SUFRO, LUEGO EXISTO
Hasta hace cinco minutos, como quien dice, el destino común
de la condición humana era sufrir. Pero en la actual sociedad analgésica, el
sufrimiento resulta intolerable y se exhibe como un título para reclamar daños
y perjuicios. Esta es la tesis principal de Sufro, luego existo de Pascal Bruckner. Variados
colectivos (los obesos, los colonizados, los descendientes de los oprimidos,
los veganos, las lesbianas, los queer, etc.) exhiben el estatuto de
víctimas (los nuevos héroes, como reza el subtítulo) y hacen de la condición de
agraviados su DNI
¿Qué es la victimización? Una identidad narrativa que nos atribuimos y que esperamos que los otros nos confirmen. Constituye una patología del reconocimiento. ¿Contrapartida? Con la excusa de proteger a los vulnerables, la victimización «multiplica a las falsas víctimas, que eliminan a los auténticos damnificados».
Nos habíamos creído que el progreso iba a convertir «el
valle de lágrimas en valle de rosas», como auguraba la Ilustración, pero tal
cosa es un espejismo y a los occidentales de hoy nos ocurre lo que a la
protagonista de La princesa y el guisante,
de Andersen, «que pasa una noche en blanco por una bola minúscula que
se ha deslizado bajo su colchón».
Para que el victimismo se justifique, es preciso dar con una
narrativa y con un sujeto del mal. La gran narrativa no es otra que el
Holocausto, y el sujeto, el nazismo —demonio al que echar todas las culpas y
con el que justificar cualquier invasión, como hizo Putin en
Ucrania—. La demonización es intercambiable y en Oriente Medio se da ahora un
cambio de roles: los judíos pierden el título mundial de «parias» y los
palestinos suben al podio del «martirio absoluto».
La retórica del Holocausto es aplicable al victimismo
feminista que en sus críticas del heteropatriarcado, como las que
hacen Andrea Dworkin o Judith Butler, incurre en hipérboles,
como asimilar genocidio con ginocidio —según el irónico
neologismo del autor— y convierten al varón, por el mero hecho de serlo, en
sospechoso habitual, llevándose por delante la presunción de inocencia. Similar
esquema explica el victimismo anticolonialista, cuando todos los pueblos y
todos los imperios son «capaces de la misma ignominia, tal es la terrible
verdad que afrontamos desde las independencias», pero «el único fallo de
Occidente es confesar sus crímenes; otros los disimulan».
La mejor forma de sanar el pasado y rectificar el error no
es la venganza ni el odio, «que impide pensar», sostiene el autor en la parte
final. Europa demostró, de forma admirable, que es posible la reconciliación,
cuando el francés De Gaulle y el alemán Adenauer se dieron
la mano, cerrando la herida de la Segunda Guerra Mundial. Y un paso aún más
sublime es conceder el perdón a los enemigos, como hicieron los monjes
trapenses asesinados por islamistas en Argelia, en 1996. Reclama Bruckner un
cambio de actitud en la sociedad occidental, para superar la victimización,
pues esta «nos impide distinguir lo que se puede transformar, que depende de
nuestra voluntad, de lo inmutable, que no depende de nosotros»
Hasta hace cinco minutos, como quien dice, el destino común de la condición humana era sufrir. En el siglo XVII, por ejemplo, la esperanza de vida en Francia era de 27 años, de suerte que el objetivo de toda existencia consistía en prepararse para la muerte. Pero en la actual sociedad analgésica, el sufrimiento resulta intolerable y se exhibe como un título para reclamar daños y perjuicios. Esta es la tesis principal de Sufro, luego existo (La víctima como héroe) de Pascal Bruckner
«El sueño supremo [de muchos] sería convertirse en mártir
sin haber sufrido otra desgracia que la de haber nacido un día». Variopintos
colectivos (los obesos, los colonizados, los descendientes de los oprimidos,
los veganos, las lesbianas, los queer etc.) entonan el Sufro,
luego existo para hacer de la queja, su lema y de la condición de
agraviado, su DNI: «¿Qué es la victimización? Una identidad
narrativa que nos atribuimos y que esperamos que los otros nos confirmen.
Constituye una patología del reconocimiento».
En su origen —explica Bruckner —, el fenómeno es una
caricatura de la identificación cristiana con los vulnerables y los
desposeídos. Lo que legitima a los victimistas de hoy «es la desgracia, sobre
todo cuando se escribe en plural a través de la interseccionalidad, o cruce de
varias opresiones», término acuñado por la jurista Kimberlé Crenshaw.
El síndrome del guisante
¿Por qué ha surgido aquí y ahora, en el Occidente del último
medio siglo? Por el espejismo, generado en la Ilustración, de que «el valle de
lágrimas se podía convertir en valle de rosas». El objetivo ya no era la
salvación eterna, que predicaba el cristianismo en el Antiguo Régimen, sino la
salud y el bienestar. «Un día todo estará bien» decía Voltaire. Pero ese
día no llegaba nunca. El progreso traía bienes, pero también males: la
penicilina y la bomba atómica, el trigo y la cizaña. Y los occidentales del
siglo XXI nos hemos vuelto hipersensibles a la menor contrariedad, «atacados
colectivamente por el síndrome de la princesa del guisante, esa heroína de
Andersen que pasa una noche en blanco por una bola minúscula que se ha
deslizado bajo su colchón».
Bajo la protección de la cuádruple muralla (prosperidad material, redistribución social, paz y avances de la ciencia) podríamos vivir libres de preocupación. Y cuando estos pilares vacilan, «sufrimos la tragedia de las culturas satisfechas, ineptas para afrontar la adversidad». Surgen entonces dos fenómenos que se retroalimentan: «el mercado de la aflicción» y «la judicialización de la vida cotidiana». Bruckner ve un antecedente de esta en el Código Civil de Napoleón que «ya no considera el sufrimiento como un accidente, sino como un escándalo que el derecho debe reparar».
Pero si
todo lo que sufre da derecho a la ley, «¿cómo evitar que la desgracia no se
convierta en la medida de todas las cosas?» La lista de agravios y reclamaciones
se ha vuelto interminable. Lo mismo que los homenajes a víctimas de toda laya,
animales incluidos. En 2021 una eurodiputada ecologista depositó una corona de
flores al ciervo desconocido, debido a que un cérvido fue
perseguido por la jauría de una montería.
«La victimización es la versión dolorida del privilegio»,
afirma el autor. A partir de una opresión real o imaginaria, «permite rehacer
una genealogía», instituir una nueva casta, la de los dolientes. En virtud de
este estatus, la ley se aplicará a todos menos a ellos, que tienen «derecho a
sustraerse de todas las redes de obligaciones y de reciprocidad que conforman
la vida en sociedad». ¿Contrapartida? «Con la excusa de proteger a los
vulnerables, multiplica en cambio a las falsas víctimas, que eliminan a los
auténticos damnificados».
Holocausto multiusos
Para que el victimismo se justifique, es preciso dar con una
narrativa y con un sujeto del mal, se indica en la segunda parte de Sufro,
luego existo. La gran narrativa, sostiene Bruckner, no es otra que el
Holocausto —en sentido lato, tan lato que se puede aplicar a cualquier
colectivo oprimido, en virtud de la interseccionalidad—; y el sujeto, el
nazismo —demonio al que echar todas las culpas y con el que justificar
cualquier invasión, como hizo Putin en Ucrania, al que el autor
dedica un capítulo—.
Los militantes del Black Lives Matter reclamaron el palmarés
del holocausto señalando que entre 1619 y 1861 fueron asesinados más de 15
millones de africanos, desbancando a los judíos (solo 6 millones).
Pero, recuerda, Bruckner, los rusos ostentan el record con 27 millones (o 42
según la Duma) en 1941-1945. «¿Quién da más?», se pregunta. Para muchos, el
Holocausto es «un botín simbólico que no hay que dejar solo en manos de los
judíos. Se instalarán en su lugar todos los ultrajados, amerindios, esclavos,
africanos, palestinos de Gaza, etc.» Y en cuanto a Hitler, pareciera como «si
se hubiera precedido a sí mismo varios siglos y se prolongará en el futuro,
sola y única figura del diablo hasta el final de los tiempos».
La demonización es intercambiable y, por ironías de la
historia, en Oriente Medio se desarrolla «una lucha planetaria entre los
antiguos poseedores del título de parias (los judíos) y los nuevos campeones
del martirio absoluto (los palestinos)».
La retórica antifascista que ahora exhibe Putin es, en
realidad, un clásico ruso desde que el estalinismo se arrogó «el título de
vencedor del Tercer Reich, maquillando la complicidad profunda del líder
soviético con Hitler». Una verdad que destapó Vasily Grossman con sus novelas Vida y
destino y Todo fluye, en las que viene a decir que
«comunismo y nazismo, que se creían enemigos, son, en realidad, hermanos
gemelos».
La hipérbole del ginocidio
Esos demonios dan mucho juego. La activista
norteamericana Andrea Dworkin veía en la industria del porno «un
instrumento de genocidio» o, dicho de otra forma, «Dachau introducido en el
dormitorio y celebrado». Y no han faltado quienes han comparado las violaciones
con el genocidio de los judíos. Esta «reductio ad Hitlerum», como
la califica Bruckner, «señala la voluntad de hacer de la violación un crimen
peor que el asesinato, y de sus víctimas, las representantes del genocidio
moderno».
Ese tipo de hipérboles se convirtieron, a partir de los años 60, en arma arrojadiza del victimismo feminista en EE.UU. según Marilyn French, «hacer el amor para un hombre es casi siempre sinónimo de brutalidad y asesinato». Pero admitir la obviedad de que la violencia contra las mujeres sea «mayoritariamente masculina, no hace de todos los hombres bestias», matiza el autor, ni permite hablar de un «ginocidio» generalizado.
La crítica al heteropatriarcado, alimentado por los estudios
de género de Judith Butler y otras autoras, ha levantado un muro
entre los dos sexos que ha llevado a reescribir los cuentos de hadas. Una madre
de familia británica alegaba que «el beso dado a la Bella Durmiente no era
consentido, puesto que estaba dormida». Precisamente el beso, «que acompañó la
liberación de costumbres después de 1945, vuelve a ser, como en el Antiguo
Régimen un factor de turbulencias y de prohibiciones», observa irónicamente el
autor.
Claro que el wokismo no es exclusivo de la
izquierda: ahí tenemos a conservadores como Ben Shapiro, que ve en la
película Barbie «propaganda de la mafia transgénero». La
indignación feminista de la izquierda y el rasgado de vestiduras de la derecha
«se nutren, en EE.UU., del fondo común del macartismo, a su vez, proveniente
del puritanismo protestante».
Durante los últimos cincuenta años, la sexualidad en Occidente
se ha sustraído «del simple ámbito del hedonismo para entrar masivamente en la
categoría de la culpa». El filósofo ve en ello «una inversión irónica del viejo
puritanismo, que encuentra en esta metamorfosis su último triunfo en nombre de
la protección de las mujeres. El pene a su vez ha entrado en la era de la
sospecha».
La victimización de la mujer tiene dos efectos
contraproducentes: «infantilizar» a la fémina y convertir al varón en
sospechoso habitual. Respecto de esto alerta Bruckner: «Creer a las víctimas
bajo palabra es correr el riesgo de confundir una denuncia justificada con una
denuncia calumniosa. ¿Por qué molestarse en realizar una investigación y no
meter sin más al acusado directamente en prisión sin proceso?» Cuando, como
todos sabemos, «la justicia no es un relato literario, sino
el establecimiento más preciso posible de los hechos imputados, una vez
escuchados unos y otros. La verdad judicial es la conformidad con los
acontecimientos».
Obsesión por el color blanco
Algo parecido ocurre con el decolonialismo. No puede negar
Bruckner las injusticias y atrocidades cometidas por Francia, Inglaterra y
Bélgica en sus colonias de África y Asia, pero no parece que, salvo honrosas
excepciones, la descolonización se haya traducido en prosperidad y avance de
los derechos humanos. Por otro lado, «¿cuántos Estados independientes invocan a
la antigua metrópolis colonial para seguir explotando a sus pueblos? La
inclinación natural de todo perseguido, una vez llegado al poder, es
metamorfosearse en perseguidor».
Lo llamativo, para el autor, es que Argelia, por ejemplo,
quiera seguir siendo «la víctima de Francia, para pedirle cuentas y reiterar
esa «renta memorial» que Macron denunció tan bien en octubre de 2021
antes de retractarse, como espantado por su propia audacia».
El victimismo que exhiben los decolonialistas, convirtiendo
a Europa en «cabeza de turco» de todos sus males, encubre una «obsesión por el
color blanco». Lo que hacen es «invertir el discurso imperialista para acusar
mejor a las potencias europeas», como señalaba el autor en sus anteriores
ensayos El sollozo del hombre blanco y La tiranía de
la penitencia. En Sufro, luego existo, recuerda una
evidencia constatable: «Todos los pueblos y todos los imperios son capaces
de la misma ignominia, tal es la terrible verdad que afrontamos desde las
independencias», pero «el único fallo de Occidente es confesar sus crímenes;
otros los disimulan».
El victimismo anticolonialista, muy influido por Franz Fanon y Los
condenados de la Tierra y por Aimé Césaire y su Discurso
sobre el colonialismo, parece olvidar, considera el autor, que «no hay
pueblos inocentes en cuanto acceden a la independencia, eso es lo que nos ha
enseñado el último medio siglo». En las jóvenes naciones del Sur, en África o
en Asia, «los armarios rebosan de cadáveres, sin olvidar al IS, Hamás y Al
Qaeda. Las nuevas patrias no han hecho más que nacer y ya la cantidad de
atropellos ensucian sus leyendas gloriosas».
Y actualmente la historia camina en dos direcciones
diametralmente opuestas: «Una parte de la humanidad, básicamente las
democracias, se dota de instituciones para castigar los crímenes masivos, estos
florecen en cambio entre los nuevos carnívoros: Turquía, Irán, Rusia, China
Afganistán». Y hace suya una idea de Bernard-Henri Levy: «Occidente renuncia al imperialismo,
mientras que los antiguos imperios quieren resucitar su gloria pasada».
La espiral del odio
En la última parte, Cómo vivir con nuestras heridas,
el autor se plantea si es posible sanar el pasado. Hay distintas formas de
repararlo, comenzando por la económica, con los fondos destinados a las
víctimas del terrorismo, por ejemplo. «El dinero es un enorme progreso, porque
aparta la venganza y paraliza la agresividad»; y su neutralidad pone fin a las
querellas, apunta Levi Strauss. Pero no basta. La madre de una víctima
del 11-S, gratificada con una suma de 3 millones de dólares por el fondo de
indemnización, responde: «Tengo una idea mejor: guárdense el dinero y
devuélvanme a mi hijo».
Más eficaz, aunque harto difícil es la reconciliación. A
veces resulta forzada, como la que intentó el premier holandés Mark
Rutte al presentar excusas a los descendientes de los surinameses y
antillanos de los Países Bajos. Estos no vieron en su discurso la expresión de
un sincero arrepentimiento, sino «la oblicua genuflexión de los devotos apresurados»
(Flaubert). Tampoco resulta la reconciliación por decreto: «Sed hermanos, u os
meto en la cárcel», como ocurrió en Ruanda. Es encomiable, en cambio, el paso
dado por «las naciones de la Europa salida de la Segunda Guerra Mundial,
exhaustas de carnicerías, de hecatombes, al demostrar que las herencias más
amargas pueden ser superadas». Y pone el autor el ejemplo del francés De
Gaulle y el alemán Adenauer dándose la mano en la catedral de
Reims y sellando una nueva fraternización después de los ríos de sangre.
La venganza, modalidad practicada persistentemente por la
humanidad, no resuelve nada. Y el odio activa una espiral sin fin, porque «nos
hace estar unidos a los que queremos matar y hacer daño mediante un vínculo
inquebrantable, fabrica una humanidad de clones que se parecen especialmente
porque quieren destruirse». El odio es «un obstáculo que impide pensar
libremente», decía Joseph Kessel en su libro sobre la
Resistencia El ejército de las sombras.
Es preferible el perdón, apunta Bruckner, si bien darlo
parece insuperable cuando la ofensa es salvaje: «El perdón está muerto en los campos
de la muerte», escribía Jankélévitch, filósofo judío refiriéndose a Auschwitz.
No está al alcance de cualquiera «tratar a tu asesino como amigo y perdonarlo
de antemano», como hicieron los trapenses de Argelia, martirizados por los
islamistas en 1996. Es «la desmesura cristiana», subraya el autor. Impresionan,
en efecto, las palabras dirigidas a los verdugos que dejó escritas el prior:
«Para ti también yo quiero esta gracia, este “Dios” a ti dedicado. Y que nos
sea concedido encontrarnos, ladrones felices, en el paraíso, si le place a
Dios, nuestro Padre. Amén. ¡Hinch Allah!».
Un cambio de actitud para evitar el fatalismo
Son ineludibles el agravio o la injusticia a lo largo de la
vida, pero no es imposible «continuar amando, esperando, trabajando», señala el
autor en la conclusión. Nuestra vida política se ha convertido en «un libro de
reclamaciones sin fin, un catálogo de gemidos, aunque vivamos mejor que la
mayoría de los demás países del mundo».
Es preciso un cambio de actitud en Occidente, sostiene
Bruckner, que nos haga apreciar «la alegría, la belleza. Algunos se creen
ennoblecidos por los golpes y los insultos recibidos. También se puede serlo
por el asombro, el deleite, la estupefacción de residir entre los hombres,
nuestros semejantes y nuestros desemejantes».
La victimización, en cambio, solo «conduce al fatalismo».
Porque «la repetición estupefacta de nuestros problemas nos impide distinguir
lo que se puede transformar, que depende de nuestra voluntad, de lo inmutable,
que no depende de nosotros».
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Pascal
Bruckner (París, 1948). Filósofo y escritor. Doctor en Letras. Es autor de
Lunas de hiel y de La tentación de la inocencia, Le sanglot
de l’homme blanc y La tiranía de la penitencia.


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