15/1/19

Apostar por el impacto directo que la solidaridad humana tiene entre sus iguales

DECRECERNOS, PRIMERO POR DENTRO

Voy a romper una lanza y voy a escribir líneas para ver si alguna persona tiene alguna idea de esas que a mí de momento no se me han ocurrido ¿cómo hacemos para llamar la atención de una sociedad que gasta todo como si Rato le hubiera prometido una tarjeta black?

Un reto intrigante, y mucho más cuando ya se huele la precampaña electoral, lo sé. Pero instantáneamente después de pensar en buscar y escribir miles de millones de cifras de todos los recursos que consumimos, las millones de bocas que se van a morir de hambre y el poco tiempo que nos queda como especie… me he imaginado a Internet sin pestañear si quiera, y se me han quitado las ganas.
Así que bueno, voy a abordar otra vía… veremos si subo a mi barco a algún adepto o adepta despistada que le parezca sensato lo que tengo que decir. Me voy a poner algo más sentimental.

Un familiar mío, cuando era más joven que yo, decidió dejar la vida de la ciudad e ir al campo a iniciar lo que luego de 40 años sería un proyecto de autogestión y recuperación rural hogar de una treintena de personas. Desde que visité este lugar, me he dado la batalla interna de tratar de asimilar y replicar todo lo que veo y siento natural, que cuando vuelvo a la gran ciudad parece simple y primitivo.
Porque, seamos realistas, si ahora tuviéramos que pensar en dar uso a una cosecha de coles, de zanahorias o de lo que fuera, para todo un año nos parecería cansado y un rollo repetitivo comer siempre lo mismo. Pero ¡ay! ¿Y la vuelta que se le puede dar a la imaginación de reinventar conservas, mermeladas y purés para conservar? La vida gastando menos, produciendo menos, generando menos impactos, tiene diversos matices. Muchos y muchas me dirán que es peligroso contar con menos recursos para el consumo, puesto que la vida se vuelve más dura y no hay que caer en el bucolismo de la autosuficiencia, pero ¿no son duras las jornadas de 40 horas por 800 euros para no poder pagar un alquiler?
Resulta sutil, pero para mí en los pequeños núcleos que pelean por ser autosuficientes reside la verdadera raíz de la alternativa capitalista y del cambio de modelo. Y es que son la prueba viviente de que el decrecimiento no es una invención de hippies  idealistas, si no que, nuestra apuesta por el progreso nos ha hecho alejarnos de los que nos hace lo que somos, animales sociales.
Las casas, las comunidades de vecinos, los barrios, los pueblos… son esos ecosistemas en los que podemos cocer el germen del cambio, porque resulta igual de combativo estrechar lazos comunales plantando una tomatera con un vecino que decir no al black friday. El tejer redes comunitarias tiene un efecto muy bonito y multiplicador. Y es que Europa y el mundo ya se van llenando poco a poco de proyectos de autoconsumo, de Pueblos transicionales (Transition towns) y de personas que eligen volver a vivir en comunidad. Si queremos dejar de ser consumidores y objetos de consumo, vamos a tener que cambiar nuestros hábitos irremediablemente. Volvamos a poner en valor el respeto a la vida, no sólo humana.
Soy consciente de que es brutalmente injusto escalar nuestra culpa individual a la crisis medioambiental planetaria que sufrimos, pero, ¿no es igual de cierto que, como animal social que somos, replicamos los comportamientos? La ecología política tiene que dar la batalla en las instituciones para cambiar la legislación y que progresivamente sea más fácil poder comportarnos de manera sostenible, sí. Pero esa ecología política ¿de qué se va a nutrir? De personas, de activistas y de copiadores de buenas prácticas.
En un momento en el que nuestro ojo traga impasible toda las opiniones “libres de la tiranía de la corrección política” como se autobautizan ahora los bárbaros, creo que me resulta tan cansado entrar a la guerra virtual de las redes sociales con todos los datos del mundo por escudo –que haberlos, haylos- que quiero apostar por el impacto directo y certero que la solidaridad humana tiene entre sus iguales.
De verdad, decrezcamos; plantemos esa tomatera compartida y que llegue a huerto, dejemos un libro en una biblioteca improvisada, apostemos por la actividad comercial de nuestros vecinos y vecinas. Creemos comunidades de solidaridad, de esas que ni el capitalismo pueda gastar.
Elena Montero
Periodista. Activista de EQUO y coportavoz de la Red Equo Joven

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