TODO ES MÁS TENSO
SÍ, QUÉ LE VAMOS A
HACER. PERO ESO NO PUEDE DESALENTARNOS
El talento de Elvira
Lindo se extiende por la radio, las novelas, el cine y el periodismo. Ahora, la edición revisada de Don de gentes permite volver a las crónicas de un tiempo cercano que ya ha
cambiado mucho. El humor, la mirada afilada y la curiosidad mantienen intacta
su vigencia, sin caer en la nostalgia.
Empezando por lo más evidente, ¿qué te ha llevado a
recuperar estos artículos?
Siendo sincera, no fue a mí a quien se le ocurrió. No pienso demasiado en mi carrera, por llamar así al camino que sigo en este oficio. Mi editora y mi agente releyeron una selección y creyeron que tenían total vigencia. Yo quité tres de la selección porque ya no me sentía a gusto con ellos. Los que están pueden leerse como si estuvieran escritos hoy. Encuentro en ellos gracia y ritmo y más cosas que no diré porque no soy yo quien los debe definir.
Has explicado que el humor te ha supuesto más un lastre
que un pasaporte a la hora de entrar en el mundo editorial y literario «serio».
Cuando empezaste, ¿el hecho de ser mujer añadía todavía más dificultades?
Lo del humor creado por mujeres es algo que llevaría mucho
tiempo analizar. Por un lado, al escribir humor, la crítica puede tomarte menos
en serio; por otro, te coloca en un lugar inferior, lo cual viene muy bien para
practicar la consabida condescendencia hacia lo escrito por mujeres. Digamos
que el humor te excluye de las más altas categorías, pero te sitúa en un margen
que, a quien quisiera despreciarte, le pudiera resultar cómodo. Te diría que el
humor es algo innato en mí; siempre acaba brotando, aunque aborde un asunto
serio, así que estoy destinada a vivir en los márgenes. La ironía me mantiene
joven y alerta.
¿Han avanzado el público y el mundo editorial en estas
últimas décadas?
El público me ha seguido siempre y me ha permitido vivir de
este oficio. No es fácil: hay mucha gente que escribe de maravilla y no ha
tenido esa suerte. En cualquier trabajo creativo hay que contar con el talento,
pero también con la suerte, el don de la oportunidad y el apoyo de personas que
crean en ti.
Don de gentes se mueve entre impresiones neoyorquinas, por un lado, y madrileñas por
otro. Al releerlas, ¿sientes que conservan la mirada con la que fueron
escritas? ¿El paso del tiempo pudiera teñirlas de nostalgia?
No soy una persona nostálgica, y a las pruebas me remito: no
conozco a nadie que se haya mudado de casa, barrio o país tantas veces como yo.
Eso significa que sé dejar cosas atrás. Es probable que tenga que ver con esa
infancia nómada que nos dio mi padre. Yo solo siento nostalgia de las cosas que
merecían la pena y que este presente cruel ha borrado o está borrando. Me
refiero a algún paisaje querido, me refiero a la libertad que teníamos los
niños cuando yo lo fui, me refiero a mi amor por los veranos que se están desvaneciendo,
me refiero a un mundo menos entregado a lo virtual y más atento al prójimo real
(no a las redes).
Siento, por supuesto, nostalgia por un Nueva York que yo
todavía concebía como ciudad de acogida, aunque en estos artículos hay un rumor
de extrañamiento ya. Aquel Nueva York, que me cambió la vida, se ha quedado muy
desdibujado y se ha esfumado mi amor por ese país que está permitiendo que un
presidente grotesco expulse a quienes lo levantan a diario con sus manos. Claro
que siento nostalgia de un mundo menos incierto, pero no es una nostalgia cursi
o sentimentaloide, no tiene nada que ver con que yo me sienta frustrada, al
contrario, sé que soy una privilegiada en un presente donde se abandera la
injusticia con un descaro que yo no había visto antes. Eso sí, procuro mejorar
el mundo en la medida de lo posible, en lo que me atañe, aquello en lo que
puedo intervenir.
Las alusiones políticas son escasas en comparación a
menciones más familiares o culturales, pero están igualmente atinadas. ¿Escogiste
una visión más estupefacta de la realidad sobre la que escribir?
Es que yo escribo de política desde la literatura. No soy
analista ni aspiro a serlo, tampoco me interesa. Tengo la suerte de ser
escritora y de observar el mundo acercándome a los seres humanos, sacándolos en
primer plano. Creo que esa es la visión de una cronista literaria. Para
analizar lo político desde un punto de vista teórico ya están ciertos expertos.
Los periódicos siempre tuvieron escritores que contaban lo que ocurría
situándose a la altura del montón.
Actualmente, ¿sería posible sostener un tono ácido y
humorístico dada la excesiva crispación que se traduce en los medios, sobre
todo en los televisivos?
Es posible. Yo lo hago algunos domingos en los que me siento
inspirada. Todo es más tenso, sí, pero qué le vamos a hacer, eso no puede
desalentarnos. Yo no escribo pensando en las reacciones, tampoco las leo. No
podría vivir. Y te diré que mis artículos siempre tuvieron su aspecto polémico.
No he sido una escritora que dejara indiferente, para bien o para mal. Hay que
tener la piel curtida para este oficio. Si no la tienes, tendrás que dedicarte
a otra cosa.
Tu familia es una de las bazas de los artículos. ¿Cuándo
notaste que entre estas páginas estaba el «primer latido» que te llevaría a tu
celebrada novela A corazón abierto?
Pues no reparé en ello. Me lo dijo mi editora, que me lee
con más atención que yo, que no me leo nunca salvo para editar un texto. Ella
me lo dijo: estos artículos contienen A corazón abierto y
también En la boca del lobo.
¿Se ha recrudecido la mirada ajena sobre el trabajo de
uno, en especial la de los lectores? ¿Hay una brecha generacional entre las
gentes del oficio y los lectores?
No sabría decirte. Nos faltan jóvenes entre los lectores de
periódico. Hay lectores para la literatura, pero faltan para el periodismo. Y
eso se nota mucho. La población está dejando que se le informe a través de
titulares. Eso es peligroso, porque crea estados de opinión, como vemos, muy
polarizados, poco reflexivos.
Creo también que no debemos dejarnos llevar por el discurso
generacional que lo simplifica todo. Esta feroz incertidumbre nos afecta a
todos, a la infancia, a los viejos, a la juventud. Toda esa retahíla ya tan
escuchada de «qué mundo nos han dejado las generaciones anteriores.»… Mira, yo
he luchado, creo que he luchado por un mundo mejor y tampoco merezco que
nuestros derechos se encojan. Estamos sometidos a un cambio brutal promovido
por poderosos que solo buscan beneficiarse a sí mismos. Así debemos
entenderlos, no buscar culpabilidades en los que tienen treinta años más que
tú.
Como lectora de otros, o como espectadora cinematográfica
y teatral, ¿te causa más entusiasmo el tema a tratar o el punto de vista-tono
con que lo refleje?
Me gusta la elección del tono; a partir de ahí, la historia
se modula con la intensidad que tú busques. Los temas son los mismos de
siempre: amar, morir, sobrevivir, odiar, agredir, buscar otros horizontes… Son
los temas de la literatura universal que han estado ahí desde el inicio. Yo
diría que lo que se elige es cuál es la voz que cuenta la historia y en qué
tono.
Julio Camba, Antonio Machado, Louisa May, Antón Chéjov.
¿Cómo de determinantes resultan las influencias a lo largo de una vida? Como se
dice de las amistades, ¿cuesta que lleguen otras nuevas que acompañen y estén a
la altura de las de siempre?
No me cuesta tener los brazos abiertos a nuevas relaciones.
Cada momento tiene su música y su literatura. Y he ido haciendo nuevas
amistades a lo largo de mi vida. Soy muy receptiva a que me sorprendan. No me
gusta aburrirme.
¿Ser despistado ayuda a reparar en aquello que se quiere
destacar cuando uno escribe artículos de opinión? ¿Y cuando uno escribe, en
general?
Tras tantos años de experiencia, creo que alguien que
escribe debe tener capacidad de asombro; ser, en la medida de lo posible, un
espíritu inocente, no dar su posición por sentada. Se aprende a mirar cada día.
Grace Paley tituló un ensayo sobre escritura La importancia de no
saberlo todo. Esa es la clave. Presta atención, decía Machado. Muchas veces
creemos saber y no sabemos. Hay que prestar atención. Yo pienso siempre que soy
despistada y que, para enterarme de algo, tengo que mirar las cosas dos veces.
Reírse de uno mismo, ¿tiene más de autodefensa o de
aprendizaje consciente y natural?
Te ríes de ti mismo para luego poder reírte de los demás. Es
el salvoconducto con el que debe contar cualquier humorista. Si solo te ríes de
los demás, no estás practicando bien tu oficio.
Tú contienes el mejor material posible para, a partir de
ahí, analizar el mundo. De otra forma, estarías desarrollando un estilo
soberbio. Puede estar bien, pero a mí no me interesa.
¿Qué papel sigue jugando la literatura de entre todas las
experiencias de ocio con las que contamos hoy en día?
Fundamental. Ahora mismo, está activando relaciones en
lugares muy pequeños, donde se convierte en una excusa para encontrarse y
hablarse. Hay gente que afirma que la literatura no ha de tener un fin social
en sí misma. Puede ser. Pero ¿no es maravilloso que reúna a personas para
hablar de libros?
Por otra parte, también amplía el mundo de las personas
solitarias. Yo tengo un público muy heterogéneo y, ¿sabes las cosas tan
apasionadas que me dice gente de todas las edades? Me asombro de ser alguien
importante en sus vidas. Y lo comprendo, porque en ocasiones a mí me pasó con
algún autor. Sientes algo parecido al amor. Puedes llegar a enamorarte. Pasa
con un libro, también con la música. Una voz, al final. Todo se resume en una
voz que te habla solamente a ti.

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