14.7.26

Durante muchas noches hemos visto cómo la luz de vuestra casa iba aproximándose

LUCES A LO LEJOS                                  

Lo primero fue decidir sobre el tiempo. Quienes aseguraban que no nos quedaba mucho quizás tenían razón, pero lo primero fue decidir que no había ninguna prisa, que el tiempo era nuestro ya para siempre.

A veces nos llegaba un rumor insidioso, una voz interior que nos decía que el camino que habíamos elegido era equivocado, así que de la misma forma tuvimos que decidir cómo tomarnos ese ruido. Lo hicimos nuestro también.

Sabíamos que más allá había otras casas, así que imaginábamos con ilusión el próximo encuentro. Aunque de igual manera admitíamos que el contacto podría ser decepcionante, incluso destructivo, y para eso también nos preparábamos.

Al fin y al cabo ya habíamos decidido igualmente que ellas, las personas con las que inevitablemente habríamos de encontrarnos, éramos nosotras.

Una tarde por fin echamos abajo el muro. El paisaje se abría seco. Ráfagas de viento empujaban polvo y gravilla sobre nuestras tierras y se colaban por las grietas de la casa. Hasta que no hubo caído el sol no comenzamos a distinguir las luces titilantes, aún lejos.

En los siguientes días nos reuníamos a primera hora para concretar cómo iríamos reparando y reconstruyendo la casa, y labrando, sembrando los terrenos a este lado del muro derruido.

La casa se había levantado junto a una acequia por la que no bajaba ni una gota de agua desde la última gran sequía, pero de los pozos del patio, una vez limpios y sus pretiles asegurados, extraíamos suficientes cubos de agua fresca.

Las primeras semanas teníamos que alumbrarnos con los velones que habíamos encontrado rebuscando en los cajones de una vieja consola arrumbada en el corral. Cuando por fin pudimos disponer de electricidad gracias al pequeño molino de viento que restauramos en la azotea, echábamos de menos la luz temblorosa y humilde de los velones, así que nos acostumbramos a utilizarla en las veladas nocturnas, cuando a alguien le apetecía cantar, bailar o leernos algo, y en las asambleas en el patio. 

Nos sentábamos alrededor de la llama, y nos parecía que las ideas y los acuerdos fluían más libremente. También nos gustaba, para terminar esas reuniones nocturnas, caminar, cogidas de la mano, hasta los límites de nuestro terreno, donde antes se levantaba el muro, y mirar a lo lejos, a las luces que, sin duda, iban acercándose.

Nuestros terrenos no eran especialmente fértiles. Lo descubrimos enseguida, con la primera cosecha. También era cierto que apenas teníamos experiencia agrícola, fuera de breves y modestas incursiones en el cuidado de huertos urbanos, cuando, a pesar de la amenaza continua de las excavadoras, aún parecía posible crear y mantener cooperativas autónomas que nos libraran del Gran Hundimiento que se avecinaba, y que por fin llegó y nos forzó a abandonarlo todo, convencidas de que para volver a empezar lo primero era no tener prisa, no repetir el error de necesitar más de lo preciso y no esperar, pues las luces estaban ahí, se acercaban. Lo podíamos comprobar cada noche.

Así que aprendimos. Nos dimos cuenta de que a nuestras tierras había que tratarlas con más cuidado, como a una amiga muy apreciada, y no exigirles más de lo que podían dar. Plantamos almendros, saneamos algunos olivos supervivientes. Y mientras aguardábamos a que sus frutos nos sonrieran, aprovechamos los rincones más húmedos al pie de la casa para labrar pequeños trozos de tierra en los que conseguimos hacer crecer algunas pocas hortalizas y tomates, y algo más allá, en la falda de una pequeña loma, cereal suficiente para la harina con la que elaboraríamos el pan semanal que repartíamos en pequeños trozos antes de cada cena.

Las luces iban aproximándose. ¿Cómo sería el encuentro? Nos ilusionaba lo que pudieran ofrecernos, aunque tan solo fuera un abrazo. Nosotras les mostraríamos los campos labrados y el huerto. Les contaríamos que la casa estaba inhabitable cuando llegamos; que el abandono, la soledad, que ya sufría, anterior al Gran Hundimiento, había resquebrajado muros, alimentado hierbas en las grietas y quebrado gran parte de las tejas. 

Les explicaríamos que en los techos de las habitaciones había agujeros por donde veíamos asomar las caras sonrientes de los niños en los primeros días, mientras limpiábamos dentro, y sellábamos las paredes con nueva argamasa, desatascábamos la chimenea de la cocina, encalábamos los muros, las tapias de los corrales. Y en fin les diríamos que la tarde que completamos el tejado, como era lluviosa y fría, nos reunimos en la cocina, encendimos fuego y preparamos una cena especial: verdura asada, aceitunas, almendras, compota de moras, limonada, y nuestro pequeño trozo de pan.

Celebrábamos estar juntas, vecinas de este mundo nuevo que íbamos a compartir con ellas, las habitantes de esas otras casas que se acercaban poco a poco a conocernos.

Y es que ya lo teníamos todo: el tiempo, un mundo rehecho y compartido, nuestras dudas y contradicciones para ser discutidas a la luz de los velones. Teníamos el canto de los pájaros, que de nuevo volvían a revolotear por la huerta, el ulular de las lechuzas bajo la luna de invierno, en el olivar cargado de aceitunas. Perros, gatos, compañeros sonrientes. Solo faltaban las luces, pero estaban llegando.

Yo fui la primera en salir a la puerta aquella mañana del encuentro. Al poco ya estábamos todas en silencio contemplando cómo nuestras vecinas iban acercándose, entrando en el patio, observando la casa, en cuya fachada encalada se dibujaba ya el amanecer, el huerto, los campos de almendros, el olivar. 

Por fin, una de ellas vino adonde nosotras aguardábamos, junto al umbral de la entrada. “Os estábamos esperando”, dijo. “Durante muchas noches hemos visto cómo la luz de vuestra casa iba aproximándose”. Después nos abrazó.

Rafael Daza Bravo

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