28/1/19

Podemos vigilar a quien nos gobierna distribuyendo datos sobre sus abusos

UN MUNDO FELIZ: Del Big Brother al Big Data

La semana pasada comenzamos el séptimo y último menú: ‘Si el Gran Hermano somos nosotros, estamos vendidos’. Partiendo del clásico 1984, de George Orwell, iniciamos una reflexión sobre el actual estado de vigilancia al que nos someten corporaciones y gobiernos. Esta semana, continuamos introduciendo un elemento como el del Big Data, el alimento que engorda al Gran Hermano. Continuamos el debate en n/vuestra web.

Antes de que Orwell escribiese 1984, Aldous Huxley noveló Un mundo feliz, el del capitalismo digital. Retrata nuestra visión de la tecnología, porque vamos “puestos” de soma: la droga legal que convertía en paraíso el infierno que imaginó (¿describió?) Huxley. En el nuestro, estamos enganchados a la tecnología y al consumo. O al consumo de tecnología que incita a consumir más. Las corporaciones digitales se presentan como solución a cualquier tipo de necesidad. Incluidas las existenciales, como el amor o la amistad.
La industria tecnológica dice que nos monitorea para darnos “mejor servicio”. Esto solo cuela si creemos que las corporaciones y la sociedad tienen intereses idénticos. Y que la publicidad es igual de fiable y creíble que la información. Dos afirmaciones que, una vez releídas (o a la primera), resultan mentiras patentes.
Tragarse la patraña del mundo feliz digital supone, en definitiva, zamparse tres sapos. ¡Uno!: trabajamos en nuestro tiempo de ocio sin cobrar. ¡Dos!: generamos beneficios empresariales de los que no participamos. ¡Y va el tercer batracio!: quedamos más desnudos y desprotegidos que el anfibio que nos tragamos. Mientras usamos sus herramientas, las corporaciones se hacen más ricas y opacas. Mientras saquean nuestra biografía, nos dejan indefensos.

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Facebook es una compañía que procesa datos y gestiona —de forma magistral, según cualquier estándar técnico— un gráfico muy complejo, [… de…] millones de nodos. Para quien no está dentro, los nodos pueden parecer personas, lectores o consumidores. Y los datos pueden parecerle noticias, relatos, fotografías o anuncios. Pero para Facebook solo hay datos, solo abstracciones matemáticas de un gráfico teórico (Nicholas Carr).
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Formamos parte de un gráfico con nodos (no personas) de datos (no contenidos) que se procesan para producir más información al nodo central, que es Facebook. La verdadera mansión del Gran Hermano es la Red con mayúsculas. Los que están en el negocio son muy explícitos. Llaman granjas de datos (data farms) a las comunidades digitales. Por tanto, los gestores (community managers) trabajan de pastores. Nos estabulan en las redes para ordenar, clasificar y ordeñar nuestros datos.
Un puñado de empresas fabrica la inmensa mayoría de aparatos (hardware) y programas, plataformas o aplicaciones (software). Las corporaciones GAFAM (siglas de Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) ocupaban en 2018 las cinco primeras posiciones en valor bursátil. Google representa a los buscadores. Facebook a las redes sociales. Amazon domina el comercio digital. Apple, los dispositivos. Pocas más tienen su envergadura, a excepción de los gigantes tecnológicos que han emergido en China.  En el top 10 encontramos a Alibaba (principal competidor de Amazon en el comercio electrónico mundial) y a Tencent (redes sociales, mensajería instantánea, videojuegos, etc) en el séptimo y octavo puesto, respectivamente. Junto a Baidu, el motor de búsqueda predominante y por ello conocido como el ‘Google chino’ forman las BAT, una triada que pretender competir con las GAFAM por la hegemonía tecnológica del mundo.
Su calidad técnica y servicios son incuestionables. Pero su modelo de negocio -similares, a grandes rasgos, tanto el de las empresas estadounidenses como de las chinas- podría acabar con nuestra libertad. Son responsables de que todos nos vigilemos a todos. Usando las aplicaciones y los dispositivos más extendidos nos convertimos en réplicas de Gran Hermano. Nos vigilamos a nosotros mismos y a nuestros círculos, dejando huellas digitales sin cesar. Incluyendo las pulsaciones cardiacas que el reloj digital registra y que pueden formar parte del dossier que revisarán las empresas de seguros antes de concedernos una póliza. Desvelamos identidades, conductas, pensamientos, deseos, intenciones… en todos los planos vitales y en todo momento. Ocurre de forma inevitable, y no siempre para mal.
Podemos vigilar a quien nos gobierna y contrata distribuyendo bases de datos sobre sus abusos. Trabajamos con registros informáticos que podemos viralizar. Y si supiéramos devolverles con la misma moneda, los que nos vigilan temblarían. Hacerse visible en las redes conlleva volverse más vulnerable. Pero quien menos poder tiene está más indefenso. Las corporaciones cierran el código y abren “puertas traseras” para asegurar su fuente de negocio: los metadatos. La leche, la carne y la lana que damos las ovejas digitales. Y que se convierten en Big Data (grandes datos): el botín de Gran Hermano.
Los metadatos no son los contenidos que compartimos. Es la información que se adjunta a nuestros mensajes. Si fuesen cartas postales, se almacenarían los remitentes y destinatarios, la fecha, hora y lugar de franqueo. Queda registrado todo lo que figura en la estampilla de la oficina de correos… y muchísima más información. No es necesario abrir las cartas. Se clasifican en perfiles con metadatos parecidos. Y, llegado el caso, se examinan los mensajes, ordenados en grupos de consumidores de todo tipo… o de disidentes políticos, quizás “terroristas”.
Regalamos metadatos sin cesar. Son el rastro inevitable que dejamos al usar un dispositivo. No importa cuál. Si estamos conectados a la Red, lo sincronizamos. O se sincroniza al descargar y actualizar las aplicaciones. Aun estando desconectado, el móvil registra los lugares por los que nos movemos y con qué intervalos. Al conectarlo de nuevo envía esa información. Revela si somos sedentarios o activos, ansiosos o unos pachorros. Rasgos que sirven para enviarnos propaganda “a nuestra medida”.
Aceptamos” las condiciones de uso sin leerlas. Y entramos en nuevas aplicaciones desde nuestra cuenta en las redes, porque obtenemos una gratificación inmediata. Creemos que es gratis. Pero el precio es el trasvase continuo de nuestra privacidad e intimidad a base de datos comerciales. Cuanto más compartimos y comentamos, cuantos más seguidores tenemos, cuanto más cargamos con el móvil y más lo usamos, más cebamos al Gran Hermano.
Aparte de los metadatos, cedemos los derechos sobre los contenidos que colgamos en la Red o guardamos en “la nube”. La industria esquilma, vampiriza y privatiza la comunicación interpersonal. Los textos, fotos y vídeos dejan de ser nuestros, para usarse con cualquier propósito. En cualquier caso, diferente del original. Sería insólito que, tras triunfar con nuestros selfies en Instagram, nos contratasen para hacer una campaña publicitaria. Ese es el cebo: la fantasía que anima a los más exhibicionistas.
El rol asignado al usuario digital es pasivo: se le rastrea y escanea para diseñar y difundir publicidad que otros hacen. Eso sí, aportamos oro puro para el marketing: información fiable y exhaustiva. No son respuestas a un cuestionario, que podemos falsear. Saben quién ve porno y de qué clase, a qué horas y en qué sitios… Sin tapar la cámara, descubren más “cosas”. Revelamos datos sobre usos y costumbres, deseos que resulta imposible anticipar en un cuestionario. Y también recordar.
Al quedar registrada automáticamente, nuestra actividad digital cuenta un pasado que hemos olvidado. El navegador y la cuenta de correo tienen una memoria infalible. Puede comprobarse fácilmente. Hagamos un listado de las web que vimos hoy, los mails y mensajes de WhatsApp enviados. Luego repasemos el historial de navegación y los buzones de mensajes. Pensemos qué sabemos de nosotros y qué sabe la industria pasado un mes… o desde que abrimos la primera cuenta de correo.
Las aplicaciones registran números de teléfono, el IP o identificativo del aparato, los correos, los usuarios y las contraseñas. Por eso Google “regala” cuentas de Gmail con gran capacidad. Esa capacidad se corresponde con la de la compañía para leer los correos con algoritmos. Las fórmulas matemáticas identifican, por ejemplo, dónde viajaremos para enviarnos publicidad sobre ese destino y otros semejantes… o no. Así saben si estamos dispuestos a cambiar de rumbo. Y nos inundan de spam, basura publicitaria. Anuncios que, por cierto, se pueden evitar usando bloqueadores porque consumen una barbaridad de tráfico de datos y batería. Lo malo es que muchas webs impiden visitarlas si, por ejemplo, activas Adblock.
Google alardea de ofrecer garantías de privacidad. Pero si no dices lo contrario —¿quién lo ha hecho?—, guarda el recorrido que realizas cada día, gracias a la ubicación que proporcionan los móviles con sistema Android. Los teléfonos “inteligentes” registran un diario detallado e íntimo, preciso y actualizado de nuestras vidas. Aprenderíamos mucho si pudiésemos acceder a él. No lo permiten: lo escribimos nosotros, pero es de su propiedad.
Las redes nos convierten en dianas y canales comerciales de gran valor; también en objetivos específicos y conductos publicitarios muy creíbles. El marketing online se dirige a grupos de consumidores concretos. Están definidos por perfiles con infinidad de rasgos. Las empresas comprueban qué mensajes impactan más en quiénes. Registran nuestras reacciones y, lo que es más importante, lo que hacemos con la información y lo que gastamos. Finalmente, personalizan los anuncios para que sean más efectivos. Y logran serlo porque, además de los datos, utilizan nuestra credibilidad.
Nadie se cree la publicidad. Hasta los aborígenes saben que miente exagerando las bondades de lo que promociona. Pero el boca a boca —ahora pantalla a pantalla— resulta tremendamente creíble. Los amigos y conocidos no reciben nuestros mensajes a la defensiva o con recelo. Suponen que no les engañamos. Si lo hacemos, pueden retirarnos el afecto y hasta el saludo. Compartimos gustos. Confían en nuestro criterio y en que no les vamos a manipular.
Utilizándonos como mineros de datos y canales propagandistas, las redes se ahorran hacer estudios de mercado y venden campañas muy caras. ¿Alguien da menos a cambio de tanto beneficio? En 2015, Max Schrems y otros 25.000 europeos exigieron a Facebook 500 euros cada uno, por lo que aportaban a la empresa. Era un gesto de ciudadanía digital, consciente de la riqueza que creaba. Pero también de impotencia. No recibieron ni un patacón.
Las empresas digitales aseguran que no venden nuestros datos. Puede que sea estrictamente cierto. No es que los vendan, es que los intercambian entre ellos. Los comparten a cambio de otros datos y así se forman un perfil aún más completo de cada uno de nosotros. Además, muchas forman parte del mismo grupo. Mark Zuckerberg posee Facebook, Instagram y WhatsApp. De modo que Facebook y WhatsApp le proporcionaban datos para diseñar anuncios personalizados. Y contactos para difundirlos en campañas ajustadas a la diana publicitaria. Instagram le sirve a Zuckerberg para personalizar gráficamente más los anuncios.
En enero de 2017 un tribunal de Berlín aseguraba que WhatsApp “recauda y almacena datos en parte ilegalmente y los comparte con Facebook”. La sentencia apenas les obligó a suspender “temporalmente” esa práctica. Meses después, la Unión Europea impuso una multa a Zuckerberg por esas prácticas, pero apenas suponía el 1% de sus beneficios. Enredados día y noche, falta sitio para tomar aliento. Y buscamos espacios de comunicación limpios, sin contaminación publicitaria. Necesitamos el anonimato, para que no manipulen lo que compartimos y aprovechen nuestra información, sin control ni remuneración alguna. Y queremos privacidad: estar y hablar con quienes decidimos. O quedarnos solos, aunque sea un rato. Algunas redes de mensajería (WhatsApp o Telegram) renuncian a incluir publicidad y encriptan los mensajes. Afirman que custodian los codifican con una clave. O que los borran, como Snapchat. Eso dicen.
El anonimato y la privacidad industriales son engañifas. Primero, la encriptación no viene de defecto, aunque así lo pidiesen la ONU y una ONG de la talla de Amnistía Internacional. El usuario debe activarla. Una vez más, ¿quién lo hace? Y otra pregunta, ¿vienen también los cinturones del coche desactivados? Encriptarse antes de navegar en la Red equivale a ponerse el cinturón antes de arrancar. Y, segunda vía para engañarnos, aunque uno se encripte no sirve de nada. Algo así como que los airbags no funcionasen. Aunque lo nieguen, todas las redes y aparatos ofrecen “puertas traseras” por las que entrar. En resumen, aunque nadie hackee las aplicaciones, las empresas obtienen y comercian con nuestros datos de forma alegal o ilegal. Esquivando o incumpliendo la ley, nos ponen de perfil.
Para que no nos escandalicemos con estas prácticas corporativas nos embaucan con la publicidad. Tratan de normalizarlas y relativizarlas Es más, lo enmarcan como algo positivo. Lo que para un ciudadano es una vulneración de sus derechos a la privacidad y a la intimidad, para un cliente o consumidor es la comodidad y la sencillez de no tener ni que pensar por uno mismo en que quiere, el algoritmo lo hace por tí. 
Vean este vídeo de El Corte Inglés, en el que se bromea con esta posibilidad, y compruébenlo ustedes mismos.
VER VIDEO
Víctor Sampedro – Público.es


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