11/8/20

La importancia de la tolerancia, la libertad de expresión, la presunción de inocencia

ALGO EN LO QUE CREER

En los momentos más afortunados de la historia, cuando nos hemos sentido pletóricos y en disposición de avanzar, y de hecho hemos avanzado, nuestra determinación iba acompañada de un sentimiento de reverencia hacia el pasado. Esta conciencia del ayer, de la importancia del origen era nuestro punto de apoyo, aquello que daba sentido al presente y lo proyectaba hacia el futuro. Mirábamos hacia delante con confianza porque el presente no era, como parece ser hoy, un lugar que flota en ninguna parte, sin más estímulo que vivir el momento, sino un árbol sólidamente arraigado, con raíces profundas, del que brotaban ramas vigorosas que desafiaban al cielo.

Sin embargo, desde hace tiempo el pasado viene siendo objeto de una admonición colectiva que primero lo ha desvirtuado y después lo ha vaciado de todos sus logros, condenándolo a la negación y finalmente al olvido. Hoy nos queda si acaso una idea circular del progreso, lo que llaman progresismo: la búsqueda de un mundo feliz y seguro en un presente continuo que nos convierte en náufragos del tiempo.

Lamentablemente, el presente por sí solo es un alimento escaso, incapaz de satisfacer el hambre de significado inherente al ser humano. Da igual la época. El sentido de la vida, la razón de la existencia nos resulta hoy tan inquietante e incomprensible como hace veinticinco siglos.
Por eso nuestros antepasados recreaban los grandes acontecimientos, y reverenciaban lo que se les había enseñado en casa, en la escuela y en el templo. Sabían, tal como hoy sabemos nosotros, que la vida de cada uno es extremadamente breve e intrascendente, y por eso decidieron incardinarla en la idea de progreso, para dotarla de sentido. Esto, sin embargo, no implicaba renunciar a la identidad individual, consistía en compartir un marco común de entendimiento donde el pasado era una referencia indispensable. El punto que unido al punto del presente dibujaba una línea que apuntaba hacia el futuro.

Cuando renegamos del pasado para liberarnos de ataduras y vivir sólo el momento, buscando la satisfacción inmediata y la autoafirmación, nos transformamos en depredadores hambrientos que merodean alrededor del presente, como si éste fuera una presa famélica; lobos condenados a devorar la misma oveja descarnada un día tras otro, eternamente, sin poder saciarse nunca. Pero, aunque como depredadores merodeemos juntos, no somos siquiera una manada porque nada nos une salvo el hambre. Estamos aislados unos de otros. Y la distancia que separa el aislamiento de la autodestrucción es muy estrecha.

“COMERSE EL MUNDO” O ABANDONARLO PREMATURAMENTE

En estos tiempos del Coronavirus, los expertos advierten que la depresión, la ansiedad y el estrés serán las próximas pandemias, pero lo cierto es que la depresión ya era una pandemia antes de la Covid-19. En enero de 2020 se estimaba que afectaba a más de 300 millones de personas en el mundo y que una de sus consecuencias, el suicidio, era responsable de al menos 800.000 muertes cada año. En los individuos de 15 a 29 años, es decir, los jóvenes, el suicidio era ni más ni menos que la segunda causa de muerte.

Así pues, algo estaba pasando con nuestro mundo y especialmente con la juventud para que muchos de nuestros jóvenes, en vez de comerse el mundo, decidieran abandonarlo de forma trágica y prematura. Y que otros muchos, especialmente en los países anglosajones, desarrollaran una sensibilidad extrema no ya a la natural adversidad de la existencia, sino a cualquier idea, afirmación u opinión que pudiera resultarles mínimamente turbadora; incluso parecían haber decidido que el mero hecho de debatir era una agresión intolerable.

Hace poco menos de una década que saltaron las alarmas respecto de esta hipersensibilidad juvenil. Desde entonces hasta hoy, numerosos autores han tratado de desentrañar sus causas y proponer soluciones, al parecer sin mucho éxito, puesto que, lejos de remitir, el problema continúa agravándose. En uno de los ensayos más recientes que abordan esta problemática, “La transformación de la mente moderna”, Jonathan Haidt y Greg Lukianoff, recurren a la idea de que la “cultura de la dignidad”, que había reemplazado a la “cultura del honor”, ha sido reemplazada a su vez por la “cultura del victimismo”, en la que cualquier palabra, afirmación o discrepancia, por insignificante que sea, es susceptible de ser considerada una agresión. Este fenómeno se sustenta en la idea de que existen microagaresiones, breves y cotidianas humillaciones verbales, intencionadas o no, que transmiten desaires hostiles, peyorativos y negativos hacia las personas que pertenecen a determinados colectivos.

A la idea de la cultura del victimismo, original de los sociólogos Bradley Campbell y Jason Manning, Haidt y Lukianoff contraponen como posible solución la terapia cognitivo conductual (TCC). Puesto que los sentimientos tienden a confundirnos, sólo podremos alcanzar el equilibrio mental si aprendemos a cuestionarlos y a liberarnos de las distorsiones de la realidad. Así, como explican Haidt y Lukianoff, la TCC nos ayuda a darnos cuenta de cuándo estamos desarrollando «distorsiones cognitivas» como, por ejemplo, el catastrofismo, y lo que ellos llaman «filtrado negativo», que consiste en atender sólo a las críticas negativas, en vez de valorar también las positivas.

LAS TERAPIAS NO BASTAN

Es de agradecer el esfuerzo de estos autores y otros muchos para proporcionar herramientas con las que los jóvenes puedan afrontar y superar su alarmante fragilidad, y convertirse así en personas resistentes y maduras. Sin embargo, su libro no deja de ser en buena medida un manual de autoayuda que, como tal, contempla la realidad desde una perspectiva muy estrecha. El problema es que los expertos tienden a circunscribir los problemas, por complejos y profundos que sean, al ámbito de su especialidad. Por eso hasta no hace mucho existía una jerarquía entre intelectuales y expertos. Hoy, sin embargo, el empirismo, a pesar de sus enormes limitaciones, ha colocado a los expertos en una posición predominante. Y el intelectual público, o el filósofo, que está prácticamente en fase de extinción, ha pasado a ser un tipo que desarrolla hipótesis extrañas que no pueden ser demostradas.

Sea como fuere, cuestionar argumentos menores como el de las “microagresiones”, incluso vaciarlo racionalmente de fundamento, no es suficiente. Como tampoco es suficiente, por muy útil que resulte, la TCC para sobrevivir en un mundo que ha validado ideas y actitudes equivocadas y extremadamente corrosivas. Creencias, en suma, que son contrarias a la propia naturaleza humana, y que, según parece, ni Jonathan Haidt ni Greg Lukianoff cuestionan, más bien al contrario: las asumen como un paisaje inevitable, incluso llegan a confundirlas con las buenas intenciones.

Hace algunos años, un conocido que atravesaba una situación bastante mala, en lo personal y lo profesional, acudió a un psiquiatra porque se sentía bastante deprimido. Cuando terminó de explicar en la consulta cuales eran sus circunstancias, miró al psiquiatra angustiado y le preguntó: “¿Estoy loco?”. El psiquiatra esbozó una sonrisa piadosa y respondió: “No. Tienes motivos más que suficientes para sentirte bastante deprimido”.  Sirva esta anécdota para separar el problema de la hipersensibilidad de muchos jóvenes de otro problema más profundo frente al que no valen las terapias: el desquiciamiento que parece haberse apoderado de nuestro entorno.

Esperar que los jóvenes sobrevivan en un mundo donde las “grandes” ideas que prevalecen desafían a la lógica, y donde no ya en su opinión, sino en la de sus maestros, han de renegar de sus orígenes, de su historia, de su pasado, de las costumbres de sus padres y abuelos, para flotar a la deriva en un presente de diseño, al albur de un puñado de ideólogos, es como esperar que superen una prueba de supervivencia de un cuerpo de operaciones especiales para el que sólo son aptos unos pocos elegidos.

Hasta hace no mucho, cuando un joven estaba confuso y no sabía cómo afrontar una situación, buscaba el consejo de sus mayores. Hoy, por el contrario, recurren demasiado a menudo a los psicólogos. Los abuelos ya no sirven. De hecho, se han vuelto un engorro cuando de lo que se trata es de apurar el presente. Por eso los abandonamos en las residencias, donde languidecen y mueren en silencio. Una realidad que ha puesto de manifiesto la pandemia para vergüenza de todos.

La sociedad que desatiende a sus ancianos, que los ignora deliberadamente, difícilmente podrá desarrollar un amor auténtico por sus hijos y, en consecuencia, no velará por ellos como es debido. Si acaso, les proporcionará comodidades, entretenimiento y caprichos; es decir, hará de ellos unos consentidos… a cambio, claro está, de que no molesten. Del mismo modo, y por elevación, la sociedad que reniega de su pasado no podrá proyectarse hacia el futuro.

La terapia cognitivo conductual puede servir para tratar a aquellos sujetos que muestren una distorsión propia y singular de la realidad. Pero cuando esta distorsión es colectiva, tal vez el problema no sea tanto psicológico como de educación y conocimiento. De ser así, bastaría con enseñar en donde corresponde, y como siempre se ha hecho hasta ayer mismo, en qué consiste y por qué es tan importante la tolerancia crítica, la libertad de expresión, la presunción de inocencia, la pluralidad y el debate. Y también que gracias al pasado existen todas esas cosas. Quizá, en definitiva, los jóvenes —y también los adultos— necesitan algo en lo que creer, algo que no sea un cuento para niños, cuyo final feliz, por imposible, desemboca en la depresión, la negación y la ira.


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