JUGAR EN SERIO
Cuando la patinadora Alysa Liu se deslizaba sobre el hielo de Milano Cortina en los Juegos Olímpicos a principios de este año, ocurrió algo inesperado en la conversación digital. Durante unos minutos, dijimos adiós a la ironía clásica de internet y nos entregamos a algo: la alegría sin filtros, sin poses.
Ha pasado el tiempo, pero todavía lo recordamos: esas mismas redes donde el idioma oficial suele estar marcado por el sarcasmo y la distancia emocional se llenaron de comentarios sobre la ilusión que despertaba ver a la campeona olímpica compitiendo. Como si, de repente, el mundo hubiese entendido que todavía es posible pasárselo bien sin más.
Porque Alysa, como ella misma confirmó unos días después,
verdaderamente disfrutó patinando. Y ganó la medalla de oro. Al contrario de la
concentración tensa del atleta a la que estamos acostumbrados, vimos en ella un
regocijo puro y no performático, sin cálculos, sin un atisbo del qué
dirán.
Cuando terminó su programa y salió del hielo —sin saber
todavía si había ganado— su sonrisa nos comunicaba que acababa de hacer lo que
quería hacer. Un gesto de enorme valor y lleno de simbolismo que marcó un antes
y un después y cuya influencia quedó reflejada en la cultura popular cuando,
días después, en un sketch del programa estadounidense Saturday
Night Live alguien decía: «Me siento libre… Me siento Alysa Liu».
Lo interesante no es solo la actitud de la deportista, sino
la reacción que generó. Porque nos pone el dedo en una llaga: llevamos
demasiado tiempo viviendo en una cultura que ha normalizado el agotamiento en
detrimento de la diversión. Nos hemos acostumbrado a mirar el
entusiasmo con cierta sospecha, como si pasárselo bien fuera una frivolidad o
una forma ingenua de estar en el mundo.
Y, sin embargo, hay una contracultura que lleva tiempo
cocinándose a fuego lento entre la generación que creció viendo colapsar
prácticamente todo (el clima, los precios, la salud mental colectiva, la
confianza en las instituciones y hasta la promesa de que el esfuerzo
garantizaba la estabilidad).
En Substack e Instagram, usuarios como @gaelaitor —documentando
«el ascenso del juego como contra movimiento cultural»— señalan que hay un
péndulo que empieza a moverse en sentido contrario a la cultura doomer —esa
tendencia al fatalismo, la apatía y la idea de que el futuro está perdido— y la
obsesión por optimizar cada centímetro del cuerpo a través de corrientes como
el looksmaxxing, que convierte la apariencia física en un proyecto
de mejora permanente: volver a ser capaces de jugar.
No te lo pases bien,
pásatelo increíble
Este nuevo (contra) movimiento no nace desde el optimismo
tóxico —eso sería otra trampa—, sino desde algo más honesto y, sobre todo,
mucho más antiguo. Y la clave es que no ve el juego como actividad de nuestro
tiempo libre; lo ve como una postura vital. Porque jugar no es una pérdida de
tiempo, sino una forma de volver a estar disponibles en la vida y relacionarnos
sin convertir cada decisión en un medio para una meta.
Es una disposición mental concreta. Desde un punto de vista
neurológico, la diferencia entre jugar y no jugar no tiene nada que ver con la
seriedad o el esfuerzo —Liu es atleta olímpica y entrena durísimo—, sino con
algo mucho más sutil: la presencia de voluntad, de seguridad y la falta de
resultado específico.
Es decir, cuando una actividad se vuelve obligatoria o se
reduce a alcanzar una meta, el cerebro sale del modo juego y entra en modo
rendimiento, en modo producción. Sostenido durante años, ese modo produce
exactamente lo que estamos sufriendo: agotamiento, pensamiento rígido,
incapacidad para conectar con otros. O, como la misma Alysa lo define, burnout.
Y hay algo más que los estudios llevan tiempo documentando: el cerebro no
distingue con claridad entre performance y realidad. Si
juegas a ser algo —más valiente, más abierto, más presente— puedes acabar
siéndolo.
En Estados Unidos, uno de los países más marcados por la
desafección, esto ya está tomando forma concreta. La iniciativa Little
Tokyo Table Tennis en Los Ángeles usa partidas de ping
pong semanales para reunir a una comunidad creativa sin más pretensión
que jugar.
Algo similar ocurre con los Gladiadores de Nueva York y sus batallas medievales en el corazón
de Manhattan o con el Faye Webster
Invitational, donde la cantante organiza torneos de tenis y ajedrez, para
sus fans en distintas ciudades. Ninguno se vende como terapia ni como networking.
Son lo que son: espacios para jugar con otros sin demostrar nada.
Lo que hace especiales a estas ideas es lo que las distingue
del otro gran movimiento de comunidad de los últimos años: los clubes privados
de pago que proliferan con lógica empresarial. Cuota de entrada, listas de
espera, secretismo como valor de marca. La comunidad convertida en suscripción.
El pertenecer, mercantilizado.
Pero divertirse y construir una comunidad propia no debería
ser privilegio de clase —ya lo reclamó el movimiento reformista de principios
del siglo XX cuando exigió parques públicos y playgrounds gratuitos
frente a los jardines privados de la industrialización—.
¿Y en España? Hay señales y tendencias —el ajedrez callejero
en plazas, los grupos que juegan al vóley en los parques o los
bailes sociales al atardecer—, pero el proyecto explícito todavía falta. La
pregunta que debemos hacernos ahora no es cómo incorporar esta actitud a los
sistemas actuales, sino cómo los transformará. ¿Qué ocurre cuando alguien que
solo ha conocido la vida en formato crisis, pero que prioriza pasárselo bien y
disfrutar del proceso, tiene que incorporarse a un mundo como el nuestro, donde
cada actividad se mide en objetivos y resultados?
Alysa Liu no ganó ‘a pesar’ de pasárselo
bien. Ganó, en gran parte, porque se lo estaba pasando genial. Hay algo en esa
frase que incomoda a quienes hemos construido nuestra relación con el esfuerzo
sobre la base del sacrificio y la seriedad, olvidando que ser disfrutones no es
solo una forma legítima de hacer las cosas: es una herramienta radical para
construir nuestro mundo.
Santiago M. Alfonso

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