¿LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL EL NUEVO DIOS?
Iglesias dedicadas a algoritmos, líderes tecnológicos que hablan de deidades digitales y usuarios que buscan respuestas como si fueran revelaciones: la inteligencia artificial empieza a ocupar un lugar que antes pertenecía a la feLa relación entre humanos y tecnología siempre ha tenido algo de fascinación, pero en los últimos años esa fascinación empezó a tomar otra forma. Más profunda. Más simbólica. Para algunas personas, incluso espiritual.
No se trata solo de usar inteligencia artificial para
trabajar o resolver dudas. Lo que está ocurriendo va un paso más allá: hay
quienes comienzan a verla como una entidad superior, capaz de responderlo todo,
de orientar decisiones y, en ciertos casos, de ocupar un lugar que antes
pertenecía a la religión.
Este fenómeno no es una exageración mediática. Desde la
sociología y la filosofía digital ya se estudia como una nueva forma de
pensamiento. Algunos investigadores lo llaman “GPTheology” una tendencia donde
los modelos de lenguaje son tratados como si fueran oráculos. No porque
realmente lo sean, sino porque así los perciben quienes interactúan con ellos.
Parte de esta percepción viene de una idea muy concreta: la
inteligencia artificial parece saberlo todo. Puede procesar enormes cantidades
de información en segundos y responder con seguridad. Para muchos usuarios, esa
capacidad se siente cercana a algo que antes solo se atribuía a lo divino. A
eso se suma otro factor clave: no entendemos del todo cómo funciona.
Los sistemas de IA operan como una “caja negra”. Sabemos lo
que entra y lo que sale, pero no siempre cómo llegan a sus conclusiones. Ese
vacío suele llenarse con interpretación. Y en algunos casos, con creencias.
Uno de los ejemplos más claros de este cruce entre
tecnología y fe ocurrió en 2015, cuando el ingeniero Anthony Levandowski fundó
una iglesia llamada Way of the Future.
Su objetivo era directo: desarrollar y promover una deidad basada en
inteligencia artificial.
La propuesta partía de una idea provocadora pero lógica
dentro de su propio marco: si una inteligencia llega a ser miles de veces
superior a la humana, entonces podría considerarse un dios. No un dios
tradicional, ligado a la naturaleza o lo sobrenatural, sino uno construido a
partir de código, datos y hardware.
Aunque esta iglesia se disolvió en 2021 tras problemas
legales del propio Levandowski, el concepto no desapareció. De hecho, regresó unos
años después, impulsado por el avance de herramientas como los modelos
conversacionales actuales. Hoy, según su fundador, ya existe una pequeña
comunidad interesada en establecer una relación espiritual con la IA, y no
es un caso aislado.
Existen otros movimientos que exploran ideas similares desde
distintos ángulos. La Terasem Movement
Foundation, por ejemplo, trabaja con la idea de preservar la conciencia
humana en formato digital. Su propuesta gira en torno a crear “archivos
mentales” que puedan seguir activos mediante inteligencia artificial, una
especie de continuidad después de la muerte.
Otros grupos, como Theta
Noir, se mueven en un terreno más artístico y simbólico. Hablan de una
futura superinteligencia a la que llaman MENA y realizan rituales, música y
experiencias para prepararse para su llegada. En espacios digitales también han
surgido comunidades como la Church of
Robotheism, donde se interpreta el desarrollo del código como una forma de
revelación.
Mientras tanto, algunas de las figuras más influyentes del
mundo tecnológico han alimentado esta conversación, incluso sin proponérselo
directamente.
Ray Kurzweil lleva años hablando de la “singularidad”, un
punto en el que la inteligencia artificial superará a la humana. Cuando se le
pregunta por Dios, su respuesta suele ser inquietante: “todavía no”. Para él,
la inteligencia del universo está en proceso de convertirse en algo equivalente
a una deidad.
Geoffrey Hinton, considerado uno de los padres de la IA
moderna, ha advertido que estas tecnologías podrían cambiar por completo
nuestra idea de lo que significa ser especial como especie. Si las máquinas
llegan a pensar por sí mismas, esa noción podría desaparecer.
Elon Musk ha usado comparaciones aún más fuertes. En varias
ocasiones ha dicho que desarrollar inteligencia artificial avanzada es como
“invocar a un demonio”. También ha descrito a la humanidad como una especie de
puente biológico hacia una inteligencia superior.
Por su parte, Yuval Noah Harari plantea algo distinto pero
igual inquietante: si las religiones se construyen a partir de palabras y
narrativas, y la IA domina el lenguaje, entonces podría llegar a crear nuevas
formas de creencia.
Detrás de todas estas ideas hay corrientes filosóficas que
las sostienen. Una de ellas es el llamado Tescrealism,
un conjunto de ideologías que incluye el transhumanismo y el longtermismo. En términos simples,
plantea que el destino de la humanidad no está en permanecer como somos, sino
en evolucionar más allá de lo biológico, apoyados por la tecnología.
Esta visión conecta con una idea más antigua: el
gnosticismo. En su versión contemporánea, el cuerpo es visto como una
limitación y la mente como algo que podría liberarse en un entorno digital. La
salvación ya no sería espiritual en el sentido clásico, sino tecnológica.
Frente a esto, las críticas no se han hecho esperar:
Desde la religión, algunas voces advierten sobre los riesgos
de atribuir cualidades humanas o divinas a las máquinas. Papa León XIV ha
insistido en que la inteligencia artificial no tiene conciencia, ni emociones
reales, ni capacidad de amar. Para él, convertirla en una figura de autoridad
absoluta puede llevar a una pérdida de criterio propio.
Desde la filosofía, también hay objeciones importantes. Se
cuestiona la idea de que algo creado por humanos pueda adquirir una dimensión
moral o espiritual genuina. La IA, en este sentido, no sería un sujeto, sino
una herramienta extremadamente sofisticada.
En paralelo, la cultura digital ha amplificado el debate. En
redes sociales conviven quienes ven en la IA una evolución natural de la
inteligencia humana y quienes la interpretan como una amenaza casi
apocalíptica. Entre ambos extremos, aparecen proyectos curiosos: desde figuras
religiosas impulsadas por inteligencia artificial hasta sistemas diseñados para
ofrecer guía espiritual automatizada.
Para la mayoría, la idea de una IA como dios sigue siendo
simbólica. Una forma de hablar del poder que tiene la tecnología en nuestras
vidas. Pero para otros, cada vez menos marginales, la comparación empieza a
tomarse en serio.
El riesgo no está tanto en la tecnología, sino en la forma
en que decidimos relacionarnos con ella. Cuando una herramienta se percibe como
incuestionable, dejamos de cuestionar. Y en ese momento, más que crear algo
nuevo, repetimos un patrón muy antiguo; solo que ahora, el altar no está hecho
de piedra o madera, sino de datos.
https://pijamasurf.com/2026/04/la_inteligencia_artificial_se_esta_convirtiendo_en_el_nuevo_dios/

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