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SIN RESPETO: UNA CRISIS SOCIAL
«La creciente expansión del ego, que no admite nada más allá de sí
mismo, cuestiona cualquier autoridad»
La «guerra civil molecular», de Enzenberger; el «ansia de
uso» de Buber; o las reflexiones de Sennett en torno a la autoridad, son algunos
de los conceptos y autores a los que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han se
arrima en su nuevo libro.
Un presente en conflicto ha hecho que tenga todavía mayor actualidad este ensayo sobre el respeto como vínculo interpersonal y necesidad social. Lo que en otro tiempo fue el fundamento de la convivencia ahora amenaza con desaparecer en una sociedad caracterizada por el narcisismo en la que estatus se equipara a respeto. Es una equivalencia perversa que causa división, violencia y desintegración social.
El respeto tiene más que ver con la consideración, en el
fondo, y con la cortesía en las formas. Han se pregunta, con Sennett, «si este
desprecio por las máscaras rituales de la sociabilidad no nos ha vuelto
culturalmente más primitivos que la tribu más simple». En este nuevo ensayo
intenta darle respuesta.
«La guerra civil molecular se inicia de forma imperceptible,
sin que medie una movilización general. Poco a poco, en la calle se van
acumulando las basuras. En el parque aumenta el número de jeringuillas y de
botellas de cerveza destrozadas. Pronto la nostalgia del gueto se desahoga por
medio de señales más claras. Neumáticos pinchados, teléfonos públicos
inutilizados, coches incendiados. Estos actos espontáneos exteriorizan la rabia
por todo cuanto todavía está entero, el odio contra todo aquello que aún
funciona; un odio que forma una amalgama indisoluble con el odio hacia uno
mismo».
La cita es de Enzenberger en Perspectivas de guerra
civil, pero la recoge Byung-Chul Han en su último ensayo. En Sin
respeto. Una crisis social, el surcoreano establece esa guerra civil
molecular como consecuencia de la sociedad neoliberal del rendimiento, uno de
los ejes temáticos de su trayectoria. Una sociedad donde los ganadores se lo
llevan todo y el respeto equivale a estatus no deja lugar a batallones de
perdedores, que acaban con todo y, en ocasiones, con ellos mismos. Un respeto
así entendido no es compatible con el bien común.
Del ghosting como falta de respeto
En ocasiones, la lucha por el respeto deja de serlo y toma
otras formas de violencia más callada. El ghosting, el hecho de terminar
una relación afectiva o de amistad de repente y sin explicación, esconde una
falta de respeto. Ese no sentirse interpelado por la otra persona, ese no deber
de respuesta y esa ausencia de responsabilidad es también una ausencia de
respeto.
En la sociedad actual, el consumo ha llegado hasta la
consideración del otro, que supuestamente está ahí para beneficio de uno mismo,
como algo que hay que aprovechar, o como obstáculo y estorbo, algo que hay que
liquidar en cuanto deja de ser útil. El filósofo Martin Buber hablaba de «ansia
de uso» y este afán es para Han la antítesis del respeto.
Opinión no es identidad
Del otro como competidor y como mercancía, de la mano de Carl
Schmitt se pasa al otro como enemigo y como enemigo necesario para consolidar
la identidad propia. Esto es válido tanto en el plano individual como social
con consecuencias demoledoras. «La creciente pérdida de respeto, la negativa a
ponerse en el lugar del otro, supone un peligro para el debate democrático.
Cada vez respetamos menos las opiniones ajenas. De hecho, incluso estamos
empezando a odiarlas. En el debate ideal prima una clara separación entre
opinión e identidad».
En una de sus viñetas, el dibujante italiano Tullio Altan
acompañaba a una de sus figuras característica con la frase: «Me vienen a la
cabeza opiniones que no comparto». Quien piensa siempre es alguien que piensa
algo, pero podría pensar otra cosa distinta. Hoy es difícil incluso imaginar
ese giro. Las opiniones se han pegado a la piel, pero, como recuerda Han:
«Quien profesa una opinión como identidad pierde la libertad en el debate, que
requiere mantener una distancia con respecto al propio parecer». A la política
de la identidad, Han enfrenta la política de la alteridad que «se cuida de caer
en un encerramiento total en sí mismo, tan ligado a la violencia, a la guerra».
Vergüenza
La mitad del libro la dedica Byung-Chul Han a defender un
cierto orden vertical que contrapone a la actual ambición desjerarquizadora,
librada en un plano horizontal. Comienza por la vergüenza, esa emoción moral
que «requiere de un sistema de valores superior». Sus palabras las acompaña el
libro de Leon Wurmser titulado La máscara de la vergüenza.
Así, la vergüenza es una especie de responsabilidad respecto
del honor perdido y del valor no manifestado. «La vergüenza tradicional
constituye un elemento de cohesión social. Quien se avergüenza reconoce el
sistema superior de valores. Los rituales de expiación restituyen el honor
herido y permiten que la persona avergonzada se reintegre en la sociedad.
En cambio, la práctica actual del shaming o la
humillación se diferencia radicalmente de la cultura tradicional de la
vergüenza: carece de cualquier fuerza constructiva e integradora». La sociedad
neoliberal del rendimiento es implacable con los perdedores, avergonzados por
su quedarse atrás, por su fracaso. Para ellos no hay paz, ni expiación y
tampoco hay respeto.
Orden horizontal vs orden vertical
Sostiene Han que el orden horizontal se rige por la in-diferencia.
«El respeto, sin embargo, es el antagonista de la in-diferencia. Allí
donde, por principio, todo es idéntico a todo desaparecen los espacios del
respeto».
Kant mirando al cielo estrellado y sintiendo la ley moral
dentro de él es un «habitante ejemplar del orden vertical». Hannah Arendt es
vecina de ese patio también porque su llamada a la acción es una aspiración
vertical que «tensa una vida humana y la mantiene en vilo». En el orden
horizontal no hay altura que venerar o respetar, «tampoco reconocemos ninguna
trascendencia, porque nos hemos quedado atrapados en la inmanencia del consumo
y la comunicación. Sin respeto, aplanamos todo y lo convertimos en objeto de
consumo», escribe Han volviendo a su discurso.
El orden horizontal no requiere futuro: el presente tiene la
prioridad absoluta. «Nos tambaleamos desde un presente hacia el siguiente. Así,
el tiempo se desmorona hasta quedar reducido a una sucesión de presentes»,
escribe Han. Combate a continuación la idea de que la desjeraquización genere
más libertad. Ese mecanismo no es tan automático: «A menudo la supuesta
libertad se manifiesta como presión psicológica».
El pudor, la veneración y el respeto pertenecen al orden
vertical; la transparencia, la revelación pornográfica son horizontales.
Llevado al plano del lenguaje, la poesía, con sus metáforas, verticaliza el
lenguaje y lo erotiza. La información dice Han que «está desnuda». Pertenece al
reino horizontal como el discurso de la autenticidad, que se basta a sí mismo
sin necesidad de impulso vertical: no requiere «modelos ejemplares ni ideales».
Cortesía, haz tu magia
Junto a aquello que nos aleja del respeto, el filósofo
examina también lo que puede acercarlo. Ahí entran en juego la consideración y
la cortesía. Han se pone kantiano. La consideración es el respeto moral hacia
los demás que brota cuando se reconoce su dignidad, es un freno también a la
reducción instrumental de las personas. «El imperativo categórico de Kant se
opone diametralmente al imperativo capitalista que produce un reino de los
medios. El capitalismo obliga a las personas a contemplarse unas a otras como
medios o productos. De ese modo destruye tanto la consideración como la
dignidad».
Sobre la cortesía, que trata en el capítulo «El declive de
la vida pública» reflexiona de la mano de Richard Sennett, especialmente de su
obra titulada La autoridad. De la cortesía confirma y alaba su utilidad,
ya que sirve para que «las personas que no se conocían pudieran participar en
la vida pública sin fricciones destructivas». Durante un tiempo la apariencia
hermosa «sofoca lo que hay de tosco en el ser humano». A veces esa apariencia
enraizaba con la esencia hasta hacerse una con ella. «La cortesía no es
simplemente un exterior que se opone al interior auténtico: penetra en el
interior mismo y lo transforma. De hecho, lo forma y lo cultiva. En eso
consiste la magia de las formas rituales».
Han, que dedicó un libro a la desaparición de los rituales,
hace una incursión histórica en el siglo XVIII, cuya vida pública era pura
representación. Lo personal quedaba fuera. En el siglo XIX todo eso empezó a
cambiar. Con Rousseau como bisagra, lo personal entra en escena… literalmente.
Se desata el culto a la autenticidad que rechaza los rituales y las máscaras.
El autor del ensayo se pregunta con Sennett «si este desprecio por las máscaras
rituales de la sociabilidad no nos ha vuelto culturalmente más primitivos que
la tribu más simple».
El malentendido de la autoridad
Después de exponer y defender la cortesía —«las formas no se
irritan»—, Han se fija en el último capítulo de su libro en la crisis de
autoridad y apunta el malentendido en torno a esta. La autoridad necesita
respeto, pero no de forma caprichosa. Recurre a la etimología para descubrir
que «en su sentido primigenio, la autoridad no solo es represora, sino
generadora. Crea una comunidad». Viene de autor, es decir, alguien que crea,
que alumbra y genera.
La forma represora que puede adoptar la autoridad no forma
parte de su esencia. A diferencia de lo que ocurre con la violencia, no excluye
la libertad. Aparece Sennett, de nuevo, para quien «es infantil equiparar
autoridad y violencia», explica Han. Es un error, prosigue, y señala otro:
«Creer que la desaparición de las autoridades se traducirá automáticamente en
una mayor libertad constituye un espejismo. Lo que provoca en un primer momento
la caída de la autoridad es inseguridad y desorientación».
Han, que titula este último capítulo La crisis de la
autoridad señala algunos síntomas: la autoridad estatal deja paso a la
burocracia; los políticos no tienen ninguna autoridad; las elecciones se
convierten en un ritual vacío; el desapego cunde entre los ciudadanos; las
redes sociales socavan la credibilidad, la autoridad, de los medios
tradicionales… Por último, señala uno muy curioso: «la creciente expansión del
ego, que no admite nada más allá de sí mismo, cuestiona cualquier autoridad».
El peligro de la caída de la autoridad es el movimiento
dialéctico de recurrir a un gobernante autoritario. «En los autócratas, la
autoridad suele adoptar una forma seductora. El liderazgo se convierte en
seducción, y el respeto da paso a la adoración, que adquiere rasgos religiosos
y fanáticos». Como recuerda Sennett, muy presente en esta última parte, los
autócratas son «terribles simplificadores». Y apostilla Han: «Seducen con
sencillas fórmulas y aforismos que no tienen en cuenta las complejidades».
https://www.nuevarevista.net/sin-respeto-crisis-social-de-byung-chul-han/

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