CASANDRA Y LOS MOVIMIENTOS VECINALES
Llevo tiempo dándole vueltas a una escena bastante
extemporánea. Tendría lugar en cualquier plaza de alguna de nuestras ciudades.
En realidad yo me la imagino en la plaza de mi barrio, con su iglesia al fondo,
la fuente sin agua, sus tristes bancos al sol y ese par de absurdas palmeras.
Hay una tarima por el lado de la iglesia desde la que Casandra, la sibila, se
dirige a una pequeña multitud, la que cabe en la plaza.
Casandra sabe que, inevitablemente, sus advertencias caerán en saco roto. Apolo la maldijo en su momento. Nadie nunca habría de hacer caso a sus augurios, que, sin embargo, siempre se cumplirían. Pero Casandra está condenada, está obligada a anunciar lo que ahora ve: un enemigo insaciable, de mil cabezas, una ciudad asediada a punto de rendirse.








