LA OBLITERACIÓN DE LO SAGRADO
Una oración a la sacralidad y la sensibilidad de todo
aquello que es sacrificado al motor del capital. A todas nuestras relaciones
mal reconocidas como “recursos”. A todo aquello que se licúa en moneda, y sin
embargo desborda los bancos. A todo lo que se pierde, se olvida, se borra, y
aun así persiste, negándose obstinadamente a estas redacciones repetidas. A
todas nuestras relaciones.
Anhelamos vidas que sean a la vez fáciles y ambiciosas. Máquinas voladoras nos transportan por el planeta a velocidades vertiginosas. Bebemos placeres líquidos antes reservados a la realeza en latas descartables y filosofamos sobre la capacidad de carga de la Tierra desde nuestras viviendas urbanas cada vez más verticales. El aluminio, abundante y barato, nos promete un material infinitamente reciclable para saciar nuestros apetitos mundanos. Pero la comodidad tiene un costo enorme.
El cristal llegó a mí desde Groenlandia. Canadá y
Groenlandia estuvieron una vez envueltos en una extraña danza fría llamada
Segunda Guerra Mundial. La criolita fue triturada y utilizada para extraer un
fiero metal de luz: el aluminio. Cuánto amo ahora al aluminio, sabiendo cuánto
costó; cómo ese costo no fue mío para soportar; cómo yo misma no morí, pero
pagué y pago con mi respiración por el metal; cómo la cantera fría y luminosa
ocultaba un corazón vibrante y vivo, hoy casi vacío, pero no del todo.
El aluminio fue alguna vez un metal precioso, incluso más
preciado que el oro. Es abundante en la corteza terrestre, pero solo en forma
de minerales híbridos. El aluminio se aferra con tanta fuerza a sus parientes
elementales que durante mucho tiempo se requirieron cantidades enormes —es
decir, costosísimas— de energía para romper esos enlaces químicos y permitir
que el aluminio emergiera puro, maleable y solo, listo para adoptar la forma de
nuestros deseos.
Criolita o piedra de alumbre
Fue el cristal de criolita el que hizo posible la producción
comercial de aluminio al reducir la energía necesaria para separarlo de otros
elementos. La criolita o piedra de alumbre —fluoruro de sodio y aluminio— es un
cristal raro, cuya principal cantera estuvo en Ivittuut, en el suroeste de
Groenlandia, donde fue descubierta en 1798. Hacer pasar una corriente eléctrica
por un baño fundido de criolita y óxidos de aluminio permite que el aluminio
puro emerja a temperaturas relativamente bajas, volviendo su producción
económica. Para este proceso, conocido como fundición, sirve el fluoruro de
sodio y aluminio en cualquier forma, y desde 1961 comenzó a fabricarse criolita
sintética.
Sin embargo, durante el auge de la producción de aluminio,
el cristal fue extraído extensiva y exclusivamente de Groenlandia, hasta su
agotamiento en 1987. La criolita tiene la dudosa distinción de ser el único
mineral explotado hasta su extinción comercial.
Hoy hay un pueblo fantasma en Ivittuut, y una cantera
vacía donde antes había cientos de toneladas de criolita. Triturada,
pulverizada, residual, la cantera de criolita se pierde en las sombras: otro
lugar devastado por el capital y (en gran medida, aunque no por completo)
borrado de nuestra memoria colectiva.
El cristal de criolita y la criolita sintética comparten una
fórmula química, pero poseen propiedades físicas diferentes. Mientras la
molécula sintética es un polvo blanco amorfo, la criolita natural tiene una
estructura cristalina, con moléculas dispuestas para interactuar con la luz de
una manera específica. Mientras el polvo sintético es opaco, el cristal es transparente;
cuando se lo coloca en agua, sus bordes desaparecen, ya que la luz atraviesa
tanto el agua como el cristal a la misma velocidad. Por esta razón, los
científicos utilizan la criolita como un “suelo o sedimento transparente para
observar los movimientos de excavación de caracoles marinos o el nado de
bacterias en entornos arenosos y diminutos.
El cristal llegó a mí como una bendición —raro, frío,
comprado en una tienda de gemas al costado del camino. Barato, sí, pero lo
sostuve con cuidado entre ambas manos. En la oscuridad de la sala del
microscopio, excitaba el cristal con un láser y murmuraba mi gratitud cuando me
devolvía su canto en longitudes de onda ordenadas. Para el mercado, el cristal
y su réplica pulverizada son lo mismo. Pero yo he observado ambos con atención,
sosteniéndolos contra mi frente y mi pecho, y como ser humano —el único testigo
creíble de mi sociedad— doy testimonio de que no son más intercambiables entre
sí de lo que mi abuelo lo es con mi hermana. El cristal es tan específico como
cualquier cosa mortal, y tan cercano a la muerte total. En esta hora tardía de
su existencia, he llegado a conocerlo como una piedra sagrada.
El capitalismo no
puede ni sabe reconocer qué es un metal precioso, ni una piedra sagrada. Para
un sistema que se dice fomentar el materialismo, no conoce ni aprecia
verdaderamente la materia. Al abstraer el valor de la materia, el capitalismo
aliena cada vez más aquello mismo de lo que depende. ("Vivimos
en un culto consumerista, adoramos cosas" -oh! si tan sólo fuera así).
Tenía tres meses cuando volé por primera vez en avión.
Puedo narrar la historia de mi vida a través de los viajes en avión: el que
llevó a mi familia al otro lado del mar como migrantes hacia nuevos mundos, los
que nos llevaron de vuelta a visitar a nuestros mayores, el que nos llevó a
nuestro nuevo hogar cuando el otro quedó destruido. La improbable extracción
del aluminio hizo posible mi vida.
El aluminio oculta la fría cantera que ahora yace en
silencio. También oculta las vidas y las pérdidas de las familias trabajadoras
negras en la ciudad industrial de Badin, Carolina del Norte. Al ser negros, lo
que se interpretaba como no del todo humanos, eran sujetos de experimentación
en el proceso de perfeccionamiento de las proporciones de fundición —de
criolita y óxido de aluminio, de crueldad y complicidad— que hacían que el
comercio y la guerra fueran viables y rentables. La luz del aluminio proyecta
sombras profundas en la tierra y las aguas envenenadas de Badin.
Cada vez que viajo en avión, trazo el camino del aluminio
hacia atrás: del avión a la planta de ensamblaje, al horno de fundición, a los
innumerables paisajes devastados que alguna vez albergaron bauxita. ¿De dónde
más vino ese aluminio?¿Quiénes más fueron sacrificados? Aspiro a la gratitud;
sabe a duelo.
El capitalismo opera
a través del borrado: la ocultación activa y repetitiva de la preciosidad de
la(s) materia(s) que hacen posibles nuestras vidas. Nos volvemos ignorantes de
cómo nuestro ser deviene a través de todas las relaciones materiales -mineral,
(in)humana, ecológica. Primero borramos aquello que importa, y luego borramos
la evidencia de esas relaciones. Así reclamamos ser sujetos separados y
auto-creados.
¿Qué significaría recordar nuestras relaciones? ¿Cómo
podríamos negarnos al borrado?
En las colinas de Niyamgiri, en el este de la India, los
pueblos Kondh han resistido durante diecisiete largos años el borramiento
violento de su hogar sagrado. Para la empresa minera Vedanta, con sede en el
Reino Unido, y para el gobierno del estado de Odisha, estas colinas constituyen
un auténtico cofre del tesoro: albergan una cantidad estimada de 88 millones de
toneladas de bauxita —mena de aluminio— que podría abastecer durante diecisiete
años a la cercana refinería de Lanjigarh y reemplazar la costosa bauxita
importada. Para el pueblo Kondh, en cambio, la bauxita no debe ser extraída.
Forma parte del cuerpo de Niyam Rajah, la deidad montañosa y ancestro que les
concedió las laderas que cultivan y les encomendó la protección de los bosques
y los cursos de agua. Tan preciosa es esta relación que, en 2013, doce aldeas
votaron por referéndum rechazar la minería a cielo abierto y, con ella, la
promesa de empleos, carreteras, hospitales y escuelas: es decir, las
herramientas de la seducción capitalista. Para los Kondh, ninguna compensación
podría ser suficiente frente a las devastaciones de la minería, cuyos lugares
en sombra “se describen mejor como lunares: superficies perforadas y
mineralizadas, desprovistas de suelo fértil, flora o fauna”.
Aquello que estás
dispuesto a pagar por algo no equivale a lo que realmente es. Aquello que estás
dispuesto a escuchar no delimita todo lo que está siendo dicho. Que no hayas
podido oír no significa que haya habido silencio, sino que consideraste esas
voces indignas de atención.
La baratura del aluminio se deriva de la destrucción de
vidas y materiales que nunca pueden ser plenamente contabilizados. El despojo
sigiloso de tierras sagradas a los pueblos indígenas abarata el aluminio; la
criolita abarata el aluminio; y también lo hace la posibilidad de exponer
libremente a familias negras a toxinas letales. Los Kondh nos recuerdan que la abstracción de la materialidad, la
equivalencia entre la materia y el dinero, es en sí misma un borramiento de la
preciosidad de las relaciones.
¿Qué significaría
cuidar la preciosidad de la Tierra con la misma atención con que cuidamos los
metales preciosos? ¿Qué significaría cuidar las vidas convertidas en
(in)humanas con la misma dedicación que aquellas consagradas como valiosas por
la ley y la práctica? ¿Qué significaría cuidar verdaderamente el mundo
(in)animado tanto como cuidamos el mundo de lo viviente? ¿Qué implica
comprendernos a nosotros mismos como ya siempre en relación, a pesar de los
borramientos que el capitalismo produce sobre la relacionalidad misma de la que
depende?
Esta es una oración a la sacralidad y a la sensibilidad
de todo aquello que es sacrificado al motor del capital. El papel de aluminio
que envolvió la pizza de anoche es una materia sagrada. Sostén el aluminio
entre tus manos. Observa tu rostro reflejado, aunque sea de forma
distorsionada. Si miras
profundamente una cosa, encontrarás todas las demás, cada una en su propia
especificidad y potencia. Mira
el aluminio. ¿Las ves? El hielo, la retícula, la luz, las lágrimas, la masa, la
piedra, la risa, la tierra, los pulmones, el sudor, la montaña, los guardianes,
las manos, el río, la respiración, el conocimiento del lugar, del mineral, del
espíritu, de otras formas de vida. Todo ello fue fundido en conjunto,
brilló brevemente y luego fue desechado.
Sostén todo con cuidado —el papel de aluminio— entre
ambas manos. Añádelo a la letanía de los borramientos, como un guijarro al
montón, como un cristal sobre el altar. Mirar y escuchar en profundidad y con
reverencia, recordar incluso de manera inconsolable, es negarse al borrado, es
conocer el mundo material tal como es: de otro modo, de otro modo, de otro
modo.
Kriti Sharma y Pavithra Vasudevan - Link al original
https://www.climaterra.org/post/sobre-la-incompleta-obliteraci%C3%B3n-de-lo-sagrado

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