23.7.26

La nostalgia de un mundo menos incierto, me mueve a mejorarlo en lo que me atañe

TODO ES MÁS TENSO                                         

SÍ, QUÉ LE VAMOS A HACER. PERO ESO NO PUEDE DESALENTARNOS

El talento de Elvira Lindo se extiende por la radio, las novelas, el cine y el periodismo. Ahora, la edición revisada de Don de gentes  permite volver a las crónicas de un tiempo cercano que ya ha cambiado mucho. El humor, la mirada afilada y la curiosidad mantienen intacta su vigencia, sin caer en la nostalgia.


Empezando por lo más evidente, ¿qué te ha llevado a recuperar estos artículos?

Siendo sincera, no fue a mí a quien se le ocurrió. No pienso demasiado en mi carrera, por llamar así al camino que sigo en este oficio. Mi editora y mi agente releyeron una selección y creyeron que tenían total vigencia. Yo quité tres de la selección porque ya no me sentía a gusto con ellos. Los que están pueden leerse como si estuvieran escritos hoy. Encuentro en ellos gracia y ritmo y más cosas que no diré porque no soy yo quien los debe definir. 

Has explicado que el humor te ha supuesto más un lastre que un pasaporte a la hora de entrar en el mundo editorial y literario «serio». Cuando empezaste, ¿el hecho de ser mujer añadía todavía más dificultades?

Lo del humor creado por mujeres es algo que llevaría mucho tiempo analizar. Por un lado, al escribir humor, la crítica puede tomarte menos en serio; por otro, te coloca en un lugar inferior, lo cual viene muy bien para practicar la consabida condescendencia hacia lo escrito por mujeres. Digamos que el humor te excluye de las más altas categorías, pero te sitúa en un margen que, a quien quisiera despreciarte, le pudiera resultar cómodo. Te diría que el humor es algo innato en mí; siempre acaba brotando, aunque aborde un asunto serio, así que estoy destinada a vivir en los márgenes. La ironía me mantiene joven y alerta.

¿Han avanzado el público y el mundo editorial en estas últimas décadas?

El público me ha seguido siempre y me ha permitido vivir de este oficio. No es fácil: hay mucha gente que escribe de maravilla y no ha tenido esa suerte. En cualquier trabajo creativo hay que contar con el talento, pero también con la suerte, el don de la oportunidad y el apoyo de personas que crean en ti.

Don de gentes se mueve entre impresiones neoyorquinas, por un lado, y madrileñas por otro. Al releerlas, ¿sientes que conservan la mirada con la que fueron escritas? ¿El paso del tiempo pudiera teñirlas de nostalgia?

No soy una persona nostálgica, y a las pruebas me remito: no conozco a nadie que se haya mudado de casa, barrio o país tantas veces como yo. Eso significa que sé dejar cosas atrás. Es probable que tenga que ver con esa infancia nómada que nos dio mi padre. Yo solo siento nostalgia de las cosas que merecían la pena y que este presente cruel ha borrado o está borrando. Me refiero a algún paisaje querido, me refiero a la libertad que teníamos los niños cuando yo lo fui, me refiero a mi amor por los veranos que se están desvaneciendo, me refiero a un mundo menos entregado a lo virtual y más atento al prójimo real (no a las redes). 

Siento, por supuesto, nostalgia por un Nueva York que yo todavía concebía como ciudad de acogida, aunque en estos artículos hay un rumor de extrañamiento ya. Aquel Nueva York, que me cambió la vida, se ha quedado muy desdibujado y se ha esfumado mi amor por ese país que está permitiendo que un presidente grotesco expulse a quienes lo levantan a diario con sus manos. Claro que siento nostalgia de un mundo menos incierto, pero no es una nostalgia cursi o sentimentaloide, no tiene nada que ver con que yo me sienta frustrada, al contrario, sé que soy una privilegiada en un presente donde se abandera la injusticia con un descaro que yo no había visto antes. Eso sí, procuro mejorar el mundo en la medida de lo posible, en lo que me atañe, aquello en lo que puedo intervenir. 

Las alusiones políticas son escasas en comparación a menciones más familiares o culturales, pero están igualmente atinadas. ¿Escogiste una visión más estupefacta de la realidad sobre la que escribir?

Es que yo escribo de política desde la literatura. No soy analista ni aspiro a serlo, tampoco me interesa. Tengo la suerte de ser escritora y de observar el mundo acercándome a los seres humanos, sacándolos en primer plano. Creo que esa es la visión de una cronista literaria. Para analizar lo político desde un punto de vista teórico ya están ciertos expertos. Los periódicos siempre tuvieron escritores que contaban lo que ocurría situándose a la altura del montón. 

Actualmente, ¿sería posible sostener un tono ácido y humorístico dada la excesiva crispación que se traduce en los medios, sobre todo en los televisivos?

Es posible. Yo lo hago algunos domingos en los que me siento inspirada. Todo es más tenso, sí, pero qué le vamos a hacer, eso no puede desalentarnos. Yo no escribo pensando en las reacciones, tampoco las leo. No podría vivir. Y te diré que mis artículos siempre tuvieron su aspecto polémico. No he sido una escritora que dejara indiferente, para bien o para mal. Hay que tener la piel curtida para este oficio. Si no la tienes, tendrás que dedicarte a otra cosa.

Tu familia es una de las bazas de los artículos. ¿Cuándo notaste que entre estas páginas estaba el «primer latido» que te llevaría a tu celebrada novela A corazón abierto?

Pues no reparé en ello. Me lo dijo mi editora, que me lee con más atención que yo, que no me leo nunca salvo para editar un texto. Ella me lo dijo: estos artículos contienen A corazón abierto y también En la boca del lobo.

¿Se ha recrudecido la mirada ajena sobre el trabajo de uno, en especial la de los lectores? ¿Hay una brecha generacional entre las gentes del oficio y los lectores?

No sabría decirte. Nos faltan jóvenes entre los lectores de periódico. Hay lectores para la literatura, pero faltan para el periodismo. Y eso se nota mucho. La población está dejando que se le informe a través de titulares. Eso es peligroso, porque crea estados de opinión, como vemos, muy polarizados, poco reflexivos. 

Creo también que no debemos dejarnos llevar por el discurso generacional que lo simplifica todo. Esta feroz incertidumbre nos afecta a todos, a la infancia, a los viejos, a la juventud. Toda esa retahíla ya tan escuchada de «qué mundo nos han dejado las generaciones anteriores.»… Mira, yo he luchado, creo que he luchado por un mundo mejor y tampoco merezco que nuestros derechos se encojan. Estamos sometidos a un cambio brutal promovido por poderosos que solo buscan beneficiarse a sí mismos. Así debemos entenderlos, no buscar culpabilidades en los que tienen treinta años más que tú.

Como lectora de otros, o como espectadora cinematográfica y teatral, ¿te causa más entusiasmo el tema a tratar o el punto de vista-tono con que lo refleje?

Me gusta la elección del tono; a partir de ahí, la historia se modula con la intensidad que tú busques. Los temas son los mismos de siempre: amar, morir, sobrevivir, odiar, agredir, buscar otros horizontes… Son los temas de la literatura universal que han estado ahí desde el inicio. Yo diría que lo que se elige es cuál es la voz que cuenta la historia y en qué tono.

Julio Camba, Antonio Machado, Louisa May, Antón Chéjov. ¿Cómo de determinantes resultan las influencias a lo largo de una vida? Como se dice de las amistades, ¿cuesta que lleguen otras nuevas que acompañen y estén a la altura de las de siempre?

No me cuesta tener los brazos abiertos a nuevas relaciones. Cada momento tiene su música y su literatura. Y he ido haciendo nuevas amistades a lo largo de mi vida. Soy muy receptiva a que me sorprendan. No me gusta aburrirme.

¿Ser despistado ayuda a reparar en aquello que se quiere destacar cuando uno escribe artículos de opinión? ¿Y cuando uno escribe, en general?

Tras tantos años de experiencia, creo que alguien que escribe debe tener capacidad de asombro; ser, en la medida de lo posible, un espíritu inocente, no dar su posición por sentada. Se aprende a mirar cada día. Grace Paley tituló un ensayo sobre escritura La importancia de no saberlo todo. Esa es la clave. Presta atención, decía Machado. Muchas veces creemos saber y no sabemos. Hay que prestar atención. Yo pienso siempre que soy despistada y que, para enterarme de algo, tengo que mirar las cosas dos veces.

Reírse de uno mismo, ¿tiene más de autodefensa o de aprendizaje consciente y natural?

Te ríes de ti mismo para luego poder reírte de los demás. Es el salvoconducto con el que debe contar cualquier humorista. Si solo te ríes de los demás, no estás practicando bien tu oficio. 

Tú contienes el mejor material posible para, a partir de ahí, analizar el mundo. De otra forma, estarías desarrollando un estilo soberbio. Puede estar bien, pero a mí no me interesa.

¿Qué papel sigue jugando la literatura de entre todas las experiencias de ocio con las que contamos hoy en día?

Fundamental. Ahora mismo, está activando relaciones en lugares muy pequeños, donde se convierte en una excusa para encontrarse y hablarse. Hay gente que afirma que la literatura no ha de tener un fin social en sí misma. Puede ser. Pero ¿no es maravilloso que reúna a personas para hablar de libros? 

Por otra parte, también amplía el mundo de las personas solitarias. Yo tengo un público muy heterogéneo y, ¿sabes las cosas tan apasionadas que me dice gente de todas las edades? Me asombro de ser alguien importante en sus vidas. Y lo comprendo, porque en ocasiones a mí me pasó con algún autor. Sientes algo parecido al amor. Puedes llegar a enamorarte. Pasa con un libro, también con la música. Una voz, al final. Todo se resume en una voz que te habla solamente a ti.

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