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Ganar años ha sido un triunfo. Cuidar mejor será la prueba de si lo hemos entendido

SUMAR AÑOS TIENE QUE SIGNIFICAR VIVIR MEJOR

Una sociedad longeva conlleva desafíos urgentes que debemos afrontar hoy mismo. Decir que el tiempo corre es otra obviedad inexorable. ¿Quién no quiere una vida larga y, sobre todo, saludable?  La expectativa de vida de los niños que nacen hoy roza ya los 100 años. Es más, las proyecciones indican que en las próximas décadas España superará a Japón como el país con mayor calidad y esperanza de vida del mundo.

Todo esto es lo que lleva años estudiando Juan Martín, director del Centro del Envejecimiento (CENIE), una institución volcada en investigar el impacto social, económico y cultural de la longevidad. Su enfoque va mucho más allá de la salud o las pensiones tradicionales; pone el foco en la prevención, la soledad, el edadismo, el futuro del trabajo, los cuidados y, sobre todo, en transformar la manera en que imaginamos la vejez. Hablamos con él sobre el arte de prepararse para llevar una vida larga (y plena).

Comenzaste estudiando la demencia y el Alzheimer, pero hoy defiendes firmemente que una sociedad longeva es una nueva oportunidad. ¿Para lograr qué?

Una oportunidad para algo que la humanidad apenas había tenido que plantearse: rediseñar el curso de la vida cuando el tiempo disponible se amplía. Durante siglos, la existencia fue más breve y, por tanto, más rígida. Había una secuencia casi obligatoria: formarse, trabajar, jubilarse y retirarse poco a poco de la escena pública. Ese guion ha dejado de bastar. Y cuando cambia algo tan profundo, no sirve con retocar una escena; hay que revisar la obra completa.

Una sociedad longeva nos invita a construir un modelo más inteligente y más humano, uno que no descarte talento por edad, que no interprete la fragilidad como una derrota y que comprenda que necesitar ayuda no equivale a perder voz, deseos, proyectos o derechos. La gran oportunidad está ahí: convertir una conquista biológica -vivir más- en una conquista cultural y social. En lugar de sumar años para alargar la dependencia, podemos abrir tiempo para la salud, la participación, la libertad y la dignidad.

En España vivimos de media hasta los 83 años, pero a partir de los 61 suele aparecer algún tipo de discapacidad. Si el gran temor colectivo es sabernos frágiles, ¿cómo podemos acortar esos 22 años de distancia entre estar vivos y vivir bien?

Lo primero es mirar esa distancia de otro modo. No hablamos solo de discapacidad; hablamos de cuánto tiempo conservamos margen real para decidir sobre nuestra propia vida. El objetivo no es añadir años sin más, sino retrasar la entrada en la fragilidad y evitar que se convierta en destino. Muchas veces una caída no empieza el día que alguien cae. Empieza antes, en una pérdida de fuerza que nadie evaluó, en una medicación que provoca mareos, en una vista que no se revisó, en un baño que no se adaptó o en una tristeza silenciosa que fue apagando las ganas de salir.

Anticiparse no es un lujo sanitario; es sentido común. Necesitamos atención preventiva orientada al riesgo, ejercicio de fuerza y equilibrio, nutrición, sueño, salud mental, estimulación cognitiva y viviendas que acompañen los cambios del cuerpo. Pero también barrios que inviten a caminar, transporte accesible y tecnologías que no expulsen a nadie. La salud no se fabrica solo en los hospitales. Se cultiva en los hábitos, en los entornos y en las relaciones de cada día.

El sistema de salud está enfocado en curar la enfermedad, cuando la atención preventiva debería ser el objetivo: evitar que aparezca. ¿A quién interesa que la población siga enfermando?

Me preocupa más la estructura de incentivos que la teoría del villano. Las farmacéuticas tienen intereses económicos, claro, como cualquier sector. Pero también desarrollan medicamentos que salvan y mejoran vidas. Convertirlo todo en una película con malos y buenos es cómodo, pero no ayuda demasiado.

El problema es que el sistema recompensa mucho mejor la reparación que la anticipación. Se mide más la actividad sanitaria que la salud generada. Se financia con más facilidad una intervención cuando el daño ya está hecho que un programa sostenido para evitarlo.

Además, la prevención tiene un problema político: cuando funciona, muchas veces no se ve. Nadie agradece una diabetes que no apareció, una caída que no ocurrió o una dependencia que se retrasó diez años. Precisamente por eso necesita presupuesto, indicadores, continuidad y prestigio profesional. Prevenir debería ser tan importante como curar.

En apenas un siglo, la esperanza de vida casi se ha triplicado. Ante esta necesidad de replantearlo todo a nivel social y estructural, ¿qué es lo que más urge cambiar?

Urge abandonar una idea heredada: que la edad distribuye automáticamente el papel de cada persona. A los veinte estudias, a los cuarenta produces, a los sesenta te retiran y después ya veremos. Ese mapa ya no describe el territorio. Necesitamos instituciones capaces de acompañar transiciones: universidades abiertas durante toda la trayectoria vital, empresas que valoren la aportación y no solo la fecha de nacimiento, viviendas adaptables, ciudades caminables, cuidados profesionales y entornos que no conviertan la autonomía en una prueba de resistencia.

Pensemos en una casa. Debería poder acompañar distintas etapas sin volverse enemiga: baños transformables, buena luz, espacios flexibles, tecnología amable, zonas que permitan compañía sin perder intimidad. No es diseño “para mayores”, es diseño para la vida real. La revolución demográfica no se resuelve con una sola medida. Atraviesa educación, empleo, salud, cultura, fiscalidad, cuidados y formas de convivencia.

Solemos asociar la felicidad al éxito, pero tú aseguras que son conceptos diferentes. ¿En qué se diferencian, especialmente al cumplir años?

El éxito tiene público. La felicidad tiene intimidad. El éxito suele verse desde fuera: el cargo, el reconocimiento, el patrimonio, la influencia. La felicidad aparece en un lugar menos visible, en cómo una persona se habita, en sus afectos, en su serenidad, en su propósito, en la posibilidad de mirarse sin demasiada deuda consigo misma.

Con los años uno hace una edición más honesta de su propio relato. Algunas ambiciones fueron combustible; otras eran ruido bien vestido. Puedes tener una carrera impecable y una tarde de domingo muy vacía. Y puedes haber llevado una vida discreta y sentir que has construido algo valioso: una familia, una amistad, una comunidad, una forma bonita de estar en el mundo.

No estoy romantizando la falta de recursos. La tranquilidad material importa, y mucho. Pero el éxito no agota la felicidad. La felicidad se parece más a estar en paz con uno mismo y a tener personas a las que querer y por las que sentirse querido.

La palabra envejecimiento está asociada a problemas y pérdidas, pero cumplir años es la única manera de seguir vivos. ¿Cómo podemos romper con este estigma?

Hay que dejar de utilizar el envejecimiento como sinónimo de decadencia. Cumplir años no es estropearse; es seguir sucediendo.

El problema es una mirada demasiado estrecha. La vejez puede incluir pérdida, enfermedad o dependencia, claro. Pero no queda definida solo por eso. También puede traer libertad, experiencia, deseo, memoria, cuidado, aprendizaje, creatividad y una relación más serena con lo importante.

El estigma se rompe cambiando palabras, imágenes y decisiones. Una campaña, una oferta de empleo, una aplicación, un trámite administrativo o un titular pueden ampliar o encoger el lugar social de las personas mayores. Cuando una empresa deja de formar a alguien porque tiene 58 años, también está fabricando una idea de vejez.

No necesitamos edulcorarla. Necesitamos verla entera. La vejez no es una caricatura de un cuerpo frágil; es una biografía con espesor.

Solo el 25% de nuestra longevidad depende del ADN; el 75% restante responde a nuestras decisiones diarias. Somos conscientes que somos dueños de nuestro destino biológico?

Somos menos dueños de lo que prometen discursos individualistas y más responsables de lo que a veces nos resignamos a creer. La genética importa, pero no trabaja sola. Cada día tomamos decisiones que orientan nuestra trayectoria: movernos o no movernos, dormir o no dormir, fumar o no fumar, comer de una manera u otra, mantener relaciones, aprender, gestionar el estrés, pedir ayuda. Ahora bien, esas decisiones no ocurren en el aire, están condicionadas por la renta, el barrio, el trabajo, el tiempo disponible, la educación, la contaminación o la soledad.

Por eso conviene huir de dos errores: el fatalismo y la culpabilización. No estamos condenados por el ADN, pero tampoco podemos decirle a alguien que se cuide como si todo dependiera de carácter y voluntad.

La buena política pública es la que convierte la opción saludable en la más cercana, fácil y posible. Lo demás, muchas veces, es una recomendación bonita en un entorno imposible.

Frente a la eterna obsesión por desafiar la biología, han surgido prácticas como el biohacking. ¿Hay algo profundamente elitista en esa idea de comprar tiempo y salud?

Me interesa mucho la ciencia. Desconfío más de la estética de la promesa.

La investigación sobre envejecimiento puede transformar la medicina. Entender cómo se deterioran las células, cómo aparece la fragilidad o cómo se puede retrasar el daño biológico abre una frontera apasionante. Ahí hay conocimiento serio y necesario.

El problema aparece cuando esa conversación se convierte en un escaparate de lujo: pruebas carísimas, suplementos de moda, dispositivos que miden cada gesto y clínicas que venden la optimización de la vida como si fuéramos una aplicación pendiente de actualizar. Hay ciencia, sí; pero también hay mucho marketing con bata blanca.

El riesgo elitista es evidente: que los avances lleguen primero a quienes pueden pagarlos y que la buena salud en edades avanzadas se convierta en una nueva frontera de desigualdad. El verdadero desafío no es que unos pocos compren más años de bienestar, sino democratizar lo que ya sabemos que funciona: prevención, diagnóstico precoz, atención primaria, ejercicio, nutrición, salud mental, vivienda segura y comunidad.

El futuro no debería consistir en vivir mejor solo si puedes permitírtelo.

Existe el riesgo de que la longevidad aumente todavía más las desigualdades sociales?

Sí. Y sería uno de los grandes fracasos de esta transformación.

Los años ganados no significan lo mismo para todo el mundo. Una persona con recursos puede convertir ese tiempo añadido en formación, viajes, proyectos, cuidados de calidad o nuevas formas de participación. Otra puede vivirlo como espera, precariedad, dependencia o soledad.

No envejece igual quien ha trabajado toda la vida en un empleo físico muy exigente que quien ha tenido más protección. No envejece igual quien vive en un barrio con servicios que quien los tiene lejos. No envejece igual quien puede pagar ayuda que quien depende de una lista de espera.

Por eso esta transformación debe pensarse como una política de equidad. Celebrar que vivimos más no basta, hay que preguntarse en qué condiciones y para quién.

Clint Eastwood dice: «Me levanto cada mañana y no dejo entrar al viejo [que hay en mí]». ¿No hay también una dimensión mental y cultural en la manera de envejecer?

Sí, pero la frase necesita matiz. No se trata de expulsar al viejo como si envejecer fuera una vergüenza. Se trata de no dejar entrar al estereotipo, esa voz cultural que te dice que ya no aprendas, ya no empieces, ya no desees, ya no incomodes.

El entorno pesa muchísimo. Si durante años una persona recibe el mensaje de que ya no está para ciertas cosas, puede acabar pidiendo permiso para vivir. A veces no envejecemos solo por biología; también envejecemos porque nos van retirando expectativas.

Pero cuidado con convertirlo todo en una cuestión de actitud. Hay quien necesita menos frases motivadoras y más apoyo real. El ánimo cuenta, por supuesto; también cuentan una vivienda accesible, una pensión suficiente, una red de cuidados, una ciudad amable y un sistema sanitario que funcione.

Una actitud luminosa ayuda a caminar. Un entorno bien diseñado evita que caminar sea una prueba de resistencia.

¿Qué hemos entendido mal sobre las personas mayores?

Que son “un grupo”. Ese es el gran error.

La expresión tranquiliza a quien planifica, pero aplasta la realidad. No hay una vejez; hay muchas vejeces. Y, curiosamente, a medida que cumplimos años nos parecemos menos entre nosotros, no más. Cada persona acumula trayectorias, decisiones, duelos, aprendizajes, recursos, deseos y formas de mirar el mundo.

También hemos confundido apoyo con infantilización. Una persona puede necesitar ayuda para una tarea concreta y conservar perfectamente criterio, humor, deseo o autoridad moral. La dependencia en un aspecto no borra la ciudadanía.

Y hemos olvidado algo fundamental, muchas personas mayores (sobre todo mujeres) no solo reciben cuidado; lo sostienen. En familias, asociaciones, barrios, cultura, voluntariado, economía doméstica. El problema es que lo contamos poco, porque el cuidado que no hace ruido suele parecer invisible.

¿Cómo cambia la idea de proyecto de vida cuando una persona puede tener varias vidas dentro de una misma vida?

Deja de ser una línea recta y se parece más a una constelación.

Nos formamos, trabajamos, cuidamos, paramos, volvemos a aprender, cambiamos de oficio, atravesamos duelos, iniciamos relaciones, reducimos el ritmo o encontramos nuevas responsabilidades. Ya no hay un único gran proyecto, sino varios momentos de sentido.

Una persona de 55 años puede necesitar volver a formarse porque su sector ha cambiado. Una de 67 puede querer emprender algo pequeño, no para hacerse rica, sino para sentirse útil. Una de 74 puede empezar una relación, escribir, enseñar, cuidar de otra manera o participar en un proyecto comunitario.

No todo proyecto vital tiene que ser productivo en términos económicos. A veces el proyecto es aprender música, recuperar una amistad, acompañar a alguien, cultivar un huerto compartido o reconciliarse con el propio tiempo.

La pregunta ya no es solo “qué quieres ser de mayor”, sino qué quieres seguir haciendo con lo que sabes, con lo que deseas y con lo que aún puedes aportar.

Vamos hacia una sociedad donde convivirán cinco generaciones al mismo tiempo. ¿Eso será una riqueza o una fuente de conflicto?

Puede ser ambas cosas. Será conflicto si lo convertimos en una competición de agravios: jóvenes contra mayores, salarios contra pensiones, vivienda contra cuidados. Ese relato es peligroso porque simplifica mal una realidad compleja.

Pero puede ser una riqueza enorme si diseñamos espacios de cooperación. Cinco generaciones no son una amenaza; pueden ser una biblioteca viva. Una persona joven puede aportar nuevas herramientas, sensibilidad hacia otros lenguajes y velocidad para adaptarse. Una persona mayor puede aportar memoria, criterio y una relación distinta con el tiempo.

Eso sí: no asignemos virtudes por edad. Hay jóvenes muy conservadores y mayores extraordinariamente innovadores. Lo importante no es mezclar fechas de nacimiento, sino combinar capacidades, experiencias y miradas.

En las organizaciones, la diversidad generacional debería gestionarse con la misma seriedad que otras diversidades: formación recíproca, mentoría bidireccional, roles flexibles y reconocimiento. La convivencia no se improvisa, se diseña.

Durante décadas se habló del envejecimiento como una amenaza económica. ¿Estamos empezando a descubrir también su potencial económico, cultural y social? La economía de la longevidad puede ser un sector estratégico, sobre todo en España y Portugal.

Sí, aunque todavía miramos una realidad nueva con gafas antiguas.

Durante décadas se habló del envejecimiento casi solo en términos de gasto: pensiones, sanidad, dependencia. Todo eso existe y hay que abordarlo con seriedad. Pero si solo miramos el coste, vemos medio paisaje.

La economía de la longevidad no consiste en vender productos “senior”. Consiste en rediseñar sectores enteros para una sociedad que vive más y demanda calidad: vivienda, turismo, salud, formación, cultura, alimentación, deporte, tecnología, servicios financieros, movilidad y cuidados.

España y Portugal tienen una oportunidad muy concreta: convertir el bienestar en sector estratégico. No solo por el clima o el patrimonio, sino por una forma de vivir que combina seguridad, gastronomía, proximidad, territorio, sociabilidad y una cultura cotidiana de relación.

Pero el potencial no se aprovecha solo diciendo que somos atractivos. Hay que profesionalizar los cuidados, diseñar vivienda adaptable, ofrecer turismo de calma y aprendizaje, crear servicios de confianza y desarrollar tecnologías usables. El bienestar no puede quedarse en postal sino que debe convertirse en sistema.

España será el país donde se vivirá más y mejor. Ya lidera la esperanza de vida a nivel europeo, con más de 83 años. Y las previsiones dicen que será el país más longevo del mundo, superando a Japón. ¿Qué nos ha llevado a situarnos en lo más alto del ranking?

Las proyecciones más citadas sitúan ese escenario en torno a 2040. Pero conviene decirlo con prudencia: una proyección no es una profecía. Puede cumplirse, acelerarse o deteriorarse según lo que hagamos hoy.

España está arriba por una combinación de factores: sistema sanitario, alimentación, clima, avances en salud pública, vida en la calle, relaciones sociales y una forma de convivencia que, aunque se ha debilitado, sigue teniendo mucho valor. La plaza, el paseo, la sobremesa o la conversación no son solo costumbres agradables; forman parte de una ecología de bienestar.

Ahora bien, el liderazgo real no consiste en ganar una clasificación demográfica. Consiste en que los años añadidos lleguen con salud, independencia, compañía y sentido. España puede ser un laboratorio mundial de longevidad saludable si convierte sus ventajas culturales en estrategia pública.

Es importante la prevención a nivel de salud física, así como la salud cognitiva, financiera y, sobre todo, la emocional. ¿Podemos aspirar a este estado total de bienestar?

Podemos aspirar a un bienestar amplio, no a una perfección imposible. La vida no va a tener nunca todos los indicadores en verde. Lo importante es conservar recursos suficientes para recomponernos cuando algo falla y para seguir tomando decisiones sobre lo que nos importa.

La salud física es esencial, pero también lo es la cognitiva: seguir aprendiendo, orientarse en un mundo complejo, no quedar expulsado por la velocidad del cambio. Importa la financiera: una existencia más extensa sin cierta tranquilidad económica puede convertirse en una fuente permanente de angustia. E importa la emocional, sentir pertenencia, propósito, reconocimiento y poder pedir ayuda sin vergüenza.

Pensemos en una persona clínicamente estable, con una analítica impecable, pero que no duerme porque no sabe si podrá pagar los cuidados de su pareja. ¿Está sana? En sentido estrecho, quizá. En sentido humano, no.

Este nuevo escenario nos obliga a ampliar la idea de salud. No es solo ausencia de enfermedad sino posibilidad de vivir con equilibrio, sentido y compañía.

Otro tema importante es la invisibilidad social y la soledad no deseada. Estamos perdiendo el sentido de comunidad. Siempre insistes en que urge desarrollar la empatía, pero ¿cómo lo conseguimos?

La empatía no se decreta, se practica. Una sociedad no se vuelve empática porque lo diga una campaña. Se vuelve empática cuando las personas vuelven a reconocerse. Necesitamos recuperar la textura de la comunidad: lugares donde alguien note una ausencia, un cansancio, un cambio de ánimo, una puerta que ya no se abre.

Puede ocurrir en un club de lectura, en un huerto urbano, en una escuela que comparte actividades con personas mayores, en un centro de salud que prescribe vínculo, en una comunidad de vecinos que no se reduce al recibo de la escalera o en un espacio cultural donde distintas edades se encuentran sin pedir permiso.

También necesitamos dejar de separar tanto las etapas de la vida. Si los niños están en un sitio, los jóvenes en otro, los adultos corriendo y las personas mayores en espacios aparte, luego no podemos sorprendernos de que falte empatía.

No se trata de invadir la intimidad de nadie. Se trata de que nadie quede fuera del mapa. La mejor tecnología social sigue siendo que alguien sepa que existes y te eche de menos si desapareces.

De media, las mujeres viven 86 años y los hombres 81. Pero las mujeres viven más tiempo con mala salud. Un nuevo agravio que, ¿se puede llegar a revertir?

Sí, pero primero hay que mirarlo de frente. No es una curiosidad estadística; es una desigualdad acumulada.

Que las mujeres vivan más años y, sin embargo, pasen más tiempo con mala salud nos obliga a incorporar de verdad la perspectiva de género a la longevidad. No hablamos solo de biología. Hablamos de trayectorias laborales más precarias, pensiones más bajas, carga de cuidados, dolor normalizado, enfermedades cardiovasculares infradiagnosticadas, menopausia poco atendida, osteoporosis, salud mental, soledad y una medicina que durante demasiado tiempo tomó el cuerpo masculino como referencia por defecto.

Hay mujeres que han cuidado toda la vida y llegan a mayores con su propio cuerpo esperando turno. Revertirlo exige prevención musculoesquelética, entrenamiento de fuerza, salud cardiovascular específica, investigación clínica mejor diseñada, atención seria a la menopausia, corresponsabilidad en los cuidados y seguridad económica.

Sumar años no puede significar aguantar más. Tiene que significar vivir mejor.

¿Cuál es la conversación sobre envejecimiento que todavía nadie se atreve a tener?

La conversación sobre los cuidados antes de que los cuidados sean urgentes. Cómo queremos ser cuidados si perdemos autonomía. Quién va a cuidar. Con qué recursos. En qué condiciones. Qué límites queremos poner. Qué decisiones deseamos dejar escritas. Cómo afrontamos el deterioro cognitivo, la dependencia, el final de vida y la soledad de quienes cuidan.

En muchas familias se conversa antes sobre patrimonio que sobre responsabilidades, tiempos, renuncias o acompañamiento. Y cuando llega la dependencia, todo aquello que no se habló aparece de golpe.

La conversación pendiente es social y familiar a la vez. Una sociedad longeva necesita una política seria de cuidados, pero también una ética de los cuidados. No podemos seguir apoyándonos en mujeres agotadas, empleos mal pagados o buena voluntad improvisada.

Haber ganado años ha sido un triunfo civilizatorio. Cuidar mejor será la prueba de si realmente hemos entendido ese triunfo.

https://igluu.es/sumar-no-puede-significar-aguantar-mas-sino-vivir-mejor/  

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