hay algo innegable: si tienes la capacidad de llegar a miles o incluso millones
de personas, ese poder también viene con un peso. Si no somos conscientes de la
influencia que tenemos, corremos el riesgo de utilizar ese poder de manera
irresponsable. ¿Te imaginas que alguien que tiene acceso a una gran audiencia,
en lugar de brindar información valiosa, se dedicara a difundir teorías sin
fundamento o ataques a terceros? Sería grave.
Lo que ocurre, sin embargo, es que este tipo de decisiones
no son sencillas. Llamar a la movilización significa tomar una posición, y
muchas veces, como comunicadores, intentamos mantener una línea neutral para
que nuestra audiencia no perciba que estamos “tomando partido” o siendo
parciales. La neutralidad puede parecer una postura segura, pero en situaciones
en las que hay injusticias evidentes o problemas globales graves, ¿es realmente
neutralidad o es simplemente inacción?
A veces, el simple hecho de señalar un problema, de ponerlo
en evidencia con hechos y datos, puede ser suficiente para inspirar a alguien a
actuar. No siempre hace falta convocar una manifestación, pero sí que es
necesario, por lo menos, generar una reflexión. En el fondo, la verdadera
pregunta es: ¿qué tipo de influencia queremos tener? ¿Queremos ser simples
observadores, o nos atrevemos a ser parte del cambio?
Ahora bien, la cuestión no se limita solo a quienes tienen
un medio masivo o una plataforma digital. También se plantea sobre las personas
que, aunque no tengan un canal de comunicación a gran escala, sí guardan el
poder de influir a nivel individual (¡y eso es algo con lo que contamos
todos!). Bien, pues ¿en ese caso? ¿Tienen ellos también una responsabilidad
para llamar a la movilización? Aquí es donde el tema se vuelve aún más
interesante.
Aunque a menudo la gente se centra en los más conocidos, la
verdad es que el poder de movilización no siempre está relacionado con la
cantidad de seguidores o con la audiencia que se tiene. Un solo individuo, con
sus palabras, puede influir profundamente en su círculo cercano. Si piensas en
el impacto que puede tener una conversación entre amigos o una discusión en
clase, te darás cuenta de que la autoridad en espacios más pequeños, pero más
íntimos, es igualmente poderosa.
Quiero aclarar una cosa: servidora no es nadie. Solo una
más. Por más cifras que suban, por más interacciones que genere, por más veces
que salga a prensa, por más programas en los que esté. Todo es volátil. Un día,
quizá, mi altavoz se apague, o lo apaguen, o me apaguen, o lo apague yo. Mi
existencia es prescindible; no soy especial.
La responsabilidad de los que no tienen medios, por tanto,
no se mide por el número de personas a las que alcanzan a pie de calle, sino
por la calidad de la interacción que generan y el compromiso que pueden
despertar en su entorno. Es decir, aunque no todos tengamos un canal para
gritar al mundo, podemos ser agentes de cambio en nuestra propia pequeña
esfera, generando conciencia, inspirando a los demás a cuestionar lo que damos
por hecho, y promoviendo el pensamiento crítico.
Pero, claro, esto también viene con sus complicaciones. Es
fácil caer en la trampa de pensar que nuestra voz no cuenta, que, al no tener
miles de seguidores o un blog popular, nuestras opiniones no importan.
EL BALANCE ENTRE INFORMACIÓN Y ACCIÓN
Es fácil pensar que hacer un llamamiento a la movilización
es solo cuestión de un mensaje claro, de un llamado a la acción evidente. Pero
lo cierto es que una movilización efectiva necesita algo más que palabras.
Necesita organización, coordinación, y muchas veces, recursos. La simple
indignación no basta para generar un cambio real. Para movilizar de manera
efectiva, es necesario tener en cuenta el contexto, las circunstancias, y las
consecuencias de ese llamado.
¿Es nuestro deber, como comunicadores, hacer todo eso? No
necesariamente. No todos los comunicadores deben ser activistas. Sin embargo,
tenemos el deber de ser conscientes de nuestra influencia y de cómo la usamos.
Si nuestro contenido genera ‘algo’ sobre un tema grave, si nuestra audiencia se
siente identificada con una causa, entonces lo más lógico es que se dé un
espacio para la reflexión colectiva, para la discusión, para el intercambio de
ideas.
Conforme pulía este artículo, mantenía una conversación con otro usuario. Como conclusión, me envió una misiva desde sus muchos años de reflexión. La carta introduce una idea incómoda que merece ser tomada en serio: la sospecha de que toda voluntad de “cambiar el mundo” encierra, en el fondo, una pulsión de dominio sobre los demás. Cuando el autor afirma que cambiar el mundo es intervenir en la vida ajena (decirle al otro cómo debe vivir, pensar o actuar) señala algo que la historia confirma con frecuencia: muchas empresas emancipadoras han terminado convirtiéndose en proyectos de reeducación forzosa, cuando no en auténticas maquinarias de control moral.
En ese sentido, su
desconfianza hacia los movimientos de masas no es gratuita. El siglo XX ofrece
suficientes ejemplos de mayorías movilizadas en nombre del bien común que
acabaron justificando atrocidades bajo la bandera del progreso, la justicia o
la seguridad. Desde ahí, la defensa de la libertad individual como último
bastión frente al poder resulta coherente: nadie puede expropiar una conciencia
que se gobierna a sí misma: “La mejor resistencia es vivir la vida que no
quieren que vivamos. Vivir como debe vivirse, y dar ejemplo sin dar lecciones
ni pretender adiestrar a las masas”.
También es legítimo su argumento de que la comodidad
anestesia el deseo de libertad. La mayoría no quiere decidir, quiere delegar.
Prefiere seguridad a responsabilidad, normas a riesgo, tutela a madurez. Y es
cierto que muchos discursos críticos funcionan más como desahogo emocional que
como voluntad real de cambiar la propia vida. Se protesta contra el sistema
mientras se depende de él en cada aspecto esencial. Desde esta perspectiva,
“vivir como no quieren que vivamos” no es una consigna estética, sino un acto
de resistencia real, silencioso y difícil, que no necesita pancartas ni
consignas. Hay algo profundamente subversivo en no necesitar permiso.
Pero hagamos un poco de abogado del diablo. No por invalidar a este caballero, quien ha sido valiente, honesto y constructivo, sino por ofrecer varios matices en esta publicación, que pretende ser imparcial. Siendo extremadamente críticos, esta postura podría estar presentando grietas importantes. Convertir la acción individual en la única forma legítima de resistencia corre el riesgo de transformar la libertad en una experiencia puramente privada, estéril en términos políticos y sociales.
El problema,
entonces, continuando en esta dinámica, no es que los colectivos sean
manipulables (eso es cierto) sino asumir que esa manipulación es inevitable y,
por tanto, que cualquier intento de acción organizada está condenado al fracaso
o a la corrupción. Esa conclusión, aunque comprensible, acaba beneficiando
siempre al poder que se dice combatir, porque desactiva de antemano cualquier
forma de coordinación entre individuos libres.
Diríamos, a su vez, que existe una contradicción no menor en negar la legitimidad de la acción colectiva mientras se formula una crítica moral global a la sociedad. Si el problema no es estructural, sino únicamente de conciencia individual, ¿por qué entonces el diagnóstico es tan amplio y severo? Las leyes, los sistemas económicos, los marcos educativos y los dispositivos de control no desaparecen porque un número indeterminado de personas decida vivir de otra manera.
La historia suele presentarse como una
sucesión de conquistas logradas por pueblos conscientes y organizados, pero una
mirada menos ingenua obliga a introducir un matiz incómodo: pocas guerras,
revoluciones o grandes cambios han prosperado sin el visto bueno, el apoyo o la
financiación de algún grupo de poder.
Como advertía aquella célebre frase atribuida a Constantino
Romero, “cualquier sistema que montéis sin nosotros, será derribado”. No porque
la acción colectiva sea imposible, sino porque cuando amenaza de verdad al
núcleo del poder, rara vez se le permite crecer de forma autónoma. Muchas
movilizaciones triunfan precisamente porque son canalizadas, reconducidas o
utilizadas para sustituir una élite por otra -o hacernos creer la ilusión de la
elección, cuando todo viene de lo mismo-, sin alterar las reglas profundas del
juego. Esto no convierte a toda acción organizada en una farsa, pero sí obliga
a desconfiar del relato de la revolución espontánea y del liderazgo salvador:
no todo movimiento nace libre, ni todo triunfo colectivo equivale a una
emancipación real.
Por otro lado… Quizá tampoco es del todo cierto que el ser
humano no necesite información para actuar moralmente. La conciencia no se
despliega en el vacío. Se forma, se deforma y se orienta en función del
contexto, del relato dominante y de los límites que el entorno impone. Pensar
que basta con “querer ser libre” para serlo ignora hasta qué punto las
condiciones materiales y legales constriñen esa libertad. La ética personal es
imprescindible, pero insuficiente cuando el marco que la rodea penaliza
sistemáticamente ciertas formas de vida y recompensa otras.
En el fondo, la carta acierta al advertir contra el
mesianismo, contra la tentación de erigirse en guía moral de las masas y contra
el activismo como sustituto de la responsabilidad personal.
Tras algunas cuestiones a otros usuarios, anónimos y desde
la postura masificada en plataformas como X, un error podría verse cuando
convierte esa advertencia en una negación casi total de la acción compartida.
La disyuntiva no es individuo o colectividad, conciencia o movilización,
ejemplo u organización. El verdadero problema aparece cuando se delega la
propia responsabilidad en líderes, siglas o causas abstractas, no cuando se
decide actuar junto a otros desde una convicción personal sólida.
Tal vez la cuestión no sea si hay que llamar o no a la
movilización, sino qué tipo de
movilización, desde qué lugar y con qué límites. Porque vivir libremente
es un acto radical, sí, pero en un mundo interconectado, también lo es asumir
que esa libertad, para no convertirse en refugio cómodo, necesita confrontar (a
veces de forma incómoda y colectiva) las estructuras que la asfixian.
Al final, lo que está en juego no es solo la movilización,
sino el tipo de sociedad en la que queremos vivir. Si dejamos que otros tomen
decisiones sin cuestionarlas, si permitimos que la indiferencia se apodere de
nosotros, estaremos cediendo nuestra voz a aquellos que prefieren la pasividad.
Volviendo al programa citado, se ofreció una dirección de
correo para aportar soluciones. El autor de ese mensaje sostuvo la cuestión que
estamos aquí tratando: que los creadores de contenido, por tener poder de
influencia sobre la sociedad, deben ser los líderes de una movilización.
Criticó a los políticos, medios tradicionales, sindicatos, policías y jueces,
afirmando que están más enfocados en su propio beneficio que en el bienestar
del pueblo. Habló, también, de la lucha entre oprimidos y opresores, y
argumentó que la división ideológica izquierda/derecha es solo una herramienta
de los poderosos para distraer a la gente. En cuanto a la movilización, propuso
que se promoviese la retirada de dinero de los bancos y que los autónomos se
diesen de baja en masa. Sin embargo, en lo que respecta a profundizar más y
conocer más detalles y propuestas en concreto, insistió en que cualquier acción
debía tratarse en privado.
Agradezco el tiempo que se ha tomado para escribir y
expresar sus ideas, al igual que al resto de usuarios que me han compartido sus
puntos de vista. Es evidente que comparte una preocupación legítima sobre el
estado actual del sistema, y, sí: coincido en que hay una creciente
desconfianza hacia instituciones como los partidos políticos, los medios
tradicionales y otros actores del poder -soy la primera que ni siquiera
vota-.
Sin embargo, pienso que el rol de los creadores no debería
ser visto como el de líderes o salvadores, sino más bien como el de
facilitadores del pensamiento crítico. No obstante, en 2020 tuve la oportunidad
de escribir el prólogo de un libro que ofrecía una serie de soluciones como
punto de partida. Aunque ese manual ya cubría varios aspectos, me gustaría
compartir aquí algunas ideas adicionales.
ESCAPAR DEL CONTROL: Recuperar nuestra autonomía, paso a
paso
Hay muchas personas y grupos que se organizan para defender
derechos básicos como la privacidad, la libertad de educación, la autonomía
familiar o la independencia económica. Algunos lo hacen a título individual,
otros en colectivos pequeños o grandes asociaciones.
“Técnicamente, la gente adora a Satanás” me escribió el
usuario de la primera misiva. “Aquí la gente se escandaliza al plantear que una
perrita aborte, pero defienden el aborto de niños. Nadie, nadie piensa en
casarse y tener una familia. Cincuentones viviendo como adolescentes
fundiéndose lo trabajado por sus padres. Marujas y marujos cantando y bailando
con sus hijos canciones que glorifican el sexo casual, las drogas y la
anarquía. Desprecio de la verdad y la belleza. Y lo que no se habla: matan a
sus abuelos”.
Esta crítica pone el foco en esa sensación de descontrol o
desconexión en nuestra sociedad, pero vale la pena reflexionar: ¿hasta qué
punto está todo tan mal? ¿Nos atrevemos a mirarnos a ese espejo que nos muestra
lo que está ocurriendo en el interior de cada uno de nosotros?
Si miramos las acciones individuales, lo que se elige o se
rechaza, lo que se celebra o se ignora, veremos que cada pequeña decisión
contribuye al tejido social en el que vivimos. ¿Qué pasa con nuestro entorno
cercano? Los amigos, la familia, los compañeros de clase, son los primeros en
los que podemos influir y a quienes podemos tratar de mostrar una perspectiva
más equilibrada.
Con acciones pequeñas, constantes y discretas, podemos
reducir poco a poco la dependencia del sistema, proteger nuestra privacidad y
fortalecer nuestra autonomía personal.
Lo primero y más sencillo es cuidar tu privacidad digital.
Cambia tus hábitos en el móvil y el ordenador: instala aplicaciones de
mensajería que encripten tus conversaciones, y usa un VPN cada vez que navegues
por internet para ocultar tu ubicación y tus búsquedas. Cubre la cámara y el
micrófono de tus dispositivos con una simple pegatina; parece un detalle menor,
pero evita que te escuchen o vean sin que lo sepas. Elimina aplicaciones
innecesarias que piden demasiados permisos y crea una cuenta de correo anónima
para asuntos importantes. Así, cada día que pasa, dejas menos huella digital.
En el día a día económico, recupera el control usando
efectivo siempre que puedas: en el mercado, en la panadería, en el bar. El
dinero en billetes no deja rastro como las tarjetas. Saca una pequeña cantidad
cada mes y guárdala en casa por si algún día hay restricciones bancarias inesperadas.
Compra en tiendas locales o de segunda mano en lugar de grandes cadenas, y
aprende a intercambiar servicios o cosas con vecinos: ofrece arreglar algo a
cambio de comida o ayuda. Estos gestos te hacen menos dependiente de los
grandes sistemas financieros.
La autosuficiencia empieza en casa con cosas fáciles. Planta
un pequeño huerto en macetas o en el balcón: tomates cherry, lechugas, hierbas
aromáticas. No necesitas mucho espacio ni experiencia; en unas semanas tendrás
alimentos frescos que no vienen de supermercados controlados. Aprende a cocinar
desde cero, a conservar comida y a reparar tus propias cosas: ropa, bicicleta,
pequeños electrodomésticos. Tener herramientas básicas y saber usarlas te
ahorra dinero y te da independencia.
Cuida también tu mente y tu cuerpo sin depender tanto de lo
externo. Lee libros físicos de segunda mano o prestados sobre temas que te
interesen: historia, filosofía, habilidades prácticas. Lleva un diario en papel
donde escribas tus pensamientos sin miedo a que alguien lo lea. Haz ejercicio
al aire libre o en casa, sin gimnasios ni apps que registren tus datos. Aprende
primeros auxilios básicos y ten un botiquín completo; usa remedios naturales
cuando sea seguro. Así fortaleces tu salud física y mental lejos de pantallas y
propaganda constante.
Prepárate también para posibles trámites o sanciones
injustas. Descarga y guarda en un USB o en papel modelos de recursos
administrativos (contra cualquier norma que consideres abusiva) que circulan
por Internet, siempre de la mano de expertos, y contrástalo con otros
profesionales de tu confianza. Infórmate sobre tus derechos y ten copias
físicas de tus documentos importantes.
Finalmente, adopta rutinas de bajo perfil: cambia
ligeramente tus horarios y prácticas de vez en cuando, habla de temas delicados
solo en persona y en lugares tranquilos.
Ninguna de estas acciones te hará invisible ni cambiará el
mundo de la noche a la mañana, pero todas juntas te devuelven espacio propio,
tranquilidad y control sobre tu vida. Empieza hoy con algo sencillo: planta una
semilla, paga algo en efectivo, apúntate a algún grupo alternativo que encaje
con tus ideales. Paso a paso, sin prisa ni ruido, vas construyendo tu propia
libertad. Y esa libertad personal es la base de cualquier cambio mayor. Tú tienes
el poder de empezar ahora mismo.
ACCIONES COLECTIVAS: Grupos y movimientos organizados
Aunque la acción individual es fundamental, en la práctica
también han surgido formas de organización colectiva que, sin aspirar a
convertirse en grandes movimientos de masas, han logrado frenar abusos
concretos y ofrecer apoyo real a quienes quedaban desprotegidos.
Durante y después de la Era COVID, por ejemplo, aparecieron
grupos ciudadanos que denunciaron medidas desproporcionadas y acompañaron a
familias y pequeños negocios frente a cierres arbitrarios, sanciones o
presiones relacionadas con la vacunación. Abogados independientes y colectivos
jurídicos impulsaron denuncias masivas contra restricciones, pasaportes
sanitarios o posibles daños derivados de las vacunas. En algunos casos, estas
acciones obtuvieron victorias judiciales locales que, aun limitadas, sirvieron
para marcar límites al poder y sentar precedentes.
Otro ejemplo reciente es la oposición a la baliza V16
obligatoria. En
Canarias y en otros puntos , ciudadanos organizados elaboraron documentos
que se difundieron de forma viral para impugnar sanciones, argumentando que la
medida es innecesaria, discriminatoria y supone una vulneración de la
privacidad debido a la geolocalización del dispositivo. Se han compartido
modelos de recurso gratuitos que señalan defectos en la tipificación de la
infracción y posibles incompatibilidades constitucionales. Bufetes y
asociaciones han cuestionado su legalidad, y existen campañas coordinadas para
recurrir multas o boicotear la implantación de la norma de forma colectiva.
En el ámbito familiar y educativo, distintas asociaciones
han reaccionado frente a lo que consideran adoctrinamiento ideológico. Algunas
ofrecen materiales alternativos para una educación afectivo-sexual basada en
criterios biológicos y valores familiares; otras proporcionan asesoramiento
jurídico gratuito a padres que se enfrentan a conflictos con centros educativos
o administraciones. Plataformas que agrupan a más de un centenar de
asociaciones rechazan leyes que imponen una determinada perspectiva ideológica
y defienden la libertad educativa.
Paralelamente, grupos de padres y docentes comparten guías
para objetar charlas escolares controvertidas, promover el homeschooling o
retirar a los hijos de actividades que consideran ideológicas. Se han tejido
redes de apoyo que permiten a las familias no afrontar estas decisiones en
soledad.
Existen, además, alternativas más radicales de desconexión:
ecoaldeas y comunidades repartidas por distintos países, formadas por personas
que optan por empezar de cero, alejadas de los grandes centros de control,
apostando por una vida más sencilla, autosuficiente y coherente con sus
valores. No son soluciones universales ni accesibles para todos, pero muestran
que, incluso dentro de un sistema cada vez más cerrado, siguen surgiendo
grietas por las que escapar.
EL PERFIL DEL FALSO DISIDENTE
Termino este artículo recordando un comentario que recibí en
mi programa ‘La dictadura climática’ sobre la situación actual, el
desencanto y la percepción que muchos tienen de la política, la sociedad y el
papel de los individuos en la resistencia frente a las estructuras de poder. El
comentario decía lo siguiente:
«Alba, si encontrara un puñado (no pido más), de
valientes, acabaría con esta casta política y borbónica, pero ya ves… Mucho
vídeo, meme, etcétera… Dar la vida por otros, por la Patria… Olvídate… Esta
sociedad está podrida de ombliguismo, incluyendo a la supuesta disidencia.»
Lo primero que pensé fue que, lamentablemente, este tipo de
desánimo se siente a menudo. Es comprensible, porque cuando se lucha contra un
sistema que parece imbatible, el desgaste es inevitable. Le respondí lo
siguiente:
«Es cierto. Hay mucho aficionado a Internet que se
esconde detrás de un nick o un personaje y se limitan a repetir las mismas
consignas, a dar bola a una ideología sin pensamiento crítico o a hacer
espectáculo. Luego estamos los que nos molestamos en participar en iniciativas,
asociaciones, eventos, proyectos, muchas veces incluso de forma anónima como
durante la DANA, el COVID… Asesorando a gente, tomando la calle, visibilizando,
organizando, encarándonos con políticos, reuniendo a profesionales de todas
partes del mundo, aunando fuerzas con compañeros con los que discrepamos…
Costándonos, no solo el dinero (llegamos hasta donde podemos) sino nuestra
integridad física y mental… Para que luego vengan otros a insultar, juzgar o
simplemente menospreciar. No nos importa: nos quedamos con lo bueno y con lo
gratificante que es tener la conciencia tranquila habiéndonos entregado en
cuerpo, mente y espíritu. Un saludo y gracias por tu visita.»
El comentario que recibí refleja una verdad incómoda:
vivimos en una sociedad donde la acción real a menudo se ve eclipsada por el
ruido digital y el espectáculo vacío. Es fácil ver cómo la frustración se
apodera de quienes, a pesar de su deseo de cambio, sienten que todo lo que
hacen se pierde en la nada. Y, sin duda, las redes sociales y la «disidencia»
en Internet no siempre contribuyen a generar un debate real, sino más bien a
perpetuar una especie de circo virtual donde las ideas se diluyen en dibujos y
eslóganes.
Pero, en lugar de quedarnos estancados en esa frustración,
la verdadera reflexión que podemos sacar de esto es la necesidad de redefinir
lo que entendemos por «acción». El cambio no tiene que ser un evento
espectacular ni una rebelión en masa. De hecho, la verdadera transformación
social no ocurre solo cuando las calles se llenan de protestas o cuando el
sistema se ve sacudido por una «gran revolución». No, el cambio real empieza en
las pequeñas acciones cotidianas, en esos momentos donde, aunque no se vea,
estamos eligiendo desafiar las normas de forma silenciosa pero constante.
Después de todo, la historia está llena de ejemplos de
grandes movimientos que comenzaron con un puñado de personas decididas a hacer
algo por el bien común, sin importar el eco que sus voces encontraran. No eran
grandes líderes ni héroes aclamados, sino individuos comprometidos con sus
ideales y dispuestos a sembrar las semillas del cambio sin esperar
reconocimiento. La diferencia entre esos «valientes» de los que habla el
comentario y los que se esconden tras un nickname está
precisamente en eso: la disposición a actuar sin expectativas, sin un aplauso
garantizado.
Quizá, la verdadera disidencia no está en ser el primero en
gritar o en tener la «mejor» crítica, sino en mantenerse firme, en persistir
sin caer en la trampa de la frustración. Porque la lucha no siempre es visible,
y muchas veces el trabajo más importante se hace en la sombra, fuera del foco
mediático. Al final, lo que cuenta no es el número de personas que se suman a
tu causa en un momento dado, sino la capacidad de seguir adelante a pesar de
todo, de mantenerse fiel a lo que uno cree, de resistir incluso cuando parece
que todo está en contra.
Y puede que la verdadera reflexión que podemos sacar de esta
queja generalizada sobre ese ombliguismo y la pasividad es que la movilización
más profunda no ocurre por imposición, sino por convicción. Esa convicción,
aunque no se vea en los memes o los vídeos virales, es la que permite seguir
avanzando, un paso a la vez. Al fin y al cabo, como decía líneas atrás,
conviene no depositar todas las expectativas en líderes o figuras visibles. La
historia demuestra que los cambios más duraderos no suelen depender de una sola
voz, sino de muchas conciencias despiertas actuando con coherencia en su propio
entorno. Si necesitamos que alguien empiece moviendo ficha… de disidentes,
tenemos poco.
Alba Lobera
(MundoViperino)

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