6.5.26

Nuestra vida convertida en un libro de reclamaciones sin fin, un catálogo de gemidos

SUFRO, LUEGO EXISTO                        

Hasta hace cinco minutos, como quien dice, el destino común de la condición humana era sufrir. Pero en la actual sociedad analgésica, el sufrimiento resulta intolerable y se exhibe como un título para reclamar daños y perjuicios. Esta es la tesis principal de Sufro, luego existo de Pascal Bruckner. Variados colectivos (los obesos, los colonizados, los descendientes de los oprimidos, los veganos, las lesbianas, los queer, etc.) exhiben el estatuto de víctimas (los nuevos héroes, como reza el subtítulo) y hacen de la condición de agraviados su DNI

¿Qué es la victimización? Una identidad narrativa que nos atribuimos y que esperamos que los otros nos confirmen. Constituye una patología del reconocimiento. ¿Contrapartida? Con la excusa de proteger a los vulnerables, la victimización «multiplica a las falsas víctimas, que eliminan a los auténticos damnificados».

Nos habíamos creído que el progreso iba a convertir «el valle de lágrimas en valle de rosas», como auguraba la Ilustración, pero tal cosa es un espejismo y a los occidentales de hoy nos ocurre lo que a la protagonista de La princesa y el guisante, de Andersen, «que pasa una noche en blanco por una bola minúscula que se ha deslizado bajo su colchón».

Para que el victimismo se justifique, es preciso dar con una narrativa y con un sujeto del mal. La gran narrativa no es otra que el Holocausto, y el sujeto, el nazismo —demonio al que echar todas las culpas y con el que justificar cualquier invasión, como hizo Putin en Ucrania—. La demonización es intercambiable y en Oriente Medio se da ahora un cambio de roles: los judíos pierden el título mundial de «parias» y los palestinos suben al podio del «martirio absoluto».

La retórica del Holocausto es aplicable al victimismo feminista que en sus críticas del heteropatriarcado, como las que hacen Andrea Dworkin o Judith Butler, incurre en hipérboles, como asimilar genocidio con ginocidio —según el irónico neologismo del autor— y convierten al varón, por el mero hecho de serlo, en sospechoso habitual, llevándose por delante la presunción de inocencia. Similar esquema explica el victimismo anticolonialista, cuando todos los pueblos y todos los imperios son «capaces de la misma ignominia, tal es la terrible verdad que afrontamos desde las independencias», pero «el único fallo de Occidente es confesar sus crímenes; otros los disimulan».

La mejor forma de sanar el pasado y rectificar el error no es la venganza ni el odio, «que impide pensar», sostiene el autor en la parte final. Europa demostró, de forma admirable, que es posible la reconciliación, cuando el francés De Gaulle y el alemán Adenauer se dieron la mano, cerrando la herida de la Segunda Guerra Mundial. Y un paso aún más sublime es conceder el perdón a los enemigos, como hicieron los monjes trapenses asesinados por islamistas en Argelia, en 1996. Reclama Bruckner un cambio de actitud en la sociedad occidental, para superar la victimización, pues esta «nos impide distinguir lo que se puede transformar, que depende de nuestra voluntad, de lo inmutable, que no depende de nosotros»

Hasta hace cinco minutos, como quien dice, el destino común de la condición humana era sufrir. En el siglo XVII, por ejemplo, la esperanza de vida en Francia era de 27 años, de suerte que el objetivo de toda existencia consistía en prepararse para la muerte.  Pero en la actual sociedad analgésica, el sufrimiento resulta intolerable y se exhibe como un título para reclamar daños y perjuicios. Esta es la tesis principal de Sufro, luego existo (La víctima como héroe) de Pascal Bruckner

«El sueño supremo [de muchos] sería convertirse en mártir sin haber sufrido otra desgracia que la de haber nacido un día». Variopintos colectivos (los obesos, los colonizados, los descendientes de los oprimidos, los veganos, las lesbianas, los queer etc.) entonan el Sufro, luego existo para hacer de la queja, su lema y de la condición de agraviado, su DNI: «¿Qué es la victimización?  Una identidad narrativa que nos atribuimos y que esperamos que los otros nos confirmen. Constituye una patología del reconocimiento».

En su origen —explica Bruckner —, el fenómeno es una caricatura de la identificación cristiana con los vulnerables y los desposeídos. Lo que legitima a los victimistas de hoy «es la desgracia, sobre todo cuando se escribe en plural a través de la interseccionalidad, o cruce de varias opresiones», término acuñado por la jurista Kimberlé Crenshaw.

El síndrome del guisante

¿Por qué ha surgido aquí y ahora, en el Occidente del último medio siglo? Por el espejismo, generado en la Ilustración, de que «el valle de lágrimas se podía convertir en valle de rosas». El objetivo ya no era la salvación eterna, que predicaba el cristianismo en el Antiguo Régimen, sino la salud y el bienestar. «Un día todo estará bien» decía Voltaire. Pero ese día no llegaba nunca. El progreso traía bienes, pero también males: la penicilina y la bomba atómica, el trigo y la cizaña. Y los occidentales del siglo XXI nos hemos vuelto hipersensibles a la menor contrariedad, «atacados colectivamente por el síndrome de la princesa del guisante, esa heroína de Andersen que pasa una noche en blanco por una bola minúscula que se ha deslizado bajo su colchón».

Bajo la protección de la cuádruple muralla (prosperidad material, redistribución social, paz y avances de la ciencia) podríamos vivir libres de preocupación. Y cuando estos pilares vacilan, «sufrimos la tragedia de las culturas satisfechas, ineptas para afrontar la adversidad». Surgen entonces dos fenómenos que se retroalimentan: «el mercado de la aflicción» y «la judicialización de la vida cotidiana». Bruckner ve un antecedente de esta en el Código Civil de Napoleón que «ya no considera el sufrimiento como un accidente, sino como un escándalo que el derecho debe reparar». 

Pero si todo lo que sufre da derecho a la ley, «¿cómo evitar que la desgracia no se convierta en la medida de todas las cosas?» La lista de agravios y reclamaciones se ha vuelto interminable. Lo mismo que los homenajes a víctimas de toda laya, animales incluidos. En 2021 una eurodiputada ecologista depositó una corona de flores al ciervo desconocido, debido a que un cérvido fue perseguido por la jauría de una montería.

«La victimización es la versión dolorida del privilegio», afirma el autor. A partir de una opresión real o imaginaria, «permite rehacer una genealogía», instituir una nueva casta, la de los dolientes. En virtud de este estatus, la ley se aplicará a todos menos a ellos, que tienen «derecho a sustraerse de todas las redes de obligaciones y de reciprocidad que conforman la vida en sociedad». ¿Contrapartida? «Con la excusa de proteger a los vulnerables, multiplica en cambio a las falsas víctimas, que eliminan a los auténticos damnificados».

Holocausto multiusos

Para que el victimismo se justifique, es preciso dar con una narrativa y con un sujeto del mal, se indica en la segunda parte de Sufro, luego existo. La gran narrativa, sostiene Bruckner, no es otra que el Holocausto —en sentido lato, tan lato que se puede aplicar a cualquier colectivo oprimido, en virtud de la interseccionalidad—; y el sujeto, el nazismo —demonio al que echar todas las culpas y con el que justificar cualquier invasión, como hizo Putin en Ucrania, al que el autor dedica un capítulo—.

Los militantes del Black Lives Matter reclamaron el palmarés del holocausto señalando que entre 1619 y 1861 fueron asesinados más de 15 millones de africanos, desbancando a los judíos (solo 6 millones). Pero, recuerda, Bruckner, los rusos ostentan el record con 27 millones (o 42 según la Duma) en 1941-1945. «¿Quién da más?», se pregunta. Para muchos, el Holocausto es «un botín simbólico que no hay que dejar solo en manos de los judíos. Se instalarán en su lugar todos los ultrajados, amerindios, esclavos, africanos, palestinos de Gaza, etc.» Y en cuanto a Hitler, pareciera como «si se hubiera precedido a sí mismo varios siglos y se prolongará en el futuro, sola y única figura del diablo hasta el final de los tiempos».

La demonización es intercambiable y, por ironías de la historia, en Oriente Medio se desarrolla  «una lucha planetaria entre los antiguos poseedores del título de parias (los judíos) y los nuevos campeones del martirio absoluto (los palestinos)».

La retórica antifascista que ahora exhibe Putin es, en realidad, un clásico ruso desde que el estalinismo se arrogó «el título de vencedor del Tercer Reich, maquillando la complicidad profunda del líder soviético con Hitler». Una verdad que destapó Vasily Grossman con sus novelas Vida y destino y  Todo fluye, en las que viene a decir que «comunismo y nazismo, que se creían enemigos, son, en realidad, hermanos gemelos».

La hipérbole del ginocidio

Esos demonios dan mucho juego. La activista norteamericana  Andrea Dworkin veía en la industria del porno «un instrumento de genocidio» o, dicho de otra forma, «Dachau introducido en el dormitorio y celebrado». Y no han faltado quienes han comparado las violaciones con el genocidio de los judíos. Esta «reductio ad Hitlerum», como la califica Bruckner, «señala la voluntad de hacer de la violación un crimen peor que el asesinato, y de sus víctimas, las representantes del genocidio moderno».

Ese tipo de hipérboles se convirtieron, a partir de los años 60, en arma arrojadiza del victimismo feminista en EE.UU. según Marilyn French, «hacer el amor para un hombre es casi siempre sinónimo de brutalidad y asesinato». Pero admitir la obviedad de que la violencia contra las mujeres sea «mayoritariamente masculina, no hace de todos los hombres bestias», matiza el autor, ni permite hablar de un «ginocidio»  generalizado.

La crítica al heteropatriarcado, alimentado por los estudios de género de Judith Butler y otras autoras, ha levantado un muro entre los dos sexos que ha llevado a reescribir los cuentos de hadas. Una madre de familia británica alegaba que «el beso dado a la Bella Durmiente no era consentido, puesto que estaba dormida». Precisamente el beso, «que acompañó la liberación de costumbres después de 1945, vuelve a ser, como en el Antiguo Régimen un factor de turbulencias y de prohibiciones», observa irónicamente el autor.

Claro que el wokismo no es exclusivo de la izquierda: ahí tenemos a conservadores como Ben Shapiro, que ve en la película Barbie «propaganda de la mafia transgénero». La indignación feminista de la izquierda y el rasgado de vestiduras de la derecha «se nutren, en EE.UU., del fondo común del macartismo, a su vez, proveniente del puritanismo protestante».

Durante los últimos cincuenta años, la sexualidad en Occidente se ha sustraído «del simple ámbito del hedonismo para entrar masivamente en la categoría de la culpa». El filósofo ve en ello «una inversión irónica del viejo puritanismo, que encuentra en esta metamorfosis su último triunfo en nombre de la protección de las mujeres. El pene a su vez ha entrado en la era de la sospecha».

La victimización de la mujer tiene dos efectos contraproducentes: «infantilizar» a la fémina y convertir al varón en sospechoso habitual. Respecto de esto alerta Bruckner: «Creer a las víctimas bajo palabra es correr el riesgo de confundir una denuncia justificada con una denuncia calumniosa. ¿Por qué molestarse en realizar una investigación y no meter sin más al acusado directamente en prisión sin proceso?» Cuando, como todos sabemos, «la justicia no es un  relato literario, sino el establecimiento más preciso posible de los hechos imputados, una vez escuchados unos y otros. La verdad judicial es la conformidad con los acontecimientos».

Obsesión por el color blanco

Algo parecido ocurre con el decolonialismo. No puede negar Bruckner las injusticias y atrocidades cometidas por Francia, Inglaterra y Bélgica en sus colonias de África y Asia, pero no parece que, salvo honrosas excepciones, la descolonización se haya traducido en prosperidad y avance de los derechos humanos. Por otro lado, «¿cuántos Estados independientes invocan a la antigua metrópolis colonial para seguir explotando a sus pueblos? La inclinación natural de todo perseguido, una vez llegado al poder, es metamorfosearse en perseguidor». 

Lo llamativo, para el autor, es que Argelia, por ejemplo, quiera seguir siendo «la víctima de Francia, para pedirle cuentas y reiterar esa «renta memorial» que Macron denunció tan bien en octubre de 2021 antes de retractarse, como espantado por su propia audacia».

El victimismo que exhiben los decolonialistas, convirtiendo a Europa en «cabeza de turco» de todos sus males, encubre una «obsesión por el color blanco». Lo que hacen es «invertir el discurso imperialista para acusar mejor a las potencias europeas», como señalaba el autor en sus anteriores ensayos El sollozo del hombre blanco y La tiranía de la penitencia. En Sufro, luego existo, recuerda una evidencia constatable: «Todos los pueblos y todos los imperios son capaces de la misma ignominia, tal es la terrible verdad que afrontamos desde las independencias», pero «el único fallo de Occidente es confesar sus crímenes; otros los disimulan».

El victimismo anticolonialista, muy influido por Franz Fanon y  Los condenados de la Tierra y por Aimé Césaire y su Discurso sobre el colonialismo, parece olvidar, considera el autor, que «no hay pueblos inocentes en cuanto acceden a la independencia, eso es lo que nos ha enseñado el último medio siglo». En las jóvenes naciones del Sur, en África o en Asia, «los armarios rebosan de cadáveres, sin olvidar al IS, Hamás y Al Qaeda. Las nuevas patrias no han hecho más que nacer y ya la cantidad de atropellos ensucian sus leyendas gloriosas».

Y actualmente la historia camina en dos direcciones diametralmente opuestas: «Una parte de la humanidad, básicamente las democracias, se dota de instituciones para castigar los crímenes masivos, estos florecen en cambio entre los nuevos carnívoros: Turquía, Irán, Rusia, China Afganistán». Y hace suya una idea de Bernard-Henri Levy: «Occidente renuncia al imperialismo, mientras que los antiguos imperios quieren resucitar su gloria pasada».

La espiral del odio

En la última parte, Cómo vivir con nuestras heridas, el autor se plantea si es posible sanar el pasado. Hay distintas formas de repararlo, comenzando por la económica, con los fondos destinados a las víctimas del terrorismo, por ejemplo. «El dinero es un enorme progreso, porque aparta la venganza y paraliza la agresividad»; y su neutralidad pone fin a las querellas, apunta  Levi Strauss. Pero no basta. La madre de una víctima del 11-S, gratificada con una suma de 3 millones de dólares por el fondo de indemnización, responde: «Tengo una idea mejor: guárdense el dinero y devuélvanme a mi hijo».

Más eficaz, aunque harto difícil es la reconciliación. A veces resulta forzada, como la que intentó el premier holandés Mark Rutte al presentar excusas a los descendientes de los surinameses y antillanos de los Países Bajos. Estos no vieron en su discurso la expresión de un sincero arrepentimiento, sino «la oblicua genuflexión de los devotos apresurados» (Flaubert). Tampoco resulta la reconciliación por decreto: «Sed hermanos, u os meto en la cárcel», como ocurrió en Ruanda. Es encomiable, en cambio, el paso dado por «las naciones de la Europa salida de la Segunda Guerra Mundial, exhaustas de carnicerías, de hecatombes, al demostrar que las herencias más amargas pueden ser superadas». Y pone el autor el ejemplo del francés De Gaulle y el alemán Adenauer dándose la mano en la catedral de Reims y sellando una nueva fraternización después de los ríos de sangre.

La venganza, modalidad practicada persistentemente por la humanidad, no resuelve nada. Y el odio activa una espiral sin fin, porque «nos hace estar unidos a los que queremos matar y hacer daño mediante un vínculo inquebrantable, fabrica una humanidad de clones que se parecen especialmente porque quieren destruirse». El odio es «un obstáculo que impide pensar libremente», decía Joseph Kessel en su libro sobre la Resistencia El ejército de las sombras.

Es preferible el perdón, apunta Bruckner, si bien darlo parece insuperable cuando la ofensa es salvaje: «El perdón está muerto en los campos de la muerte», escribía Jankélévitch, filósofo judío refiriéndose a Auschwitz. No está al alcance de cualquiera «tratar a tu asesino como amigo y perdonarlo de antemano», como hicieron los trapenses de Argelia, martirizados por los islamistas en 1996. Es «la desmesura cristiana», subraya el autor. Impresionan, en efecto, las palabras dirigidas a los verdugos que dejó escritas el prior: «Para ti también yo quiero esta gracia, este “Dios” a ti dedicado. Y que nos sea concedido encontrarnos, ladrones felices, en el paraíso, si le place a Dios, nuestro Padre. Amén. ¡Hinch Allah!».

Un cambio de actitud para evitar el fatalismo

Son ineludibles el agravio o la injusticia a lo largo de la vida, pero no es imposible «continuar amando, esperando, trabajando», señala el autor en la conclusión. Nuestra vida política se ha convertido en «un libro de reclamaciones sin fin, un catálogo de gemidos, aunque vivamos mejor que la mayoría de los demás países del mundo».

Es preciso un cambio de actitud en Occidente, sostiene Bruckner, que nos haga apreciar «la alegría, la belleza. Algunos se creen ennoblecidos por los golpes y los insultos recibidos. También se puede serlo por el asombro, el deleite, la estupefacción de residir entre los hombres, nuestros semejantes y nuestros desemejantes».

La victimización, en cambio, solo «conduce al fatalismo». Porque «la repetición estupefacta de nuestros problemas nos impide distinguir lo que se puede transformar, que depende de nuestra voluntad, de lo inmutable, que no depende de nosotros».

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Pascal Bruckner (París, 1948). Filósofo y escritor. Doctor en Letras. Es autor de Lunas de hiel y de La tentación de la inocencia, Le sanglot de l’homme blanc y La tiranía de la penitencia.

https://www.nuevarevista.net/sufro-luego-existo/  

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