SOBRE LA NATURALEZA HUMANA
Edward O. Wilson
partió de sus hallazgos en el estudio de la conducta de las hormigas, en el que
fue una autoridad mundial, para articular una fórmula integradora para todo el
conocimiento humano, a la que llamó la consiliencia. Aspiraba a hacer una
ambiciosa lectura que desentrañara el misterio de la naturaleza humana, no
exenta de mérito, entrelazando conocimientos provenientes de las ciencias
naturales, las ciencias sociales y la filosofía.
El profesor de Antropología y Ética Mariano Asla considera interesante el empeño sintetizador de Wilson, pero objeta su falta de rigor al incurrir en reduccionismos de carácter cientifista sobre la naturaleza humana y «cierta ingenuidad intelectual». El análisis de Mariano Asla es una nueva aportación a la serie de revisiones críticas de obras del pensamiento y la ciencia.
Pocos títulos resultan tan transparentes como este Sobre la naturaleza humana, que no deja mucho librado a
la imaginación. Sin embargo, se trata de un libro curioso. En primer lugar, por
su autor, ya que este tópico resulta propio de la filosofía y la teología o, en
todo caso, de las ciencias sociales, pero no es habitual entre los mirmecólogos
(estudiosos de las hormigas). En efecto, Edward Osborne Wilson fue un
personaje singular. Se formó como entomólogo y dedicó su vida a investigar la
conducta social de los insectos, pero además fundó dos disciplinas científicas
—la biogeografía insular y la sociobiología—, acuñó el término biofilia,
escribió unos treinta libros y varios centenares de publicaciones científicas,
ganó dos premios Pullitzer, propuso una fórmula integradora para todo el
conocimiento humano (la consiliencia) y participó activamente en diversas
iniciativas ecológicas, llegando incluso a sugerir que se reservara la mitad
del planeta, como un inmenso parque natural, para la conservación de la
biodiversidad.
En segundo término, resulta curiosa la naturaleza del
escrito, que puede entenderse como un intenso esfuerzo de autocomprensión
humana en clave científica. Es una obra breve, pero colosal en sus
pretensiones, pues busca abarcarlo casi todo. A lo largo de sus capítulos,
integra aportes de la biología evolucionista, la psicología, la etnografía, la
psicología y la historia, y aborda cuestiones como nuestro origen, nuestra
herencia evolutiva, el desarrollo de los afectos y las conductas más
fundamentales, hasta dilemas como la eugenesia y el horizonte transhumanista
con los que el futuro ya empieza a desafiarnos.
Conviene reconocerle el mérito nada menor de ofrecer una supersíntesis,
una lectura holística que intenta desentrañar el misterio de nuestra naturaleza
a lo largo del tiempo. Sin embargo, ese mismo mérito es también su talón
de Aquiles, pues la lógica tiene sus leyes inexorables, y no se puede ganar en
extensión sin perder calado.
Esta debilidad se hace especialmente evidente en el modo en
que Wilson asume como evidencias incuestionables ciertas tesis reduccionistas
(ontológicas, epistémicas y antropológicas) que siguen siendo objeto de
profundos y sofisticados debates. Peca, en algún sentido, de cierta ingenuidad
intelectual.
En otro orden de cosas, resulta llamativo que un autor
que reniega de cualquier compromiso metafísico y que se opone al
antropocentrismo del humanismo clásico afirme sin ambigüedades, la existencia y
relevancia de la naturaleza humana. Más aún en una época donde esta noción
suele ser recibida con desconfianza y antipatía. Desde esa perspectiva, la
reinserción de la biología y de la psicología en el discurso podría representar
un soplo de aire fresco en el ambiente rancio de los diversos constructivismos
y deconstructivismos posmodernos.
Sin embargo, aunque en un ambiente enrarecido un poco de
aire puede suponer una diferencia importante, esto no resulta suficiente si no
se abren las ventanas al exterior. El biologicismo reduccionista del autor le
impide proporcionar una alternativa equilibrada y realmente superadora, a la
falsa dicotomía que muchas veces se erige entre el negar sin más la naturaleza
humana (posiciones antiesencialistas posmodernas) y el asimilarla a sus
dimensiones inferiores, donde lo propio del hombre se desdibuja hasta
desaparecer. Al decir de Nietzsche, la filosofía parece condenarnos a
oponer a un error otro, igualmente impetuoso, pero de sentido contrario.
En resumen, Wilson formó parte de una generación de
científicos como Stephen Hawking, Richard Dawkins, Frans de
Waal y Steven Pinker, que incursionaron en la divulgación y
contribuyeron a difundir una narrativa profundamente
reduccionista. Brevemente y a modo de semblanza, diría que fue uno de los
pensadores materialistas y cientificistas más influyentes y polémicos de
nuestro tiempo.
Sobre la naturaleza humana: estructura y tesis
principales
En el capítulo inicial, El dilema, Wilson
dispone sus cartas sin pudor ni afectación, haciendo profesión explícita de fe
en el naturalismo ontológico. Asume entonces sus postulados fundamentales.
Primero, que el origen de la especie humana, como el del resto de los
vivientes, se encuentra en el azar genético y las necesidades ambientales, y no
en el acto creador de Dios.
En segundo lugar, que la mente humana puede explicarse
suficientemente a partir de un número finito de reacciones químicas y
eléctricas, por lo que no existiría el alma espiritual propuesta por las
religiones.
De esto, se siguen dos dilemas espirituales. El primero
emerge de la falta de propósito que atraviesa al universo entero y el anhelo de
sentido que habita el corazón del hombre. Wilson reconoce que esa inquietud
encontró su respuesta muchas veces en la religión o en las religiones seculares
(como el marxismo), pero considera que eso ya no es posible porque la ciencia
ha desacreditado esos relatos. Por esa razón, la humanidad se encuentra en
la búsqueda de un fundamento para sostener la ética y orientar racionalmente las
acciones.
En este punto, surge el segundo dilema, que se manifiesta en
la necesidad de elaborar una normativa moral adecuada a partir del único
fundamento posible, que son las «premisas éticas inherentes a la naturaleza
biológica del hombre». Pero estas premisas, como ya lo había
reconocido Darwin, no resultan siempre congruentes, enfrentándonos a la
dificultad de tener que discernir cuáles deben seguirse y cuáles deben ser
inhibidas. La salida que vislumbra Wilson supone la integración de la dimensión
biológica, psicológica e histórica en un marco de comprensión naturalista que
permita lograr acuerdos más profundamente humanos, es decir, la mencionada consiliencia.
Wilson señala un problema real que es el divorcio que se ha
establecido con frecuencia entre la perspectiva científica y la filosófica, que
deriva en el plano ético en la incomunicabilidad entre el mundo de los hechos y
el de los valores. Sin embargo, su respuesta no puede superar el marco
reduccionista y cientificista, por lo que termina disolviendo el problema en
lugar de resolverlo, al debilitar el polo filosófico en tensión.
Esto queda claro cuando, como un ejemplo de la síntesis que
la consiliencia supone, recurre a la integración sintética que la biología
molecular y la citología alcanzan en la genética, que es un caso en el que no
se advierte una diferencia fuerte en los niveles epistémicos de las disciplinas
involucradas. No es un ejemplo que haga justicia con las posibles relaciones
entre las ciencias naturales, las ciencias sociales y la filosofía.
Herencia, desarrollo y surgimiento
En estos capítulos, el autor despliega su tesis de la unidad
biológica de la especie humana, de la que se sigue una suerte de apología aggiornada de
nuestra naturaleza, apoyada en los siguientes puntos.
En primer lugar, observa que más allá de las diferencias
importantes y conspicuas, el rango de variabilidad en las relaciones sociales
humanas, lejos de ser indefinido, ni siquiera es amplio, si lo comparamos con
otras especies animales. La razón última de esto radica en que no todo tipo de
organización social es compatible con nuestras tendencias ni mucho menos con
nuestra supervivencia y reproducción.
Para ilustrarlo, sugiere el experimento mental de imaginar
una sociedad humana que quisiera adoptar las formas de organización social de
las abejas. El resultado, afirma, sería una locura: «Se disolverían las
personalidades, se desintegrarían las relaciones y cesaría la reproducción». En
definitiva, existe un ancla biológica que pone coto a la diversificación cultural.
De igual modo, la etnografía expone los denominados
«universales humanos», es decir, características que, hasta donde el registro
muestra, se presentan en todos los pueblos conocidos, con relativa
independencia del contexto cultural. Refiere entonces el trabajo del
antropólogo estadounidense George Murdock, que propuso una larga lista de
características, tanto individuales como colectivas, casi omnipresentes, entre
las que se cuentan: la evitación del incesto, el lenguaje, la división de tareas,
la organización por edades y por sexos, las normas de etiqueta, los ritos, la
cirugía, las danzas, la adivinación, la hospitalidad, el adorno corporal, los
juegos y un largo etcétera. Estos rasgos comunes manifestarían propensiones
emergentes de nuestra naturaleza.
Sin embargo, el cuadro humano completo involucra contrastes:
luces y sombras, semejanzas y diferencias. Por ello, Wilson es consciente de
que la interacción de los genes con los factores ambientales es compleja,
variable e intrincada, y elige para simbolizarla la metáfora propuesta por el
biólogo británico Conrad Waddington.
En esta imagen, el desarrollo se asemeja al paisaje de una
zona montañosa que se extiende hasta una playa, y los rasgos de un viviente se
comportan como una pelota rodando cuesta abajo. Algunas características
descienden por canales profundos y bien marcados, lo que configura un margen
estrecho para las variaciones en su camino (en sus ejemplos, el color de los
ojos o la expresión facial de ciertas emociones básicas). Otros rasgos, sin
embargo, atraviesan configuraciones del terreno mucho más irregulares y
superficiales, por lo que su derrotero sólo se podría anticipar de un modo
estadístico. El aprendizaje y la cultura oficiarían como factores que
complejizan el paisaje y lo vuelven más intrincado, casi imprevisible.
En resumen, la mente humana no es una tabula rasa, y a pesar
de que los seres humanos vivimos vidas distintas, lo hacemos sobre la base de
reglas «lo suficientemente estrechas como para producir una amplia
superposición en las decisiones tomadas por todos los individuos, y de aquí una
convergencia lo suficientemente poderosa para ser llamada naturaleza humana».
Finalmente, en el capítulo denominado Surgimiento,
Wilson se adentra en dos de las discusiones filosóficas que quizás más se han
complejizado en los últimos años: la explicación de la conciencia y el problema
del libre albedrío. Acepto su propia aclaración: «La opinión que aquí se
presenta es personal y muy simplificada». Sin embargo, el resultado es bastante
pobre.
Su abordaje de la conciencia se inserta en la línea del
materialismo promisorio, que deposita su esperanza en los futuros desarrollos
de la neurociencia, y se limita a ofrecer una explicación que por momentos
niega y en otros supone la raíz de la subjetividad que es lo que se pretende
explicar. En cuanto al libre arbitrio, plantea el escenario de un
determinismo ontológico, combinado con una indeterminación epistémica, lo que
se traduce en la imposibilidad, de hecho, de predecir los comportamientos
individuales. El resultado es, más bien, una ilusión de libertad.
Agresión, sexo y altruismo
Wilson comienza su exposición alejándose de la tesis que
entiende la agresión como un instinto unitario para los vivientes. Señala, más
bien, que no es una estrategia adaptativa universal y que resulta altamente
variable entre las especies. No obstante, reconoce algunas motivaciones
prevalentes como: la territorialidad, las disputas de dominio, las vinculadas a
la sexualidad (control de las hembras), el castigo, etc. De entre estas formas
de violencia, la vinculada a la territorialidad suele ser la más violenta pero
también la más costosa y arriesgada, por lo que solo resulta adaptativa en
contextos de escasez. Desde esta perspectiva, incluso las guerras oficiarían
como una forma velada de control demográfico.
Sobre esta base ecológica, pero también genética e
instintiva, se añade luego todo un aparato cultural de justificación,
relacionado con la historia y las tradiciones. El tribalismo y la tendencia a
dividir el mundo en dos categorías: los buenos (cercanos) y los malos
(extraños), se realiza luego en la constitución de pueblos y naciones, y
subyace a los comportamientos xenofóbicos. En este caso, los canales de la
agresión son, volviendo a la metáfora de Waddington, profundos. No obstante, a
decir verdad, nuestra relación con la agresividad es ambivalente. Por un lado,
las sociedades han intentado regularla y restringirla, proponiendo criterios
para distinguir sus formas justificadas de las injustificadas. Sin embargo,
pese a todo, continúa inmersa en nosotros como una fuerza latente.
Para resumir, Wilson se asoma al misterio del mal en el
corazón del hombre, intentando mantenerse fiel a su reduccionismo, pero
sin desestimar la complejidad del problema. A nivel descriptivo hace un buen
trabajo, rastreando la raíz de las emociones que nos inclinan a la agresividad
e intentando insertarlas en un marco adaptativo e histórico-cultural. Le falta,
sin embargo, acceder al plano propiamente filosófico: a la definición de lo
que es una conducta irracional (que le permitiría distinguir la simple
agresividad de la violencia), a la cuestión de la dignidad de la persona que
nunca puede ser usada como medio, y a los motivos profundos por los que un ser
humano razonablemente pone un coto a su egoísmo.
En cuanto al tema del sexo, resulta interesante que su punto
de partida sea la discusión de que la sexualidad tenga como fin principal la
reproducción, pues, para ello, la naturaleza ha dispuesto formas más eficaces.
Tampoco concuerda con Dawkins en que se pueda dar una explicación
basada en el interés de los genes, porque en esa reproducción los gametos
transmiten apenas la mitad del patrimonio genético, y la proporción disminuye
proporcionalmente con cada generación. Finalmente, no tiene mucho sentido
afirmar que se ordena al placer, ya que en muchas especies no interviene en
absoluto en el proceso. La sexualidad se ordenaría, por fin, a favorecer la
diversidad por la cual la vida compensa la variabilidad ambiental.
Luego, enfrenta la cuestión particularmente delicada de la
sexualidad humana. Eso explica su extraña oscilación entre una posición
biologicista que privilegia al todo y una reivindicación de la libertad
individual, más consonante con el espíritu de su tiempo. Se acerca al biologicismo
cuando reconoce que las diferencias entre los sexos derivan en la «división de
trabajos más eficiente que es posible», y cuando defiende a la familia como un
núcleo de resistencia biológica contra los embates de la cultura; se aleja
cuando propone deconstruir las inclinaciones innatas del varón y de la mujer,
para mitigar la tendencia a perpetuar las diferencias de género, aun a costa de
impedir el desarrollo de algunas personas. Se acerca al biologicismo cuando
intenta una justificación de la homosexualidad en clave adaptativa, pero lo
trasciende al hablar de que la finalidad del sexo es la unión interpersonal por
encima de otra cosa.
Entiendo y comparto su intención de defender a las personas;
considero, sin embargo, que carece de los fundamentos metafísicos desde los
cuales esa defensa cobra un mayor sentido. No tiene una noción fuerte de
persona, que tiende por lo tanto a desdibujarse en el todo biológico,
debilitándose la conciencia de su dignidad y, correlativamente, la de su
cuerpo. Tampoco parece poder escaparse del lazo de una ética
utilitarista, cuando apuesta a la ingeniería social como una manera de formar
sociedades más justas y productivas, a costa del sacrificio de algunas
personas.
Finalmente, respecto del altruismo, me limitaré a decir que
lo considera imposible en su versión más dura (esto es, generosidad sin mezcla
alguna de interés egoísta) y que, en sus formas blandas, se podría explicar
simplemente a partir de emociones básicas compartidas con otros animales e
insectos.
Religión y esperanza
En los últimos capítulos, Wilson explicita su trasfondo
filosófico y esboza su visión acerca del futuro. Reconoce que «la
predisposición religiosa es la fuerza más poderosa y compleja de la mente
humana y con toda probabilidad una parte inseparable de la naturaleza humana».
Sin embargo, inmediatamente, atribuye este hecho a la mera necesidad humana de
creer.
Comienza entonces una reconstrucción sociobiológica del
fenómeno religioso, como un fenómeno natural y adaptativo complejo que engloba:
creencias, normas, rituales, costumbres, instituciones, etc. De alguna manera,
se concentra en los aspectos más naturales y humanos de lo sobrenatural, en
el por qué y el para qué de la inclinación
subjetiva a la fe.
Propone entonces un modelo basado en el concurso de tres
formas de selección natural. La primera, eclesiástica, consiste en la
elaboración de rituales y convenciones por medio de los cuales los dirigentes
religiosos logran impacto emocional en sus fieles. La evolución se da a nivel
cultural y las formas más efectivas para seducir las mentes prevalecen.
El segundo nivel está dado por la selección ecológica que
implica la necesidad de que las religiones contribuyan (o no obstaculicen) la
consolidación de grupos fuertes, saludables y fértiles, pues de otro modo
desaparecerían con el tiempo.
La tercera forma opera a nivel genético y se correlaciona
con una serie de inclinaciones cognitivo-afectivas que tienden a repetirse en
las religiones como: el establecimiento de tabúes, la dicotomización de
realidades sagradas y profanas, el culto al líder, la dominación jerárquica, la
esperanza escatológica, etc.. La interacción de estas tres selecciones
contribuye a la cohesión de los grupos y mejora su competitividad frente a
otros.
De todo lo anterior se sigue que la religión tiene algo de
inevitable, por lo que la idea de Dios y de creación no podrían ser eliminadas
del todo. No obstante, su propuesta implica el avance del materialismo
científico como una suerte de «mitología alternativa» llamada a acorralar a la teología,
disputándole la explicación de la realidad. En ese avance de la ciencia, que
ocupa progresivamente el lugar del antiguo Dios tapa agujeros, el
golpe final sobrevendrá con la explicación naturalista del mismo fenómeno
religioso.
El esquema que propone se inserta en las tradiciones de la
sociología y la psicología de la religión, así como en el paraguas
contemporáneo de las ciencias cognitivas de la religión, constituyendo una
aproximación valiosa en esos ámbitos. No es absurdo suponer que la supervivencia
y ubicuidad del fenómeno religioso sean un signo de su valor adaptativo. El
problema nace, como siempre en los reduccionismos, con la deriva hacia el nada
más que, es decir, cuando se pretende que los aspectos del objeto que se
presentan al propio método agotan su entera realidad.
Una segunda cuestión es su interpretación filosófica de que
las explicaciones científicas terminarán eliminando las respuestas teológicas o
reduciéndolas a una persistente reliquia irracional. Esto implica una confusión
de campos, que está en la base de la tesis del Dios tapa agujeros que
Wilson mismo se proponía criticar. En ese sentido, es lógico que las ciencias
acorralen a esa figura de Dios, porque esa figura no le hace justicia a su
acción causal.
De este error se sigue otro, que consiste en creer que las
explicaciones naturalistas de la religión invalidan su contenido. Eso no es
cierto, ya que explicar por qué el hombre está inclinado a creer, si bien puede
tener un efecto psicológico desacreditador, en realidad no dice nada de la
verdad o falsedad de lo creído. Para poner un ejemplo sencillo, sobran motivos
por los que sospechar de los elogios que un vendedor hace de un automóvil,
pero, en rigor, eso no implica una refutación de sus razones. A ese tipo de
argumentación se la ha dado el nombre de «falacia genética».
Finalmente, luego de toda su explicación de nuestra
naturaleza, expone los motivos de su esperanza. Entonces, sale a la luz su
mesianismo cientificista, su apuesta a que una ética, basada en la mejor
síntesis de las ciencias naturales y las humanas, logrará sustentar un código
de valores morales profundamente comprendido y aceptado. Esto implica
reconocer y combatir al egoísmo, el tribalismo y la inequidad a los que hemos
sido empujados desde el principio por nuestra herencia de mamíferos.
La etapa final, sin embargo, supone ir más lejos. Y, aunque
lamentablemente no le dedica al tema más que unas líneas, queda claro que el
verdadero progreso se dará cuando, tomando el derrotero evolutivo en nuestras
manos, podamos desarrollar una eugenesia verdaderamente democrática. Entonces,
en el marco de un proceso guiado por las ciencias, cada vez más refinadas para
tratar las cuestiones humanas, el conocimiento del cerebro nos abrirá las
puertas de la comprensión de la historia y de sus leyes, lo que nos permitirá,
a su vez, predecir algo del futuro de la humanidad.
Por último, la humanidad enfrentará al tercero y definitivo
de los dilemas. Los adelantos genéticos nos permitirán desentrañar los
mecanismos profundos de nuestras conductas sociales, y nos veremos obligados a
decidir si deseamos darle continuidad a nuestra naturaleza o provocar un
verdadero cambio de especie. De esta forma, Wilson desnuda en forma de
dilema el núcleo fundamental de las actuales narrativas transhumanistas.
Coincido en este punto que de la forma en que resolvamos este dilema dependerá
nuestra continuidad como seres humanos.
Conclusiones
La relación del hombre con su propia naturaleza biológica es
compleja y desafiante. Una interpretación correcta debería, en tal sentido, dar
razón de sus tres momentos constitutivos: la continuidad, la novedad y la
ruptura.
Evidentemente, una obra como la de Wilson subraya la
continuidad, la realidad del animal social que somos. De ahí que su mérito
principal es el de visibilizar nuestra peculiar biología como el condicionante
fundamental. Sin embargo, atravesado este punto, se vuelve necesario
separarse del autor, pues esta mirada biológica es apenas el marco inicial,
sobre el que deben integrarse las demás dimensiones: psicológica, social y
espiritual, dimensiones que están íntima y evidentemente implicadas, pero que
no son reductibles entre sí.
Se llega de esta manera a la segunda clave, la novedad, que
se produce en la biología con el despertar de la conciencia, y con el
nacimiento de una nueva ontología de significados y de valores. Finalmente, la
ruptura viene dada por todo aquello que en el ser humano no solo excede sino
que contradice las meras leyes de la supervivencia. La libertad en sentido
fuerte y la dignidad humana son manifestaciones en ese sentido.
En resumen, a casi cinco décadas de su publicación, Sobre
la naturaleza humana sigue siendo una aproximación interesante y
provocadora, pero en alguna medida incompleta al misterio que somos.
https://www.nuevarevista.net/revision-critiva-edward-wilson/

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