UN HOGAR LLAMADO MUNDO
Habitar el
mundo. Una invitación a la estética de lo cotidiano.
«Nos hemos convertido
en consumidores de lo efímero, en lugar de creadores o cuidadores de lo
importante» - Raquel Cascales
¿Dónde está la belleza en una sociedad donde todo es aesthetic? En tiempos de estetización digital masiva, se han perdido las herramientas y la sensibilidad para juzgar con criterio estético. Y esto no es asunto de cada cual o de cada casa. Es un asunto que afecta a las comunidades, a las ciudades y a la configuración del mundo como explica Raquel Cascales en este ensayo.
En Habitar el mundo. Una invitación a la estética de lo cotidiano, la autora plantea un recorrido por las distintas dependencias de una casa que, en gran medida, guía la filósofa japonesa Yuriko Saito. Ambas reivindican una dimensión estética, más allá del arte, que abarque el terreno de los espacios cotidianos, las acciones y las decisiones. Con ellas descubrimos que toda realidad es estética.
El tono de voz, cerrar una puerta, la disposición de los bancos de
una plaza o de los productos en un supermercado revelan que la manera en que se
presentan las cosas no es neutra. Nos influye, nos condiciona, nos afecta o nos
tira para atrás. Frente a la generalización de la estética como cosmética, la
obra reivindica una estética encarnada en gestos que permitan hogarizar el
mundo.
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Aesthetic. Para los nacidos en el siglo pasado
es difícil entender el significado del término y aún más explicarlo. Para las
personas del XXI es un adjetivo que aplicar y diseminar sobre todo aquello que
es agradable, coordinado, apacible… especialmente desde y para la mirada
digital. Sin duda es fotogénico, puede ser bonito, pero no tiene que ver con la
belleza como advierte Raquel Cascales, autora del libro Habitar el mundo. La
razón es que la belleza tiene que ver con la pertenencia de la forma a su
fondo, es poderosa (y hermosa) razón de ser. Recuerda y advierte Cascales
contra la estética «que se reduce a apariencia», que «puede atraernos, pero
también dejarnos vacíos», tal y como en su día avisó Oscar Wilde con
frases tan contundentes como: «Sostengo que el primer canon del arte es que la
Belleza es siempre orgánica, y procede del interior, y no del exterior, que la
Belleza procede de la perfección de su propio ser y no de ninguna belleza
añadida».
Los griegos lo sabían y tenían una palabra para ello, ese kalos kagathos, que unía lo bueno y lo bello. Los artesanos medievales también eran capaces de percibir esa conexión que se rompió en el Renacimiento dónde lo intelectual, el terreno del arte, se separó radicalmente de lo manual. Recuerda en su obra Cascales como el filósofo Charles Batteux vino a darle la puntilla a esa separación al acuñar el término de las Bellas Artes, expulsando a todos los objetos útiles.
También Hegel hizo lo suyo al privilegiar la belleza artística, por ser esta expresión de la libertad humana. Hubo posteriores intentos de mitigar la fractura como el movimiento Art & Crafts de William Morris o la Bauhaus alemana de los años 20, además de iniciativas personales: desde Duchamp o Beuys hasta performers contemporáneos como Isidoro Valcárcel.
Cuesta mucho desenraizar la estética de su tiesto artístico
e intentar extenderla al conjunto de actividades que pueblan el jardín de la
vida. En esta tarea, la autora toma de guía a la filósofa japonesa Yuriko
Saito para reflexionar sobre el significado y alcance de esa estética de
lo cotidiano, a la que en 2007 Saito dio forma de libro: Everyday
Aesthetics. «Había que salir del esquema centrado solo en el arte para
redescubrir la dimensión estética que tienen los espacios que habitamos, los
objetos que usamos, las formas que imprimimos a las cosas con nuestras acciones
o las decisiones que tomamos a lo largo del día», escribe Cascales. ¿Las
decisiones?
Tomamos un camino algo más largo porque tiene más árboles o
porque está mejor iluminado, queremos que nos atienda esa persona que está
detrás de la ventanilla y no otra, nos llama la atención la cubierta de un
libro, la etiqueta de un vino… Normalmente estos gestos con apariencia de
irracionalidad son sencillamente decisiones estéticas. El mundo se configura a
través de ellas como bien saben los expertos en marketing, que
las explotan en términos comerciales. Pero también tienen una dimensión
política, urbanística, ambiental, moral. «Configuramos el mundo a través
de nuestras decisiones y acciones estéticas», escribe la autora, que
centra su ensayo en el espacio más cercano, el doméstico.
Las distintas estancias de una casa irán dando paso a
distintas formas de ver y habitar el entorno a la manera de Saito, cuya
propuesta no tiene que ver con embellecer lo cotidiano sino en saber «reconocer
la dimensión estética inherente a todo aquello que nos rodea y, con ello,
reentrenar nuestra sensibilidad. Aprender a juzgar estéticamente no para
distinguir lo bonito de lo feo, o para volver más aesthetic nuestra
vida, sino para ver cómo la manera en la que se me presenta cualquier realidad
(objeto, imagen, persona) influye en mi manera de juzgarla y de actuar respecto
a ella».
Este es el poder de la estética, sobre el que la autora se
explaya en el capítulo dedicado al vestíbulo, un punto de llegada y de partida
desde donde acometer la tarea de hogarizar el mundo con nuestros
actos y decisiones estéticas. «Habitar estéticamente el mundo no es solo añadir
belleza, sino desvelarla donde ya estaba». Por ejemplo, en la cocina.
Saborear, saber…
Existe una continuidad entre el sentido y el conocimiento.
Al final, saber viene del latín sapĕre, que originalmente significaba «tener sabor»
y, por extensión, «tener buen juicio, ser sensato, entender». De esta segunda
acepción acabó surgiendo el saber. Con el tiempo, la relación
se ha inclinado perversamente de uno de los lados y lo intelectual se confundió
o redujo a una mera cuestión de apetencias, a la gestión del imperio del me
gusta.
En un principio, el filósofo alemán Alexander
Baumgarten acuñó el término estética para reivindicar el
valor del conocimiento sensible y distinguirlo del racional. Una gran
diferencia entre ambos era que el último se suponía universal y compartido,
mientras el primero «no solo hablaba del objeto, sino también del sujeto que lo
percibía. Y eso, por aquel entonces, era inaudito», explica la profesora Cascales.
El gusto, sin embargo, no era una selva: tenía cánones, normas y podía educarse
y refinarse. La pregunta crucial —que sigue resonando— es «cómo se hace, quién
lo hace y desde qué criterios».
El Romanticismo enseñó que el gusto es ambas cosas: expresión
individual susceptible de formarse. El riesgo es doble: exacerbar lo primero,
absolutizando el juicio individual, o lo segundo, cayendo en el elitismo
cultural.
La autora aboga por una «alfabetización estética» no para
volvernos pedantes sino para mirar de otro modo el mundo. No se trata del genio
creador que popularizó el Romanticismo ni el «todos somos artistas» de Joseph
Beuys. Se trata de convertirnos en creadores, obreros del mundo. Los world
makers de Saito no externalizan ni delegan la labor creadora a
los artistas y tampoco son espectadores pasivos: se trata de «pensar de qué
manera mis actos están configurando mi entorno y, con ello, también mi propia
vida».
El salón: la galería doméstica
Si hubiera un ámbito doméstico equiparable a un museo o una
galería de arte ese sería el salón. Allí se disponen las piezas que queremos
exhibir, las que deseamos que nos sean atribuidas, con las que nos
identificamos.
Como los protagonistas del libro de Perec Las
cosas, la vida está definida por el deseo de tener cosas y qué cosas son
las que deseamos tener. Desde los años 90, el hiperconsumo y el
turbocapitalismo, unidos a la deslocalización, auparon el criterio casi único
de lo barato. Belleza y funcionalidad se rindieron ante los límites del precio
y la obsolescencia programada. «Nos hemos convertido en consumidores de lo
efímero, en lugar de creadores o cuidadores de lo importante», se lee en
este Habitar el mundo. Creemos que no pasará nada y que una
ganga que ha cruzado el mundo en avión hasta llegar a nuestras manos para durar
una temporada o ser guardado con etiqueta es un triunfo personal. Es una
catástrofe mundial. Como reza el título de uno de los libros de relatos
de Patricio Pron, Lo que está y no se usa nos fulminará.
Al igual que sucede con las personas, hay algunos objetos,
siempre pocos, que verdaderamente nos afectan y a los que queremos cuidar para
que duren todo lo más posible, más que nuestro cuerpo incluso. Con esos objetos
experimentamos «una mayor inclinación a repararlos y cuidarlos, transformando
así nuestra relación con lo cotidiano en un acto de responsabilidad estética y
ética». Reparar siempre, jamás desechar algo hasta exprimirlo es una actitud y
una gran tarea ética y estética que podría tener grandes repercusiones.
El baño: el cuerpo revelado
Es el espacio privado por excelencia, donde hay que pedir
permiso para entrar, donde el cuerpo se desnuda y se revela. Histórica y
artísticamente eso ocurrió en el Renacimiento, que impuso su ideal de cuerpos
perfectos, a la manera griega. La universalización de ese canon trajo algunos
efectos colaterales como la invisibilización o escarnio de los cuerpos no
ideales. ¿Qué hacer con ellos, con los otros, con todos los cuerpos? En este
siglo tras las guerras y la tecnificación del XX (agudizada en lo que va de
XXI), el cuerpo vuelve a ser un sujeto de reflexión de primer orden (de hecho,
es el motivo
conductor del Festival de las Ideas que se celebra este mes del 17 al
20 de septiembre en Madrid).
Tradicionalmente, en el mundo de la filosofía, la referencia
obligatoria al pensar el cuerpo era el francés Merleau-Ponty, que en su
obra Fenomenología de la percepción, lo ponía al frente de la
experiencia y conocimiento del mundo. Más recientemente, el filósofo
pragmático Richard Shusterman defiende su teoría somestética según
la cual el cuerpo no es un ente pasivo, sino el motor de actividad de la
experiencia estética cotidiana. Este concepto que moviliza todos los sentidos
está en línea con los postulados de Yuriko Saito, que defiende que solo una
«atención encarnada y multisensorial» puede hacer que la «estética atraviese
todas las dimensiones de la persona: sensibilidad, afectividad, racionalidad y
relacionalidad».
Sobre atención encarnada sabía mucho la filósofa Simone
Weil. Para ella, la atención no era solo cuestión de intelecto, sino
de presencia en un doble sentido: hay que «concentrarse plenamente en el objeto
o persona a la que se está atendiendo y, al mismo tiempo, retirarse para dejar
que la verdad de lo externo penetre», explica Raquel Cascales. Hay que hacer de
la carne un ente poroso y de la atención un movimiento de ida y vuelta.
Hablando de vaivenes, la autora recupera aquí una hermosa
definición de belleza que la RAE ofrecía hasta 2001. Definía la belleza como la
«propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite
espiritual». Existiría pues inclinación y retorno en forma de gozo.
El dormitorio: estética del cuidado
En 1969 la estadounidense Mierle
Laderman, atravesada por las tensiones e interferencias que su maternidad
tenía con su práctica artística, publicó el Manifesto for Maintenance
Art, que consideraba acciones creativas y valiosas las tediosas y
rutinarias tareas domésticas y de cuidado. Su mítica frase «Después de la
revolución, ¿quién recoge la basura el lunes por la mañana?» es un ejemplo
perfecto de esta tesis. Pero fue más allá, convirtió en arte la tarea —¡las
tareas!—y declaró que actividades como lavar, limpiar, cocinar o cuidar
dejarían de ser algo separado o distinto de su obra.
En Perfect Days, la película de Win Wenders, un
limpiador de baños públicos se esmera en dejarlos impecables y es feliz con
ello. Su trabajo es importante para él y para la comunidad.
Ambas propuestas, procedentes del ámbito de las artes, ilustran
de forma radical la propuesta de Yuriko Saito, que, en su más
reciente obra Estética del cuidado, trata de «ensanchar el
campo de lo estético para incluir acciones, relaciones y ritmos». Esos
cambios en lo pequeño no deben desecharse: tienen efectos gigantescos. El
cuidado recibido pone en marcha una eficaz lógica reproductiva. En una sala
impoluta nadie tarda un segundo en recoger un papel que se cae al suelo, pero
no pasa lo mismo en una calle que no ha sido barrida en una semana…
Esta tendencia afecta a la esfera pública y da cuenta de la
dimensión política de le estética: «Al limpiar una playa, recoger basura de la calle,
regar un jardín comunitario… no solo estamos cuidando un entorno físico:
estamos reconociendo la vida de otros, visibles o invisibles, que también lo
habitan. Estamos amando al mundo. Con estos actos estéticos es como realmente
se embellece el mundo y, por tanto, como verdaderamente se lleva a cabo una
mejora ética».
En esto consiste hogarizar el mundo, en no
delegar la relevante tarea de agentes que, con cada gesto, con cada elección,
damos forma a la casa común que habitamos.

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