LA COLONIZACIÓN INVISIBLE
Hay un fenómeno que me ha inquietado más que cualquier análisis político.
No está en el Parlamento ni en los medios. Se localiza en el ámbito más
íntimo: en las relaciones.
Siempre he sabido que las amistades con un componente profesional tienen límites. No son la amistad pura, desinteresada y absoluta. Se sostienen sobre una colaboración franca, a veces interesada, pero no por ello insana.
Exigen tacto. Exigen sutileza. Exigen no forzar situaciones. Si en un asunto espinoso adoptabas una posición demasiado extrema, si colocabas al otro en la disyuntiva forzada, la relación podía resentirse. Era lógico. Había que cuidar los equilibrios.









