SUMAR AÑOS TIENE QUE SIGNIFICAR VIVIR MEJOR
Todo esto es lo que lleva años estudiando Juan Martín, director del Centro del Envejecimiento (CENIE), una institución volcada en investigar el impacto social, económico y cultural de la longevidad. Su enfoque va mucho más allá de la salud o las pensiones tradicionales; pone el foco en la prevención, la soledad, el edadismo, el futuro del trabajo, los cuidados y, sobre todo, en transformar la manera en que imaginamos la vejez. Hablamos con él sobre el arte de prepararse para llevar una vida larga (y plena).
Comenzaste estudiando la demencia y el
Alzheimer, pero hoy defiendes firmemente que una sociedad longeva es una nueva
oportunidad. ¿Para lograr qué?
Una oportunidad para algo que la humanidad apenas había
tenido que plantearse: rediseñar el curso de la vida cuando el tiempo
disponible se amplía. Durante siglos, la existencia fue más breve y, por tanto,
más rígida. Había una secuencia casi obligatoria: formarse, trabajar, jubilarse
y retirarse poco a poco de la escena pública. Ese guion ha dejado de bastar. Y
cuando cambia algo tan profundo, no sirve con retocar una escena; hay que
revisar la obra completa.
Una sociedad longeva nos invita a construir un modelo más
inteligente y más humano, uno que no descarte talento por edad, que no
interprete la fragilidad como una derrota y que comprenda que necesitar ayuda
no equivale a perder voz, deseos, proyectos o derechos. La gran oportunidad
está ahí: convertir una conquista biológica -vivir más- en una conquista
cultural y social. En lugar de sumar años para alargar la dependencia, podemos
abrir tiempo para la salud, la participación, la libertad y la dignidad.
En España vivimos de media hasta los 83 años, pero a
partir de los 61 suele aparecer algún tipo de discapacidad. Si el gran temor
colectivo es sabernos frágiles, ¿cómo podemos acortar esos 22 años de distancia
entre estar vivos y vivir bien?
Lo primero es mirar esa distancia de otro modo. No hablamos
solo de discapacidad; hablamos de cuánto tiempo conservamos margen real para
decidir sobre nuestra propia vida. El objetivo no es añadir años sin más, sino
retrasar la entrada en la fragilidad y evitar que se convierta en destino.
Muchas veces una caída no empieza el día que alguien cae. Empieza antes, en una
pérdida de fuerza que nadie evaluó, en una medicación que provoca mareos, en
una vista que no se revisó, en un baño que no se adaptó o en una tristeza
silenciosa que fue apagando las ganas de salir.
Anticiparse no es un lujo sanitario; es sentido común.
Necesitamos atención preventiva orientada al riesgo, ejercicio de fuerza y
equilibrio, nutrición, sueño, salud mental, estimulación cognitiva y viviendas
que acompañen los cambios del cuerpo. Pero también barrios que inviten a
caminar, transporte accesible y tecnologías que no expulsen a nadie. La salud
no se fabrica solo en los hospitales. Se cultiva en los hábitos, en los
entornos y en las relaciones de cada día.
El sistema de salud está enfocado en curar la enfermedad,
cuando la atención preventiva debería ser el objetivo: evitar que aparezca. ¿A
quién interesa que la población siga enfermando?
Me preocupa más la estructura de incentivos que la teoría
del villano. Las farmacéuticas tienen intereses económicos, claro, como
cualquier sector. Pero también desarrollan medicamentos que salvan y mejoran
vidas. Convertirlo todo en una película con malos y buenos es cómodo, pero no
ayuda demasiado.
El problema es que el sistema recompensa mucho mejor la
reparación que la anticipación. Se mide más la actividad sanitaria que la salud
generada. Se financia con más facilidad una intervención cuando el daño ya está
hecho que un programa sostenido para evitarlo.
Además, la prevención tiene un problema político: cuando
funciona, muchas veces no se ve. Nadie agradece una diabetes que no apareció,
una caída que no ocurrió o una dependencia que se retrasó diez años.
Precisamente por eso necesita presupuesto, indicadores, continuidad y prestigio
profesional. Prevenir debería ser tan importante como curar.
En apenas un siglo, la esperanza de vida casi se ha
triplicado. Ante esta necesidad de replantearlo todo a nivel social y
estructural, ¿qué es lo que más urge cambiar?
Urge abandonar una idea heredada: que la edad distribuye
automáticamente el papel de cada persona. A los veinte estudias, a los cuarenta
produces, a los sesenta te retiran y después ya veremos. Ese mapa ya no
describe el territorio. Necesitamos instituciones capaces de acompañar
transiciones: universidades abiertas durante toda la trayectoria vital,
empresas que valoren la aportación y no solo la fecha de nacimiento, viviendas
adaptables, ciudades caminables, cuidados profesionales y entornos que no
conviertan la autonomía en una prueba de resistencia.
Pensemos en una casa. Debería poder acompañar distintas
etapas sin volverse enemiga: baños transformables, buena luz, espacios
flexibles, tecnología amable, zonas que permitan compañía sin perder intimidad.
No es diseño “para mayores”, es diseño para la vida real. La revolución
demográfica no se resuelve con una sola medida. Atraviesa educación, empleo,
salud, cultura, fiscalidad, cuidados y formas de convivencia.
Solemos asociar la felicidad al éxito, pero tú aseguras
que son conceptos diferentes. ¿En qué se diferencian, especialmente al cumplir
años?
El éxito tiene público. La felicidad tiene intimidad. El
éxito suele verse desde fuera: el cargo, el reconocimiento, el patrimonio, la
influencia. La felicidad aparece en un lugar menos visible, en cómo una persona
se habita, en sus afectos, en su serenidad, en su propósito, en la posibilidad
de mirarse sin demasiada deuda consigo misma.
Con los años uno hace una edición más honesta de su propio
relato. Algunas ambiciones fueron combustible; otras eran ruido bien
vestido. Puedes tener una carrera impecable y una tarde de domingo muy vacía. Y
puedes haber llevado una vida discreta y sentir que has construido algo
valioso: una familia, una amistad, una comunidad, una forma bonita de estar en
el mundo.
No estoy romantizando la falta de recursos. La tranquilidad
material importa, y mucho. Pero el éxito no agota la felicidad. La felicidad se
parece más a estar en paz con uno mismo y a tener personas a las que querer y
por las que sentirse querido.
La palabra envejecimiento está asociada a problemas y
pérdidas, pero cumplir años es la única manera de seguir vivos. ¿Cómo podemos
romper con este estigma?
Hay que dejar de utilizar el envejecimiento como sinónimo de
decadencia. Cumplir años no es estropearse; es seguir sucediendo.
El problema es una mirada demasiado estrecha. La vejez puede
incluir pérdida, enfermedad o dependencia, claro. Pero no queda definida solo
por eso. También puede traer libertad, experiencia, deseo, memoria, cuidado,
aprendizaje, creatividad y una relación más serena con lo importante.
El estigma se rompe cambiando palabras, imágenes y
decisiones. Una campaña, una oferta de empleo, una aplicación, un trámite
administrativo o un titular pueden ampliar o encoger el lugar social de las
personas mayores. Cuando una empresa deja de formar a alguien porque tiene 58
años, también está fabricando una idea de vejez.
No necesitamos edulcorarla. Necesitamos verla entera. La
vejez no es una caricatura de un cuerpo frágil; es una biografía con espesor.
Solo el 25% de nuestra longevidad depende del ADN; el 75%
restante responde a nuestras decisiones diarias. Somos conscientes que somos
dueños de nuestro destino biológico?
Somos menos dueños de lo que prometen discursos
individualistas y más responsables de lo que a veces nos resignamos a creer. La
genética importa, pero no trabaja sola. Cada día tomamos decisiones que
orientan nuestra trayectoria: movernos o no movernos, dormir o no dormir, fumar
o no fumar, comer de una manera u otra, mantener relaciones, aprender,
gestionar el estrés, pedir ayuda. Ahora bien, esas decisiones no ocurren en el
aire, están condicionadas por la renta, el barrio, el trabajo, el tiempo
disponible, la educación, la contaminación o la soledad.
Por eso conviene huir de dos errores: el fatalismo y la
culpabilización. No estamos condenados por el ADN, pero tampoco podemos decirle
a alguien que se cuide como si todo dependiera de carácter y voluntad.
La buena política pública es la que convierte la opción
saludable en la más cercana, fácil y posible. Lo demás, muchas veces, es una
recomendación bonita en un entorno imposible.
Frente a la eterna obsesión por desafiar la biología, han
surgido prácticas como el biohacking. ¿Hay algo profundamente elitista en esa
idea de comprar tiempo y salud?
Me interesa mucho la ciencia. Desconfío más de la estética
de la promesa.
La investigación sobre envejecimiento puede transformar la
medicina. Entender cómo se deterioran las células, cómo aparece la fragilidad o
cómo se puede retrasar el daño biológico abre una frontera apasionante. Ahí hay
conocimiento serio y necesario.
El problema aparece cuando esa conversación se convierte en
un escaparate de lujo: pruebas carísimas, suplementos de moda, dispositivos que
miden cada gesto y clínicas que venden la optimización de la vida como si
fuéramos una aplicación pendiente de actualizar. Hay ciencia, sí; pero también
hay mucho marketing con bata blanca.
El riesgo elitista es evidente: que los avances lleguen
primero a quienes pueden pagarlos y que la buena salud en edades avanzadas se
convierta en una nueva frontera de desigualdad. El verdadero desafío no es que
unos pocos compren más años de bienestar, sino democratizar lo que ya sabemos
que funciona: prevención, diagnóstico precoz, atención primaria, ejercicio,
nutrición, salud mental, vivienda segura y comunidad.
El futuro no debería consistir en vivir mejor solo si puedes
permitírtelo.
Existe el riesgo de que la longevidad aumente todavía más
las desigualdades sociales?
Sí. Y sería uno de los grandes fracasos de esta
transformación.
Los años ganados no significan lo mismo para todo el mundo.
Una persona con recursos puede convertir ese tiempo añadido en formación,
viajes, proyectos, cuidados de calidad o nuevas formas de participación. Otra
puede vivirlo como espera, precariedad, dependencia o soledad.
No envejece igual quien ha trabajado toda la vida en un
empleo físico muy exigente que quien ha tenido más protección. No envejece
igual quien vive en un barrio con servicios que quien los tiene lejos. No
envejece igual quien puede pagar ayuda que quien depende de una lista de
espera.
Por eso esta transformación debe pensarse como una política
de equidad. Celebrar que vivimos más no basta, hay que preguntarse en qué condiciones
y para quién.
Clint Eastwood dice: «Me levanto cada mañana y no dejo
entrar al viejo [que hay en mí]». ¿No hay también una dimensión mental y
cultural en la manera de envejecer?
Sí, pero la frase necesita matiz. No se trata de expulsar al
viejo como si envejecer fuera una vergüenza. Se trata de no dejar entrar al
estereotipo, esa voz cultural que te dice que ya no aprendas, ya no empieces,
ya no desees, ya no incomodes.
El entorno pesa muchísimo. Si durante años una persona
recibe el mensaje de que ya no está para ciertas cosas, puede acabar pidiendo
permiso para vivir. A veces no envejecemos solo por biología; también
envejecemos porque nos van retirando expectativas.
Pero cuidado con convertirlo todo en una cuestión de
actitud. Hay quien necesita menos frases motivadoras y más apoyo real. El ánimo
cuenta, por supuesto; también cuentan una vivienda accesible, una pensión
suficiente, una red de cuidados, una ciudad amable y un sistema sanitario que
funcione.
Una actitud luminosa ayuda a caminar. Un entorno bien
diseñado evita que caminar sea una prueba de resistencia.
¿Qué hemos entendido mal sobre las personas mayores?
Que son “un grupo”. Ese es el gran error.
La expresión tranquiliza a quien planifica, pero aplasta la
realidad. No hay una vejez; hay muchas vejeces. Y, curiosamente, a
medida que cumplimos años nos parecemos menos entre nosotros, no más. Cada
persona acumula trayectorias, decisiones, duelos, aprendizajes, recursos,
deseos y formas de mirar el mundo.
También hemos confundido apoyo con infantilización. Una
persona puede necesitar ayuda para una tarea concreta y conservar perfectamente
criterio, humor, deseo o autoridad moral. La dependencia en un aspecto no borra
la ciudadanía.
Y hemos olvidado algo fundamental, muchas personas mayores
(sobre todo mujeres) no solo reciben cuidado; lo sostienen. En familias,
asociaciones, barrios, cultura, voluntariado, economía doméstica. El problema
es que lo contamos poco, porque el cuidado que no hace ruido suele parecer
invisible.
¿Cómo cambia la idea de proyecto de vida cuando una
persona puede tener varias vidas dentro de una misma vida?
Deja de ser una línea recta y se parece más a una
constelación.
Nos formamos, trabajamos, cuidamos, paramos, volvemos a
aprender, cambiamos de oficio, atravesamos duelos, iniciamos relaciones,
reducimos el ritmo o encontramos nuevas responsabilidades. Ya no hay un único
gran proyecto, sino varios momentos de sentido.
Una persona de 55 años puede necesitar volver a formarse
porque su sector ha cambiado. Una de 67 puede querer emprender algo pequeño, no
para hacerse rica, sino para sentirse útil. Una de 74 puede empezar una
relación, escribir, enseñar, cuidar de otra manera o participar en un proyecto
comunitario.
No todo proyecto vital tiene que ser productivo en términos
económicos. A veces el proyecto es aprender música, recuperar una amistad,
acompañar a alguien, cultivar un huerto compartido o reconciliarse con el propio
tiempo.
La pregunta ya no es solo “qué quieres ser de mayor”,
sino qué quieres seguir haciendo con lo que sabes, con lo que deseas y con
lo que aún puedes aportar.
Vamos hacia una sociedad donde convivirán cinco
generaciones al mismo tiempo. ¿Eso será una riqueza o una fuente de conflicto?
Puede ser ambas cosas. Será conflicto si lo convertimos en
una competición de agravios: jóvenes contra mayores, salarios contra pensiones,
vivienda contra cuidados. Ese relato es peligroso porque simplifica mal una
realidad compleja.
Pero puede ser una riqueza enorme si diseñamos espacios de
cooperación. Cinco generaciones no son una amenaza; pueden ser una biblioteca
viva. Una persona joven puede aportar nuevas herramientas, sensibilidad hacia
otros lenguajes y velocidad para adaptarse. Una persona mayor puede aportar
memoria, criterio y una relación distinta con el tiempo.
Eso sí: no asignemos virtudes por edad. Hay jóvenes muy
conservadores y mayores extraordinariamente innovadores. Lo importante no es
mezclar fechas de nacimiento, sino combinar capacidades, experiencias y
miradas.
En las organizaciones, la diversidad generacional debería
gestionarse con la misma seriedad que otras diversidades: formación recíproca,
mentoría bidireccional, roles flexibles y reconocimiento. La convivencia no se
improvisa, se diseña.
Durante décadas se habló del envejecimiento como una
amenaza económica. ¿Estamos empezando a descubrir también su potencial
económico, cultural y social? La economía de la longevidad puede ser un sector
estratégico, sobre todo en España y Portugal.
Sí, aunque todavía miramos una realidad nueva con gafas
antiguas.
Durante décadas se habló del envejecimiento casi solo en
términos de gasto: pensiones, sanidad, dependencia. Todo eso existe y hay que
abordarlo con seriedad. Pero si solo miramos el coste, vemos medio paisaje.
La economía de la longevidad no consiste en vender productos
“senior”. Consiste en rediseñar sectores enteros para una sociedad que vive más
y demanda calidad: vivienda, turismo, salud, formación, cultura, alimentación,
deporte, tecnología, servicios financieros, movilidad y cuidados.
España y Portugal tienen una oportunidad muy concreta:
convertir el bienestar en sector estratégico. No solo por el clima o el
patrimonio, sino por una forma de vivir que combina seguridad, gastronomía,
proximidad, territorio, sociabilidad y una cultura cotidiana de relación.
Pero el potencial no se aprovecha solo diciendo que somos
atractivos. Hay que profesionalizar los cuidados, diseñar vivienda adaptable,
ofrecer turismo de calma y aprendizaje, crear servicios de confianza y
desarrollar tecnologías usables. El bienestar no puede quedarse en postal sino
que debe convertirse en sistema.
España será el país donde se vivirá más y mejor. Ya
lidera la esperanza de vida a nivel europeo, con más de 83 años. Y las
previsiones dicen que será el país más longevo del mundo, superando a Japón. ¿Qué
nos ha llevado a situarnos en lo más alto del ranking?
Las proyecciones más citadas sitúan ese escenario en torno a
2040. Pero conviene decirlo con prudencia: una proyección no es una profecía.
Puede cumplirse, acelerarse o deteriorarse según lo que hagamos hoy.
España está arriba por una combinación de factores: sistema
sanitario, alimentación, clima, avances en salud pública, vida en la calle,
relaciones sociales y una forma de convivencia que, aunque se ha debilitado,
sigue teniendo mucho valor. La plaza, el paseo, la sobremesa o la conversación
no son solo costumbres agradables; forman parte de una ecología de bienestar.
Ahora bien, el liderazgo real no consiste en ganar una
clasificación demográfica. Consiste en que los años añadidos lleguen con salud,
independencia, compañía y sentido. España puede ser un laboratorio mundial de
longevidad saludable si convierte sus ventajas culturales en estrategia
pública.
Es importante la prevención a nivel de salud física, así
como la salud cognitiva, financiera y, sobre todo, la emocional. ¿Podemos
aspirar a este estado total de bienestar?
Podemos aspirar a un bienestar amplio, no a una perfección
imposible. La vida no va a tener nunca todos los indicadores en verde. Lo
importante es conservar recursos suficientes para recomponernos cuando algo
falla y para seguir tomando decisiones sobre lo que nos importa.
La salud física es esencial, pero también lo es la
cognitiva: seguir aprendiendo, orientarse en un mundo complejo, no quedar
expulsado por la velocidad del cambio. Importa la financiera: una existencia
más extensa sin cierta tranquilidad económica puede convertirse en una fuente
permanente de angustia. E importa la emocional, sentir pertenencia, propósito,
reconocimiento y poder pedir ayuda sin vergüenza.
Pensemos en una persona clínicamente estable, con una
analítica impecable, pero que no duerme porque no sabe si podrá pagar los
cuidados de su pareja. ¿Está sana? En sentido estrecho, quizá. En sentido
humano, no.
Este nuevo escenario nos obliga a ampliar la idea de salud.
No es solo ausencia de enfermedad sino posibilidad de vivir con equilibrio,
sentido y compañía.
Otro tema importante es la invisibilidad social y la
soledad no deseada. Estamos perdiendo el sentido de comunidad. Siempre insistes
en que urge desarrollar la empatía, pero ¿cómo lo conseguimos?
La empatía no se decreta, se practica. Una sociedad no se
vuelve empática porque lo diga una campaña. Se vuelve empática cuando las
personas vuelven a reconocerse. Necesitamos recuperar la textura de la
comunidad: lugares donde alguien note una ausencia, un cansancio, un cambio de
ánimo, una puerta que ya no se abre.
Puede ocurrir en un club de lectura, en un huerto urbano, en
una escuela que comparte actividades con personas mayores, en un centro de
salud que prescribe vínculo, en una comunidad de vecinos que no se reduce al
recibo de la escalera o en un espacio cultural donde distintas edades se
encuentran sin pedir permiso.
También necesitamos dejar de separar tanto las etapas de la
vida. Si los niños están en un sitio, los jóvenes en otro, los adultos
corriendo y las personas mayores en espacios aparte, luego no podemos
sorprendernos de que falte empatía.
No se trata de invadir la intimidad de nadie. Se trata de
que nadie quede fuera del mapa. La mejor tecnología social sigue siendo que
alguien sepa que existes y te eche de menos si desapareces.
De media, las mujeres viven 86 años y los hombres 81.
Pero las mujeres viven más tiempo con mala salud. Un nuevo agravio que, ¿se
puede llegar a revertir?
Sí, pero primero hay que mirarlo de frente. No es una
curiosidad estadística; es una desigualdad acumulada.
Que las mujeres vivan más años y, sin embargo, pasen más
tiempo con mala salud nos obliga a incorporar de verdad la perspectiva de género
a la longevidad. No hablamos solo de biología. Hablamos de trayectorias
laborales más precarias, pensiones más bajas, carga de cuidados, dolor
normalizado, enfermedades cardiovasculares infradiagnosticadas, menopausia poco
atendida, osteoporosis, salud mental, soledad y una medicina que durante
demasiado tiempo tomó el cuerpo masculino como referencia por defecto.
Hay mujeres que han cuidado toda la vida y llegan a mayores
con su propio cuerpo esperando turno. Revertirlo exige prevención
musculoesquelética, entrenamiento de fuerza, salud cardiovascular específica,
investigación clínica mejor diseñada, atención seria a la menopausia,
corresponsabilidad en los cuidados y seguridad económica.
Sumar años no puede significar aguantar más. Tiene que
significar vivir mejor.
¿Cuál es la conversación sobre envejecimiento que todavía
nadie se atreve a tener?
La conversación sobre los cuidados antes de que los cuidados
sean urgentes. Cómo queremos ser cuidados si perdemos autonomía. Quién va a
cuidar. Con qué recursos. En qué condiciones. Qué límites queremos poner. Qué
decisiones deseamos dejar escritas. Cómo afrontamos el deterioro cognitivo, la
dependencia, el final de vida y la soledad de quienes cuidan.
En muchas familias se conversa antes sobre patrimonio que sobre
responsabilidades, tiempos, renuncias o acompañamiento. Y cuando llega la
dependencia, todo aquello que no se habló aparece de golpe.
La conversación pendiente es social y familiar a la vez. Una
sociedad longeva necesita una política seria de cuidados, pero también una
ética de los cuidados. No podemos seguir apoyándonos en mujeres agotadas,
empleos mal pagados o buena voluntad improvisada.
Haber ganado años ha sido un triunfo civilizatorio. Cuidar
mejor será la prueba de si realmente hemos entendido ese triunfo.
https://igluu.es/sumar-no-puede-significar-aguantar-mas-sino-vivir-mejor/

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