2.7.26

Nuestro rol en la existencia ha sido vaciado; nuestro propósito humano está patas arriba

EL COLAPSO YA TUVO LUGAR Y FUE FILOSÓFICO

RESEÑA DE «CATAFALCO» (II)

Desde una perspectiva crítica, Catafalco puede leerse como un diagnóstico extremo del estado de la civilización contemporánea. Sin embargo, su propósito va mucho más allá de la mera descripción o análisis. 

No se trata de un libro que aspire a explicar la crisis desde fuera, sino de una obra que busca implicar directamente a los lectores en esa crisis, haciéndolos partícipe de su profundidad y de sus consecuencias.

El libro no ofrece soluciones en el sentido habitual. No propone programas políticos, ni reformas institucionales, ni utopías alternativas claramente definidas. Esta ausencia no es una carencia, sino una posición deliberada. Kingsley parece sugerir que cualquier intento de solución dentro del marco conceptual que ha generado el problema está condenado a reproducirlo.

El propósito del libro es más subversivo: desactivar los presupuestos mismos desde los que pensamos la realidad, esa que ahora se despliega en el hundimiento del proyecto civilizatorio moderno.

La metáfora del catafalco funciona aquí como un dispositivo central. Describe una situación, pero también busca provocar un reconocimiento. La humanidad contemporánea se encontraría en una especie de velatorio simbólico, asistiendo a su propia descomposición sin ser plenamente consciente de ello. Como ya se ha señalado, el objetivo del libro es, en gran medida, hacer visible esa situación, romper la ilusión de normalidad que sostiene el funcionamiento cotidiano de la civilización en caída libre.

Al respecto Kingsley muestra gráficamente la situación actual: “Exactamente igual que esos personajes de dibujos animados que salen corriendo hacia el vacío y no ven que están justo sobre el abismo, nosotros seguimos adelante, tratando de pensar que todo es normal. Por unos instantes irreales, corremos sobre un espacio vacío, aunque ya no hay nada, ni fundamento ni soporte, que nos sostenga o nos impulse hacia delante. Nos vemos transportados, sencillamente, por un residuo fantasmagórico de aquel impulso original que ahora no es más que el momento lineal de nuestros propios hábitos inconscientes.”

Pero Kingsley señala que incluso esto terminará por detenerse hasta que todo se derrumbe y sobrevenga el caos, y no tanto por la corrupción ni porque el poder esté en manos de los peores sujetos, sino para “abrirnos camino hacia algo más justo, más fuerte y mejor que podamos construir.”

Desde esta óptica, la obra adquiere una dimensión claramente performativa, pues intenta generar un efecto especial en los lectores: una desestabilización, una ruptura de certezas, una apertura a otras formas de percepción. Por ello debe insistirse en que puede entenderse como una especie de texto iniciático, que no solo habla de determinadas experiencias perdidas en el extravío de la filosofía, sino que trata de inducirlas de algún modo.

El propósito último no es tanto ofrecer un camino claro, como señalar la necesidad de un retorno a una forma de relación con lo real que ha sido progresivamente olvidada o reprimida en la tradición occidental: “Pero si somos capaces de armarnos del inmenso valor necesario para arrojarnos al abismo, en último término llegaremos, después de caer y perder de vista toda firmeza durante lo que se vive como una eternidad, a la realidad que los alquimistas conocieron como el ‘fundamento imperecedero’ y a la que Jung se refería como ‘fundamento indestructible’”. Este viaje no es fácil ni cómodo, pues implica enfrentarse a dimensiones que la cultura contemporánea evita sistemáticamente: el silencio, la oscuridad, el vacío, la muerte simbólica.

Al mismo tiempo, el libro plantea una advertencia. El fin de la humanidad no debe entenderse únicamente como un colapso físico o biológico, sino como la culminación de un proceso de vaciamiento interior. Desde esta perspectiva, la crisis ecosocial contemporánea aparece como la expresión visible de una crisis ontológica más profunda. Sin embargo, en esa misma advertencia se abre también una posibilidad. Solo el reconocimiento de la situación —la aceptación de que vivimos en una civilización que, en cierto modo, ya yace sobre un catafalco sin haberlo reconocido— puede abrir la puerta a una transformación. No se trata de una esperanza ingenua, sino de una posibilidad mínima, exigente y radical: la de recuperar una relación más profunda, directa y no mediada con lo real.

Pero no por ello Kingsley se muestra complaciente: “Ahora no necesitamos ni optimismo ni esperanza. Al contrario, hemos entrado en un espacio en el que debe abandonarse toda esperanza; seguir rodeándonos del optimismo es un vergonzoso incumplimiento de nuestro deber. Lo único necesario es exactamente lo opuesto a nuestra artificiosa esperanza, es decir, la realidad divina de la fe, pues la fe es la flor más extraordinaria, tan viva e inteligente como bella, y la puedes encontrar en una calle oscura volviendo solo a casa si tu visión no está atrofiada por la esperanza”.

No cabe ni optimismo, ni tan siquiera un punto medio entre la esperanza y la desesperación, pues hay que constatar la naturaleza imposible de la situación a la que enfrentamos: “Existen momentos, como dijo Jung, en los que no hay que continuar esforzándose por arreglar la situación; en los que se deben reconocer que no hay nada más que hacer, ya sea con un paciente difícil o con toda una era. Los sufíes y alquimistas de mayor relevancia sabían que, en estas circunstancias, incluso rezar es un injerencia: una falta de respeto.”

En cuanto al futuro, como se constata también en el Libro Rojo de Jung, debemos dejar el futuro para aquellos que pertenecen al futuro. Así como hay personas que conscientemente ayudan a traer una cultura a la existencia, también están las que conscientemente ayudan a llevarla a su fin, y este es el momento del catafalco, cuando necesitamos hacer acopio de la suficiente valentía para centrarnos en lo que es preciso, pues el catafalco también es para nosotros: “Es el momento de aprender nuevamente nuestras instrucciones originales o primigenias como se han referido a ellas los nativos americanos durante siglos; es el momento de darnos la vuelta y encontrarnos con nuestros ancestros, de bailar para los muertos.”

Para Kingsley, el desprendimiento de todo es lo único que facilita sembrar las semillas del futuro. Por ello Catafalco no es únicamente un libro sobre Jung, ni siquiera sobre el colapso de la civilización, sino un intento de reactivar una forma de conocimiento y de experiencia que podría constituir, en última instancia, una de las pocas vías de salida —o al menos de comprensión— del colapso contemporáneo.

Las tribulaciones

Bien podríamos decir que Jung, como profeta contemporáneo, aborda una suerte de hipernormalización estructural de una humanidad a la deriva, al haber ésta desconectado de lo sagrado. Por ello, la lectura de Catafalco permite establecer una relación especialmente sugerente con el concepto de hipernormalización. Si, como sostiene Peter Kingsley, el colapso fundamental de nuestra civilización no es en primer lugar material, sino filosófico —una ruptura originaria con lo sagrado, con la unidad entre lo visible y lo invisible, entre naturaleza y conciencia—, entonces la historia posterior de Occidente puede interpretarse como el despliegue y la profundización de ese colapso inicial. No como un acontecimiento puntual, sino como un proceso de larga duración que se consolida, se legitima y, finalmente, se naturaliza, es decir, se hipernormaliza.

Debe señalarse que, tal como la define el antropólogo ruso Alexei Yurchak, la  hipernormalización describe una situación en la que un sistema profundamente disfuncional continúa reproduciéndose porque todos los actores actúan como si ese sistema fuera normal, incluso cuando saben, en algún nivel, que no lo es. Por ello para Kingsley es necesario experimentar el final de la civilización: “Y entonces se hace evidente que, aunque parezca que todos los demás no han caído en la cuenta de que ya no es real, en secreto, la mayoría sí lo sabe. Solo están demasiado confusos, o asustados, para decir algo acerca de lo que sienten dentro de sí mismos.”

Esto podría ser una buena definición de la hipernormalización ante el colapso civilizacional. “El gran problema es que, desde un punto de vista humano, esto es casi imposible de aceptar. Es tan difícil no querer esconder nuestras intuiciones más profundas en algún lugar dentro de un cajón; es tan indigno seguir adelante y ocultarlas.” El problema, según Kingsley, es que ni van a ayudar la esperanza de sentimentalismo, ni tampoco la tecnología que nos ha traído hasta aquí: “pues hace mucho tiempo que perdimos las claves de su dimensión sagrada. De manera consciente, ya no tenemos la sabiduría o conocimiento necesarios, aunque con nuestros trucos y juguetes nos encanta engañarnos a nosotros mismos creyendo que sí los tenemos.” La consecuencia es esta época de grandes tribulaciones.

Ante esta situación se impone la terapia. Kingsley recuerda que en la antigua Grecia therapeia  significaba originalmente cuidado, “atender a la divinidad, cuidar de los dioses y servirles, haciendo lo que los humanos deben hacer para asegurarse que los dioses estuvieran bien”. Esto introduce una idea radical y muy disruptiva: que quizás son los humanos los que deberían cuidar de la divinidad, en vez de esperar que esta cuide de ellos, lo cual da la vuelta totalmente al concepto de relación entre los humanos y la divinidad. El drama es que la idea de ocuparse de los dioses empezó a desvanecerse del mundo occidental hace mucho, viéndose cada vez más empujada hacia los márgenes ya en la cultura antigua, hasta que acabó siendo desechada como algo totalmente foráneo y ajeno, supersticioso y bárbaro. Esta posición se trasladó al cristianismo, que esperaba que Dios atendiera a los humanos, en vez de atender estos a Dios, razón suficiente para que, según Kingsley, nos hayamos mantenido en la inconsciencia y el ensimismamiento.

Dicho de otro modo, cuantos más trucos se idean o ideamos para establecer una conexión con lo sagrado menos entendemos qué clase de actitud y esfuerzo se requieren realmente para que la divinidad reciba la ayuda que necesita de nosotros. Por eso Kingsley señala: “Primero tenemos que saber cómo cuidar de los dioses, si queremos que ellos cuiden de nosotros.” Los problemas de fondo a los que nos enfrentamos ahora son más o menos los mismos de hace dos mil años, aunque estamos tan faltos de preparación como entonces. Para el autor, nuestra obsesión con el mito insaciable de la evolución material y el progreso es tal que no conseguimos percibir lo estúpidos que hemos llegado a ser. Desde esta perspectiva, la desconexión originaria señalada por Kingsley —la escisión entre lo racional y lo sagrado, entre sujeto y mundo— no solo se produjo, sino que fue progresivamente normalizada hasta convertirse en el fundamento no cuestionado de la realidad, y la raíz de las tribulaciones humanas pasadas y presentes.

Y no será porqué Jung no lo advirtió, enfatiza Kingsley, al asignarle la categoría de profeta en la larga tradición de profetas y visionarios. Pero profetas de los de verdad, que no presumen de ser profetas porque están muy ocupados en sostener el peso de nuestra inconsciencia. Para Kingsley, la historia de Occidente se ha convertido en la tediosa historia de cómo la profecía se ha ido ahogando entre burlas y descalificaciones, ya silenciada sistemáticamente en la Grecia antigua, liquidada con pulcritud por el judaísmo, suprimida por el cristianismo y abolida también por el islam: “Al gemir como un búho y aullar como un chacal, el profeta está gritando con la voz de la naturaleza.

O, por decirlo de otra manera, el profeta es la naturaleza en estado puro hablando y clamando en forma humana.” Kingsley identifica lo sagrado con la naturaleza, y entiende la profecía como un recordatorio del vínculo de la naturaleza con lo sagrado, y cita: “Desde el principio hasta el final, la profecía se ha asentado en lo natural. De hecho, nada en nuestra experiencia humana podría ser más natural, porque la realidad de la profecía gira en torno a la naturaleza interior y exterior, que hemos dejado atrás”.

Según Kingsley, el significado más elemental de la palabra profeta no tiene nada que ver con predecir el futuro. Lo que la palabra describe es a una persona que, en cualquier momento de la historia, habla o escribe o comunica algo fielmente, con precisión y sin interferir en el proceso, en nombre de la divinidad: alguien que sirve como un portavoz que transfiere y transmite con exactitud aquello que lo sagrado necesita expresar. Por tanto la profecía constata lo que ya ocurrió, más que prevenir al futuro. Parafraseando de nuevo a Jung, Kingsley señala que el lenguaje profético denuncia que la gente está ciega y engañada. Se ha olvidado de lo que está oculto en el pasado, de los muertos.

La inflada conciencia colectiva de la humanidad es incapaz de aprender del pasado, incapaz de entender los eventos contemporáneos e incapaz de extraer conclusiones sobre el futuro. “Hemos creído que la profecía se limita a decirnos el futuro. Pero esta es la parte más insignificante, porque la función más importante de los profetas, la función de la que todo brota ha sido siempre su habilidad para contar el pasado.”

Kingsley se refiere a Casandra, a su carácter de profetisa, pero no tanto porque fuera capaz de contar lo que estaba por venir, sino porque su percepción profética la expuso al horror de los asesinatos ocultos en el pasado. De manera que “convertirse en profeta significa regresar a las profundidades del pasado hasta que te encuentras con la raíz de ti mismo, con tu principio primordial y punto de origen primigenio”. Se trata “de desvelar lo que la conciencia colectiva no es capaz de comprender.” Por eso, señala Kingsley, Jung “está dispuesto a llevarnos hasta su orilla para que podamos contemplar los espantos que se avecinan, si es que no somos capaces de encarar los que yacen a nuestras espaldas, dentro de nosotros.”

Afirma que “no se trata de tomar los arquetipos y hacer que se desvanezcan, sino de liberarlos conscientemente; hay que ayudarlos como solo el ser humano puede hacerlo, mediante la no inflación de la no identificación, para que continúen llevando a cabo su verdadero trabajo en el mundo”. Porque la terapia junguiana “no estaba pensada para ser una terapia más en el sentido moderno de tratar de mí nada más en el sentido moderno de tratar de mí y nada más que de mí, sino de una therapeia al servicio y cuidado de la divinidad.”

La modernidad, con la revolución científica y el desarrollo del racionalismo, no habría hecho sino intensificar este proceso. En este contexto, la hipernormalización opera como un mecanismo cultural profundo: no solo se vive dentro de un sistema escindido, sino que se pierde incluso la consciencia de esa escisión. Para Kingsley dicha escisión apunta a la desconexión del inframundo: “Los ancestros, los muertos son la única fuente verdadera de vida en nuestro mundo de los vivos. Pero este frágil mundo nuestro está vinculado con la realidad más allá de nuestra realidad por un hilo infinitamente delgado, por lo que bloquear el reino de los ancestros rehusando valorarlo, reconocerlo o, sencillamente, respetarlo, como trata de hacer la psique moderna con su despiadada racionalidad, es la receta perfecta para el desastre.”Al fin y al cabo, Kingsley recuerda que Jung “quería que Dios estuviera vivo y libre del sufrimiento que el hombre ha puesto sobre Él al amar en mayor grado su propia razón que las intenciones secretas de Dios”

Cuando en las últimas décadas comienzan a acumularse evidencias del colapso ecosocial, la respuesta dominante no es la transformación estructural, sino la intensificación de la hipernormalización. Se continúa actuando como si el sistema fuera sostenible, pero todo parece abocar al abismo. Al respecto dice Kingsley, refiriéndose a Jung: “Para él, el futuro más probable que todos nosotros tenemos por delante es la aniquilación global, una guerra masiva, un catastrófico descenso a la barbarie por parte de una civilización que había existido durante miles de años. Y si —solo si— un pequeño remanente de esa civilización logra sobrevivir al periodo de total destrucción que se avecina, entonces hay una remota posibilidad de que su trabajo sea redescubierto en algún lugar y así pueda formar parte del nuevo mundo.”

Para Kingsley, cualquier transición se vuelve extremadamente difícil, sino casi imposible, cuando no se han aprendido todas las lecciones de la era que se deja atrás. Y añade: “fantasear acerca de un nuevo mundo una nueva humanidad dentro de unos cientos de años es una completa futilidad, pues lo único digno de nosotros, como seres humanos conscientes, es afrontar, con toda nuestra fuerza y honestidad, nuestro propio presente, junto con su futuro inmediato.” Siempre es bienvenido algo de ánimo cuando hay que encargarse de lo imposible —apostilla Peter Kingsley—; pero cuando los profetas intentan salvar el mundo no lo hacen en aras del triunfo o del fracaso, sino porque no tienen otra opción, porque están llamados a hacerlo. Y, sin embargo, eso no logra iluminar la oscuridad que se cierne ante nosotros.

Kingsley recuerda que ya para Jung, tras la Segunda Guerra Mundial Europa era un “cadáver putrefacto” que se asemejaba al final del Imperio Romano. La pesadilla de la Segunda Guerra Mundial no había traído la paz al mundo si no la “antesala del infierno” y aunque podría antojarse maravilloso seguir disfrutando de lo poco que aún subsistía en una gran civilización, en lo más hondo la gente sabe que es “un remanente que tiene los días contados”. Para Jung, de acuerdo con esta percepción, no había manera de disipar los errores de la guerra. No había vuelta posible a la normalidad y estaba obligado a permanecer inmerso en esta percepción, pues si uno se preocupa de salvar y preservar al mundo en su sentido más auténtico, eso es exactamente lo que debe hacer. Así que: “Si no puedes impedir que la gente manifieste su necesidad de ir a la guerra, no tiene sentido luchar contra lo inevitable. Entonces, al menos tienes que salvar, y proteger, la esencia secreta de su cultura, para que sus semillas o ascuas puedan seguir vivas en aras de un futuro distante a través de toda la destrucción que aún está por venir.”

Para Kingsley la dificultad reside en que la dirección que toma el mundo es una en la que la energía necesaria para sostener nuestra existencia colectiva se ha agotado, de modo que entender o aceptar esta nueva dirección no tiene nada en común con aquello a lo que nuestras mentes está habituadas, no es algo de lo que nuestras mentes puedan formar parte, porque es completamente contrario a todo lo que creen saber. La hipernormalización, entonces, no solucionaría nada: “Puede que por un tiempo parezca que todo sigue en funcionamiento. Pero nuestro rol en la existencia ha sido vaciado; nuestro propósito humano en este planeta está patas arriba. Hay leyes divinas de las que ya no somos conscientes y que no son negociables, puesto que están ahí por alguna razón. Y cuando ciertas violaciones derivan de accidentales a repetidas, y de ahí a deliberadas, las consecuencias no tienen marcha atrás.”

En opinión de Kingsley, “estamos totalmente perdidos en medio de un gran desconcierto. Estamos tan desesperadamente desorientados, tan seguros cuando no hay nada de lo que estar seguros y tan vacilantes donde lo único necesario es la certeza, que ni tan siquiera podemos distinguir la izquierda de la derecha, lo de arriba de lo de abajo”. Hemos perdido el rumbo y por culpa de la pereza y el olvido se permitió que se esfumara el vínculo crucial entre el pasado y el futuro, y el resultado es que estamos dando vueltas en el vacío en busca de remedios perfectamente diseñados para empeorarlo, incapaces de volver al camino. Y cuanto más rápido giramos y más desesperadas son las soluciones, en vez de caer en la cuenta que estamos perdidos, preferimos soñar con algo todavía grandioso y decisivo.

Nos hacemos la ilusión de un despertar global mientras nos sumimos en un sueño aún más profundo. Intentamos consolarnos con la fantasía de que en la cúspide todavía hay algo magnífico. Quizás un glorioso renacimiento, un nuevo amanecer. Pero para Kingsley no es el momento de alumbrar nada verdaderamente nuevo. Lo que sucederá, advierte, es la prolongación de una nada vacía. Si la humanidad fuera capaz de reencontrarse o de reconectar con nuestra naturaleza primigenia, quizás podíamos haber descubierto como movernos directamente a través del ojo de la tormenta, pero esto no va a suceder esta vez o, si acaso, a duras penas, pues hemos perdido el vínculo con nuestro pasado primigenio.

Como ya se ha mencionado, desde la perspectiva de Peter Kingsley las tribulaciones contemporáneas constituirían la fase más avanzada de un proceso mucho más antiguo. De este modo, la tesis de que el colapso ya tuvo lugar y fue filosófico adquiere una nueva dimensión: no solo señala un origen, sino que explica también por qué ese colapso primigenio no ha sido reconocido. Y es que ha sido, hipernormalizado, lo que no solo garantiza la prolongación de las tribulaciones, sino que las proyecta a una escala nunca vista, dibujando con crudeza los contornos de lo que hoy denominamos colapso civilizacional.

(Ver reseña de la parte I)

https://www.15-15-15.org/webzine/2026/06/27/el-colapso-ya-tuvo-lugar-y-fue-filosofico-una-resena-de-catafalco-parte-ii/  

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