13/7/17

Que tenga en cuenta nuestra salud y la seguridad alimentaria, que valore el bienvivir

POR UNA NUEVA RELACIÓN CAMPO-CIUDAD


Al hablar de la relación entre el campo y la ciudad lo primero que nos viene a la cabeza es una dicotomía, una encrucijada ante la que debemos elegir o que se plantea como una oposición. De igual modo es un tópico histórico hablar del conflicto campo-ciudad, como es habitual el lamento por la despoblación rural. Sirvan de ejemplo dos referencias actuales: el programa de Jordi ÉvoleTierra de nadie, o el reciente éxito editorial de Sergio del Molino La España vacía. Este último libro nos da algunas pistas sobre las características peculiares de este asunto en nuestro país. No obstante, se trata de un fenómeno que ha acompañado a todas las sociedades del mundo a medida que se ha ido imponiendo la industrialización y el comercio a larga distancia. La dislocación entre campo y ciudad puede rastrearse incluso en la alta edad media, como nos recordaba Kropotkin en El apoyo mutuo:

"El error más grande y más fatal cometido por la mayoría de las ciudades fue también el basar sus riquezas en el comercio y la industria, junto con un trato despectivo hacia la agricultura. De tal modo, repitieron el error cometido ya una vez por las ciudades de la antigua Grecia y debido al cual cayeron en los mismos crímenes. Pero el distanciamiento entre las ciudades y la tierra las arrastró, necesariamente, a una política hostil hacia las clases agrícolas, que se hizo especialmente visible en Inglaterra durante Eduardo III, en Francia durante las jacqueries (las grandes rebeliones campesinas), en Bohemia en las guerras hussitas, y en Alemania durante la guerra de los campesinos del siglo XVI."

La transformación agresiva del entorno rural y su despoblamiento en épocas más recientes se debe sobre todo al mencionado proceso industrializador unido al comercio a larga distancia. En España no son pocos los conflictos socio-ambientales planteados por el moderno desarrollismo a lo largo de nuestra geografía. Sin embargo no suele identificarse claramente el origen político de ese desarrollismo y de esa despoblación. De hecho a menudo sus principales promotores recaban un apoyo mayoritario en las zonas rurales a pesar del abandono que sufren estas y a pesar del lamento por la despoblación. Uno de los motivos para esto es que la derecha conservadora siempre ha tratado de halagar al campo, ensalzando sus tradiciones y costumbres, como caladero de votos. Es lo que hizo, por ejemplo, el carlismo, buscando ganar apoyo en el campo ante sus dificultades para imponerse en la corte, o lo que posteriormente hicieron los diversos nacionalismos. Pero se trata de un problema principalmente occidental, no sólo español. Los conservadores británicos, franceses o estadounidenses, por ejemplo, también se han apoyado en el mundo rural y en las zonas menos centrales de esos estados, y siguen haciéndolo, como se ha visto en las últimas elecciones de estos países sin ir más lejos.

La derecha moderna es la primera y la más profunda promotora de fenómenos como el desarraigo, la despoblación rural, el desarrollismo, la globalización y el abastecimiento en cadenas de distribución de larga distancia, y en realidad siempre ha tratado con desprecio y ninguneo al campo, un campo del que sólo se acuerda en las excursiones electorales y para poner alguna acera o alguna farola mientras socava los cimientos vitales sobre los que se sostiene la vida rural. Y es que la derecha actual es sobre todo liberal. Al igual que por la izquierda tenemos liberales con tintes socialistas, (la llamada tercera vía), por la derecha tenemos liberales con tintes conservadores, interesados en conservar sobre todo las jerarquías y el elitismo, no la forma de vida rural, ni mucho menos el medio natural en el que se desenvuelve esta. Esta derecha se ha vertebrado en torno al poder económico y a los negocios, que con el tiempo han terminado por laminar las antiguas diferencias entre conservadores y liberales con el lubricante balsámico del beneficio en el que ahora participan los herederos de los caciques por medio del  capitalismo de amiguetes.

Por su parte los liberales ribeteados de socialismo también han sido apaciguados por la vía del dinero con buenos sueldos para los dirigentes y puestos en consejos de administración, y con similares premios aunque de menor relevancia para el resto de la estructura de los cargos. Sus partidos funcionan como agencias de colocación que no cuestionan el mercado y que, en el fondo, dependen de que este vaya bien. En realidad  la izquierda se ha estructurado desde sus inicios como una reacción al capitalismo sin cuestionar algunos principios liberales fundamentales que definían una concepción de la economía parcial, interesada y poco realista a largo plazo, y por lo general ha sido firme partidaria de la industrialización indefinida y del crecentismo.

El liberal-socialismo de nuestros días ha renunciado incluso a esa forma viciada de buscar una transformación social para limitarse a la defensa de algunas políticas sociales con los beneficios obtenidos de un mercado al que se hacen concesiones legales y del que se depende cada vez más. De hecho han sido la segunda pata del avance de la globalización comercial, y actúa en perfecta connivencia con las multinacionales que no sólo se basan en el mercado sino en el predominio de un tipo de mercado opuesto a la pequeña empresa y al consumo local.

Igualmente el liberalismo de ambos matices ha promovido la financiarización de la economía que pone los beneficios de la especulación por delante de la soberanía alimentaria y de la autonomía de los pueblos mediante el acaparamiento de tierras que, desde los inicios del capitalismo hasta nuestros días, empuja el despoblamiento rural, el desarraigo, la dependencia del mercado global, el desarrollismo sin miras y el desprecio a las formas de vida basadas en la producción local.

Si alguna corriente ideológica puede encarnar los intereses de fondo de quienes viven en y del campo esta es la poco considerada ecología política. La apuesta por la producción local, la pequeña escala, un ritmo de vida en armonía con nuestra propia naturaleza, la sostenibilidad de la que dependemos todos pero cuyo deterioro los agricultores perciben de primera mano, todo ello sobre la primacía del rendimiento, son criterios que sintonizan con la base cultural necesaria para una revitalización del mundo rural.

Pero aquí encontramos la paradoja de que a menudo existen recelos, malentendidos o incluso conflictos entre el mundo del campo y el ecologismo. Con frecuencia encontramos un desencuentro entre el conservacionismo y los intereses de agricultores y ganaderos: lobos que diezman rebaños sin que los pastores vean justamente recompensado el perjuicio; daños ambientales de la caza, (una práctica con más arraigo en el campo); lindes de parques naturales que rivalizan con los pastos; normativas ambientales que pueden dificultar el desempeño habitual o requisitos para el etiquetado que en ocasiones dejan a los pequeños productores en desventaja respecto a las grandes empresas.

Sería deseable que se generalizase un mayor diálogo y comprensión mutua para promover soluciones emergidas del mismo. Porque en realidad estos son problemas menores si los comparamos con los cambios profundos que está provocando el crecimiento económico, unos cambios que, por otro lado, los pequeños agricultores perciben de primera mano, como los efectos del cambio climático, la erosión de los suelos, la pérdida de biodiversidad, la expansión de la agricultura y la ganadería intensivas, la competencia desleal de multinacionales subvencionadas o que pueden hacer dumping, la desertización y la falta de agua, etc.

En el Sur global los campesinos lo ven de otra manera y la ecología forma parte central de la reivindicación rural con mayor frecuencia, quizá porque el choque entre grandes multinacionales y formas de vida que mantienen su arraigo en el campo ha sido menos gradual, más violento y con un mayor contraste. Esto ha dado lugar al llamado  ecologismo de los pobres, expresado en innumerables conflictos socio-ambientales en cuya denuncia se ha implicado la población y cuya represión ha sido también más cruenta.

Por otra parte, quienes queremos que prevalezca una mayor sostenibilidad tenemos que desestimar el ambientalismo que sólo busca un lavado de cara verde al modelo actual. Quizá también habría que hablar de liberalismo con tintes ecologistas en la medida en que sólo se planteen nuevas formas de hacer lo mismo sin proponerse cambios en la actual organización política de la economía, origen de los males ecológicos. Tras muchos años de ecologismo infructuoso o insuficiente, la conciencia generalizada sobre los problemas ambientales necesita dar el paso decisivo de cuestionar el modelo económico y las formas de producción que renuevan la insostenibilidad a pesar de cada avance en eficiencia y en las normativas ambientales; asumir que no se está haciendo realmente una apuesta ecológica si no se da un cuestionamiento a este nivel, tanto en la teoría económica, como en la política y en la práctica diaria.

Por ejemplo, fijándonos en las características de la empresa, y no sólo en las del producto: eligiendo cooperativas sin ánimo de lucro en un modelo de producción local y colaborativo, (en lugar de conformarnos con etiquetas sobre los insumos utilizados en el caso de la alimentación). O valorando las formas de distribuir y de compartir lo necesario: fomentando el procomún. Y sobre todo tratando de incidir en la política económica en todos los niveles para favorecer un modelo que no dependa del aumento constante del consumo de recursos para renovar la inclusión.

Como vamos a ver, este enfoque aplicado al consumo alimentario puede servir, además, para aliviar la contraposición entre campo y ciudad. Planteada esta dualidad como conflicto, este se da también dentro de nosotros mismos, y pervive especialmente enraizado en España por lo que Sergio del Molino llama el Gran Trauma: una inmigración masiva hacia las ciudades forzada en muy pocas décadas.

Dejando a un lado los motivos puramente económicos y el azar personal que nos fuerzan a uno u otro modo de vida, cabe preguntarse cuál de los dos elegiríamos si pudiéramos hacerlo o cuál nos parece el más adecuado. ¿Hay más opciones?

En cierta medida desde el campo se ha admirado y deseado la libertad, la variedad, la concurrencia social, la algarabía (o incluso el bullicio) que se puede encontrar en las ciudades, y en ocasiones se ha vivido esta admiración con un complejo complementario al desprecio que algunos urbanitas han manifestado por la figura del aldeano. Del otro lado, es habitual una añoranza del campo por parte de muchas personas que viven en la ciudad y que sufren lo que algunos psicólogos llaman trastorno por déficit de naturaleza. Para ambos ambos casos es de suponer que las carencias sostenidas en el tiempo acaban idealizando aquello de lo que se carece.

El hartazgo de los problemas urbanos, por ejemplo, en ocasiones ha dado lugar al  neorruralismo, el intento de volver a vivir en el campo por parte de quienes han crecido en la ciudad, pero este movimiento no siempre resulta consistente. Sergio del Molino nos dice en su libro que su (informal) investigación sobre el tema le ha dejado la impresión de que mayoritariamente desemboca en una decepción más o menos dura según los casos. Probablemente en estos fracasos o decepciones tenga mucho que ver el hecho de que la vida en el campo se siga desarrollando de un modo individualista. Aunque tampoco resulta sencillo sacar adelante proyectos eco-comunitarios.

Si buscáramos la forma de vida para la cual nuestra naturaleza está constituida tendríamos que remontarnos a la época en la que ha vivido nuestra especie durante el 90% de su tiempo en la tierra: una vida nómada en comunidad, algo ya imposible de generalizar como modo de vida y que además requeriría un intenso proceso de aculturación. (De aquella vida sólo nos queda el consuelo -aunque suene cómico- de poder hacer de vez en cuando un treking en grupo, que al prolongarse durante varios días caminando en campo abierto, nos trae remembranzas de una vida tribal, como la satisfacción de descubrir juntos un valle nuevo para los viajeros que así conviven durante ese tiempo, o la de alcanzar un objetivo común en esa itinerancia).

Pero dejando a un lado lo difícil o lo imposible, podemos pensar en nuevas formas de solucionar este desencuentro entre el campo y la ciudad que, en realidad, lo es con nosotros mismos. Ya hace décadas que empezó a fraguarse un modelo de consumo agroecológico a través de cooperativas de consumo que ponen en relación a productores y consumidores, y que en muchos casos implica a todos ellos en la producción. Esta forma de vinculación, aún muy minoritaria por ahora, podría ser el germen de una nueva relación campo-ciudad que iría más allá de un encuentro comercial para, idealismos al margen, de un modo pragmático, establecer una nueva complicidad entre ambos mundos que, eso sí, tendría implicaciones políticas transformadoras si se generalizase (como nos explicaba Esther Vivas en este artículo). Al menos en los casos en los que se lleva a cabo de un modo participativo, que trasciende la relación entre productor y cliente, este modelo puede proporcionar una vivencia compartida, una convivencia sanadora, y en cualquier caso abre una vía para la revitalización de las zonas rurales.

Estas iniciativas se enmarcan dentro del paradigma de la soberanía alimentaria, la potestad para organizar con autonomía local la política agraria de acuerdo a criterios de seguridad alimentaria, sostenibilidad y justicia social. La destrucción de las economías de pequeña escala a manos de la competencia desleal e insostenible ejercida por las corporaciones multinacionales nos hace cada vez más dependientes de mercados globales, especulativos y elitistas, quedando comprometido el futuro de todos.

Además de los grupos de consumo existen otras iniciativas de la economía social y solidaria que tratan de promover la soberanía alimentaria para aquellas personas que quieran hacerlo y vean difícil la auto-organización necesaria para formar una cooperativa. Por ejemplo, en algunos casos se organiza la mediación entre los agricultores locales y los consumidores mediante el reparto regular de cestas de alimentos a domicilio. En otros casos se promueven tiendas abiertas a todo el público, (no sólo para socios), en las que los productos responden a los criterios mencionados, (a diferenciar del consumo ecológico de marca, a menudo también organizado por corporaciones y que no tiene en cuenta criterios de proximidad o de justicia social en la producción). También desde las instituciones sería fácil apoyar la soberanía alimentaria si hubiera voluntad política para ello, por ejemplo en la gestión de los comedores escolares, o en la promoción de la agricultura urbana, que también puede ser  autogestionada.


                                         Alimentación y bienvivir
Serie de artículos del nutricionista Alejandro Moruno para este blog:


Y una Charla: Alimentación, soberanía y democracia

Para muchos ciudadanos la alimentación es su único contacto con la naturaleza. ¿Cuál es la calidad de ese contacto? Si nos fijamos en su impacto ambiental, nuestra comida no es sostenible, y si atendemos a nuestra salud, cada día surgen nuevos datos que ponen de relieve las carencias o lo poco saludable de nuestra alimentación. Para el conjunto de la sociedad la agricultura y la ganadería intensivas y kilométricas vienen a ser el equivalente al sedentarismo y a los malos hábitos en la vida de cada uno. No cuidar nuestra relación con el campo es como no cuidar nuestro propio cuerpo.

Pensar la producción en términos de máxima competencia a partir de meros cálculos de coste y beneficio a corto plazo nos lleva a estresar la vida en detrimento de su adaptación a largo plazo. Fertilizantes, pesticidas e importaciones innecesarias vienen a ser como la droga para el cuerpo que maximiza su rendimiento presente a costa de la salud y de una supervivencia longeva en buenas condiciones. Por contra, la adaptación a largo plazo está más relacionada con la creación que surge de la cooperación y de la simbiosis. ¿Por qué no adoptar, entonces, un modelo simbiótico en el que campo y ciudad puedan ser, más que la unión de dos elementos, un nuevo cuerpo resiliente y saludable gracias a la sinergia así creada?


"Se ha hablado mucho más de la competencia, en la que el fuerte es el que vence, que de la cooperación. Pero determinados organismos aparentemente débiles a la larga han sobrevivido al formar parte de colectivos, mientras que los llamados fuertes, que no han aprendido nunca el truco de la cooperación, han ido a parar al montón de desechos de la extinción evolutiva. Si la simbiosis es tan frecuente e importante en la historia de la vida como parece, habrá que reconsiderar la biología desde el principio. La vida en la Tierra no es de ninguna manera un juego en el cual algunos organismos ganan y otros pierden. Es lo que en el campo matemático de la teoría del juego se conoce como un juego «de suma no cero»."
Lynn Margulis, Dorion Sagan, Microcosmos.

Acabo este texto haciendo un poco de política-ficción sobre las posibilidades de esta tendencia. Si se generalizara esta nueva relación con nuestra propia alimentación, con lo que somos materialmente, que va más allá de un mero consumir en mercados impersonales, esta práctica podría ayudar a repoblar la parte "vacía" de nuestro territorio, o yendo más lejos, apuntar hacia una forma de organización política institucional basada en el entorno local. Como se dice en este artículo de la revista  Ecología Política: "Las redes alimentarias alternativas suponen una defensa de las producciones locales frente al mercado global, pero son sobretodo un laboratorio de nuevas formas de organización social mediante las cuales se trata de trascender el valor de cambio para construir valores de uso y, en definitiva, comunidad."

En el estado español las provincias podrían vertebrar el esquema territorial ideal para desplegar esta nueva forma de simbiosis entre el campo y la ciudad, dado que las provincias se basan precisamente en un territorio vinculado a una ciudad, (o visto desde la urbe, en una ciudad y su entorno periurbano más o menos extenso). La provincia es una entidad política más próxima al biorregionalismo, y que podría mediar mejor entre este ideal y las instituciones actuales, entre una organización territorial basada en la naturaleza y el componente social tal y como ha devenido hasta nuestros días. Aunque conviene recordar que las biorregiones suelen rebasar la demarcación provincial en cordilleras, cuencas, litorales o climas compartidos, (apuntando a una visión territorialmente colaborativa, no aislada).

No estoy sugiriendo seguir la concepción originaria de las provincias, un intento de modernizar el territorio al servicio de un poder centralizado que las maneja por medio de gobernadores. En lugar de ello convendrían unas provincias que se gobernasen a sí mismas con mayor autonomía política democrática, buscando la resiliencia y la prevalencia de la economía local, en consonancia con un incipiente modelo de producción distribuida, menos dependiente de grandes economías de escala. Si hemos de eliminar duplicidades en la administración, quizá sea en las instituciones centralizadas o regionales donde más haya que limarlas, sin necesidad de que esto implique una desconexión sino, al contrario, buscando una cooperación desde la autonomía democrática municipal y provincial (que además serviría para mutualizar determinados riesgos).

Se trataría de un modelo distribuido en una constelación de entidades pequeñas formadas por una ciudad y su campo aledaño relacionados orgánicamente (más que comercialmente). Lo que se buscaría con este planteamiento es la racionalidad ecológica, o lo que es lo mismo, un interés común que no se limite al antieconómico  beneficio pecuniario a corto plazo sino que, en lugar de ello, tenga en cuenta nuestra dependencia del estado actual de la biosfera, que tenga en cuenta nuestra salud y la seguridad alimentaria, que valore el bienvivir así como el largo plazo y a las generaciones futuras.

La revalorización del mundo rural cercano tampoco tiene por qué entenderse como una apelación al pasado con añejas loas a la Historia, ahora desde un punto de vista localista, un pasado a menudo basado en una estratificación social jerárquica, desigual y autoritaria. Ni se trata de poner por encima de todo las tradiciones, que a fin de cuentas son invenciones sostenidas en el tiempo. Las tradiciones tienen el valor que queramos darle, y es una potestad democrática abolirlas -pongamos los casos de crueldad animal- o revitalizarlas -pongamos los concursos de versos improvisados que aun perviven en algunos lugares-. De hecho estamos hablando más bien de innovación social apoyada por el desarrollo de la investigación en agroecología. El verdadero lastre para avanzar hacia un futuro mejor es la privatización del conocimiento y de la herencia biológica común en forma de patentes, restringiendo el uso público y compartido de la información y de las semillas.

En definitiva, una nueva relación campo-ciudad pasaría por sustituir la dicotomía entre ambos entornos por una forma diferente de vincularlos localmente, oponiendo la soberanía alimentaria a la mercantilización absoluta, y la diversificación del espacio frente a la centralización creciente de la vida en megalópolis uniformes que pierden de vista su dependencia de la naturaleza. Si realmente vamos hacia una economía basada en el conocimiento y en las comunicaciones virtuales, y si fuera verdad que la tecnología nos va a permitir mejorar la eficiencia (en términos de recursos materiales), entonces tendría que ser más fácil relegar el transporte y el propio crecimiento económico sin menoscabo de la inclusión económica de todos. En realidad esta es la prueba del nueve  que deberíamos exigir al desarrollo tecnológico para poder observarlo con optimismo: que nos permita reducir el flujo de transformación (y el consiguiente consumo de recursos y uso de sumideros) garantizando a la vez la inclusión.

Pero no es esto lo que está ocurriendo.

http://autonomiaybienvivir.blogspot.com.es/2017/07/por-una-nueva-relacion-campo-ciudad.html

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