EL PROBLEMA DEL VAMPIRO
LA PARADOJA DE POR
QUÉ ES TAN DIFÍCIL CAMBIAR
Ser humano es padecer una peculiar ceguera congénita: al
borde de cualquier gran cambio, podemos ver con aterradora claridad la base
sólida y familiar que corremos el riesgo de perder, pero llenamos el abismo de
lo desconocido con temor a la posible pérdida, en lugar de júbilo por la
posible ganancia de alegrías y gratificaciones que no logramos vislumbrar
porque aún no las hemos experimentado.
Emerson lo sabía cuando reflexionaba sobre nuestra resistencia al cambio y la clave del verdadero crecimiento personal: «La gente desea la estabilidad; solo en la medida en que están inquietos hay esperanza para ellos». Rilke también lo sabía cuando consideraba cómo las grandes convulsiones nos acercan a nosotros mismos: «Ese es, en el fondo, el único valor que se nos exige: tener valor para lo más extraño, lo más singular y lo más inexplicable que podamos encontrar».









