29.1.26

Nadie te quiere como tu familia te quiere, incluso cuando ni tú mismo sabes quererte

 ¿HAY ALTERNATIVAS A LA FAMILIA?                      

No es de hoy, sino como poco desde la revolución de los sesenta, que la familia sea impugnada en su papel de base del entramado social, por heteropatriarcal y opresiva. Desde entonces, comentaristas del mundo del pensamiento y sobre todo de las artes han insistido en presentar el vínculo familiar como una estructura rígida, más generadora de traumas que de sentido y más limitante que fecunda, proponiendo su disolución o sustitución por relaciones elegidas, reversibles y menos exigentes. 

Esta crítica, aun cuando señala patologías reales, tiende a confundir los abusos con la institución misma, al tiempo que ignora que la familia ha sido históricamente y sigue siendo el primer espacio de cuidado, transmisión y pertenencia, el lugar donde el individuo aprende no solo a afirmarse, sino también a convivir y socializarse.

No puede decirse que no se haya intentado superarla con propuestas alternativas. En Estados Unidos proliferaron las comunas jipis como The Farm (Tennessee) o Twin Oaks (Virginia), que apostaban por la crianza colectiva y la disolución del matrimonio; con el paso de los años muchas reintrodujeron la vida familiar estable o se disolvieron por conflictos internos y hundimiento económico (en Twin Oaks quedan hoy un centenar de personas). 

En Europa, la Kommune 1 de Berlín (1967), símbolo de la contracultura, terminó en pocos años entre disputas, abusos y abandono del proyecto original; en Zegg queda una ecovilla también con un centenar de personas que aparentemente funciona. En Israel, los kibutzim ensayaron durante décadas la crianza infantil en «casas de niños», separándolos de sus padres por la noche; a partir de los años ochenta, tras estudios psicológicos y la presión de los propios hijos ya adultos, el modelo fue abandonado casi por completo y se volvió al hogar familiar. 

En la extinta URSS y otros países del bloque socialista se promovió la educación en internados y guarderías estatales para liberar a la mujer del «yugo hogareño», pero los informes oficiales acabaron reconociendo déficits afectivos, conductuales y de apego. Incluso experiencias educativas como Summerhill o comunidades espirituales como Auroville en India acabaron moderando su rechazo inicial a la estructura familiar y volvieron de un modo u otro a ella.

Contamos con el balance empírico de más de medio siglo: los experimentos de sustitución de la familia han tendido a corregirse, replegarse o fracasar, no por nostalgia conservadora, sino porque la familia sigue cumpliendo funciones que ninguna alternativa ha logrado sostenerse en el tiempo. La sustitución del afecto familiar por otras opciones ha resultado inviable, y ese fracaso no se puede atribuir a las «fuerzas vivas del mercado» o la presión social en países de largo libres, pudientes y por lo demás eviscerados de religión, principios morales fuertes e incluso ideas de sentido fundantes: vivimos en la posmodernidad y no puede negarse.

Nada de eso impide que cada dos semanas surja alguien, habitualmente una artista, proponiendo acabar con la familia. Si se le da mucho bombo no es porque resulte transgresora —no puede ser medio siglo más tarde—, sino precisamente porque resulta absurda y recaba  likes en la subsiguiente y lógica protesta. Uno sospecha que tras estas extemporáneas arremetidas hay, junto a un deseo de autopromoción, historias terribles (porque hay familias desastrosas), y por tanto no me gusta hacer leña del árbol caído, de modo que no daré nombres. Resulta, además, que la pregunta es interesante, la de la alternativa a la familia, porque nos recuerda qué hay de valioso en un hogar y que hay aspectos de lo humano que no son culturales, sino antropológicos.

Los intentos actuales de debilitar la confianza en la familia no suelen ser muy originales. Se exalta una autonomía entendida como independencia absoluta, desvinculada de toda deuda y de todo legado. El resultado, también eso ahora lo sabemos (una de cada tres personas en nuestro país vive sola), no suele ser un sujeto más libre, sino más frágil, obligado a reinventarse sin raíces y a sostenerse sin red cuando llegan la enfermedad, algún triste traspié o el fracaso. No es de extrañar entonces que el reverdecer de estas propuestas haya tenido que ver con el auge del individualismo expresivo y la peor cara del consumismo, que mercantiliza todo lo humano. Hasta las supuestas «influencers de lo tradicional» son astutas comerciales que monetizan un marketiniano relato.

Por fortuna, no son solo artistas desnortados quienes se replantean la cuestión de la familia; también lo hacen pensadores serios. Se preguntaba, en este sentido, Laura Freixas en un reciente artículo en La Vanguardia (“Por fin solas”), por la cantidad de escritos y experiencias que mostraban un rechazo frontal a la pareja y la familia en nuestros tiempos, como si su popularidad hubiese caído en picado: un artículo del New Yorker sobre una pareja feliz con hijos que a los setenta decidía explorar otras relaciones, una influencer que perdía cuatro millones de seguidores al presentar en sociedad a su novio, la celebración en películas y medios del divorcio, empresas que se dedicaban a celebrar «divertidos y alegres funerales del matrimonio» (sic), etc. 

Pero Freixas, cuya defensa de los derechos de la mujer durante decenios hay que aplaudir sin ambages, se pregunta hacia dónde encamina todo eso cuando esa lucha ha avanzado como lo ha hecho. Y lo hace desde su propia experiencia personal, con pareja y niño adoptado: «A través de sus ojos he visto lo que supone, en la realidad—no en la abstracción ideológica— no tener, literalmente, familia». Y es que Freixas honra su vocación intelectual: tiene la valentía propia de la pensadora crítica, capaz de estar por encima de consignas y conveniencias y llegar hasta donde le lleven sus razonamientos.

El reto no es demoler la familia, sino mejorarla y fortalecerla, reconociendo que su valor no radica en una perfección inexistente, sino en su capacidad —siempre imperfecta— de acoger, corregir y acompañar el crecimiento humano a lo largo del tiempo. Ni que decir tiene que la igualdad de derechos y obligaciones entre hombres y mujeres es irrenunciable, y ese camino, en gran medida en los países más civilizados, se ha recorrido con éxito, aunque queden etapas. Ocurre, además, que la exaltación del divorcio no es más que otra de esas «creencias de lujo» a las que se refiere Rob Henderson: una parte de la pobreza de este país proviene del oneroso lance que supone dividir una familia, por no hablar de las parejas que sencillamente no pueden permitirse separarse.

«El dilema» —dice Freixas— «no es entre ir adelante, hacia una orgullosa soledad, ni atrás hacia las fórmulas tradicionales, sino que hay muchas cosas a los lados». Aquí es donde disiento con ella. Para empezar, porque hay muchos tipos de familias, algunos de ellos espléndidos (¿la mayoría?, ¿acaso alguien los ha contado?), y no se puede cancelar sin más el modelo, englobando a todas las familias en la dominada por el marido-proveedor-rey, cuando hoy son absoluta mayoría, en nuestro país, las igualitarias. 

Para seguir, porque en un mundo enfermo de individualismo, el «asociacionismo» o «jubilarse entre amigos», alternativas que ella propone, de ningún modo va a ser una opción que vaya a sostener a la sociedad y cuidar a las personas. Aquí es donde resulta fundamental discernir lo anecdótico de lo sociológico y recordar el puñado de experimentos que con estas hechuras subsisten; podrán surgir nuevos remedos de las comunas, pero tendrán, casi todas, el destino de los anteriores.

Cuidar es un desafío moral, una exigencia y una aventura para la que los lazos familiares —consanguíneos o no: un hijo adoptado es exactamente un hijo— han demostrado ser una y otra vez los mejores. Otras opciones son posibles y algunas van a funcionar, pero no van a ser la base de ninguna sociedad que funcione. La crisis del compromiso, la celebración de la autonomía como libertad en vez de su reconocimiento como soledad y la estúpida festividad en torno al fracaso amoroso (eso es un divorcio) van a conducirnos a un mundo peor y más desabrido si no le ponemos remedio. 

La realidad económica de la crisis habitacional o el drama del envejecimiento en soledad tampoco pueden negarse utópicamente. Explorar alternativas a la familia siempre es interesante, y va a ser desgraciadamente necesario; pero hacerlo sin luchar porque además haya cada vez más buenas familias sería enormemente irresponsable.

Al final de nuestro peregrinar por las alternativas no es extraño que volvamos al corazón de lo humano. En Todo aquí está bien de Emma Straub, una de las protagonistas reflexiona con una ternura que duele: «Nadie te quiere como tu familia te quiere, incluso cuando ni tú mismo sabes quererte». Amar y ser amado incondicionalmente no es propio de utopías comunitarias ni es algo que ni siquiera contemplen las ideologías que les dan cobertura: es el resultado común de las pequeñas entregas diarias familiares. Por eso reivindicar la familia de hoy —en toda su diversidad— es apostar por ese tejido de fidelidad, cuidado y arraigo que ninguna alternativa ha demostrado poder sustituir.

Lo lúcido, a estas alturas, es reconocer que tal vez ninguna pueda.

David Cerdá García

https://disidentia.com/hay-alternativas-a-la-familia/  

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