NO TODO ES SUBJETIVO
En nuestro mundo no es infrecuente escuchar el eslogan «Todo es subjetivo» que viene a ser más o menos equivalente a aquel famoso dicho del poeta Campoamor: «Y es que en el mundo traidor / nada es verdad ni es mentira/ todo es según el color / del cristal con que se mira».
Cuando se dice
que todo es subjetivo o, incluso, apelando a Einstein, que todo es
relativo, lo que quiere expresarse es una benévola tolerancia con todos los
pareceres o actitudes.
Sin embargo, en nuestra vida real todos nos damos cuenta que la mayor parte de las realidades con las que convivimos o nos topamos no son subjetivas.
Son subjetivas nuestras preferencias o los sueños que hemos tenido esta noche, pero no son subjetivas ni la silla en la que estoy sentado, ni el teclado en el que escribo, ni las palabras que aparecen en mi pantalla, por no hablar de la propia temperatura del despacho, del ruido apagado que me llega de la calle o de tantas otras realidades más.En mis clases de Filosofía del Lenguaje me encantaba explicar la teoría de los tres reinos esbozada por el matemático alemán Gottlob Frege. Si había tiempo, les pedía a mis alumnos que pensaran y escribieran el inventario de qué es lo que hay en el mundo. En su respuesta identificaban rápidamente las sillas, las mesas, la pizarra, las personas, incluso la luz y todas las demás cosas del mundo exterior que no requieren a nadie que las piense: este es el primer reino.
Algunos alumnos añadían que también había otras realidades como el hambre que sentían —si la clase era a última hora de la mañana—, la pesadilla que habían padecido esa noche, el amor a sus padres, todo un reino de objetos psíquicos —los filósofos los llamamos «representaciones mentales»— tan reales como los físicos y a veces mucho más gozosos o dolorosos.
Pero a estos
dos reinos hay que añadir con Frege un tercer reino, que es el de
aquellos objetos que no percibimos y que son independientes de la conciencia:
en él se encuentran desde el teorema de Pitágoras hasta el Quijote, pasando por
el código de circulación, la Constitución española o muchas de nuestras
construcciones científicas como los electrones o los programas informáticos.
Querría fijarme en el segundo reino de Frege que es el ámbito
de la subjetividad: ahí están nuestros amores, odios, pesadillas, emociones,
pasiones y alegrías. Sorprendentemente, si a alguien que tiene un dolor de
muelas le dices que eso es subjetivo, se ofende y responde que su dolor es
objetivo, aunque no sepa cómo justificarlo; lo que quiere decir es que es real.
Lo subjetivo es real, pero depende de un sujeto que lo perciba o lo sienta. Si
yo me muero, mi dolor de muelas desaparece, pero las muelas no.
Es penoso que nuestra sociedad tienda a reducir lo real a
aquello que podemos ver o tocar (el primer reino de Frege), cuando no podemos
ver ni tocar el dolor de muelas de los otros, ni sus sentimientos o pesadillas,
ni tampoco el centro del planeta Tierra, la caída del Imperio Romano, los
electrones y tantas otras cosas más.
En contraste con esto, en las últimas décadas ha tomado auge el constructivismo que tiende a pensar que la realidad importante es construcción humana. A mis alumnos solía ponerles delante un libro mostrándoles solo el lomo y les preguntaba qué veían. Respondían que un libro, pero enseguida intentaba persuadirles de que lo que veían realmente era una mancha azul cuadrangular y que más bien el libro lo construían con su imaginación y su memoria.
Hay mucho de construcción, pero no todo es construcción.
La tradición pragmatista en la que me inserto considera que la noción clave es
la de la interacción entre mente y mundo. Mi maestro
americano Hilary
Putnam gustaba repetir: «La mente y el mundo hacen la mente y el
mundo» para expresar esa interacción.
En mis clases solía utilizar también como ejemplo al pobre Plutón. En mi juventud era listado como el noveno y último planeta del sistema solar y así yo lo estudié. Sin embargo, la Unión Astronómica Internacional celebrada en Praga en 2006 descalificó a Plutón como planeta y creó una nueva categoría de «planetas enanos» en la que lo incluyó y redujo el número oficial de planetas a los ocho tradicionales: Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.
Como es bien
comprensible, al pobre Plutón —que es una masa rocosa con una superficie de 17
millones de kilómetros cuadrados que orbita a 5.900 millones de kilómetros del
Sol— le es del todo indiferente cómo lo llamemos y también cómo lo
clasifiquemos.
En resumen, lo subjetivo es una parte importante de la
realidad, en particular, de nuestra vida humana, pero esto no significa que
toda la realidad sea subjetiva.
https://filosofiaparaelsigloxxi.wordpress.com/2026/02/02/no-todo-es-subjetivo/

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