¿QUIÉN SE ATREVE A TRAER VIDA?
HIJOS DE LOS HOMBRES:
Espejo moral de una época fatigada y sin red
Hay películas que no se limitan a contar una historia: te
colocan delante un espejo y te obligan a mirar lo que preferirías no ver. Hijos de los hombres hace eso con una potencia
peculiar. No va solo de un mundo sin infancia, sino que va de algo más
incómodo: de una civilización que, al dejar de imaginar un futuro, se vuelve
administradora del miedo. Un mundo que sigue funcionando —hay pantallas,
burocracias, transportes, propaganda— pero ya no sabe para qué. La vida
continúa, sí, pero sin promesa y cuando la promesa desaparece, lo humano se
encoge.
La escena del nacimiento (y todo lo que sucede alrededor de ese hecho imposible) es todo un golpe emocional. Lo es, pero su fuerza no es sentimental: es antropológica. En mitad del ruido, del control, de la violencia y de la desconfianza, el bebé irrumpe como un acontecimiento que desarma el guion del mundo. Durante unos segundos, la guerra se suspende. Las armas bajan. La mirada cambia, como si el cuerpo recordara, antes que la mente, que una vida nueva no es un dato: es un sentido.









