UN DÍA IMPROBABLE
Hoy, como casi siempre, Buenaventura despertó antes del sol.
No porque la urgiera un despertador —esa reliquia de otro tiempo—, sino porque
el susurro del viento en los almendros tenía una voz que sus oídos sabían
reconocer. Sin embargo, en la casa, el silencio aún era denso cuando sus pies
tocaron el suelo de madera templada y salió a ver cómo la niebla se deshacía
sobre la dehesa.
En la aldea, los días nunca eran del todo iguales, aunque pudieran parecerlo. Las tareas se repetían con una cadencia suave: el pan se amasaba los miércoles en la mesa comunal y las bicicletas dormían junto al cobertizo con puntualidad de reloj solar. Pero bastaba un gesto nuevo, una semilla que germinaba sin aviso o un zorro que cruzaba el sendero, para alterar lo conocido.









