24/4/20

Del estado del bienestar al estado de vigilancia sanitario


HACIA LA SOCIEDAD DIGITAL POST-COVID19

Los capitalistas new age han aprovechado la crisis sanitaria más importante del último siglo para mercantilizar cada vez más áreas de la vida mediante sus adictivas tecnologías. Sólo una estrategia socialista que coloque las infraestructuras digitales en el centro de la batalla política podrá impedirlo.
Despertemos del shock de 2008, pues ni antes y mucho menos después las tasas de rentabilidad de la industria manufacturera han alcanzado los niveles de finales de los setenta. Objetivamente, desde finales de aquella década el sistema capitalista se encuentra inmerso en una “larga crisis” de productividad. Puede que el sector financiero primero y la industria de la alta tecnología después hayan sido vendidas como soluciones a los problemas de la economía global por los profetas neoliberales que inundan los foros de Davos, pero esta cicuta no ha hecho más que abrir las puertas de los parlamentos a las fuerzas neo-fascistas.
ACELERACIONISMO A LA INVERSA
En este contexto de crisis financiera y económica (afecta a la producción y al consumo) debemos comprender la tercera pata, la crisis sanitaria más grave del último siglo, una epidemia llamada “SARS-CoV-2” que ha provocado una suerte de ‘aceleracionismo a la inversa’ hacia el futuro diseñado por la clase dominante. Si bien esta epidemia ha contagiado a un 0.016 por ciento de la población mundial, un tercio de toda ella se encuentra confinada. Ello no significa que la producción, aquello que según Marx ha regido la historia desde hace siglos, se haya detenido. Ni mucho menos que la clase no poseedora haya adquirido conciencia revolucionaria, activando el freno de emergencia del que hablaba Benjamin. Es sólo que una crisis como esta, relacionada con la biopolítica (con el propio estado de la salud, moribunda para más de 110.000 cuerpos en todo el mundo), ha provocado que la epistemología neoliberal se introduzca en lo más profundo de la psique humana mediante las plataformas digitales.

En una coyuntura como esta, cuando el estado de excepción amenaza con convertirse en regla, sólo existen dos salidas políticas posibles. De un lado, que nazca un futuro completamente nuevo. Esto es, que la pregunta a cómo instituir la distribución de los recursos -así como su producción y consumo- no la responda el sistema de precios, sino una organización del conocimiento donde no existe el mercado como elemento organizador y los avances de las tecnologías digitales son empleadas para crear infraestructuras que permitan la planificación socialista de la economía.
La otra posibilidad es que el neoliberalismo muera de éxito y se libere toda la violencia del capital, una fuerza que puede ser administrada por un estado autoritario a la Occidental. Evgeny Morozov  indicaba: “A menos que encontremos una alternativa, nos veremos atrapados en un triste proyecto neofascista que combina el estado de vigilancia de la derecha con un sistema de salud privatizado y americanizado dirigido por Silicon Valley".
Desde instituciones que promueven el statu quo, como el Instituto Elcano, hasta intelectuales anticapitalistas de la talla de César Rendueles se ha alertado de una amenaza similar. “La resaca que dejará la ampliación del poder policial en nuestras instituciones combinada con la normalización del acoso social puede producir una tormenta perfecta de autoritarismo,” escribía este último. Si bien los estudios corroboran que en España la epidemia ha legitimado las posiciones autoritarias y la gobernanza tecnocrática, lo cierto es que esta afirmación tiene poco de intempestiva y su mero reconocimiento no contribuirá a mejorar la posición de la izquierda. Por ejemplo, hace pocos años las calles europeas se llenaron de metralletas, militarizando así las ciudades tras los atentados terroristas. Ello abrió las puertas a que la ultraderecha hiciera hegemónica su agenda anti-migratoria, como ocurrió en Holanda, uno de los países menos solidarios durante esta crisis.
Por eso, la cuestión a la que debe enfrentarse todo movimiento que tenga como objetivo último la solidaridad y alterar el rumbo del capitalismo no es tanto la manera en que los Estados recortan libertades civiles, estilo Viktor Orbán, sino cómo incrementan la vigilancia sobre los ciudadanos mediante tecnologías digitales para asegurar la supervivencia del sistema capitalista, a saber, cómo movilizan el soft-power de las firmas americanas (su rentabilidad marca los límites de dicho poder político, el cual ahora es privado) a fin de que, en palabras de Benjamin, los ciudadanos no expresen su derecho a alterar las relaciones de propiedad.
Para que la cancelación de la imaginación política (“solucionismo”, diría Morozov) se culmine con éxito se requieren varias condiciones objetivas: la primera, como la Escuela de Frankfurt defendería, debe mantenerse intacta la oferta de servicios de consumo digitales de la nueva industria cultural, a saber, la mafia Netflix-Disney; la segunda, que la fuerza de trabajo no entre en conflicto con el capital y, sobre todo, que la primera vea debilitada su posición en la lucha de clases. Grosso modo, cuando se tienen datos sobre el comportamiento de los trabajadores (cuánto ganan) y consumidores (cuánto gastan), los algoritmos de aprendizaje profundo que potencian las soluciones de inteligencia artificial pueden triangular datos, comercializarlos con todo tipo de empresas y encerrar a las personas dentro de las lógicas de la economía global. Endeudamiento, bienestar privatizado, salarios basura y pasividad social como secuela de la “vida administrada” de Adorno y Horkheimer.
CONSUMERISMO DIGITAL COMO CULMINACIÓN DE LA MODERNIDAD
Hasta el momento, la mayoría de políticas establecidas por los países se han centrado en soluciones individuales, como lavarse las manos y recluirse en casa, reduciendo el concepto de comunidad a la mera ira de los balcones o a expresar solidaridad en las redes sociales. Este modelo de “panóptico carcelario”, el cual suspende las relaciones humanas para no perder el control en la actual transición sistémica, tiene lugar en una sociedad altamente conectada a internet que orienta a las personas hacia el consumo más bruto de servicios digitales. El ciudadano ilustrado no se emancipa a través de tecnologías libres, sino que se construye como consumidor mediante las plataformas de empresas privadas. De este modo, y el confinamiento marca un precedente, se normativiza la cruda existencia de los sujetos bajo el neoliberalismo, que es solitaria, egoísta y abocada a la resolución individual de sus problemas acudiendo al mercado.
Algunos datos resultan reveladores. Si la industria de la televisión experimentó un aumento del 20 por ciento en la primera semana de confinamiento en comparación con el mes anterior, el porcentaje de personas que disfrutaron de series en HBO lo hizo en un 65 por ciento. Mientras tanto, la visualización de películas se incrementó un 70 por ciento. Las cifras, recogidas por la publicación The Verge, pueden variar entre Youtube, Amazon Prime o Disney (quien ha duplicado sus suscripciones desde febrero), pero la dinámica es la misma: las aerolíneas experimentan intensas bajadas en la bolsa, las plataformas en streaming cotizan al alza.
El caso más paradigmático para evidenciar la dependencia sobre estas infraestructuras es que Netflix, con un depurado algoritmo de recomendación que le granjea su ventaja competitiva, redujera significativamente su ancho de banda y la calidad del streaming en Europa (y en India) durante el mes de mayo para evitar que la infraestructura de Internet del continente falle. Facebook hizo lo mismo en América Latina.
La manera en que la ideología neoliberal contempla la modernidad entiende al ciudadano en tanto que consumidor; la acción colectiva y la vida pública, por ende, quedan restringida a hacer click en la recomendación de un algoritmo que conoce mejor que el usuario las preferencias de mercado. Como argumenta Andrea Fumagalli, la triple crisis desencadenada por la epidemia del coronavirus tiene consecuencias sociales y políticas: la “virtualización de la vida humana” y el control social. Si bien el poder coercitivo de la policía es necesario para cumplir con la “distancia social” o colocar a los cuerpos y mentes en alerta constante, el autoaislamiento sólo tiene éxito si las personas no pueden ver más allá del próximo capítulo o película. Y cuando su nivel de confianza epistémica en un mundo en crisis así como sus esperanzas y aspiraciones hacia algo mejor desaparecen, el capital puede continuar su camino hacia ninguna parte.
¡AHORA TODOS SOMOS REPARTIDORES DE GLOVO!
Inevitablemente, una epidemia como esta ha revelado de manera aún más clara las contradicciones en la sociedad, y especialmente las de clase: mientras que los ejecutivos de Silicon Valley cancelaron sus viajes al Mobile World Congress por el peligro a ser contagiados (¡entonces, el Gobierno español negaba que fuera por cuestiones de salud!) y trabajan a remoto desde sus mansiones, los trabajadores de la mal llamada economía colaborativa recorren las calles de las ciudades satisfaciendo los caprichos de la clases medias, cada vez más empobrecidas, mientras se exponen al virus.
“Incluso de una manera superior a la habitual, los trabajadores están condenados tanto si trabajan como si no lo hacen”, sentenciaba Kim Moody refiriéndose al aumento de la pobreza. Entre las estimaciones mencionadas por el periodista destacaba que para julio se perderán 20 millones de empleos sólo en Estados Unidos. A principios de abril, 10 millones de trabajadores habían pedido el seguro de desempleo, siendo esta tasa del 13 por ciento, superior a la de la Gran Depresión de 1930. Claro que entonces no existían sistemas digitales tan avanzados como para llevar el método taylorista a su último estadio.
Aquellos que conserven su posición en el mercado laboral experimentarán la violencia que siempre ha tenido la tecnología en manos de los capitalistas. De un lado, la vigilancia y el control sobre la fuerza de trabajo se incrementará. De otro, los costes requeridos para la actividad productiva deberán reducirse para asegurar la rentabilidad de las firmas. La traducción será un fuerte aumento de la precarización,  fundiéndose así el ejército industrial de reserva con el trabajador activo, el aumento en la rapidez de la automatización de los procesos industriales y la descualificación de la fuerza de trabajo. De nuevo: estas tendencias no son nuevas, pues Marx las describió en El Capital, sino que se acelerarán debido a la epidemia otorgando a los propietarios del valor agregado una excusa para legitimar dichas prácticas de apropiación y desposesión. Sin duda, este es un mal momento para defender las teorías aceleracionistas de autores como Paul Mason o Nick Srnicek.
En relación al control de la fuerza de trabajo podemos hablar a modo ilustrativo de Zoom, quien ha  sido denunciada por ceder sus datos a Facebook a través de la aplicación de IOS. De modo similar a Dropbox, la compañía ha implementado una herramienta para trackear la atención de los usuarios y avisar a los jefes (quienes habitualmente hospedan las reuniones) cuando una persona se ausenta de la reunión más de treinta segundos. Retomando a Foucault, un artículo reciente acuñaba el ingenioso término “zoomismo” para definir el “modo de producción a través del autoencierro, el cual además incrementa la plusvalía porque se transfiere a los trabajadores los gastos de operación de las oficinas corporativas. ”Más allá del ejemplo, no cabe duda de que la epidemia desbloqueara “la revolución en el puesto de trabajo”: las firmas modernas incrementarán la vigilancia y extracción de datos sobre el comportamiento de los empleados, convirtiéndose el teletrabajo en la versión clase media de los repartidores. Lo pregonaba Pilar López, presidenta de Microsoft España: “Estamos siendo testigos de cómo la flexibilidad, escalabilidad y seguridad de la nube está haciendo posible que millones de personas puedan trabajar desde sus casas de forma colaborativa…”
En otras palabras: asistimos a la monopolización acelerada del medio de producción. Así, una muestra de que las empresas necesitan a las compañías tecnológicas para gestionar el flujo de trabajo en las oficinas digitales es que la herramienta Teams (en propiedad de Microsoft) experimentó un aumento de uso del 775 por ciento en Italia cuando comenzó la epidemia. A finales de marzo la plataforma acogía casi 3.000 millones de conferencias diarias, habiéndose triplicado esta cifra en dos semanas. Junto con Amazon y Google, estas tres plataformas de computación en la nube, quienes nadan en efectivo (¡cada uno tiene más de 100.000 millones de dólares de liquidez!), consolidan su poder ofreciendo descuentos por el alquiler del software necesario para levantar la red de una empresa.  Microsoft incluso ha adquirido la compañía de cloud computing Affirmed Networks para ampliar su oferta de 5G y hacer a “la industria inteligente” dependiente de sus servicios.
De este modo, “a medida que el gran capital [tecnológico] reorganiza los procesos bajo su dominio,” las lógicas del trabajo de plataforma se expandirán hacia el resto de la sociedad. Hemos de entender que la marea de Expedientes de Regulación Temporal de Empleo, el aumento de la explotación bajo el subterfugio de la amenaza a ser despedido o el recorte de los salarios (la empresa Glovo ha reducido la tarifa base de sus riders a la mitad, de 2,5€ a 1,25€ la hora) sólo supone la punta del iceberg. Junto a la centralización del poder en las manos de las empresas tecnológicas, el abrupto funcionamiento de la economía global requiere reducir costes mediante la precarización aún mayor de la fuerza de trabajo. Ese es el paso previo a la automatización, la cual sólo es posible mediante las plataformas en la nube de las empresas tecnológicas.
En el afán por automatizar para hacer frente a la pandemia, The New York Times informaba de que la compañía AMP Robotic, cuyo CEO pregona que “las máquinas no contraen el virus,” ha experimentado un aumento en los pedidos de robots que emplean inteligencia artificial para reciclar materiales. Aunque nadie como Jeff Bezos para demostrar que las personas reducen los beneficios. La tendencia que se encontraba presente en las tiendas automatizadas y repletas de sensores de Amazon Go seguirá su curso a medida que desarrolle drones u otros vehículos autónomos aéreos, con los que también experimenta Uber. “Entonces, la amazonización del planeta estará completa,” podía leerse en un blog de Medimum.
De momento, aunque haya contratado a 100.000 trabajadores para hacer frente al enorme aumento de la demanda, Amazon ha cerrado su centro de llamadas en Filipinas y priorizado su servicio Connect, que emplea inteligencia artificial y el asistente digital Alexa. Recurrir a los chatbots es una práctica común en buena parte de empresas, especialmente en Facebook. Aunque incluso PayPal los ha usado para responder a la cifra récord del 65 por ciento de las consultas a clientes. Sarah T. Roberts  expresaba el carácter premonitorio que tiene la desaparición de los empleos en la sombra de las redes sociales (principalmente, mujeres en el Sur Global): “en el caso de los moderadores humanos es probable que su ausencia les dé a muchos usuarios un vistazo, posiblemente por primera vez, de la humanidad digital que se dedica a la creación de un lugar en línea utilizable y relativamente hospitalario para ellos.”
En suma, después de esta pandemia se contratará a muchas menos personas de las que se han despedido; la precarización se grabará en el imaginario de toda la sociedad, no sólo en el de la generación estúpidamente llamada millennial, y buena parte de los trabajos humanos comenzarán a realizarse gracias a maquinaria avanzada. Este proceso será orquestado y por la vanguardia del conocimiento alojada en una pequeña isla californiana llamada Silicon Valley.
SILICON VALLEY, DEMASIADO GRANDE PARA CAER
La crisis de 2008 colocó al sector tecnológico en el epicentro de una economía tan financiarizada como carente de legitimidad. Las empresas californianas de rostro amable -y aplicaciones adictivas- debían encargarse de limpiar la imagen de esos banqueros corruptos que habían jugado con los ahorros de los ciudadanos al tiempo que extendían la causa de sus males, los mercados, hacia más ámbitos de su vida. El coronavirus revela que el resultado de este doble movimiento ha sido espectacular: Apple y Goldman Sachs permitieron a los usuarios aplazar los pagos de abril sin generar intereses, naturalizando el endeudamiento (que no ingreso) de las familias; BlackRock y Microsoft han formado una asociación para que los inversores de medio mundo gestionen sus activos en la plataforma en la nube del segundo.
Pese a que las tecnológicas perdieran la friolera de 400.000 millones de capitalización bursátil en solo un día del mes de mayo, la epidemia no ha hecho más que colocarlas en una posición similar a la que tenían algunas instituciones financieras antes del shock: son demasiado grandes para caer. No es sólo que las finanzas dependen de las aplicaciones de las empresas digitales, sino que los Estados deben confiar en sus predicciones futuras, monitorización en tiempo real de los infectados y soluciones sanitarias para hacer frente a la coyuntura.
DEL ESTADO DEL BIENESTAR AL ESTADO DE VIGILANCIA SANITARIO
La expresión más clara de la culminación del proceso de privatización de la gestión sanitaria es que Apple y Google han adelantado a los Gobiernos anunciando un sistema conjunto para rastrear la propagación del coronavirus, el cual permite a los usuarios compartir datos a través de transmisiones Bluetooth Low Energy (BLE) y otras aplicaciones. A modo de nota: algunas estimaciones señalan que la atención médica está perfilando un mercado de registros electrónicos de salud que tendrá un valor de 38.000 millones en 2025. Como señalan varios investigadores del proyecto Platform Labor, “las plataformas están aprovechando esta crisis de salud pública para convertirse en una infraestructura… [en] utilidades digitales privatizadas que controlan y monetizan flujos de datos críticos.” Desde la logística hasta la supercomputación, las asociaciones público-privadas con las plataformas han comenzado con una fase de experimentación.
De un lado, Deliveroo, JustEat y Uber negocian con el Gobierno británico para la prestación de apoyo a las personas mayores y vulnerables. Por otro lado, según distintas informaciones, las agencias estatales de Estados Unidos han firmado acuerdos con Clearview A.I. y Palantir para usar el reconocimiento facial y la tecnología de minería de datos a fin de rastrear a pacientes infectados, mientras que el gobierno federal confía en el uso de datos geolocalizados proporcionados por Google y Facebook y otras compañías tecnológicas para controlar la propagación del virus. Esta no es una particularidad propia de Estados Unidos, sino de cualquier país que haya experimentado con las políticas neoliberales en las últimas décadas.
Por otro lado, Google, Palantir y Microsoft crearán un tablero COVID-19 para el sistema de salud del Reino Unido. De acuerdo a The Economist, las tres compañías ayudarán al servicio público a recopilar datos de muchas fuentes diferentes y, teóricamente, hacer que sea más fácil decidir dónde aumentar los recursos, determinar quién está en riesgo y dónde levantar las medidas de distanciamiento social. Al mismo tiempo, The Times ha informado que el brazo tecnológico del servicio de salud brítánico (NHSX) ha trabajado con Google y Facebook para desarrollar una aplicación que permite informar al usuario cuando esté cerca de alguien que haya dado positivo. Podríamos invocar a Foucault para hablar de las técnicas de biopoder para el control de la población, pero no fue otro que Marx quien habló de la rentabilidad como el objetivo ulterior del sistema capitalista. ¿Cómo rige ésta el poder de los Estados? La compañía de software de Peter Thiel, quien asesoró a Donald Trump hasta que conquistó la Casa Blanca, espera alcanzar mil millones de dólares en ingresos este año (lo que representaría un crecimiento del 35 por ciento respecto 2019) ofreciendo sus servicios a las autoridades de Francia, Alemania, Austria y Suiza para hacer más eficientes los sistemas de salud. Y, según fuentes gubernamentales consultadas por El País, también ha iniciado conversaciones con las autoridades españolas.
Parece evidente: la austeridad y el techo al gasto público han colocado a todos los gobiernos europeos, sea por ideología o por imposibilidad de cuadrar el balance, en las manos de los gigantes tecnológicos. Ahora contemplamos que la vigilancia no es impulsada por medios democráticos y llevada a cabo por organismos públicos responsables de movilizar e informar a la población, sino que son empresas privadas quienes toman los mandos. El resultado es una suerte de Estado neoliberal que suspende la democracia para entregar el papel de “vigilante nocturno” a empresas como Telefónica, la cual ofrece sus sus herramientas de big data y geolocalización para la lucha contra el Covid-19 en todos sus grandes mercados, desde España a Brasil, pasando por Alemania y Reino Unido.
Lo advirtió el sociólogo francés Frédéric Lordon en un ensayo: “tan pronto como se cierre el paréntesis [del coronavirus], la destrucción gerencial continuará”. Esta crisis de salud ha legitimado las visiones tecnocráticas de una sociedad en la que los grupos ‘en riesgo’ son etiquetados electrónicamente para que sus movimientos sean trazables y mapeables en todo momento. Desde luego, las personas racializadas, sin hogar y otras poblaciones marginadas como los migrantes conocen la obligación de renunciar a la privacidad y entregar sus datos personales a cambio del acceso a los bienes y servicios básicos que necesitan para mantenerse con vida. A menos que emerja una respuesta socialista coherente y ambiciosa, las jerarquías sociales no sólo se harán más pronunciadas, sino que las tecnologías convertirán en invisibles las desigualdades existentes. ¡Como si nunca antes hubiera existido algo así como una lucha de clases!

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