BIENVENIDO AL NO-LUGAR
La nueva película
de Backrooms, dirigida por
Kane Parsons, ha traído de vuelta la inquietud que producen los llamados
espacios liminales, esos lugares que se sienten familiares y a la vez
desconocidos. Pasillos infinitos, fluorescentes, moquetas sin contexto, salas
vacías. Pero antes de que internet los convirtiera en terror, el antropólogo
Marc Augé ya había puesto nombre a esos lugares de tránsito —aeropuertos,
centros comerciales, autopistas, hoteles— en los que podrías estar en cualquier
parte y, precisamente por eso, sentir que no estás en ninguna.
No han inventado todavía una medida de tiempo ni de distancia que explique que, sentada frente a la puerta B42 del aeropuerto Madrid Barajas, Toronto esté más cerca que Madrid. Y sin embargo, estoy casi segura de que es así: en los aeropuertos, las distancias se miden en horas de escala y las horas de escala en el dinero que se puede gastar en cafés.
Da la sensación de no estar en ningún sitio. Al menos, en
ningún sitio concreto. En 1992, el antropólogo francés Marc Augé puso nombre a
esa rareza en su ensayo Los no-lugares. Así llamó a este tipo de
espacios: non-lieu. En español, no-lugar.
¿Qué es lo que hace que un espacio sea un no-lugar? En
primer lugar, no tienen una identidad cultural ni histórica propia: salvo el idioma de las señales, no hay nada
que distinga un aparcamiento en Madrid de otro en Nueva York. Ocurre
lo mismo con las autopistas, los centros comerciales, las cadenas de
restaurantes, las habitaciones de hoteles o las salas de espera. Podrías estar
en cualquier sitio, y por eso parece que no estás en ninguno. Son espacios
cotidianos y de tránsito, diseñados con un único propósito: que pases por ellos
y sigas.
Lo curioso es que hay espacios igualmente cotidianos que
funcionan exactamente al revés. Los negocios de tu barrio: la panadería, la
librería, el bar. La diferencia no
es solo estética, sino relacional. Son sitios donde saben
cómo te llamas o al menos cómo tomas el café, y donde si no apareces un tiempo
por allí, alguien lo nota. Tienen de alguna forma memoria, y eso los convierte
en un lugar.
A pesar de su extrañeza, o quizás precisamente por ella, los
no-lugares nos fascinan. Antes que Augé, otros pensadores ya habían
hablado de estos espacios desde distintos ángulos, y el no-lugar como
experiencia lleva décadas apareciendo en el arte y la literatura. It Follows, la
película de terror de David Mitchell estrenada en 2014, está rodada en una
atmósfera deliberadamente atemporal, conseguida a través de mezclar
tecnologías y estéticas de distintas décadas para crear una sensación de
angustia. Otro ejemplo sería La terminal,
de Spielberg, donde el aeropuerto funciona como el único mundo posible de su
protagonista.
Y, él más reciente, Backrooms, dirigido por el
joven Kane Parsons.
Y en TikTok e Instagram proliferan los llamados liminal spaces o
espacios liminales: imágenes o vídeos de pasillos de centros comerciales vacíos
de madrugada, piscinas de hotel sin nadie, salas de espera con fluorescentes.
No son exactamente lo mismo que los no-lugares (son más bien una experiencia
psicológica) pero coinciden en lo esencial: la incomodidad que genera un espacio que resulta más o menos familiar,
pero en el que a la vez nadie puede sentir pertenencia.
Estar en ningún sitio
El sentido
de pertenencia a un lugar lleva décadas estudiándose desde la
filosofía, la psicología, la antropología e incluso la psiquiatría. Nos
definimos, en parte, en relación a los sitios a los que sentimos que
pertenecemos. Y ese vínculo es una construcción de las experiencias que hemos
tenido allí, las personas que asociamos a ese lugar, y a veces de cosas más
difusas, como un olor o un sabor.
Los no-lugares están diseñados exactamente para lo
contrario: para que no dejes huella y que el sitio tampoco te la deje a ti. Eso
genera una alienación peculiar; no solo los demás se vuelven invisibles, sino
que tú también. Nadie sabe quién
eres exactamente porque nadie necesita saberlo. Durante un rato,
eres solo un pasajero, un cliente, o un conductor. Una figura de fondo en el
paisaje de otra persona.
Y esa alienación puede llegar a parecerse a un (falso)
alivio. «El anonimato relativo puede ser sentido como una liberación por
aquellos que, por un tiempo, no tienen más que atenerse a su rango, mantenerse
en su lugar», escribe Augé en su ensayo. Perder la identidad, durante un rato,
puede ser un descanso. También importa el contexto: un extranjero en un país
que no conoce puede sentirse más cómodo en una habitación de hotel precisamente
porque el anonimato lo iguala a los demás. Entonces, el no-lugar también
funciona a veces como un lugar común.
El problema es que ese alivio tiene fecha de
caducidad. Los no-lugares están
diseñados para que interactúes con señales, pantallas e instrucciones, no con
personas. «Prohibido fumar. Embarque puerta B42. Bienvenido
a la región de Niagara». Las únicas voces son institucionales y la única
relación posible es contractual. «El pasajero solo adquiere su derecho al
anonimato después de haber aportado la prueba de su identidad, refrendado el
contrato de alguna manera. Cuando el cliente del supermercado paga con cheque o
con tarjeta de crédito, también manifiesta su identidad. No hay
individualización (derecho al anonimato) sin control de la identidad», escribe
Augé. Es decir, que acceder a los no-lugares tiene un precio.
Estar en algún sitio
Como antídoto, algunos proponen los terceros lugares como antídoto. El concepto lo desarrolló
el sociólogo americano Ray Oldenburg en los años ochenta para describir ese
espacio de encuentro informal que no es ni casa ni trabajo: el bar, la plaza,
la biblioteca, la cafetería. Espacios donde la interacción social es libre, sin
agenda y sin propósito concreto.
Si series como Friends, Seinfeld o Los
Serrano siguen siendo tan populares y han encontrado una audiencia
nueva entre los adolescentes de hoy, quizás sea porque enseñan
precisamente eso: encuentros
casuales, sin necesidad de planearlo con dos semanas de antelación. Antes,
ese tipo de encuentros ocurrían solos, porque el urbanismo los favorecía.
¿Cómo se recupera eso? A veces hace falta que algo falle.
Augé cita en su ensayo el ejemplo de un ascensor averiado: dieciséis personas que se quedan atrapadas y
sin tener nada mejor que hacer, se sientan y empiezan a charlar.
Pero también hay señales de que algo está cambiando por voluntad propia. La
pandemia ha transformado cómo utilizamos el espacio público en las
ciudades, promoviendo más espacios al aire libre, más calles peatonales, más
plazas, más sitios donde estar sin tener que consumir ni desplazarse en coche.
Los espacios de coworking proliferan porque la gente quiere
trabajar rodeada de personas, incluso si esas personas no son sus compañeros de
trabajo. Y las comunidades que nacen en internet cada vez encuentran más formas
de quedar en persona: lo digital y lo físico se mezclan más de lo que parece.
Incluso los espacios que no van a convertirse en un
tercer lugar pueden ser únicos: el aeropuerto internacional de Portland tiene
una moqueta de 1987 con un patrón inspirado en las pistas de aterrizaje que ha
decorado camisetas y calcetines
Incluso los espacios que no van a convertirse en un tercer
lugar pueden tener un diseño que los haga únicos, que los asocie a algún sitio
concreto. El aeropuerto internacional de Portland, por ejemplo, tiene una
moqueta diseñada en 1987 cuyo patrón está inspirado en las pistas de aterrizaje
vistas desde la torre de control. Cuando anunciaron que iban a retirarla, el
patrón apareció en calcetines, tazas y camisetas por toda la ciudad. Los
urbanistas tienen un nombre para construir con esa intención desde el
principio: place-making, la práctica de diseñar espacios pensando en
las personas que van a estar allí, aunque sea solo por un rato.
A veces basta con algo más pequeño. Una vez, en un vuelo de
ocho horas, acabé hablando casi todo el camino con la chica que estaba sentada
a mi lado. No es que nos hiciéramos amigas para siempre, pero durante un tiempo
mantuvimos el contacto y fue un vuelo distinto (como mínimo, diferente a pasar
ocho horas intentando estar cómoda en el asiento del medio). No hay que
hablarle a todo el mundo, pero sí que de vez en cuando, tampoco es mala idea.
Icíar Fernández

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