UN DÍA IMPROBABLE
Hoy, como casi siempre, Buenaventura despertó antes del sol.
No porque la urgiera un despertador —esa reliquia de otro tiempo—, sino porque
el susurro del viento en los almendros tenía una voz que sus oídos sabían
reconocer. Sin embargo, en la casa, el silencio aún era denso cuando sus pies
tocaron el suelo de madera templada y salió a ver cómo la niebla se deshacía
sobre la dehesa.
En la aldea, los días nunca eran del todo iguales, aunque pudieran parecerlo. Las tareas se repetían con una cadencia suave: el pan se amasaba los miércoles en la mesa comunal y las bicicletas dormían junto al cobertizo con puntualidad de reloj solar. Pero bastaba un gesto nuevo, una semilla que germinaba sin aviso o un zorro que cruzaba el sendero, para alterar lo conocido.
Hoy, por ejemplo, Buenaventura se dirigía al bancal del sur,
donde el tomillo y el orégano reclamaban una cosecha medida, justa. Nadie
cortaba más de lo que podía crecer de nuevo. Caminaba musitando con otros dos,
uno que sabía de arcillas y otra que hablaba con las abejas. La tierra no era
suya: era madre, y se le hablaba en voz baja.
La aldea se desperezaba por momentos. En la plaza, unos
críos entrelazaban cintas de colores alrededor de un mástil, aprendiendo los
nombres de las aves como si fueran hechizos. En la carpintería, dos vecinas
pulían las juntas de una estantería construida con madera caída tras la última
tormenta. Nada se talaba que no fuera necesario. La necesidad, allí,
significaba otra cosa.
En la cocina compartida, la luz empujaba su geometría a
través de las rendijas de barro cocido, y alguien freía croquetas de garbanzo
mientras murmuraba una canción antigua. Buenaventura dejó su cesto en la despensa,
hizo café en el hornillo solar y miró por la ventana el arroyo, donde el agua,
ya regenerada, volvía al cauce como quien se disculpa por haber sido útil.
No había murallas entre el tiempo propio y el común, entre
el trabajo y el juego. Así lo habían deseado. Lo que un día fue hartazgo se
transformó en forma de vida: dejaron atrás la prisa, la hiperconexión, la
fantasía de independencia. Las redes aquí eran otras: de manos, de tiempo, de
cuidados.
Volvió a salir afuera con su taza humeante. El calor era
tenue, el aire olía a compost y a piedra húmeda, y el horizonte dibujaba una
línea suave sobre la dehesa.
Iba descalza, como casi siempre. Decía que así el cuerpo le
hablaba del suelo, que notaba si la tierra pedía descanso o si estaba lista
para el brote. En su andar había algo que no era solo hábito: era una forma de
escuchar.
Bajo sus pies, las hormigas tejían rutas precisas entre los
tréboles. Cada uno de sus pasos parecía deliberado, como si el día no comenzara
hasta que ella lo declarase real con su caminar lento.
Inspiró profundo.
Otra vida era posible, sí, pero no en abstracto. Estaba
allí: en el barro, en la comida compartida, en el trasiego de las estaciones,
en el cuerpo que ya no se apresuraba. No era una promesa, era un presente que
sabía florecer.
Más tarde fue al aula abierta, donde no enseñaba, sino
acompañaba. Hoy, el tema era el ciclo del agua. Con un hilo y una caña, los
niños seguían las rutas invisibles del líquido entre nubes, hojas, cisternas y
piel. Uno preguntó si el agua tenía memoria. Otro respondió que sí, porque
siempre volvía a llover.
Después del almuerzo llegó el momento de la asamblea. Bajo
una pérgola cubierta de parra, se debatió si extender la zona de sombra en el
huerto o esperar a la próxima luna nueva. Nadie mandaba. Todos escuchaban. El
disenso era como el canto de los grillos: parte del paisaje.
Pero esa tarde ocurrió algo especial.
Un anciano visitante, que venía del sur, llegó con un fajo
de documentos viejos y una sonrisa entre sarcástica y cansada. Dijo que quería donar
una finca cercana, abandonada desde hacía décadas, para que se hiciera un
centro de cultivo de semillas. Pero añadió que había un problema.
—Estos papeles —dijo, levantando un formulario amarillento—
son del Ministerio. Aquí dice que este terreno no se puede usar para comer
porque en el catastro aún figura como suelo industrial.
Hubo un silencio largo, de esos que no temen al tiempo.
Buenaventura bajó la mirada, como si recordara una vida
anterior, otra ciudad, otro mundo. En ese mundo, la lógica se inclinaba ante el
papel y las manos quedaban atadas por sellos, decretos y esperas infinitas. La
vida se marchitaba en carpetas.
—Eso era antes —dijo alguien guiñándole un ojo al viejo.
Y entre todos decidieron ir. Caminaron esa misma tarde hasta
la finca, con herramientas básicas y un cuaderno de campo. Midieron el suelo,
olieron la tierra, buscaron lombrices, recogieron muestras para el laboratorio
de la aldea. Los análisis demostraron que el suelo era apto. Ese día, el
anciano lloró en silencio. No de tristeza, sino como quien al fin ve florecer
lo que creyó perdido. Y se integró como uno más en la comunidad y sus rutinas.
Al caer la noche, Buenaventura regresó a su refugio de
madera, donde el salón se abría al porche sin puertas ni fronteras. La lámpara
de bajo consumo iluminó la libreta donde escribió: “Hoy entendí que hay heridas
que el tiempo no cierra, pero que la ternura sí puede cicatrizar.”
Antes de dormir, vio cruzar una silueta en bicicleta hacia
la biblioteca. Le hizo un gesto. La figura respondió con destello del faro.
Buenaventura sonrió. Aquello no era una utopía. Era la lenta victoria de no
haberse rendido.
Durmió tranquila. Mañana sería otro día cualquiera en la
aldea. Que es como decir: un día improbable en cualquier otro lugar.
Eduardo O. González
Texto finalista del Certamen de relatos
ecotópicos de Ecologistas en Acción 2025

No hay comentarios:
Publicar un comentario