EL DESPERTAR DEL HORTELANO URBANITA
GUÍA PARA CULTIVAR EN TU BALCÓN O TERRAZA
¿Hasta las narices de
que el pepino no sepa a nada y de que la albahaca muera sin avisar? Tal vez ha
llegado el momento de convertir tu balcón, tu terraza o ese rincón con buena
luz en un pequeño huerto doméstico. Déjanos enseñarte y podrás compartir tu
generosa cosecha con tus vecinos y vecinas. Los macetohuertos están a la orden
del día.
Un fenómeno silencioso está colonizando balcones y terrazas de muchas ciudades: la pequeña revolución de los micro huertos domésticos. Porque sí, mientras el asfalto sigue ahí, cada vez más gente está plantando tomates donde antes había una silla plegable, una bici vieja o una maceta moribunda. No es solo jardinería: es terapia antiestrés, un pequeño gesto de soberanía alimentaria -el derecho a consumir alimentos con sabor y sin tóxicos- y una forma distinta de habitar la ciudad.
Mancharse las manos de tierra tiene un efecto sorprendente en una vida hiperdigitalizada: bajar revoluciones, observar cómo crece algo y recordar que no todo funciona a golpe de notificación. Aunque a veces estaría bien que la albahaca te enviara un WhatsApp antes de morirse por falta de agua.Antes de nada, tienes que saber que cualquiera,
hasta la persona más inepta, puede convertirse en hortelano urbanita. La
falta de espacio y de horas de sol ya no es una excusa. Como todo en la vida,
siempre habrá niveles. Pero con dedicación puedes hasta conseguir que la
cosecha sea generosa. Y, ya puestos, ¿te imaginas regalando el excedente de
tomates cherry a la vecina que los ha regado en tu
ausencia?
Ahí empieza la parte más emocionante del asunto: descubres
un nuevo vínculo con tus creaciones. Porque en la jardinería, en general, y en
la horticultura de balcón y terraza, en particular, hay un claro componente
emocional que brota la primera vez que te comes esa carnosa zanahoria que ahora
se te antoja más sabrosa y con más propiedades que ninguna.
¿Te apetece descubrir las bondades de la horticultura
urbana? Vamos paso por paso.
Busca dónde cultivar
Todo es candidato a ser tuneado para convertirse en maceta,
pero hay unos requisitos mínimos. Los expertos hablan de volúmenes para
referirse al tamaño del contenedor. Un cubo de fregona tiene unos 14 litros: lo
que necesitas, por ejemplo, para plantar pimientos y acelgas. Pero de momento
hablemos de centímetros: indispensable que mida 20 de alto (el palmo que
necesitan las raíces para crecer a sus anchas). Importante: ha de tener siempre
orificios abajo para que salga el agua de riego que sobra y, en la base, una
capa de gravilla, arcilla expandida o pequeñas piedras que ayude a mantener el
drenaje. La planta quiere beber, no hacer submarinismo.
En muchos gardens, de hecho, venden cómodas mesas
de cultivo (no tendrás ni que agacharte). Pero también puedes triunfar con un
simple saco de tierra (especial para huertos), abriendo tú los agujeros de
drenaje y el orificio de arriba -con dos pequeños cortes en forma de cruz-
donde colocarás el plantel (la versión mini de la planta).
Un clásico es recurrir a la botella de plástico:
haces miniagujeros en el tapón, cortas la botella por la mitad y la parte de
arriba la colocas invertida sobre la de abajo. Será tu pequeño tiesto (empieza
con fresas y triunfarás). Dispuesta así, el culo de la botella le dará
estabilidad y te servirá para recoger el agua de más con sus correspondientes
nutrientes, que reutilizarás para volver a regar.
Más ideas: convierte cajones o cajas en huertos verticales que
fijarás al cabo de unos meses en la pared y con los que crearás un muro vegetal
que reducirá el calor de la casa. Aunque para eso, más que tener mano
verde –como se dice de quien tiene buena maña con las plantas–, debes
ser un manitas con el bricolaje. No te estreses: recuerda que una maceta al uso
puede servir (siempre que no aspires a recolectar melones, sandías y calabazas,
claro). Pasemos entonces a hablar del sustrato, que es como se llama a la
tierra de los huertos.
Al rico cultivo
Si te da por recuperar una maceta que relegaste al olvido en
una esquina del balcón, piensa que la tierra habrá perdido los nutrientes, así
que cámbiala por un sustrato esponjoso (que permite que respiren las raíces y
retiene la humedad), ligero y nutritivo. Piensa que con el riego lo único que
haces es saciar la sed, pero no hay que olvidarse de la comida.
Más arriba hemos comentado que se comercializan sacos
especiales para huertos, pero puedes preparar el sustrato tú mismo mezclando un
40% de humus (abono que fabrican las lombrices) con un 60% de la mágica fibra
de coco que debes sumergir antes en agua un buen rato (verás cómo su tamaño
aumenta de forma espectacular). Una vez hecha la mezcla, llena el contenedor
dejando un par de centímetros de margen, no se vaya a caer cuando riegues. Y no
la aprietes demasiado.
Recuerda que en la mesa de cultivo debes separar las
semillas y los planteles según sea la especie (si los juntas demasiado,
fracasarás). Algunos necesitan más distancia. Las tomateras, las judías y los
guisantes, por ejemplo, exigen su espacio (unos 50 centímetros) y requieren de
cañas para guiar su crecimiento.
Y debes saber que hay plantas que se llevan muy bien entre ellas. Por ejemplo, los espárragos y los tomates; los pepinos y la capuchina o las lechugas y las cebollas. Y otras que se perjudican si están al lado. Regla de oro: mantén las leguminosas (que fijan nitrógeno) lejos de las aliáceas (cebolla, ajo, puerro), ya que estas últimas contienen compuestos azufrados que matan las bacterias beneficiosas que las legumbres necesitan para crecer.
No te olvides de abonar dos o tres meses después de la
plantación. Y memoriza tres símbolos químicos que encontrarás indicados en
muchos preparados: el nitrógeno del que antes hablábamos -favorece que crezcan
las hojas-, el fósforo -refuerza la resistencia de la planta y ayuda a
desarrollar las raíces- y el potasio -favorece la floración y el desarrollo de
los frutos-.
¿Y qué pasa con los abonos caseros, como el poso del café?
Pues que es un pelín ácido y podría cambiar el pH del sustrato si pones
demasiado. Pero con moderación puedes esparcirlo en época de floración porque
es rico en potasio.
Si no tienes sol, no
te rindas
Si tu balcón o terraza están orientados al sur, estás de
suerte. Y si dispones de seis horas de sol como mínimo, ¡bingo! Pero como esto
no se elige, si este no es tu caso, actúa en consecuencia.
Lo más inteligente es que descartes las plantas de fruto,
como los pimientos, las berenjenas o los calabacines. Te saldrían raquíticos y
estériles.
En su lugar, prueba con lechugas, acelgas, canónigos,
rúcula, ajos, puerros, rabanitos y espinacas. Aunque cuidado con el alimento secreto
de la fuerza de Popeye: si el sol es casi nulo, acumula en sus hojas nitritos
que pueden ser tóxicos. Tampoco tendrás problemas con las plantas aromáticas. Y
no te olvides nunca de la indispensable albahaca, aunque tu huerto sea soleado.
Es un excelente repelente de insectos.
Cómo plantar y regar
Riega el sustrato y remuévelo para que se airee. Si optas
por semillas, no las entierres demasiado porque morirán en el intento de
asomarse: más o menos, la profundidad equivale a su tamaño. Y si se trata de un
plantel, hunde la raíz hasta la base. Al principio, proporciona bastante agua
para mantener la humedad mientras dura la germinación. Y cuanto más crece la
planta, más hay que regarla.
Eso sí: un fallo muy habitual es excederse. ¡La de
hortalizas que fallecen ahogadas porque se pudren las raíces! Aquí una útil
comparación pastelera: igual que pinchas el bizcocho con un palillo para ver si
sale seco y confirmar que ya está hecho, introduce el dedo en la tierra a
conciencia. A veces está seca solo la parte superficial, no el interior. Y deja
que la planta y la maceta te hablen: si está mustia o si golpeas el recipiente
y suena hueco, ¡a por la regadera!
En cuanto a aguas, la de lluvia es la mejor. Recógela siempre que puedas. La
del grifo, en cambio, deberás dejarla reposar un día para que el cloro se
evapore. Ah, y en invierno riega por la mañana; en verano será mejor que lo
hagas al atardecer (evitarás pérdidas de agua por evaporación).
Bichos y enfermedades
Si quieres que tus flores sean polinizadas y den frutos, te
falta un paso más: atraer a abejas, mariposas, mariquitas, entre otras. Tener
cerca del huerto, o dentro mismo, flores llamativas como las vistosas
capuchinas es una buena jugada. Además, resulta que puedes comerte sus flores y
hojas.
¿Y qué podemos hacer para poner en jaque mate a los animales
y a las plagas que dañan la cosecha? Si encuentras alguna anomalía en las
plantas, es básico poner remedio rápidamente. Si la opción de las
aromáticas-repele-bichos no es suficiente para acabar con ellos, existen
tratamientos fito-sanitarios a base de productos bio que te ayudarán.
Es importante que tu huerto sea lo más ecológico
posible. Si te animas, puedes preparar un potente insecticida
multiusos hirviendo un litro de agua con cinco dientes de ajo machacados y una
cucharada de jabón potásico (o jabón de lagarto neutro). Una vez que la
infusión se enfríe y repose unas 24 horas, cuélala bien y pulveriza tus plantas
al atardecer; así evitarás que el sol queme las hojas mojadas.
Pero si te decantas por los productos sintéticos, no te
olvides de usar la dosis adecuada y respetar el plazo de seguridad a la hora de
la recolección. Solo así evitarás que sean dañinos para la salud. Lo importante
es identificar el problema, ya sea una plaga o algún tipo de enfermedad. Y,
ante la duda, acudir a un centro de confianza que te asesore. Es importante no
explotar la mesa de cultivo. Además de impedir que crezcan las plantas y
absorban los nutrientes esenciales, provocas, precisamente, un clima propicio
para plagas y enfermedades.
La recolección
No te impacientes. Es importante saber cuánto tiempo debe
pasar desde que siembras hasta que puedes empezar a recolectar. Hay plantas muy
agradecidas, como la acelga, que no requiere excesiva luz y sobre la que se
recomienda sembrar en primavera (pero es apta todo el año). De hecho, como pasa
con la lechuga, puedes ir consumiendo las hojas del exterior mientras sigue
creciendo. El brócoli, en cambio, necesita hasta 40 semanas.
Tierra en las uñas
Mancharse las manos es, en realidad, una receta psicológica
infalible. Hundir los dedos en el sustrato hasta que la tierra se
incruste en las uñas es una intervención neuroquímica real. Al desenterrar una hortaliza que asoma,
entramos en contacto con la Mycobacterium vaccae, una bacteria
inofensiva del suelo que estimula la producción de serotonina en el
cerebro con una eficacia comparable a la de los fármacos antidepresivos.
Como explica la psiquiatra Stuart-Smith en La
mente bien ajardinada, la horticultura establece una conversación
eterna de ida y vuelta: tú actúas y la naturaleza responde. En definitiva,
nuestra salud mental también depende de algo tan físico y directo como no
perder el contacto con la base biológica de la vida. Cuidar de tus hortalizas
es una manera de cuidar de ti mismo. Es la única terapia donde puedes enterrar
tus problemas (literalmente) y, si tienes suerte, ver cómo meses después se
transforman en una ensalada en lugar de en una crisis de ansiedad.
Mancharse las manos de tierra tiene un efecto
sorprendente en una vida hiperdigitalizada: baja revoluciones, obliga a
observar y recuerda que no todo funciona a golpe de notificación
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