EN LA ANTESALA DE ALGO MEJOR
Odile Rodríguez de la Fuente (1973) es la mujer con más hermanos y hermanas del mundo. Miles de niños y niñas, de varias generaciones, que no fallaron a una sola cita con El hombre y la tierra para escuchar, de la mano de su padre, todo lo que la naturaleza tenía que contarles.
El legado que dejó Félix Rodríguez de la
Fuente es inmenso: cambió nuestra forma de mirar el monte, los paisajes y esa
vida salvaje que, hasta entonces, muchos solo habían aprendido a temer o a
dominar. Hasta tal punto que incluso los que vinimos después somos capaces de
sentir todavía su llamada.
Empiezo por el final de esta conversación, Odile. Mi última pregunta era sobre el futuro, cómo hacemos para que ese futuro que anhelamos suceda. ¿Cómo lo ves tú?
La clave es la esperanza. Si me preguntaras qué
recomendación le daría a una persona para vivir con más presencia, le diría que
tenga esperanza. Necesitamos imaginar el futuro hacia el que queremos caminar,
porque, si no hay una luz al final del túnel, es cuando empezamos a perdernos.
Lo que más nos paraliza es la desazón: sentir que no podemos aportar nada al
cambio. Pero los seres humanos somos creativos, sociales, empáticos y, sobre
todo, imaginativos por naturaleza. Somos una especie que, gracias a ese
intelecto que nos ha legado la vida, tiene una enorme capacidad de
sobreponerse. Ante situaciones críticas, podemos sacar lo mejor de nosotros
mismos. Eso también nos distingue. Por eso creo que estamos en un momento muy
estimulante. Me siento afortunada de estar viviéndolo, porque podemos aportar
colectivamente, desde nuestras diferentes disciplinas, para crear un mundo
mejor que el actual.
Precisamente la mayoría de españoles considera que la
esperanza compartida es el reto social más importante de nuestro tiempo, según
el estudio Marcas
con Valores 2026. Hay un deseo real que subyace a la desafección.
Porque estamos en un momento de gran vacío existencial. Y la
desnaturalización, la falta de contacto con la naturaleza, nos ha llevado a ese
lugar. Que las enfermedades psicológicas vayan al alza no es casualidad: están
muy relacionadas con el hecho de que nos hayan robado nuestra esencia, que es
rodearnos de naturaleza porque eso es lo que somos. En mi caso, el ingrediente
que me salva es, precisamente, salir al campo.
También vivimos una crisis de credibilidad ante
narrativas cada vez más polarizadas. No deja de ser significativo que en 2025
la palabra del año en España fuera «arancel», síntoma de un mundo donde la
colaboración global se resquebraja, mientras Oxford elegía «ragebait»,
ese anzuelo de odio en redes que conecta con la ira antes que con el optimismo.
En Igluu nos gusta decir que el deseo de florecer hace primavera. Y aquí, en tu
casa, rodeadas de vegetación, golondrinas y perros correteando, parece más
fácil entenderlo. ¿Cómo reconectamos con esa parte más luminosa de nosotros
mismos?
Entendiendo que estamos en la antesala de algo mejor. Si lo
piensas, la evolución de la historia de la naturaleza nunca ha sido lineal: hay
momentos de una gran explosión creativa y evolutiva y, luego, la cosa vuelve a
bajar. Con el ser humano pasa algo parecido: los grandes momentos que marcan la
historia de las civilizaciones suelen llegar después de enormes crisis. Esta
crisis, con todas sus ramificaciones, es para mí una crisis existencial. La
promesa del desarrollo nos ha arrastrado durante los últimos dos siglos y
medio, y hemos llegado a un punto en el que nos hemos dado cuenta que nos
conduce a un callejón sin salida: tenemos que crecer cada vez más, pero los
recursos son finitos. Estamos atrapados en una rueda que no para, y necesitamos
detenernos para volver a nuestros orígenes: la calma y la reconexión con lo
esencial. No obstante, insisto, no es el final, sino el principio. Ya hay
muchos jóvenes que están transformando su relación con el trabajo, neorrurales
que le dicen adiós a la ciudad… Poco a poco, estamos volviendo a un lugar
diferente.
Quizá esa vuelta a lo esencial pase también por recuperar la capacidad de mirar y de reconocer belleza donde antes solo veíamos paisaje, ruido o fondo.
Por supuesto. Miles de millones de años de evolución nos han
programado para detectar la belleza que, en la naturaleza, es la vida funcionando
en equilibrio dentro del caos. Piensa en un leopardo: es la perfección en
términos adaptativos. La armonía de su cuerpo, su velocidad, su musculatura, su
forma de moverse nos hablan de un animal perfectamente preparado para hacer lo
que hace. O el halcón, ese «proyectil viviente», como decía mi padre. O el
aullido de un lobo, que evoca lo salvaje y lo libre. Detrás de esas emociones
hay miles de años de adaptación a un engranaje muy superior a nuestra especie:
el pulso vital. No es casualidad que la biología aún no haya logrado definir
del todo su objeto de estudio: la vida. Porque la vida no es una cosa, sino un
acontecer. Hay misterios —el origen de la vida, la conciencia, eso que nos
atraviesa y nos hace estar vivos— a los que el intelecto no siempre llega, pero
el cuerpo sí. Y quizá la belleza sea lo más cercano a ese algo casi mágico que
la ciencia todavía intenta nombrar.
Se me han puesto los pelos de punta. Es fascinante porque
tu relato me ha activado algo muy profundo: la imaginación, esa capacidad de
dejarse sugestionar, de abrir una imagen interna y, a través de ella,
reconectar con el mundo. ¿Cómo podemos construir narrativas capaces de
despertarla?
Te lo has imaginado porque está en ti. Mira, ahora mismo nos
sobrevuela una pareja de golondrinas que está haciendo un nido en mi casa. ¿Las
oyes? Para mí es muy estimulante observarlas: pensar en todo lo que han
recorrido hasta llegar aquí, en cómo han decidido que mi hogar era el lugar
perfecto para seguir viviendo, en cómo se habrán comunicado con su comunidad.
Todo eso despierta la imaginación, ese sentido perdido de nuestra esencia.
¿Cómo podemos estimularla? Con el arte, con la belleza y, una vez más —y
cientos de miles de veces más—, con la naturaleza. Piensa que el Paleolítico
representa más del 95% de nuestra historia como seres humanos sobre la piel de
la Tierra: fuimos cazadores-recolectores durante casi todo nuestro recorrido.
El Neolítico, cuando domesticamos animales y plantas y empezamos a vivir de
otra manera, ocupa apenas un 5%.
Estamos hechos para hablar el idioma de la naturaleza. Basta
con observar a los grupos recolectores que aún quedan para entender hasta qué
punto esa conexión sigue ahí. Son capaces de oler la orina de un animal a
kilómetros de distancia y de detectar un movimiento casi imperceptible en la
vegetación de la selva cuando para nosotros todo parece exactamente igual, por
ejemplo. Eso demuestra que esa conexión existe, aunque la tengamos adormecida.
Esa es la razón por la que mi padre conectaba tan bien con los niños: porque
hay algo atávico en esa relación con la naturaleza, algo que en la infancia
todavía está mucho más cerca de la superficie. Los niños se sienten uno con la
naturaleza cuando salen al campo. A medida que nos educamos, también nos
domesticamos un poco, y nos vamos alejando de esa esencia.
¿Qué nos pasa como sociedad cuando una generación crece sin tocar tierra y sin observar animales?
Que entramos en esa crisis existencial que hemos descrito.
La intelectualidad es muy reciente evolutivamente hablando, y tiene que estar
anclada en nuestra animalidad, que es lo que nos conecta con la realidad.
Seres primarios intelectuales, es lo que tendríamos que
ser.
Exacto. Brutos creativos con sensibilidad. Ese es el
equilibrio. Me gusta usar el símil de que el intelecto es como un bisturí. Es
una herramienta muy precisa, muy sofisticada, pero también muy peligrosa si no
sabes manejarla. En manos de un bebé es un drama, porque no tiene ni la madurez
ni el criterio para usarlo sin hacerse daño. Tiene que hacerlo alguien que
comprenda su potencia y sus límites.
¿Y esa animalidad sería, entonces, la mano que sostiene
el bisturí?
Así es. Es lo que nos ancla, lo que nos da cuerpo, instinto,
sensibilidad y medida para que el intelecto no se convierta en algo abstracto,
desarraigado o incluso destructivo. Sin ese anclaje, podemos terminar
haciéndonos daño a nosotros mismos.
En ese tránsito del infante animal a ser maduro
intervienen la cultura, la educación y, sobre todo, la transmisión entre
generaciones. Ortega y Gasset hablaba de esos eslabones que nos permiten
heredar una forma de estar en el mundo. ¿Cómo transmitimos hoy el vínculo con
la naturaleza a una generación atravesada por la hiperdigitalización, la
velocidad y el algoritmo?
Con historias. El relato generacional es fundamental porque
estamos hechos de cuentos, de historias, de palabras que son, en realidad, las
que nos hicieron humanos. Sirvieron para contar relatos con los que entender
quiénes éramos, de dónde veníamos y cuál era nuestro lugar en el mundo. En
otras palabras, necesitamos historias de una forma instintiva casi tanto como
necesitamos el agua o el alimento. Y la cultura es eso: contarnos historias
para no vivir desorientados.
El problema es que hoy la cultura está tremendamente
desnaturalizada. Nos cuenta muchas cosas, sí, pero muy pocas hablan de quiénes
somos verdaderamente y de dónde venimos. Hemos perdido el gran relato. Uno de
mis primeros libros escritos para niños, La historia más fascinante del
mundo, parte precisamente de ahí, porque no hay ficción capaz de superar la
historia de la vida, la madre de todas las historias, nuestra historia común.
Te vuela la cabeza. De hecho, está pensado para que los padres, mientras se lo
leen a sus hijos, se hagan sus propias preguntas y recuperen esa historia que
quizá no les contaron.
Además, hay niños que muestran desde pequeños una
sensibilidad especial hacia los animales, las plantas y los cambios del
entorno. El psicólogo Howard Gardner formuló la teoría de las inteligencias
múltiples, que defendía que existen distintas formas de ser inteligente:
lingüística, matemática, musical, corporal, espacial, interpersonal e
intrapersonal. Añadió años después una más: la inteligencia naturalista, capaz
de observar y conectar con el entorno. ¿Cómo entramos en resonancia con ese
talento?
Basta con pasar dos días en la naturaleza para reconstruirte
en todos los sentidos. El problema es que luego volvemos a esa rueda de la que
hablábamos antes. Por eso tenemos que replantearnos muchas cosas: en lo social,
en lo económico, en lo cultural, en lo educativo y hasta en lo arquitectónico.
Y ahí la clave es la biomímesis: volver a mirar a la
naturaleza como nuestra gran biblioteca de Alejandría, puesto que lleva
millones de años ensayando formas de equilibrio, de cooperación, de
inteligencia, de adaptación.
En la naturaleza no existe nada de forma aislada. Todo está
en relación recíproca con lo que lo rodea. Cuando algo cambia en una parte, las
reverberaciones se sienten en todo el conjunto. En el momento en que una
especie —la nuestra— empieza a pensar de forma egoísta, se está sentenciando a
sí misma. Tenemos que resintonizarnos y saber cuál es nuestro lugar en la
totalidad.
De hecho, 108 estudios realizados entre 2014 y 2025
demuestran que el contacto real con la naturaleza activa mecanismos cerebrales
que reducen el estrés y restauran la atención, confirmando que el descanso
digital no es suficiente para recuperar el cerebro.
Claro que no lo es. Necesitamos algo más profundo: la
medicina de la naturaleza. Y no solo en un sentido poético. Cada vez hay más
estudios que hablan de cómo nuestra desnaturalización afecta a nuestra salud,
desde las alergias hasta las enfermedades autoinmunes. Si te desconectas de la
fuente, te conviertes casi en una caricatura de ti mismo, en un meme. Una
tergiversación de tu propio potencial que tienes —conectar con la naturaleza, tocarla,
sentirla, entenderla—, pero que no trabajas y, por tanto, no sale a la luz.
Podemos descubrir nuevas formas, nuevos estilos de vida.
Sí, pero sabiendo que esto es un ensayo de prueba y error.
No hay un camino trazado. Piensa, por ejemplo, en todo lo que se ha dicho a
raíz del apagón: se señala a las renovables, quizá no se quieren reconocer
otras causas, o quizá estamos haciendo una transición que no se está planteando
del todo bien. Pero parte de esa evolución tiene que pasar también por la autocrítica:
tenemos un ego exacerbado y hay que aprender a mirar los errores de otra
manera. La pregunta no debería ser solo quién ha fallado, sino qué podemos
aprender de ese fallo. Tenemos que ser capaces de perdonarnos colectivamente,
corregir y seguir adelante juntos. En la vulnerabilidad está la oportunidad del
cambio.
El final de esta conversación nos lleva inevitablemente
al legado. Odile Rodríguez de la Fuente: en tu apellido está el legado. ¿Cómo
se vive con una herencia así?
Como un privilegio extraordinario. Nunca como una carga.
Dices que en mi apellido está el legado, pero está en todo mi ser. Me lo han
dicho muchas veces: «Ser hija de tiene que ser difícil, te
hace sombra». Y para mí es justo lo contrario: me da alas. Me considero
sumamente privilegiada porque soy la groupie número uno de
Félix Rodríguez de la Fuente. Y todos los groupies de mi padre
entendéis que ser su hija es como si te hubiera tocado la lotería. Es un
referente continuo en mi vida. Que lo mencionen, que me cuenten cosas de él,
que me hablen de lo que significó es una forma de sentir que, esté donde esté,
me acompaña siempre. Eso no significa que no haga las cosas a mi manera; mi
padre nunca habría querido que fuera una copia de él. Si algo me enseñó desde
muy pequeña fue precisamente a ser yo misma, pero con humildad. Porque si
tienes el milagro de estar vivo, tienes también la sagrada obligación de
realizarte como persona, de intentar vivir una vida lo más plena posible y de
descubrir quién eres. Yo soy quien soy, en gran medida, por esa presencia. Y
eso lo celebro continuamente.
https://igluu.es/entrevista-odile-rodriguez-de-la-fuente/

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