POR QUÉ YA NO NOS ENTENDEMOS
Un año después de la muerte de Alasdair MacIntyre, filósofo británico-estadounidense conocido
por sus contribuciones a la filosofía moral y política, sus preguntas
siguen siendo incómodamente actuales. ¿Por qué se ha vuelto tan difícil
mantener conversaciones racionales sobre política, moral, educación o el
sentido de la vida? ¿Por qué sociedades aparentemente cohesionadas parecen
fragmentarse en grupos incapaces de comprenderse entre sí?
Lejos de limitarse a la filosofía académica, MacIntyre interpretó esta crisis como una consecuencia cultural profunda de la modernidad: la pérdida de tradiciones compartidas, de criterios comunes para discutir racionalmente y, en última instancia, de una idea común sobre qué significa vivir bien. Frente a una sociedad dominada por el individualismo, el emotivismo y la lógica utilitarista, el filósofo escocés defendió la necesidad de recuperar una concepción más comunitaria y ética de la vida humana basada en las virtudes.
En un contexto marcado además por la irrupción de la
inteligencia artificial y la creciente crisis de la universidad contemporánea,
sus reflexiones sobre las virtudes, la educación y el bien común adquieren una
relevancia inesperada. Quizá entender por qué ya no sabemos dialogar exija
volver a leer a uno de los grandes críticos de nuestro tiempo.
¿Por qué ya no somos capaces de hablar entre nosotros? La
gran mayoría de nosotros podemos recordar momentos en los que no solo sentíamos, sino también pensábamos, que se había vuelto casi imposible
mantener una conversación o un debate genuino con al menos cierta esperanza de
llegar finalmente a un acuerdo.
No se trata únicamente de las discusiones acaloradas sobre
el gobierno en la cena de Navidad, sino a cuestiones más amplias e importantes.
Son los asuntos que importan y que moldean cómo entendemos el mundo que
compartimos a un nivel más profundo: el sentido de la vida, el trabajo, la
familia, la comunidad, la identidad o el futuro (y también el pasado) del país
y de las tradiciones que supuestamente compartimos.
Este malestar y esta incomprensión aparentemente
inexplicables tienen sus raíces en debates filosóficos que preceden nuestra
realidad actual por siglos. Una de las razones por las que el libro de
MacIntyre, Tras la virtud (After Virtue), provocó (y sigue
provocando) tanta reflexión y debate es que señaló explícitamente esta crisis e
intentó ofrecer una explicación coherente de ella.
Del marxismo a Aristóteles
MacIntyre no llegó a estas conclusiones siendo un joven
académico. Comenzó como un joven marxista en Gran Bretaña, se afilió al Partido
Comunista y más tarde, como muchos intelectuales de su generación, la
Revolución húngara de 1956 y las noticias que llegaban del bloque soviético le
llevaron a concluir que el estalinismo no solo había fracasado, sino que representaba
exactamente lo contrario de las «promesas del socialismo» en las que muchos en
Occidente habían creído.
Su largo recorrido intelectual, desde el trotskismo hasta su
conversión al catolicismo y su posterior identificación como «aristotélico tomista»,
lo convierte en una figura fascinante, cuyo pensamiento evolucionó en medio de
las complejidades del siglo XX. A finales de los años sesenta se trasladó a
Estados Unidos, donde pasó el resto de su vida enseñando en varias
universidades hasta llegar a la Universidad de Notre Dame, donde, salvo algunos
periodos más breves, permaneció como profesor de filosofía.
La fragmentación moral de la sociedad moderna
After Virtue comienza con un diagnóstico de la
fragmentación moral de la sociedad moderna. MacIntyre sostiene que la moral se
ha desintegrado y fragmentado y que, dado que carecemos de un marco compartido
para la investigación filosófica y moral, esta crisis se ha vuelto
interminable. Debido al carácter emotivista de nuestras discusiones morales, los
juicios morales ya no pueden evaluarse realmente, pues son tratados simplemente
como expresiones de preferencias personales. Todo argumento parece igualmente
válido porque es «personal». En otras palabras, vivimos en un mundo lleno
de opiniones, pero cada vez más indiferente a la verdad.
Por supuesto, este proceso de desintegración no comenzó con
el emotivismo en sí mismo, que es más bien un producto tardío de un desarrollo
mucho más largo. MacIntyre sitúa sus raíces en la Ilustración, cuando los
filósofos intentaron justificar racionalmente la moral separándola del
cristianismo y de las tradiciones filosóficas que habían precedido a la
modernidad. Su ecuación es sencilla: la moral moderna equivale a ciertos
fragmentos de la moral cristiana occidental menos la teleología y el mandato
divino.
Aristóteles contra la modernidad liberal
Tras el diagnóstico llega el tratamiento propuesto, cuyo
ingrediente principal es el retorno a Aristóteles. MacIntyre
considera la ética de las virtudes aristotélica como un antídoto frente a la
confusión de la modernidad. Aristóteles se convierte, en sus palabras, en una
especie de protagonista frente a la modernidad liberal, porque su
concepción de las virtudes y del florecimiento humano ofrece una respuesta
coherente a la fragmentación moral.
El hombre moderno es productivo y capaz de correr más rápido
que nunca, pero cuando se le pregunta hacia dónde corre realmente, le cuesta
dar una respuesta más allá de «tengo que entrenar para correr todavía más
rápido».
MacIntyre desarrolló posteriormente este proyecto filosófico
en obras como Whose Justice? Which Rationality? (1988) y Three
Rival Versions of Moral Enquiry (1990). Apoyándose profundamente en
Aristóteles y también en Tomás de Aquino, elaboró un marco de
justificación racional fundamentado en las tradiciones: formas coherentes e
históricamente prolongadas de investigación que compiten entre sí mientras
buscan respuestas inteligibles a los problemas de su tiempo. La supervivencia
de una tradición depende de su capacidad para ofrecer respuestas integradas y
convincentes a los desafíos filosóficos dentro de su propio marco.
También explica cómo las transiciones entre tradiciones
tuvieron lugar a lo largo de la historia y cómo distintas tradiciones fueron,
en ocasiones, integradas unas en otras. Aristóteles, por ejemplo, fue
incorporándose gradualmente a los currículos de las universidades medievales,
mientras que santo Tomás de Aquino se convirtió en un caso singular al lograr
reconciliar el cristianismo agustiniano con la filosofía aristotélica.
Para MacIntyre, uno de los principales problemas de los
últimos siglos es precisamente que los pensadores de la Ilustración abandonaron
este enfoque basado en las tradiciones, dejando tras de sí un panorama moral
fragmentado dominado por la preferencia individual y el moralismo subjetivo.
La universidad y la pérdida de una búsqueda compartida de
la verdad
Aunque muchos de los textos de MacIntyre son densos, él no
concebía la filosofía como una disciplina meramente teórica. De hecho, una
de sus críticas a la filosofía moral contemporánea era que había dejado de
importar a la gente corriente. Los filósofos, en su opinión, se habían retirado
a torres de marfil y habían comenzado a hablar un lenguaje que nadie, fuera de
la academia, podía entender. Por eso consideraba la educación, y especialmente
la universidad, como elementos centrales para cualquier recuperación de las
virtudes.
MacIntyre sostiene que las universidades sirvieron
históricamente como los principales espacios de investigación intelectual en el
mundo occidental. Su crisis actual y su creciente irrelevancia como centros
intelectuales se derivan en gran medida de la propia fragmentación académica.
La universidad clásica, un lugar de investigación intelectual compartida donde
las distintas disciplinas podían relacionarse entre sí en la búsqueda de una
comprensión universal y donde los estudiantes eran formados como razonadores
prácticos independientes, fue dando paso gradualmente a la universidad liberal
moderna.
Aunque la universidad moderna ha producido indudablemente
extraordinarios logros científicos e intelectuales, también tiende a formar
especialistas cada vez más estrechos, educados por profesores que trabajan en
disciplinas aisladas, a menudo sin estándares compartidos de investigación
racional ni siquiera acuerdo sobre el propósito último de la propia
institución.
MacIntyre sostiene además que la eliminación de la teología
del currículo contribuyó significativamente a esta fragmentación, ya que no es
posible buscar la plenitud de la verdad excluyendo siquiera la posibilidad de
una dimensión trascendente.
Newman y el sentido de la educación superior
MacIntyre también veía en John Newman una figura
fundamental por dos motivos. En primer lugar, Newman mostró cómo los debates teológicos
en torno a la Trinidad durante los primeros siglos del cristianismo
representaron un ejemplo exitoso de una tradición filosófica y teológica capaz
de superar racionalmente sus desacuerdos internos. En segundo lugar, sus escritos
sobre la educación y la universidad ofrecieron una poderosa defensa de la
educación liberal y del conocimiento liberal frente a un modelo utilitarista
cada vez más dominante.
Si los estudiantes se convierten en clientes y las
universidades en meros proveedores de servicios que responden únicamente a las
demandas inmediatas del mercado laboral, entonces la verdadera misión de la
educación superior queda socavada. Los estudiantes pueden adquirir habilidades
técnicamente útiles sin llegar nunca a comprender el panorama intelectual más
amplio.
Las facultades y los profesores se convierten en
transmisores de información en lugar de educadores capaces de formar lo que MacIntyre
denominaba miembros de un público educado: personas que, más allá de su
especialización profesional, sean capaces de comprender las relaciones entre
disciplinas, evaluar argumentos contrapuestos y pensar de manera independiente.
La universidad debería ser un lugar donde las mentes se
transforman, y no simplemente un espacio donde se acumula información. Mientras
tanto, la investigación se vuelve cada vez más dependiente de gobiernos y
corporaciones, porque esa suele ser la única manera de justificar la existencia
de la universidad. La búsqueda de la verdad o el papel de brújula intelectual
de la sociedad pasan a verse como un idealismo ingenuo, incluso por parte de
muchos administradores universitarios. La misión original de la universidad
sobrevive sobre todo como lenguaje ceremonial en documentos oficiales.
La IA y el redescubrimiento de la educación
La llegada de la inteligencia artificial puede
obligar a las universidades a redescubrir esa misión, y esta posibilidad
debería tomarse en serio. Cuando las máquinas pueden generar ensayos, completar
exámenes y proporcionar tutorías mediante chatbots disponibles las veinticuatro
horas del día, la dimensión relacional de la educación y la formación del
juicio y de la sabiduría podrían volver a convertirse en algo central.
El profesor puede volver a ser una autoridad que introduce a
los estudiantes en una tradición, les desafía a pensar y les enseña a
argumentar bien. Los seminarios reducidos podrían volver a convertirse en el
centro vivo de la vida universitaria. Porque, de lo contrario, ¿por qué
molestarse? El chatbot siempre será más rápido y eficiente.
Pero ¿nos ayudará a pensar con sabiduría? ¿Nos ayudará a
desarrollar los criterios necesarios para el juicio independiente y la
auténtica expresión personal sin una asistencia tecnológica constante? Para una
generación cada vez más incapaz de leer textos largos o de sostener esfuerzos
cognitivos exigentes, la educación puede convertirse en una cuestión de
supervivencia intelectual.
Lo mismo ocurre con el propio mercado laboral. Muchas
de las «habilidades» y rasgos de carácter que hoy demandan los empleadores no
se cultivan eficazmente en las universidades contemporáneas. El
pensamiento crítico e interdisciplinar, la colaboración y la capacidad de
analizar y sintetizar situaciones complejas que abarcan distintas áreas del
conocimiento, nos devuelven precisamente al tipo de educación que defendían MacIntyre
y John Newman.
Sin embargo, antes de recuperar una educación así, primero
debemos ponernos de acuerdo sobre por qué hacemos todo esto. ¿Cuál es el
propósito de la vida humana? ¿Dependemos unos de otros y estamos llamados a
buscar un bien común para poder florecer? ¿O los seres humanos son simplemente
competidores movidos por el poder y el interés, para quienes la comunidad y la
confianza no son más que acuerdos temporales?
Para responder a estas preguntas, quizá debamos empezar por
leer más a MacIntyre.
https://www.nuevarevista.net/alasdair-macintyre-por-que-no-nos-entendemos/

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