LA VACUNA CONTRA LAS ADICCIONES
Vivimos en una sociedad propensa a las adicciones y a los patógenos mentales. Dentro de su amplio proyecto de estudiar la inteligencia humana, José Antonio Marina aborda en esta ocasión el problema de las adicciones con el objetivo de encontrar una vacuna contra ellas que deberá estar basada en la filosofía.
Alrededor del asunto central del libro, su autor habla de voluntad y personalidad, de hábitos y deseos, de inteligencia artificial y memoria, de la especie contradictoria que somos, formados por chapuzas evolutivas, pero dotados de un característico afán ascendente. Así, el libro se dirige a todos quienes sientan curiosidad por nuestros laberintos mentales y sociales.
Las adicciones son una forma de insensatez, tema de su trabajo
anterior. Más que un problema, son una mala solución a un problema. Y la vacuna
debe actuar en el camino que conduce a ellas, antes de que se impongan. La
filosofía, encargada de estudiar la inteligencia (y la inteligencia tiene la
función de dirigir bien la acción, de resolver problemas) tiene mucho que decir
en este asunto.
Los problemas son parte de la vida y hay que resolverlos, no
limitarse a aliviar los males que provocan. La vacuna, pues, tiene que ver con
esa competencia heurística de resolver problemas. Competencia que tiene que
ver, a su vez, con la personalidad. Se trata de lograr una personalidad
resuelta, dotada de esa competencia. A conseguirla —es decir, a encontrar la
vacuna— ayuda la seguridad básica que proporciona la familia en los primeros
pasos de la vida, el fomento de una actitud activa, la educación emocional, el
hábito de la voluntad, que no es otra cosa que obedecer las propias órdenes.
Se trata, en definitiva, de potenciar el afán ascendente, el
afán de grandeza que nos caracteriza como especie. De vivir en el reino de la
posibilidad, el principio más eminentemente humano, más que los freudianos
principios de placer y realidad.
Los libros de José Antonio Marina componen, de un lado, un conjunto orgánico y bien articulado y de otro, vistos individualmente, tienden a romper sus costuras. Este no es una excepción en ninguno de los dos aspectos. Es una continuación de La vacuna contra la insensatez, parte a su vez de un proyecto centrado en la inteligencia humana, y va más allá de lo que anuncia o sugiere su título.
La vacuna
contra las adicciones tiene, como reconoce el propio autor, un ADN
megalómano; eso que gana el lector. Una idea de partida es que el cerebro se ha
ido construyendo a través de una larguísima y lenta evolución, sin diseño
previo, a salto de mata, una «chapuza evolutiva» de la que se derivan
prodigiosas facultades y colosales fallos.
Así, somos un sujeto pobre en defensas, atacado por una plaga de insensatez para la que hay que buscar la vacuna; pues hay patógenos mentales igual que los hay biológicos, y funcionan de modo parecido, proliferan en las aglomeraciones y los contactos. Marina quiere comprobar que se puede elaborar una vacuna mental contra las adicciones, enfermedad de la sociedad moderna, y que la filosofía tiene potencial para lograrlo.
El libro quiere ser
una reivindicación de la filosofía. Filosofía, psicología y pedagogía son las
tres principales disciplinas que sustentan un libro que, dice su autor, más
allá de las adicciones, debería interesar a quienes sientan curiosidad por
nuestros laberintos mentales y sociales.
Las adicciones son una forma de insensatez: el adicto es un enfermo, pero el que recorre el camino a la adicción es un insensato. Y como resulta que, como especie, propendemos a las adicciones (nos gusta la sobreestimulación y cosas como el chocolate, la grasa y el alcohol), conviene conocer sus mecanismos, las chapuzas evolutivas que nos llevan a ellas.
Porque somos «una especie desequilibrada que busca su
equilibrio»; una especie con una naturaleza a medio hacer (tarea que debe ser
culminada por la cultura) y cuyo gran misterio es el afán ascendente, la
tenacidad por separarse del mundo animal. Un concepto central para
comprendernos es el de posibilidad, (tal vez la palabra más bella del
diccionario), la facultad de ampliar nuestras potencias. «No somos ni
racionales, ni libres, ni justos, ni felices, pero queremos serlo».
Una mala solución a un problema
Sabido que propendemos a las adicciones, conviene hacerse
algunas preguntas: ¿qué son, por qué suceden? La adicción, dice Marina, no es
un problema, sino una mala solución a un problema, es la creencia de que es el
único modo de soportar el malestar; quien llega a la adicción es porque su
mundo se le estrecha hasta que no encuentra más salida que esa. Y el adicto lo
es, pese a conocer los efectos perjudiciales de la adicción, cuyos componentes
son: conducta compulsiva, pérdida de control, efectos negativos y síndrome de
abstinencia.
¿Por qué somos tan vulnerables a ellas? Por una paradoja,
porque no somos dueños de aquello que nos es más propio, lo que,
según Spinoza, es nuestra naturaleza: los deseos. Los deseos entran de
lleno en las chapuzas evolutivas que señala el autor del libro; son poco de
fiar. Más adelante, volverá el autor a ellos.
En todo caso, más que las adicciones en sí mismas, le
interesa conocer el camino que conduce a ellas, ya que es ahí donde reside la
insensatez y lo que busca es una vacuna. Las adicciones resultan de una
conjunción de propensiones personales e influencias sociales, y hay quien se ha
preguntado si se trata de un comportamiento disfuncional en una sociedad
funcional o al revés. El caso de hijos de intelectuales acomodados y mayormente
progresistas que murieron a causa de las drogas ilustra lo complicado de la
respuesta.
Como sea, la solución, la vacuna, debe venir de «la ciencia
que se enfrenta a los problemas desde un superior nivel epistemológico, y puede
por ello presentar las soluciones más eficaces y mejor fundamentadas», es
decir, la filosofía. Esta, que sistematiza saberes dispersos, debe ser una
ciencia de las soluciones, la encargada de hacer reales las soluciones. La
psicología —caracterizada por un cierto desmadre, por una polifonía de teorías
que, subrayando algunos matices, mantienen un prurito de originalidad— debe ser
auxiliar de la más rigurosa filosofía. El tema fundamental de esta es estudiar
la inteligencia, cuya función no es solo conocer, sino conocer para dirigir
bien la acción (la acción es el momento en que el pensamiento desembarca en la
realidad). Tesis importante: la gran tarea de la inteligencia es resolver
problemas, por lo que su gran competencia es la heurística, «la capacidad para
reconocer los problemas y enfrentarse resueltamente a ellos», algo que implica
la personalidad entera.
Resolver problemas
La cuestión es, pues, reconocer los problemas (que son parte
de la vida) y enfrentarse a ellos; ese es el denominador común de las
habilidades que caracterizan o definen la inteligencia. «Los problemas y su
resolución son la urdimbre con la que tejemos nuestras vidas». «Los problemas
pertenecen al dinamismo tenaz e incierto de la propia vida… vivir es resolver
problemas». Resolverlos, no aliviar los males que provocan; he ahí la cuestión.
Si el camino a las adicciones profundas nace de la falta de
competencia heurística, la vacuna contra aquellas consistirá en fortalecer
dicha competencia; en conseguir una personalidad que no claudique ante la
dificultad. Aquí viene a cuento una reflexión sobre las nuevas tecnologías.
Estas, dice Marina, «debilitan la competencia del sujeto, sustituyéndola por un
sistema de diálisis heurística. Las nuevas tecnologías solucionan
muchas cosas, pero debemos estar enchufados a ellas». Nuestra cultura se define
por la insistencia en el deseo y su consumación, identificando placer con
diversión y desprestigiando el esfuerzo.
«La facilidad con que internet proporciona información
fomenta el pensamiento perezoso: lo que interesa son las conclusiones, no el
procedimiento para llegar a ellas». La prueba de que la IA no es la panacea la
encuentra el autor del libro en la diferencia entre problemas teóricos y
prácticos. Los primeros se resuelvan al conocer la solución, y en eso nos
aventaja la IA; los segundos requieren que la solución se ponga en práctica, lo
que exige movilizar otros recursos que la IA no proporciona.
En cuanto a la personalidad, hay varias teorías. Una es la
de la educación del carácter, entendido este como conjunto de virtudes, y
en la que vale la pena detenerse. Como dijo Aristóteles, somos en cierto
modo responsables de nuestro carácter. «Con nuestro comportamiento conformamos
nuestro carácter», por lo que debe haber un nexo entre uno y otro. Y si el
carácter es un conjunto de hábitos, aquí entra de lleno la memoria, ya que los
hábitos le pertenecen. En este libro, Marina vuelve a reivindicar la memoria. «La
memoria es el órgano del aprendizaje, no aprender las cosas de memoria
significa simplemente no aprender», escribe. Somos biología y memoria,
naturaleza e historia, temperamento y carácter. «Los hábitos son estructuras
neuronales estables y activas, formadas por repetición de actos». «Cada vez que
adquirimos un hábito estamos ampliando la capacidad operativa de nuestro
cerebro, de la misma manera que ampliamos la de nuestro móvil cuando instalamos
una nueva aplicación». La eficacia de los hábitos es que, al automatizar sus
funciones, permiten descargar el bien escaso de la atención.
Querer no es poder
Los hábitos, por un lado, son rígidos y condicionan el
comportamiento, algo muy claro en las adicciones: el hábito de fumar lleva a la
adicción a la nicotina. Por otro, son una parte fundamental de la vida, ya que
posibilitan la creatividad y la libertad. El hábito se tiene porque se
adquiere, pero el hábito también se es. Se postula, dice Marina, como la
conjunción arquetípica del alma y el cuerpo.
Lo que puede conducir a una persona a una adicción o
librarla de ella depende de su personalidad, es decir, del carácter. Y
—advertencia importante— la voluntad no es suficiente para salir de la
adicción porque surge del mismo modo de pensar que la causa: creer que hay una
solución rápida para todo. Como se ha dicho, querer no es poder. Por eso, la
decisión de no consumir droga no puede tomarse cuando ya se es adicto, tiene
que ser anterior, cuando la fuerza de la adicción es todavía menor que la
previsión de los daños. La vacuna contra la adicción tiene que actuar en el proceso
de conferir fuerza a la opción de no realizar conductas adictivas. Porque «no
somos libres al realizar un acto, sino al preparar las condiciones de su
realización» (el conductor borracho que atropella a un peatón es libre de no
beber, después no lo es).
A este respecto, Marina afirma que «inhibir el deseo no es
un acto enfermizo de represión, es abrir el espacio para la deliberación», ya
que el deseo y el pensamiento racional transitan por caminos paralelos. El
deseo y el pensamiento son dos guías para decidir la acción. Y así como el
deseo sin el pensamiento es ciego; el pensamiento sin el deseo es paralítico.
«La voluntad seguirá siendo una facultad fantasmal mientras no resolvamos cómo
unir el deseo y el pensamiento». «Si no descubrimos un modo de enganchar el
pensamiento racional con los deseos, no deberíamos seguir usando la
palabra voluntad», sostiene Marina.
«Llamamos voluntad —en la que considera la definición más
arriesgada del libro— al hábito firme de obedecer el resultado del uso racional
de la inteligencia, enlazando la energía del deseo con la lucidez del
pensamiento». La voluntad consiste en obedecer a las normas propias; eso
es lo que significa auto-nomía.
Personalidad resuelta y principio de posibilidad
La vacuna contra las adicciones se despliega en varias
partes o fases. La primera es fomentar, en el temperamento de los muy pequeños,
una seguridad básica, un mundo acogedor (no hace falta subrayar aquí la
importancia de la familia). La segunda consiste en el fomento de la actitud activa,
contra la pasividad y el abandonarse (aquel «nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas no puedo más y aquí me quedo»). Se
puede concretar en poner metas y objetivos que nos impulsen a levantarnos de la
cama y afrontar el día, ya que «vivir no es razón suficiente para vivir». Metas
realizables, algo como lo que decía Toynbee para las civilizaciones:
un obstáculo que vencer, pero que no sea imposible de vencer. Conseguir la
gratificación de «sentirse capaz». La tercera es resolver problemas como
herramienta educativa; no solo hacer, sino hacer algo con un fin, un proyecto.
La cuarta es la educación emocional. La quinta, la educación de las funciones
ejecutivas (las encargadas de dirigir el funcionamiento del cerebro). La gran
función de dirigir la inteligencia generadora a metas concretas. La sexta, el
hábito de la voluntad, indisociable de la libertad (no hay libertad sin
voluntad; y la espontaneidad no es libertad). La voluntad es la clave de bóveda
que nos permite construir la personalidad resuelta.
La gran vacuna contra las adicciones consiste en fomentar
una personalidad resuelta. Marina se pregunta si se debe incluir
algún tipo de recurso moral en la personalidad resuelta. La respuesta es
afirmativa, ya que los sistemas normativos, la moral y el derecho, le parecen
la máxima creación de la inteligencia humana después del lenguaje. «La moral no
es un añadido, sino un componente de nuestra esencia», por lo que debería tener
algo que decir en el asunto de las adicciones (igual que, en el de la
sexualidad, que ha pasado de estar obsesivamente moralizada a estar fuera del
ámbito de la moral).
La posibilidad, la facultad de ampliar nuestras potencias,
que le parece «tal vez la palabra más bella del diccionario». Ahora concluye
que la personalidad resuelta vive animosamente en el principio de
posibilidad, el más eminentemente humano (más que los freudianos
principios de placer y realidad).
José Antonio Marina
Filósofo y pedagogo.
Centrado en la construcción de una teoría de la inteligencia, se ha ocupado de
la creación, la voluntad, los sentimientos, el lenguaje, la ética, la religión
y la política.
https://www.nuevarevista.net/jose-antonio-marina-vacuna-contra-adicciones/

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