9.4.26

Si alguien se ha esforzado más, es justo que obtenga mayores beneficios de la sociedad

 DISEÑO DE SOCIEDADES                          

La Ciencia inexistente

Mi interlocutor me entregó una tarjeta presentándose como Society Designer.

Es indudable que la humanidad ha avanzado, pero hay una ciencia que todavía no se ha desarrollado: la Ciencia del Diseño de Sociedades.

Las reflexiones que siguen son rigurosamente apócrifas.

Habla usted de “armonizar contradicciones”. ¿A qué se refiere con ello?

Cualquier máquina se diseña armonizando contradicciones. Si queremos que un eje adquiera mayor velocidad angular, debemos vencer a su enemigo. En este caso, es el calor: el calor generado por la fricción. A mayor velocidad, mayor fricción; a partir de cierta velocidad, el eje se fundiría. Así que, si queremos más velocidad, deberemos rebajar la fricción o disipar el calor que genera. El desarrollo de las máquinas exige un diseño que, primero, detecte las contradicciones y, segundo, que las armonice, que las resuelva haciéndolas compatibles.

¿A qué llama usted contradicción?

En chino, el concepto de contradicción se representa por los caracteres, lanza-escudo. Si esto lo trasladásemos a la guerra moderna, podríamos hablar de la contradicción que supone el calibre de los cañones frente al blindaje. Las contradicciones se suelen presentar por pares: son variables que se relacionan inversamente. Si queremos más de una cosa, debemos tener menos de la otra. Las contradicciones, en el mundo físico, siempre se presentan en pares. Es importante retener este concepto: la contradicción es un par de opuestos. La contradicción funciona en pares, o en antónimos. El dilema que suscitan es de la forma: ¿cómo podremos maximizar ambas variables a la vez? O, al menos, ¿cómo logramos un punto de equilibrio?

Cuando habla usted de “diseño”, ¿se está refiriendo al diseño de maquinaria?

No solo de maquinaria. Cualquier sistema que funcione se diseña armonizando cosas incompatibles. De esa armonización surge una máquina, un sistema que funciona en torno a ese equilibrio. No solo se trata de las maquinarias o instrumentos diseñados por el hombre. La evolución lleva millones de años haciendo eso. Una especie no es más que una solución a contradicciones externas e internas. El universo se ha construido así desde el principio, armonizando contradicciones.

De acuerdo con eso, los avances científicos o técnicos surgirían de adaptar una o varias contradicciones a una solución ad hoc.

Efectivamente. Hay una abundante literatura sobre este asunto. Existe un método plenamente operativo para el diseño asistido para la investigación mediante la clasificación y análisis de contradicciones. Se desarrolló en 1946, en la Rusia soviética. Se llama Teoría para Resolver Problemas de Inventiva ("Tieoriya Riesheniya Izobretatelskij Zadach"), el método TRIZ.

¿Y usted sugiere aplicar un método similar al diseño de las sociedades humanas?

Históricamente, en la construcción de las sociedades humanas no se contempla armonizar nada. Las sociedades se construyen para su destrucción. Los sociólogos y los políticos dicen que esa es la norma inevitable, pero la realidad es que ellos han diseñado las sociedades para que colapsen en enfrentamientos y luego elevan el resultado de su diseño a norma, a ley sociológica.

Las sociedades primitivas no poseían este conocimiento. No podían diseñar la arquitectura de sus sociedades para hacerlas sostenibles. Las construían en torno a instintos como la voluntad de poder, la avaricia, la lujuria o... Algunas religiones tenían esa intuición y clasificaban esos comportamientos en la categoría de pecado o en la categoría de lo que se debía evitar. Sin embargo, las sociedades hicieron caso omiso a las religiones y, a pesar de ellas, sobre ellas se impuso otra vez la voluntad de poder o de dominación. La agresión y la violencia como reglas de relación.

Por eso nuestras sociedades no funcionan: porque sus diseñadores no desean que funcionen. Su arquitectura no se concibe como una construcción que armonice las contradicciones. Los enfrentamientos se resuelven con la violencia en ese tipo de sociedades. “Lo que no se puede resolver con la violencia, es lo que no se puede resolver”. Sin embargo, la violencia no resuelve la contradicción, no convive con ella. Simplemente acaba con su contrario, lo arrasa, lo extermina. Pero, al hacerlo, se destruye a sí misma, porque la contradicción solo tiene sentido con ambos extremos.

Hasta ahora, la historia de las sociedades ha sido un relato de los diferentes motivos de enfrentamiento: tribu contra tribu, pueblo contra pueblo, ciudad contra ciudad, nación contra nación, imperio contra imperio, religión contra religión, ideología contra ideología, etc. Cada forma de sociedad nace con su propio enemigo, con su propia guerra. Las sociedades se construyen para enfrentarse a algo o a alguien. Su diseño se realiza en torno a esa lucha. Pero, como afirma el Dao Te Jing, “la espada que se afila continuamente pronto perderá su filo”.


El paradigma ideológico actual oscila entre capitalismo y marxismo. ¿Qué opina de estas ideologías?

El capitalismo y el marxismo no son dos maneras de entender y organizar las sociedades, son la misma manera. Ambas pretenden describir el mundo como es. Definen un motor de las sociedades al que llaman “lucha de clases”. En esa definición básica de las sociedades marxistas y capitalistas se introduce la lucha, la guerra y el enemigo. A partir de ese instante, ya no hay más “solución” que la guerra: la guerra entre clases, la guerra entre los dos bandos enfrentados. La solución que “ofrecen” ambas ideologías es, esencialmente, la misma: acabar con el enemigo.

¿Es inevitable basar la sociedad en una guerra?

Si se analizan las contradicciones, partiendo de la base de que son inevitables, el enfrentamiento es obligatorio. Llegados a este punto, uno se debe preguntar: ¿por qué esas ideologías tienen el éxito de público que tienen? La explicación tiene que ver con los instintos. Los instintos de la especie son simples y violentos. Un programa basado en la lucha y la confrontación siempre tendrá éxito porque halaga nuestros instintos de agresión: nuestros instintos más bajos y más básicos. Esa es la mejor explicación de por qué triunfan esas dos ideologías de confrontación. Proponen soluciones simples para problemas complejos. Y ya se sabe que, según el teorema de la teoría de sistemas, eso es imposible.

Además, la estructuración de una sociedad en base a hordas enfrentadas solo tiene un camino: la destrucción de la misma y la sustitución de la horda que domina por otra que también va a dominar, por lo que la confrontación se prolonga indefinidamente. La sociedad va a “funcionar” hasta que, de tanto en tanto, se den estallidos de violencia y destrucción. Durante esos periodos, la acumulación de cultura y capital no solo se detiene, sino que retrocede, con lo que se están perdiendo no solo riqueza, sino también tiempo: el tiempo en el que se han realizado las obras que ahora, en la “revolución”, se destruyen.

En cualquier caso, las revoluciones, las guerras, no concluyen en soluciones verdaderas. En primer lugar, porque no lo pretenden. No es una cuestión de diseño. No es una cuestión de arquitectura. Es simplemente quitar del poder a una casta dirigente y sustituirla por otra. Hay que ir hacia arquitecturas diferentes de la sociedad si queremos buscar estabilidad y progreso.

Utiliza usted continuamente la palabra arquitectura. Me imagino que eso es una metáfora.

Sí, le pondré un ejemplo: en inglés utilizamos una palabra, “corridor”. Es una palabra de origen español. ¿No teníamos en inglés una palabra para corredor? Pues antes del siglo XVII, no es que no tuviéramos palabra para corredor, es que ni siquiera teníamos corredores. Las construcciones se hacían por acumulación de habitaciones; se pasaba a una atravesando la anterior. Era un concepto arquitectónico que no existía en Inglaterra. Se importó de España, junto con el nombre. La arquitectura avanza para hacer las casas más cómodas y habitables. ¿Por qué no se avanza igualmente en el diseño de estructuras sociales estables?

Pero, ¿qué me dice usted de la democracia?

La democracia es un avance indudable hacia la estabilidad. Pero la democracia se queda en la superficie: es un instrumento formal, no va al origen de las contradicciones. Simplemente las disimula y las hace más llevaderas, más aceptables para la población. Hay contradicciones fundamentales que persisten en una sociedad democrática.

¿A qué contradicciones fundamentales se refiere? 

Por ejemplo, existe el problema de la desigualdad. Es evidente que entre las personas existen desigualdades personales: en sus capacidades, en su esfuerzo. Así que, en igualdad de condiciones, unos conseguirán más que otros. Eso es inevitable; sin embargo, en torno a las desigualdades, se establece un enfrentamiento evitable. En los colegios, las personas que más se esfuerzan reciben el reconocimiento de sus profesores, pero suscitan el rechazo de sus compañeros. Sus compañeros no están educados para comprender que existen diferentes capacidades. Si no lo comprenden, es imposible que lo acepten; de ahí el rechazo. Quieren “ser iguales”, pero, con ese planteamiento simplista, la igualdad solo podrá conseguirse en el nivel más bajo posible. ¿No se debe premiar al que se esfuerza más? Si un fontanero gana lo mismo que un médico, ¿qué alicientes debería tener una persona para esforzarse y ser médico? Y no me responda que “la vocación”, porque solo con la vocación no se cubrirían todas las plazas de médico que necesita una sociedad bien atendida.

Nos expone usted el problema de la desigualdad; ¿cómo lo resolvería usted?

En este caso, mi propuesta tiene que ver con dos principios. El primero es preguntarse: ¿por qué la desigualdad natural genera rechazo? La respuesta es que ese rechazo se genera porque a la gente se le ha educado en la superstición de que “nadie es más que nadie”. Así que, cuando tiene que afrontar que alguien es mejor que ellos, simplemente se niegan a aceptarlo, y esa incapacidad para aceptarlo les lleva al rechazo y, del rechazo, a la violencia. Lo primero que hay que hacer es educar a la gente en la certeza de que hay unas personas con más capacidades que otras y que no es ningún drama que alguien sea más trabajador, más estudioso o más inteligente que otro.

No se le puede exigir a nadie que sea inteligente, pero se debe evitar que los que no lo sean rechacen a los inteligentes. Ibn Jaldún, el precursor de la teoría de juegos, contaba que en las antiguas tribus búlgaras, a los más inteligentes de entre ellos los mataban. No parece ser la mejor gestión para la “inteligencia”. La inteligencia tiene una dimensión social, no solo personal. Esa dimensión social es la que nadie percibe. Un individuo inteligente, si la sociedad procura los medios para ello, puede tener una importante función social. Esa dimensión social es la que no se percibe y, por lo tanto, genera rechazo.

¿Y el segundo principio?

El segundo problema que genera la inteligencia surge de una pregunta: ¿a los más inteligentes se les debe facilitar alcanzar mejores puestos? ¿Tener una vida mejor que los demás? Aquí tendríamos que añadir el esfuerzo de la persona, su trabajo. Si se esfuerza más que los demás, es natural que obtenga mayores gratificaciones. Nadie debería percibir como injusto que alguien que se haya esforzado más que él obtenga mayores beneficios de la sociedad. Esa percepción no solo es errónea, es, peor que errónea, inadecuada para la estabilidad y el progreso de la sociedad.

El diseño de las sociedades es una ciencia inexistente. Hoy en día, nadie contrata a un diseñador de sociedades.

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