29.5.26

La filosofía es el modo de pensar y vivir, y de cómo encontrarle sentido a la vida

NO SEREMOS FELICES SIN BUENAS ACCIONES

Y, eso, irónicamente, nos lo enseña la muerte

Cuando la filosofía se cruza con el valor sentimental de recibir una carta, lo pensado y lo escrito pueden acompañarnos durante toda la vida. Es lo que debió creer Enrique Bonete, catedrático de Ética de la Universidad de Salamanca, cuando recibió el primer correo de una antigua alumna de sus clases de ética de la muerte, diagnosticada con cáncer. 

Se pasaron dos años escribiéndose y, de aquel intercambio nació una amistad atravesada por dudas, preguntas y conversaciones sobre nuestro paso por la vida y la inevitable presencia de la muerte. Diálogos sobre cómo vivir y morir  recoge, a través de esos correos electrónicos, la vigencia de una tradición filosófica capaz de iluminar incluso los territorios más difíciles. Una lectura que reivindica una forma de esperanza lúcida, capaz de mirar de frente la complejidad de nuestro final. 

¿Cómo empezó a plantearse esta recopilación de cartas? Al trabajar con un material tan íntimo, ¿pesó más el pudor o las ganas de compartir una enseñanza que podía servir también a otros lectores?

Todo fue muy sencillo. Estando enferma, Nuria, mi exalumna, me escribió contándome que le habían diagnosticado un cáncer. Le contesté a la semana, y así empezó la conversación. Años después es cuando decido hacer la recopilación, pues tenía dos inquietudes. Por un lado, la parte intelectual, ya que ella mostraba su esfuerzo en redactar los correos adecuadamente, en comunicar lo que sentía. Y la otra parte, digamos, más universal, la de nuestra incapacidad de actuar frente a la muerte. 

Nuestra conversación ilustraba bien esa última sensación y me pareció un testimonio relevante. Pero no fue algo premeditado. Durante los meses de la pandemia decidí seleccionar lo que me pareció más valioso. No estaba muy animado a publicarlo, pero tampoco quería destruir el conjunto, me daba pena.

En los primeros correos, cuando hablan de la manera en que algunos filósofos se han acercado a la muerte y de ese «temor a desaparecer», ¿qué aporta más consuelo: la cercanía de un amigo inesperado o la voz, más sabia, pero también más ajena, de los grandes pensadores? 

En el libro se combinan ambas. Cuando me contactó, estaba escribiendo El morir de los sabios, que luego le dediqué por coincidir en el momento de estar escribiéndonos. No obstante, si Nuria hubiese leído por su cuenta ese libro, no hubiera sentido el mismo alivio que sí se transmitía durante nuestros correos. De los que comentábamos  –Cicerón, Séneca, Montaigne, entre otros– lo hacíamos porque me parecía que tenían una forma conmovedora de enfrentarse a nuestra finitud. A Nuria le mandé muchas veces escritos sobre esos testimonios, como los de la muerte de Spinoza o de Montaigne, pero porque creo que, como su antiguo profesor que era, le ayudaban a desahogarse, ya que no es lo mismo sentarte a leer un libro que alguien que te lo vaya contando.

Tanto en mis clases como en el concepto, pienso en la filosofía desde un enfoque práctico y, a la vez, terapéutico: es el modo de pensar y vivir, y de cómo encontrarle sentido a la vida. Una fuerza intelectual y existencial que ayuda a atravesar la adversidad: la filosofía y la ética permiten entrar en el dolor y en el misterio de la vida, especialmente ante la enfermedad o la cercanía de la muerte. Nunca pensé que Nuria llegaría a ese punto, pero tuve que asumirlo.

¿Cree que hemos perdido la costumbre de acudir a la filosofía como una herramienta práctica para vivir mejor?

Completamente. El sentido práctico de la filosofía debería difundirse mucho más, y Nuria me lo hacía ver. Me decía: «Profesor, ¡nadie sabe nada de esto!». Debería hacerse más hincapié en los institutos, en las universidades, para aprender a asimilar la frustración frente a los límites y el morir. En la universidad, por ejemplo, se transmiten muchos conocimientos profesionales, pero no hay ninguna disciplina que nos ayude a cómo encarar la vida y la muerte. Y eso a Nuria le impresionaba, como ya le ocurría cuando era una alumna, diez u once años atrás, cuando en clase hablábamos de las caras poética y práctica de la filosofía. Falta meditación, reflexión y sensatez. 

¿Cree que la velocidad de las redes sociales puede volver más frívola la difusión de la filosofía?

Hay cierto peligro de caer en la frivolidad. Al fin y al cabo, la intención es buena, pero por culpa de esa rapidez se produce una especie de banalización y simplificación de las grandes cuestiones. Soy más partidario de la lectura reposada de las obras. El lector, con este libro, puede darse la oportunidad de meditar y acercarse a la propia existencia, que es algo fundamental. Con las redes sociales, por lo que he captado (admito que no soy un gran seguidor), es que todo se desenvuelve muy rápido; todo es muy breve y muy banal. Las cartas, en cambio, aportan lo contrario. 

¿Permiten recuperar un tiempo más pausado para pensar y asimilar el conocimiento?

Con Nuria, a través de nuestros correos, comentábamos, por ejemplo, las cartas entre René Descartes e Isabel de Bohemia, que era muy inteligente y, con solo veinticinco años, quiso escribirle para preguntarle cuestiones sobre el dolor, el sufrimiento, pero también sobre las matemáticas, la felicidad, etcétera. Durante siglos, las cartas han sido un medio eficaz para canalizar esas sabidurías. En nuestro caso, mediante los correos, procurábamos cierta disciplina, así teníamos tiempo de pensar, revisar, corregir, y providencialmente resultó muy eficaz para ambos. 

Yo lo tomaba como una tarea intelectual y Nuria como una necesidad vital. Ella necesitaba recibir esos correos y saber más sobre los pensamientos de dichos filósofos, se entusiasmaba y animaba. El correo, como las cartas, es algo que prácticamente no se usa ya para esos fines. Me parece un método muy filosófico, pues ha sido siempre muy usado por su lado didáctico, por su claridad. Es una herramienta más para servir de intermediario entre la sabiduría de los grandes nombres y el común de los mortales. 

Dice de Séneca que «vuelve a ser muy leído en nuestra agitada época, un tanto desnortada». Nuestra época, ¿se resiste ante la sensación de incertidumbre, de simulacro de final?

Bueno, es una apreciación personal, pero al mismo tiempo sucede que la gente busca libros, busca lecturas, busca, en general, en internet. Hay un vacío que se intenta resolver. A mi juicio, Séneca es uno de los filósofos más prácticos y sabios. Todavía hoy se lee, al menos se hacen muchas ediciones de sus escritos, lo cual no deja de dirigirnos a lo mismo: necesitamos la orientación de los sabios. Vivimos una época desnortada, y ya entonces Nuria lo constataba: mucha gente no sabe vivir; ha enfocado erráticamente sus existencias y vive un desengaño constante. No es fácil ubicarse en esa desorientación que padece. 

¿Qué podría ser la felicidad si no existieran esas penas que nos enseñan a darle más valor?

En los correos con Nuria aparecía una pregunta inevitable: si es posible ser feliz incluso en las situaciones que nos llevan al límite. Descartes confiaba en que la razón podía ayudarnos a encontrar algo valioso incluso en los episodios más desdichados. Podemos, por supuesto, pero diría que hay una concepción de la felicidad inmanejable. Ya lo desarrollé en otro libro, la antología Tras la felicidad moral, donde se recorría esa percepción desde los griegos hasta la época contemporánea y muchos estaban de acuerdo: no se puede ser feliz sin hacer el bien, sin ser virtuoso, sin buscar la felicidad de los demás. Ser feliz lleva consigo una dimensión moral: buscar el bien, amar al prójimo. 

En ese sentido, mi exalumna fue descubriendo, según se aproximaba a su final, que era necesario reconciliarse con sus padres. Porque la reconciliación también es separarse del odio y el desprecio cometidos, y no encontraremos nunca la plenitud si no realizamos buenas acciones. Eso, irónica y propiamente, nos lo enseña la muerte: cuando estamos ahí, poco importan los coches, las casas, el dinero como lo hace el contacto, el afecto que hubo. Lo doloroso es pensar en la separación con las personas amadas.

Unamuno, Montaigne, Schopenhauer. ¿Cree que, actualmente, resultan filósofos demasiado discursivos frente a nuestra inmediatez?

Frente a nuestra inmediatez, sí, pero no los considero discursivos ni farragosos. Tanto Unamuno como Schopenhauer tienen una pluma ágil y muchas de sus páginas son muy valiosas para lo que venimos comentando. 

Unamuno plantea una cuestión fundamental: qué sentido tiene nuestra vida y si podemos aspirar a que sea eterna. La inmortalidad le inquietaba profundamente y eso le conducía inevitablemente a Dios: si existe, puede haber una garantía de eternidad; si no, estamos condenados, como diría Schopenhauer, a la nada, a la muerte y a la aniquilación. Son filósofos que han planteado de un modo tenso, pero legible y comprensible, el drama y la tragedia de nuestras existencias, aunque requieran concentración y una disposición distinta a la que favorecen la prisa y la vorágine actuales. 

Precisamente por eso, los libros de divulgación filosófica y ética resultan hoy tan necesarios: nos ayudan a recuperar un tiempo de lectura y pensamiento que nuestra época tiende a expulsar. Schopenhauer, en particular, es una gran referencia para aprender cómo superar el hastío, el aburrimiento, el sinsentido de la vida. 

Unamuno escribió este verso: «Se acaba todo, ¡oh Jove, hasta la pena!». Cuando llegaron los últimos correos con su exalumna, ¿tuvo miedo de que también se acabaran las respuestas?

No. Yo pensaba –ingenuamente, porque la verdad es que no solía hablarme claramente de que se sentía peor (al final, lo reconocía porque se veía más delgada, por ejemplo)–. Yo pensaba que se iba a recuperar, que se quedaría en algo crónico con los años. Cuando dejó de contestarme, tuve que reconocer y asimilar lo que había pasado. A la luz de su fallecimiento, releí los correos y sentí que tenían una fuerza especial. Al final de su vida, pude ver la particularidad de que Nuria, siendo atea, se abría a una esperanza cristiana, en consonancia unamuniana. Fue muy interesante ser testigo de ello.

El interés renovado en la fe, ¿le genera más sospecha por lo beato-ilusorio o más respeto por la libertad íntima que implica?

Es un fenómeno curioso. No creo que sea por una moda, pues la fe es algo muy profundo. Nuria, por ejemplo, tuvo esa inquietud hacia el final. Me preguntaba «qué me pasará, qué va a ser de mí». Sí que pienso que es positivo el hecho de que la gente no tenga reparo en manifestar su fe: no hay por qué avergonzarse de ser creyente, no hay más razones para afirmar que Dios no existe que para afirmar que sí lo hace, no tenemos mayores certezas de una teoría respecto a la otra. Es un interrogante constante en el que vivimos. Por tanto, cuando se ha denigrado o ridiculizado la fe, se ha hecho desde una superioridad moral. 

Bienvenida sea esta cultura que no rechaza la fe de manera visceral, si es una expresión de libertad y también de profundidad cristiana. En mi caso, nunca he tenido reparos en manifestarme creyente católico. Dedicándome a la filosofía, he profundizado de manera tremenda en el problema de Dios, porque los filósofos siempre lo han tenido como planteamiento, desde antes del cristianismo. La fe no está sujeta a modas porque siempre ha estado ahí. 

https://igluu.es/entrevista-enrique-bonete/

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