EL POTENCIAL DE LOS COMUNALES
Cuando empecé a agobiarme con todo el tema del colapso
(gracias al blog de Antonio Turiel y al de Chris Martenson) no tenía ni
idea de lo que eran los comunales. Había aprendido en el colegio lo que
eran los comuneros, y las desamortizaciones y demás, pero jamás
como algo que pudiera tener relación con mi vida o con el momento presente.
Visto en retrospectiva, creo que no hay nada que me hayan
explicado tantas veces sin haber llegado en realidad a entenderlo. Sospecho que
no es casual.
De todas formas, yo parecía estar empeñada en no ver las conexiones. El tema tuvo un boom cuando se hizo conocido con Calibán y la bruja, de Silvia Federici, que hace un seguimiento de cómo la privatización de los comunales durante el proceso de acumulación del capitalismo tiene relación con la represión de las mujeres no solo a través de la caza de brujas.
En ese
momento yo vivía en Madrid y estaba en fase de enamoramiento con los comunes
urbanos por la primera Ingobernable, un CSOA de lujo en pleno Paseo
del Prado (así cualquiera se enamora, claro). Pero creía —como una cree siempre
a los veintitantos— que lo que estábamos haciendo allí era inventar algo, y no
redescubrirlo.
En esos primeros años de búsqueda de alternativas a lo que
me parecía un camino directo al hoyo, si alguien me hubiera dicho que ya
existían estructuras descentralizadas, basadas en los recursos propios de cada
territorio y en la democracia directa, me habría parecido demasiado bonito para
ser verdad. Y sin embargo, existen.
No es casualidad que no los encontrara, como decía: por una
parte, han sido esquilmados y reducidos a una cuasi mínima expresión en buena
parte de la Península Ibérica (excepción de Galicia, donde son una potencia
económica respaldada por comunidades
fuertes y articuladas); por otra, un martillo solo ve clavos, y mi mente
criada en el puro neoliberalismo no era capaz de ver tras las distintas capas
en las que se envuelven los comunales de hoy en día y apreciar lo que hay
debajo.
Los comunales son recursos —tierra, agua, bosques,
pesquerías, edificios...— que no son gobernados por un ente privado ni por una
institución pública, sino por la comunidad a la que afectan. Es decir, si un
pueblo está al lado de un bosque, la gente de ese pueblo se pone de acuerdo
para decidir cómo administrar los bienes que se obtienen de ese bosque.
Aquí ya hay otro escollo de la mentalidad neoliberal, porque
en otro mundo podría decirse que un bosque no es un recurso a nuestra
disposición, y que, en realidad, el bosque se pertenece a sí mismo,
pero vamos por partes.
A muchos ya os sonará esto, porque al fin y al cabo Elinor
Östrom ganó ya hace unos años el llamado Premio Nobel de
Economía por describirlo. Pero este texto va para gente como yo, que pueda
insistir en no hacer la conexión entre unas cosas y otras.
Si seguimos con el ejemplo del bosque, como decía, sería la
gente del pueblo quien (en asambleas, concejos o a través de
juntas vecinales) decide de manera horizontal qué hacer con ese bosque. La
pertenencia a esta asamblea viene dada por habitar ese pueblo, generalmente con
indicadores como tener una casa de cuya chimenea salga humo en invierno,
lo cual desacopla la mera propiedad de la verdadera pertenencia a la comunidad.
Esta es una cláusula que va a la línea de flotación del
capitalismo: nadie puede habitar dos lugares a la vez. El ligar la toma de
decisiones a la presencia en el territorio limita la acumulación. Este límite
blindado por la ley, en combinación con la democracia directa, es lo que hace
que los comunales sean una herramienta única.
Supongo que si Elon Musk o la junta de accionistas de
Syngenta quisieran podrían hacer humo en casas en las que no hay nadie, o
contratar a gente para que viviera en el pueblo en cuerpo, pero no en alma,
votando lo que ellos quisieran (así es el trabajo asalariado). Hasta la fecha,
nunca ha habido tanto en juego como para que se dieran estos escenarios
distópicos, y si se dieran entiendo que el concejo podría poner medidas.
La gestión comunal, se viene viendo en las últimas décadas,
tiene un gran potencial para la conservación de los recursos naturales (ya
vuelvo otra vez con los recursos); esto se basa en algo que no
siempre se da, y que personalmente es un dogma de fe: que cuando la gente tiene
espacios en los que escucharse verdaderamente, toman decisiones que benefician
al conjunto y al largo plazo (en vez de decisiones individualistas y
cortoplacistas). En un contexto en el que el mensaje contrario es la voz
dominante, esto es cada vez más una lucha en sí misma. Creo que esto es lo que
hace que el concepto de común apele tanto a gente que vive
lejos de cualquier bosque. Todos lo hemos visto ocurrir.
La existencia de los comunales calma la voz que se resiste
al mensaje dominante, gritando “Yo no soy la rata codiciosa que decís que soy”
y diciendo que a la patraña de la mano invisible le hace falta
remangarse y ponerse a dialogar de una vez con las otras manos.
Lamentablemente, los comunales vienen sufriendo desde hace
siglos un proceso de desmantelamiento y privatización que los mete en un
círculo vicioso: su gestión y propiedad se ha ido introduciendo en sucesivos
juegos de trileros en los que acababa siendo parte de los ayuntamientos y
administraciones públicas (con represión violenta incluida cuando los vecinos
se rebelaban); como el Ayuntamiento responde a autoridades de partido que están
en otro lugar, la relación con el territorio se va haciendo más débil y
la democracia cada vez más indirecta. Esto hace que las
personas vayan teniendo menos incentivos para participar en la toma de
decisiones y, al abandonarse los espacios de gobernanza que quedan, la
administración o los agentes privados no tienen más remedio que
entrar a hacerse cargo.
Decía antes que Elon Musk no puede vivir en dos casas a la
vez. Lo que sí se puede, y está pasando, es pagar lo suficiente para que las
comunidades voten en contra de sus propios intereses a largo plazo, y eso es un
tema importante que debería abordarse de forma separada. Mi postura es que esto
no ocurriría en comunidades lo suficientemente fuertes, como se está viendo en
importantes protestas actuales contra los macroproyectos.
A día de hoy, en la mayoría de lugares de la Península
Ibérica, el comunal se mezcla con el Ayuntamiento (aunque en muchos sitios se
sigue llamando lo del pueblo) y el concejo se ha quedado reducido a
votar a representantes cada ciertos años, en estructuras que pueden replicar
las mismas condiciones de cutrerío que vemos en cualquier otro sitio donde nos
juntemos seres humanos más de diez minutos. En la mayoría de casos, se trata de
gente que hace lo que puede con lo que tiene.
Y lo que tiene, en mi opinión, no es suficiente para
aprovechar el potencial tan grande de la estructura en la que se están
moviendo. En pueblos con más gente, y con gente articulada entre sí y conectada
con su territorio, existirían las bases para que estas personas pudieran estar
liderando una verdadera transformación ecosocial, amparada por una ley de
siglos. En la práctica están votando, en tiempos robados a otras cosas, a qué
empresa adjudican las cortas en los próximos años.
Esto cambia sustancialmente de unas regiones a otras, y de
unos tipos de comunal a otros (depende de a qué llamemos comunal):
en Galicia, los montes vecinales en mano común son una potencia maderera,
relativamente articulada y con un poder importante; en muchos pueblos de
Castilla, el comunal es un lote de tierras que se adjudica para cultivar igual
que si fuera del Ayuntamiento; en mi pueblo, lo que era la dehesa comunal es ahora
terreno hormigonado donde se han construido las VPO.
No quisiera yo que esto fuera un llamado a que los urbanitas
nos fuésemos a otra ronda de decirle a la gente del medio rural lo que tiene
que hacer y a qué velocidades. La mentalidad urbana, pintada de verde agroeco,
también puede ser una forma de colonización. Pero creo —y las leyes de la
termodinámica me amparan— que hace falta una redistribución de población, y
creo que existe la posibilidad material (que no el equilibrio de fuerzas) para
hacerlo de una forma horizontal, descentralizada y sostenible.
Frente a una política de polarización y trincheras, y una
acción climática basada en concebir el mundo a través de Google Maps, tenemos
estructuras que nos permitirían una política deliberativa, con una propiedad
distribuida y anclada a los recursos reales, al presupuesto real del
territorio.
El primer paso, que a mí me ha llevado tanto tiempo, es,
supongo, hacer las conexiones.
https://www.15-15-15.org/webzine/2026/04/23/el-potencial-de-los-comunales/

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