El catedrático de
Filosofía del Derecho Francisco José Contreras traza en diez puntos un mapa que
recorre el origen y las esencias del capitalismo y sus relaciones con la moral
y la religión.
Por el camino caen algunos tópicos, como por ejemplo que el mercado sea un juego de suma cero, como creen de forma coincidente los antiliberales de derecha e izquierda, o que el capitalismo sea la apoteosis del egoísmo, como apuntan sus enemigos. Tampoco es una jungla, sino un juego sometido a reglas estrictas.
Con todo, como cualquier otro sistema, el capitalismo no está exento de sus propios riesgos morales: consumismo e hipermercantilización son algunos de ellos. «Que el mercado sea muy eficaz en la producción de mercancías no implica que todo deba convertirse en mercancía», escribe el autor, que recuerda: «Lo sagrado no tiene precio».
1) El mercado es un mecanismo de cooperación social que
permite la creación de riqueza y beneficia a todos los participantes. Esto
es lo que no entienden los «socialistas de todos los partidos», incluidos
muchos cristianos. Como escribió Roger Scruton, ellos «ven la sociedad
como un mecanismo para la distribución de recursos entre quienes tienen derecho
a ellos, como si esos recursos existieran antes e independientemente de las
actividades que los crean, y como si hubiera una forma de determinar
exactamente quién tiene derecho a qué cosas».
En efecto, la riqueza no es una tarta preexistente que haya
que distribuir de manera equitativa; la riqueza es creada por la inventiva, el
emprendimiento y el trabajo humanos. La situación nativa de la humanidad es la
escasez; como ya notó John Locke, la naturaleza es tacaña y muy pocos de
sus frutos son directamente aprovechables por el hombre (incluso en las bandas
paleolíticas de cazadores-recolectores, los bisontes tenían que ser arduamente
cazados y las bayas silvestres pacientemente recogidas).
Los antiliberales de derecha e izquierda conciben el mercado
como un juego de suma cero: el beneficio de uno es la pérdida de otro; los
ricos lo son porque han expoliado a los pobres; el tamaño de mi trozo de tarta
solo puede crecer a expensas de la porción recibida por el vecino. Pero la gran
virtud de la economía libre es que incrementa constantemente el tamaño de la
tarta, de forma que todos los trozos pueden crecer al mismo tiempo, aunque sea
a distintas velocidades. La riqueza no es un todo estático necesitado de
repartición: es un proceso dinámico de creación de recursos y oportunidades.
Los enemigos del capitalismo presentan a este como apoteosis
del egoísmo. Pero el mercado se basa en la cooperación social: triunfan
aquellos empresarios que consiguen ofrecer a otras personas bienes y servicios
que aprecian y por los que están dispuestas a pagar. Triunfa quien sirve
satisfactoriamente a los demás, no quien los explota. El mercado es un juego
de win-win en el que todos resultan beneficiados.
El individualismo radical de Ayn Rand y otros
ultralibertarios no es, por tanto, la mejor fundamentación filosófica de la
economía de mercado. Somos individuos, pero también seres sociales, y la
economía libre es un mecanismo de cooperación que beneficia a toda la
comunidad.
2) El libre mercado ha sacado a la humanidad de la miseria.
Esta afirmación es demostrable histórica y empíricamente. La aplicación a
partir de finales del siglo XVIII de innovaciones tecnológicas (revolución
industrial), jurídico-políticas (igualdad ante la ley, seguridad jurídica,
parlamentarismo, poder judicial independiente) y económicas (libre empresa y
libre comercio) permitió —primero en los países de Europa norte-occidental y
EE.UU., después progresivamente en el resto del mundo— un salto de prosperidad
sin precedentes. La riqueza mundial se ha más que centuplicado desde 1800; la
pobreza extrema ha disminuido hasta casi desaparecer; la esperanza media de
vida se ha más que doblado. Las personas que vivían con menos de un dólar al
día —medido mediante el concepto de Paridad de Poder de Compra— pasaron de un
85 % de la humanidad en 1800 a un 46 % en 1975 y un 18 % en 2007.
En contra de la percepción general, esta victoria sobre la
pobreza se ha acelerado en los últimos 35 años, a pesar de la crisis financiera
de 2008. La ONU ha tenido que actualizar su umbral de pobreza absoluta,
subiéndolo de 1 dólar al día a 2,3 dólares al día. E incluso así el progreso es
prodigioso: el porcentaje de personas que ganan menos de 2,3 dólares diarios
pasó del 35 % de la población mundial en 1990 al 8 % en 2025. Lo cual significa
que, desde 1990, unas 137.000 personas dejan de pasar hambre cada día. El
progreso se ha acelerado desde principios de los 90 porque fue cuando se hundió
el bloque comunista, China evolucionó hacia un peculiar capitalismo de Estado y
muchos países del Tercer Mundo se abrieron al mercado mundial y dejaron de
aplicar recetas autarquistas. «La globalización ha sido una bendición para los
pobres» (Steven Pinker).
3) ¿Cuál es el secreto de la eficiencia productiva del
capitalismo? «La sociedad capitalista —escribe Samuel Gregg— se basa en emprendedores
que intentan predecir las necesidades y deseos de los demás y acertar con la
combinación de factores productivos que es más capaz de
satisfacerlos, asumiendo a continuación el riesgo de una inversión».
El riesgo y la competencia son el secreto del éxito
capitalista. El empresario arriesga su propio dinero: extremará, pues, la
diligencia para ofrecer un producto con la mejor relación calidad/precio
posible, y que satisfaga realmente las necesidades de los compradores. Está,
además, presionado por la competencia de otras empresas que buscan exactamente
lo mismo. La lucha por ganar el favor del consumidor es un incentivo
potentísimo para aguzar el ingenio y mejorar la productividad.
La otra clave, como arguyeron Hayek y Von
Mises, es la información. El sistema de precios libres transmite veloz y
fidedignamente «conocimiento descentralizado» acerca de las expectativas de los
consumidores y de la combinación de factores productivos más apta para
satisfacerlas. Ningún equipo de planificadores humanos puede igualar al sistema
impersonal de precios libres en la recolección de esa información, que es
cambiante, local y dispersa. El mercado, por tanto, se autorregula en lo
fundamental («mano invisible» de Adam Smith). Las interferencias
gubernamentales en esa autorregulación —por ejemplo, el control estatal de
precios y salarios— deterioran el mecanismo.
4) Este mecanismo de transmisión de información y
optimización de la producción funciona a nivel mundial desde que el
comercio internacional ha llegado a abarcar todo el planeta. También a nivel
global el mecanismo de precios libres fomenta la eficiencia y la competencia:
obliga a los países a especializarse en los sectores en los que poseen ventaja
comparativa, favoreciendo así el crecimiento. El viento ideológico
anti-globalización —que encuentra su plasmación económica en el proteccionismo
comercial— pone en peligro ese progreso. Hay precedentes históricos: la
Smoot-Hawley Act —aprobada por el Congreso de EE.UU. en 1930— impuso fuertes aranceles
a miles de productos; el resultado fue la adopción de medidas similares por
otros países, lo cual dificultó el comercio internacional y contribuyó a la
prolongación de la gran depresión de los años 30, en vez de a su
solución.
José Ramón Ferrandis explica bien las razones por las
que el proteccionismo nunca funciona: «Los aranceles distorsionan los
incentivos económicos de productores y consumidores. Los mercados protegidos
fragmentan la producción internacional y reducen la competencia. Obstruyen la
difusión de la innovación y el conocimiento. Además, la protección de mercados
(aranceles, contingentes, barreras técnicas…) busca en realidad la protección
de grupos de presión e intereses [los que temen la competencia extranjera y
prefieren un «mercado cautivo» nacional; recuérdese la sátira de Frédéric
Bastiat sobre los fabricantes de velas que se quejan de la competencia del
sol]».
Los polémicos aranceles impuestos por Donald
Trump parecen confirmar todo esto: el crecimiento del PIB estadounidense ha
sido de solo un 2,1 % en 2025, mientras que en 2022 fue del 2,5 %, en 2023 del
2,9 % y en 2024 del 2,8 %. Los aranceles han incrementado la inflación
norteamericana en 0,4 puntos. La finalidad de los aranceles era, supuestamente,
reindustrializar EE.UU.; el efecto está siendo el inverso: según Wall
Street Journal, se destruyeron 75.000 empleos industriales (sobre todo
en el sector automovilístico) entre febrero de 2025 y junio de 2026.
5) Se dice que el capitalismo se basa en la codicia y la
promueve. Pero la codicia es solo uno de los resortes motivacionales que pueden
llevar a un emprendedor a buscar el éxito; además de para sí mismo, el
empresario puede buscar beneficios para su familia, su ciudad o su
nación (la satisfacción de haber creado empleo, de haber contribuido al
desarrollo del país, etc.). Por otra parte, como ya
advirtiera Aristóteles, solo la propiedad privada hace posible la
caridad: la filantropía consiste en dar algo de lo propio a quienes lo
necesitan, no en exigir que el Estado lo haga cobrando impuestos a otros. En
realidad, la alta presión fiscal mata la caridad: ¿para qué dar limosna, si ya
estoy exprimido a impuestos que, supuestamente, sostendrán a los pobres?
No hay mérito moral en pagar impuestos, pues son coactivos;
sí lo hay en dar libremente de lo propio. Existe toda una tradición
filantrópica asociada a los grandes emprendedores: fundación de universidades,
bibliotecas, hospitales… Los hombres más ricos del mundo financian proyectos
benéficos: Bill Gates ha dedicado la mitad de su fortuna a la Gates
Foundation (vacunación infantil, lucha contra la malaria…); Mark
Zuckerberg sostiene la Chan Zuckerberg Initiative (investigación
biomédica, etc.); Jeff Bezos, la Day One Fund para ayuda a personas
sin hogar. Warren Buffett ha donado a causas benéficas el 55 % de su
patrimonio.
6) Los enemigos del mercado presentan la economía libre como una jungla amoral en la que todo vale. Sin embargo, el mercado no es la jungla, sino un juego sometido a reglas estrictas; la economía libre requiere un marco normativo que incluya la seguridad jurídica, la ejecutoriedad de los contratos, tribunales independientes ante los que sustanciar los contenciosos … Como señaló Michael Novak, «el capitalismo democrático no es solo un sistema de libre empresa. No puede florecer separado de una cultura moral que alimente las virtudes y valores de los que depende su existencia».
Esas
virtudes incluyen la laboriosidad, la previsión, la capacidad de aplazamiento
de la gratificación, la capacidad de riesgo, el cumplimiento de las promesas…
Creo que también las virtudes relacionadas con la estabilidad familiar
(fidelidad conyugal, responsabilidad parental, etc.), pues familia y mercado se
necesitan.
7) Que el capitalismo presuponga un marco de virtudes no
significa que esté exento de sus propios riesgos morales, como cualquier otro
sistema. Uno de ellos es el consumismo, la inclinación a llenar el vacío
espiritual con el consumo de bienes materiales. Otro es la
hipermercantilización, la extensión de la lógica del mercado a todas las
esferas de la vida. Que el mercado sea muy eficaz en la producción de
mercancías no implica que todo deba convertirse en mercancía. Lo sagrado es lo
que no tiene precio; una sociedad que aún conserve un sentido de lo sagrado
sabrá acotar zonas vedadas al mercado: por ejemplo, el cuerpo humano, sus
órganos, su actividad sexual y sus funciones reproductivas (no deben
permitirse, por ejemplo, los «vientres de alquiler»).
8) El entorno moral necesario para el florecimiento del libre mercado se ha deteriorado seriamente. Son síntomas de ello, la crisis de la familia (extinción gradual del matrimonio, sustituido por relaciones efímeras; hundimiento de la natalidad), la defensa a ultranza de un Estado del Bienestar insostenible (la gente exige el mantenimiento de los subsidios, de pensiones de jubilación sobrevaloradas, etc., sin querer entender que ello obliga a una presión fiscal desmesurada que asfixia a las empresas, y a unas cotizaciones sociales que exprimen a los últimos jóvenes para sostener las infladas pensiones de una masa creciente de jubilados).
El egoísmo, el
hedonismo y el presentismo (carpe diem, disfruta el momento) hacen
improbable el ahorro, el aplazamiento de la gratificación, el compromiso
conyugal y parental o la recuperación de un Estado ligero reducido a sus
funciones clásicas de defensa, justicia y policía.
9) La moral se apoya en la metafísica; las concepciones
sobre el propósito de la vida dependen de la visión general del cosmos que se
profese. El hedonismo presentista es coherente con el materialismo ateo: si
solo somos materia y la muerte física es nuestro final absoluto, puede ser
racional exprimir el momento y disfrutar al máximo mientras podamos. Viceversa,
la capacidad de sacrificio y espera es coherente con la creencia en un mundo
espiritual que sostiene y trasciende al material, en un Dios que nos llama a la
virtud. Por tanto, quizás la única posibilidad de recuperación del marco ético
en el que floreció el libre mercado estribe en un eventual renacimiento
religioso.
10) En la Biblia hay muchas semillas aprovechables por un
liberalismo cristiano que interprete la creación de riqueza desde una
perspectiva trascendente, como participación en la creación divina. Por
ejemplo, la idea de Dios como Gran Empresario que hace una inversión en el
cosmos y en la humanidad, asumiendo riesgos con ello (el riesgo del pecado,
asociado a la libertad humana) y esperando un beneficio a cambio (el amor y
obediencia libre de sus criaturas). Y Dios nos convoca a continuar su creación:
«Creced y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla» es la primera instrucción
divina al ser humano en el mundo recién creado.
https://www.nuevarevista.net/diez-tesis-sobre-capitalismo-moral-y-religion/

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