26/4/20

La señal que muchos tal vez necesitaban para saber que el barco se va a hundir


ANTES VIVOS QUE COMPLEJOS
En tiempos de coronavirus, colapsos y Gaia
Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería esencialmente un sistema de esclavitud, en el que, gracias al consumo y el entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre. —Atribuido a Aldous Huxley en su novela Un Mundo Feliz (1932)[1].
“Antes muerta que sencilla” es el estribillo y título de una conocida canción de 2004 que entonces cantaba una niña, María Isabel. El título de la canción lo empleo desde hace tiempo como símbolo del pensamiento que subyace al arrojarse antes en brazos del peor colapso civilizatorio (antes muertos) que buscar y ensayar las vías ecofrugales (que sencillos). El mito de Alejandro Magno, que prefiere una vida corta y gloriosa a una vida larga y sencilla, es muestra de que algunos mitos subsisten largo tiempo. Este conjunto de mitos es, en mi opinión, el que ha convertido en inevitable nuestro colapso civilizatorio [2].
A nuestro sistema socioeconómico, que hemos montado no sin dificultades durante los últimos siglos, le cuesta imaginar cualquier vía de solución que no pase por añadir complejidad, en especial tecnológica, en la creencia mítica del progreso material ilimitado. Prefiere ignorar los problemas no inmediatos en tiempo y espacio y, cuando se nos vienen encima, es incapaz de ver que esa complejidad, de la forma en que la hemos montado y pese a su robustez, es frágil y poco resiliente, como una gruesa armadura de vidrio.

La complejidad en sí no tiene por qué ser frágil, como demuestra a las claras la larga historia de Gaia. No es el momento aquí de ver las diferencias entre Gaia y nuestra civilización, que ya he explicado y otros también han analizado incluso desde la misma ciencia ecológica clásica.
Hace unos pocos años discutía la idea poco intuitiva de que, una vez que las pruebas sobre un colapso inevitable de esta civilización son abrumadoras, posiblemente resultaría mejor que este fuera relativamente rápido (pocas décadas y no algún siglo) y temprano en el tiempo (que comenzara cuanto antes). La hipótesis es fácil de malinterpretar, y se hizo, creo que por los miedos que desata, en especial a los que no son muy optimistas acerca de la naturaleza humana.
Los contraargumentos con los que se me criticó son, como mínimo, intuitivos: si el colapso es rápido y temprano, es decir, empieza ya y de forma brusca, entonces es más probable que se desaten las fases de ruptura de los Estados y el caos y la barbarie y el drama humano podrían ser inmensos y no a un ritmo lento, lo que los convertiría en asumibles para nuestros nietos y bisnietos y tataranietos, pero inasumibles para nuestra misma generación. Puede que esto sea lo que en realidad asusta, que nos toque a nosotros y nuestros hijos y no sea sobre todo un problema de bisnietos, lo que supondría en realidad, en cierta medida, un descuento del futuro típico de la economía neoliberal que tanto criticamos.
Se reproducirían, además, de forma aún más profunda los desequilibrios y desigualdades ya sangrantes para una buena parte de la población humana, sobre todo en los países que llamamos del Sur o empobrecidos. Ciertamente diluir el decrecimiento repartiéndolo durante muchas generaciones aparece como algo más factible para muchos. Una pérdida de complejidad rápida y temprana, sin tiempo de preparación (como si no lo hubiéramos tenido tras tantos avisos), llevaría —según esta interpretación— con más probabilidad al caos, a los señores de la guerra y finalmente a la barbarie.
Mi contra-argumento —lógico-sistémico— fue que las apuestas no solo son sobre las posibles barbaries, sino acerca de un cierto riesgo, acumulable a medida que esta civilización se prolongue, de la extinción humana e incluso de la extinción de TODO lo viviente que conocemos: la esterilización del planeta por una venusización climática o por la muerte de Gaia al desaparecer la mayoría de sus especies. Como diría Openheimer en uno de los pocos momentos de lucidez que tuvo durante el proyecto Manhattan de la bomba atómica: antes bajo la bota de Hitler, que el riesgo de la extinción total.
Pero había otro argumento más sutil que tiene que ver con la naturaleza humana versus  nuestra armadura cultural elaborada con el mejor vidrio de los últimos siglos. Mi visión biológica identifica a Gaia como el organismo que ocupa la biosfera[3], no siendo lo que llamamos organismos  entidades realmente independientes y autosuficientes (lo que es obvio por la interdependencia y conectividad ecológica), sino partes funcionales de ese organismo, partes que aun con cierto grado de independencia y autosuficiencia, serían análogas a nuestras células del corazón, que son individuos cuyas funciones (lo que hacen) solo se pueden comprender si más allá de su  celulocentrismo vemos el todo del que forman parte.
En este juego de analogías la imagen que se nos viene fácilmente a la mente acerca del comportamiento de nuestra civilización es la de un parásito o un cáncer, y siguiendo dicha analogía, la conclusión que lo mejor es eliminar al parásito/cáncer cuanto antes. Ciertamente la analogía no se debe llevar mucho más allá, bajo el peligro de que se interprete —algo que sería también propio de las personas que asumen acríticamente los mitos de esta civilización— que es el ser humano, las personas individuales, las que son parásitos o el cáncer de la biosfera. Pero, en este sentido, no somos cada uno de nosotros las células cancerosas: es el comportamiento colectivo que hemos generado, la civilización, la que resulta parasitaria. O, usando mi otra analogía favorita del colapso: el Titanic era un parásito de los mares, no la gente que iba a bordo; aunque, con muy diferentes grados de responsabilidad, ciertamente es la gente la que genera como colectivo un Titanic y su comportamiento.
Así, el cuerpo humano es gaiano, pero la cultura es la poderosa armadura de grueso vidrio con la que nadamos en un río que, como cualquier cultura, forma parte también de la naturaleza humana. Cuando a la gente le dices que esta armadura nuestra es frágil, que se va a romper y que cuanto antes se rompa menos daño generará internamente, la gente que cree que solo somos una armadura vacía (propia de la visión mecánica del mundo), entonces tiende a abrazar el antes muerta que sencilla. O, cuando menos, espera que la armadura, si nos la quitamos poco a poco o la repintamos de verde, generará menos daños. Da igual que el río por el que viajamos esté lleno de rocas y nademos entre rápidos: las rocas en el río se nos vienen encima y con algunas ya hemos chocado. Se ha empezado a quebrar nuestra armadura, esa que creemos nos mantiene a flote, sin acabar de aceptar que no es indestructible, porque debajo en realidad no hay nada que merezca la pena, pensamos.
Hasta que llegó el coronavirus parecía imposible que pudiéramos gestionar el colapso rápido y brusco que yo insinuaba y aún está por ver cómo vamos a gestionarlo durante los próximos meses y años. Confío en que la mayoría de los miles de millones de personas confinadas prefiramos y aceptemos la vía ética vital y de sociedad de cuidados frente a la vía de salvar ante todo la economía, pues tenemos que reconocer que el coronavirus, y nuestra reacción a él, puede hacer colapsar el sistema económico mundial.
La propuesta neoliberal que algunos dirigentes políticos se han atrevido a comenzar a insinuar, instigados por esa caverna mediática que va de la mano de las élites del mundo, pretende argumentar que la economía debe ser, una vez más, lo primero. Es el “antes muertos los viejos que sencillos todos (o menos ricos nosotros)”. “Total, guerras, violencia y desigualdad y debacle ecosistémica ya existen, y los ciudadanos de Occidente acostumbran a mirar a otro lado o son manipulados de forma muy efectiva por los medios que controlamos, o, en cualquier caso, no les dejamos muchas otras opciones”. “Total, distraídos con el coronavirus, estamos aprovechando para llenar aún más los mares de plásticos, relanzar la quema de carbón, ensayar en algunos sitios la violencia policial y en todas partes la vigilancia del pueblo zombie, eliminar más leyes ambientales y un largo etcétera, a sabiendas que los pocos medios críticos con el sistema se ven incapaces de hacer penetrar en la conciencia de esos zombies lo que en realidad estamos intentando” (como este mismo medio que usted está ahora leyendo, que a buen seguro no ocupará portadas de “grandes” periódicos).
Reconozcamos que el argumentario neoliberal tiene cierta lógica, si bien perversa o maquiavélica: si colapsa la economía financiera porque nos encerramos en casa y van colapsando empresas y nos absorbe dinero esa sanidad que hemos descuidado y que dirigimos hacia el cuidado paliativo (caro y complejo) mientras que no tenemos una sanidad del cuidado preventivo (más barato y sencillo), al final, ese colapso puede generar un colapso en todas las fases de Orlov [4] (colapso financiero, comercial, político, social y cultural) que al final lleve a un caos sistémico y una simplificación tan rápida que, según la visión neodarwinista del animal mecánico humano, aseguraría la barbarie y la autodestrucción. Sería la opción ética de tratar de salvar la vida de todos la que llevaría a un colapso económico que finalmente pondría en riesgo, igualmente, la vida de todos.
Dejar morir a los viejos, a los débiles y a unos pocos desafortunados, aunque muera así un 1% de la población (equivalente de manera aproximada a su crecimiento anual) en una primera oleada vírica, sería el proyecto eugenésico del siglo XXI con la excusa perfecta, además de que finalmente moriría menos gente porque nos salvaríamos de guerras y violencia salvaje. Incluso para luchar con el problema de la gestión de tantas muertes de golpe (imaginen por un momento Hiroshima y Nagasaki o cómo se diezmó a discapacitados, gitanos y judíos en la II Gran Guerra) podría temporalmente hacerse uso de fosas comunes o incineradores rápidos y baratos. Después de todo, ya bastante cruel es que no podamos despedirnos de nuestros muertos en compañía y con abrazos de los más queridos de nuestros vivos.
La fractura psicológica se acepta y será quizás similar, pero a escala mundial, a la de las grandes guerras del pasado. Sin duda, esta tentación más o menos explícita la ha tenido y la tiene al menos una parte de las élites que controlan a los dirigentes políticos de todo el mundo, y algo de esta ideología maquiavélica ha tenido influencia en muchos países. Sin duda en Europa, Norteamérica y otros lugares esta lógica está en parte presente, lo que explica los retrasos que se han producido en la aplicación de las medidas de aislamiento, a sabiendas de la falta de material y de redes sociales fuertes y resilientes para poder ser más efectivos. Retrasos que solo quizás de forma colateral y no explícitamente buscada —aunque sí aprovechada— sirven a un ensayo global y generalizado de control militar y policial de la población, lo que recuerda aquellos modelos del Pentágono sobre ataques zombies y de cómo mantener las infraestructuras y estructuras de poder.
Sin embargo, la propuesta neoliberal-eugenésica no se ha podido implantar completamente en todos sus aspectos (creo que en el gaiano tiene las puertas abiertas aún). Al menos no en estos tiempos del coronavirus. El que no se haya podido ensayar de forma completa en ningún país del mundo —ni siquiera en Brasil, EEUU y RU, donde las voces han sido más claras en su defensa, aunque en el momento de escribir estas líneas las empiezo a oír también en los civilizados países nórdicos— debemos verlo como una advertencia: cuidado con que, tras el coronavirus, este no sirva para implantar más medidas hacia el mundo Elysium [5] que defienden como salida al colapso en su fuero interno. Tenemos precedentes claros en este mismo siglo: el debate libertad-seguridad se resolvió, tras la destrucción de las Torres Gemelas, en favor de la seguridad; la “reforma del capitalismo” anunciada en la vorágine de la crisis del 2008 (ecológica, alimentaria, energética y financiera) a partir de las confesiones de que las recetas neoliberales no funcionaban, se resolvió con un salvad al soldado Banca y más recetas neoliberales y más control vía 4 y 5Gs, tecnologías aceptadas con entusiasmo.
Bien pudiera ser que esta crisis económica desatada se resuelva con más soluciones del estilo la naturaleza odiosa llena de parásitos víricos (es decir, las recetas neodarwinistas-neoliberales del sálvese quien pueda en una lucha de dientes y garras) y extremismos de la derecha ultraconservadora unida a la neoliberal porque al final, “la no aplicación estricta de los remedios, hizo que igualmente muriera mucha gente durante la pandemia y luego mucha más por culpa del descontrol económico que vino después”. No olvidemos la capacidad resistente del sistema socioeconómico a la hora de implantar Mundos Felices y 1984s con la excusa de salir de las propias crisis que él mismo genera. La historia de esta civilización arroja mil ejemplos de lecciones no aprendidas: así, después de la Primera Guerra Mundial hubo una segunda y, en la actualidad, hay millones de personas que llevan mucho tiempo confinadas: campos de refugiados en prácticamente todos los continentes, la población de la franja de Gaza, emigrantes que no pueden acceder a las migajas de las riquezas robadas por los ricos de Occidente, y ese largo etcétera que conocemos de sobra pero que no nos emociona quizás tanto.
Es verdad que no tiene precedentes el encierro de 3.000 millones o más de personas, pero tampoco los tenía la bomba de Hiroshima, así que no demos por sentado que de esta sí vamos a aprender. Sostengo que lo haremos si —y solo si— la civilización cambia sus raíces míticas profundamente, y para ello parece inevitable que colapse previamente esta civilización. Porque no cambiarán los mitos durante el colapso, aunque sin duda lo que hagamos a lo largo de ese proceso de colapso irá generando los nuevos mitos del futuro.
La respuesta inicial, incluso con los Bolsonaro, Trump y Johnson de turno, con sus paradigmáticas mezclas de neoliberal-neoconservador, no ha podido aún con la respuesta social que demanda un comportamiento ético y vital que exige actuar salvando todas las vidas que se puedan. Frente a otras situaciones de guerra entre humanos, en las que se minimiza el valor de la vida del enemigo, aquí el enemigo común que se percibe no es otro humano y, por tanto, no podemos reducir el valor de las vidas de los otros como se hizo antes con discapacitados, gitanos, judíos, habitantes de Hiroshima o de algún pueblo remoto de África. Resulta que todos tenemos familia o amigos en riesgo vital y ya conocemos, si no casos directos, sí familiares o amigos que ya han perdido a algún familiar o amigo, y nuestra empatía y dolor está con ellos, en una cultura que al menos sí nos ha dejado espacio para una ética tribal. Además, no pocos miembros de las propias élites están en esa situación (Boris Johnson, primer ministro del Reino Unido está en cuidados intensivos por el coronavirus, mientras escribo esto), y por mucha ideología sanguinaria que tengan, finalmente dentro de la armadura hay también un cuerpo humano desnudo que, aunque creían que no existía, sí se hace notar en situaciones así: “El macho alfa contrae sus partes bajas cuando su mujer o él mismo cogen el coronavirus” sería una expresión posible de esta situación expresada en su mismo lenguaje.
Somos conscientes ya —y comenzamos a asumir— la enorme crisis económica que se deriva de la opción por gestionar la crisis sanitaria con prioridad ética de defensa de la vida y de la sociedad de cuidados, cuyas heroínas son en su mayoría mujeres (enfermeras y cuidadoras en residencias de ancianos son abrumadoramente mujeres); pero es la respuesta que debemos hacer, aunque con ello pongamos en riesgo “el colapso rápido y temprano” que tanto se ha temido.
El sacrificio actual —esta vez no de soldados, sino de cuidadoras— de enfermeras, de médicas y médicos, de ancianos, de personas con patologías previas, etc., y el sacrificio posterior del mayor empobrecimiento de los que no están en las élites, bien podría generar esta vez —pues ahora las élites sí están asustadas— no solo un colapso rápido y temprano, sino un colapso que no nos lleve al caos y la barbarie tras sus intentos de montar su Elysium; aunque también sería factible que ese miedo les llevase a redoblar sus esfuerzos por montarlo. La batalla decisiva no es contra el coronavirus: la batalla consiste, una vez más, en si aceptamos o no el fin de esta civilización y comenzamos una nueva de raíces radicalmente diferentes, a pesar del drama y del dolor que existen y que vendrán.
Algunas personas me han preguntado acerca de la relación entre el coronavirus y Gaia. Si Gaia es un organismo quizás se está vengando de nosotros, escriben algunos. En realidad, la “venganza” de la Tierra es una imagen del propio Lovelock en su visión cibernética de Gaia. La Tierra habilitaría mecanismos automáticos de defensa contra aquellos elementos que surjan y que tiendan a su desregulación. Lovelock pensaba en el cambio climático, y su analogía era orgánica, aunque sus explicaciones eran cibernéticas. El cambio climático sería como la fiebre que trata de expulsar al agente de la infección; esta sería su metáfora. El cambio climático, al desregular los ecosistemas generará la pérdida de la civilización que ha causado el cambio climático. En el proyecto MEDEAS lo hemos modelizado[6]  precisamente así: al aumentar la temperatura, los daños sobre el sistema humano hacen que éste decrezca y, por tanto, emita menos hasta que la civilización colapsa o deja de emitir; el clima no cambia tanto como en otros modelos donde esta venganza no ocurre.
Lo mismo podría verse para el caso del coronavirus: el aumento de la densidad de población humana (urbes), de la movilidad (globalización) y de los desequilibrios ecológicos (deforestación, industria alimentaria, cambio climático…) aumentan la probabilidad de que aparezcan patógenos que se conviertan en pandemia. Además, es sabido —si bien poco conocido— que el estrés induce mutaciones y, por tanto, aumenta la probabilidad de que patógenos propios de una especie salten a otra especie o que cambien dentro de la misma especie. Así, de nuevo, las interrelaciones del sistema autorregulado que llamamos Gaia  generarían realimentaciones que pondrían en su sitio al agente causante de la distorsión ecológica. Desde esta visión, los virus serían uno de los mecanismos de regulación del exceso poblacional, exacerbado por la densidad, la movilidad y los mismos excesos sobre los ecosistemas en el caso humano.
Muchas especies que se introducen desde otros ecosistemas en ecosistemas degradados —baste recordar a la temida avispa asiática—, no causan problemas en sus ecosistemas origen, en especial si éstos no están demasiado distorsionados; sin embargo, hacen estragos en el ecosistema al que llegan, en especial si está ya previamente deteriorado. Que la avispa velutina diezme las poblaciones de nuestras abejas domesticadas nos preocupa, pero parece hacerlo de manera diferente al coronavirus, cuando desde esta visión más sistémica y menos antropocéntrica, no debería resultarnos tan diferente.
Esta visión empieza a acercarse ya a una visión de Gaia más compleja. El ser humano, junto con otros animales que sabemos autoconscientes y capaces de emociones (elefantes, delfines y ballenas al menos) sí suponen un salto cualitativo de lo biológico hacia lo que podríamos llamar lo psíquico y esto me hace profundamente humanista con implicaciones éticas. Pero tampoco este humanismo lo llevo al extremo antropocéntrico, no solo porque exista Gaia, sino porque pienso que desde lo biológico puede haber otros saltos cualitativos en otras direcciones muy poco exploradas por no ser tan propias de los humanos; por ejemplo, la musicalidad, inventada antes que por nosotros por las ballenas y los pájaros, aunque Beethoven sea mucho Beethoven. Pero puede haber otras emergencias propias de las plantas y extrañas a los animales, como las que emerjan desde sus sentidos propios, que difícilmente alcanzo a imaginar. 
Del propio organismo Gaia no sé qué propiedades emergentes pueden surgir; primero habría que asumir que Gaia es un organismo, para poder indagar en él como tal, y somos poquísimos científicos los que exploramos desde ese punto de partida. Además, dado que no estoy seguro de la autoconsciencia y capacidades de emoción de algunos humanos por los que me desvivo (pienso en personas con Alzheimer avanzado o en discapacitados mentales fuertes o en los bebés), esto me exige no ser axiomático con las propiedades emergentes de lo humano. En fin, la ética gaiana que llevo tantos años elaborando no desea ser axiomática sino amorosa, así que no sigo con esta discusión aquí[7].
Lo relevante es que los Homo sapiens somos biológicamente como células o proteínas de Gaia, células o proteínas tan esenciales quizás como otras. Somos células dotadas de una cierta individualidad, aumentada por nuestra autoconsciencia que, aunque no sabemos decir dónde acaba y dónde empieza o qué es en realidad eso que llamamos ego, sí tiende a generar una individualidad mayor quizás que la de una célula de mi corazón. Sin embargo, esto no es condición suficiente para que nuestro comportamiento colectivo termine construyendo un Titanic o sea análogo a un cáncer o un virus patogenizado. Desde la visión de la Gaia orgánica, los virus no solo son pequeñas moléculas para el control poblacional o señales moleculares que desatan la apoptosis (suicidio) de nuestras células. Una forma de ver a los virus es como señales químicas (no son entes vivos) que desatan su copia y la autodestrucción de la célula que les acoge. En Gaia el suicidio por el bien del organismo abunda a pesar de las individualidades de cada célula. Así que, en cierta medida, esa densidad poblacional, esa globalización de movimientos, ese deterioro de ecosistemas, ha generado que una molécula pueda matar y la hayamos patogenizado, ayudando al suicidio ya en marcha del propio sistema parasitario.
Pero esa es solo la visión cibernética de la Gaia orgánica de los virus. Los virus tienen otro papel fundamental y más importante a largo plazo en Gaia (es habitual que cada proceso tenga múltiples funciones a distintas escalas, como pasa en los organismos). Los virus transportan información vía cadena de ADN o ARN; es decir, su papel es también evolutivo. El ejemplo sorprendente —y ya clásico— es que han sido virus los que han permitido que la hembra de los mamíferos no rechace, a través de su sistema inmune, ese cuerpo extraño llamado feto: la esencia de lo mamífero —euterio— la debemos a los virus. El mundo de las bacterias y virus que se ha visto como enemigos que combatir (y lo son en ciertas situaciones desmadradas), hoy los podemos ver más como moléculas fundamentales, no solo de la mayoría de los procesos metabólicos del organismo Gaia, sino de cada suborganismo a nivel de población o especie.
En cuanto al Homo sapiens: la mayor parte de nuestra historia hemos estado integrados en Gaia, y como colectivo no hemos sido un parásito o cáncer hasta muy recientemente. Aunque otras civilizaciones han sido también parasitarias, eso no fue sino un estado temporal: o pronto dejaron de serlo o se extinguieron. Algunas desaparecieron precisamente por colapsos análogos al nuestro: alguna disfunción del ecosistema creada por la sociedad generó disfuncionalidades internas que a su vez generaron el autocolapso. La deforestación de la isla de Pascua generó problemas que se empeoraron haciendo moais cada vez más grandes que exigían más madera asistidos por señores de la guerra que causaron la muerte de su gente a través del conflicto y la guerra. La culpa no la tuvo la sequía que produjo las primeras hambrunas: esa fue una subcausa en un complejo sistema, la culpa en su mayor parte fue de la propia civilización pascuense, realimentando positivamente el desastre.
Por otro lado, delfines y elefantes están claramente bien integrados en Gaia y generan complejidad, funcionalidad y belleza, por tanto, no es un problema de la naturaleza biológica humana autoconsciente. Es un problema del brillo hipnotizante del Titanic, de creernos poderosos porque nos parecemos a un cáncer que crece rápido e imparable (¡y lo llamamos progreso!) o de la armadura de vidrio que esta cultura se ha montado y que ha sido capaz durante un cortísimo tiempo de ser un parásito suicida. Pero como no somos genéticamente parásitos de Gaia, sino células suyas, la respuesta mayoritaria a la pandemia que hoy estamos viendo, una vez pasada la primera resistencia cultural, es típica de células gaianas reintegrables: asumir el sacrificio propio en bien de la vida común, y entre los más heroicos de entre nosotros arriesgando su propia vida, asumir el hundimiento del Titanic y marchar a los botes ecofrugales, dejando espacio para los más débiles (“¡Los niños y las mujeres primero!”, se gritó en el Titanic y, de hecho, se salvaron en mayor proporción).
El Titanic no sé si se hundirá ahora; el coronavirus no lo veo como el iceberg, pues en realidad ya hace años que chocamos con él. Representa más bien el momento en que se inclina el barco y muchos empiezan a darse finalmente cuenta de que no era insumergible. Quizás nos pase como en el Titanic, donde además de a mujeres y a niños, se salvó (en proporción) a mucha más gente de primera clase que de tercera y donde finalmente las élites no hicieron nada por buscar a la gente que trataba de nadar, a pesar de que muchos botes quedaron medio vacíos. Si a algo puede ayudarnos el coronavirus —como sucedió con el naufragio del Titanic, cuando la inclinación del barco produjo ya sus primeras víctimas— es a ser conscientes de que el barco se hunde y convencernos de que es hora, pues, de comportarnos humanamente (ética del cuidado) y gaianamente (yendo a los botes salvavidas para luego buscar otro barco sostenible). 
Por ahora la naturaleza humana biológica, gaiana, que se ha despertado en muchos con el coronavirus, representa el todo sobre la parte, el amor a la vida sobre la complejidad, y aún si ayudara a hundir más rápido este barco que algunos creen que pueden salvar, en cualquier caso, es el único comportamiento ético, biológico y gaiano que nos podemos permitir. Gaia, ayudando con la señal de la inclinación del barco, no es vengativa, puesto que este ya se iba a hundir de todos modos, y simplemente nos está dando pistas con ello. Si queremos ver la parte antropocéntrica de la analogía, podríamos decir que nos muestra una salida humanista y gaiana al tiempo que nos da un poco más de margen para que, sin esperar a que el barco se parta en dos —que lo hará—, vayamos corriendo a ayudar a otros a llegar a los botes. Todo ello por muy dramática que sea la falta de botes para todos, y pese al hecho de que hasta ahora nos hayamos organizado tan mal tras el choque y aunque estemos sufriendo enormemente con la muerte de gente cercana. 
El virus no es un enemigo: es la señal que muchos tal vez necesitaban para saber que el barco se va a hundir y para ofrecernos la oportunidad de actos heroicos que imitar y de repensarnos antes vivos que complejos. Gaia, de poder hacer algo conscientemente, ya mandaría algún delfín para rescatar a algunos[8], al menos psicológicamente.
La naturaleza gaiana, que sigue viva en nosotros, es la que está permitiendo que podamos visualizar un colapso rápido y temprano en el tiempo sin rasgarnos las vestiduras como hacen quienes ven que eso generaría una barbarie absoluta de manera necesaria. El colapso rápido no solo tenía lógica sistémica sino que, gracias al virus, nos permite ver que nuestra ética intrínseca e inteligencia vital es más fuerte de lo que creíamos. El fulgor de Gaia (la biofilia) aún late tras más de cinco siglos de ataque absoluto, lo que demuestra lo fuerte que es. Resulta que la armadura se quiebra y había un corazón dentro, como es fácil de saber cuando superas la automentira de la visión de garras y dientes ensangrentados de la biología clásica o de la ideología paralela neoliberal. Se desata lo que había dentro y resulta que era moralmente bueno, aunque la cultura —que forma parte también de nuestra naturaleza, pero que es cambiante y manipulable a lo largo de los siglos— luche esquizofrénicamente contra ella.
El mito del buen salvaje resultó no ser tan falso, y ahora viene a reparar los daños terribles causados por haberlo rodeado de una armadura de vidrio con la que pretendimos nadar en un hermoso río en el que nos esperaban algunos rápidos. Sigo pensando que cuanto antes se rompa la armadura antes podremos nadar, porque resulta que sí sabemos nadar. Decir que Gaia nos ha mandado rocas, que en realidad estaban allí mucho antes de llegar nosotros al río, es absurdo y profundamente equivocado.
Carlos de Castro Carranza. En mi casa artificial, semifuera de Gaia, 8 de abril de 2020.
Notas:
[1] Probablemente no es de Aldous Huxley la frase pero se le atribuye extensamente en internet.  Más verosímil, aunque tampoco de la novela: “Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada en los actuales estados totalitarios a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela”.
Es igual que sea apócrifa o no, porque la sociedad es capaz de este tipo de autocrítica, de reconocerse e incluso de regodearse en ella y sus barrotes y aun así no querer cambiar por miedo o incapacidad: una dictadura más perfecta aún quizás que la imaginada por Aldous.
[2] Una explosión de artículos de profunda reflexión (por ejemplo, Solidaridad Internacional Andalucía mantiene una excelente recopilación) y también mala baba (en casi cualquier mass media) en el contexto de la pandemia de 2020 están apareciendo en una pandemia de miedos y nervios provocados por el coronavirus y especialmente por la reacción que causa en nuestra cultura particular. Hasta ahora me he resistido porque en otras ocasiones del pasado histórico reciente se han interpretado muchas veces mal las señales de ciertos acontecimientos cuando se analizaron en su tiempo presente (por ejemplo, la crisis del petróleo de 1973 se interpretó por algunos como el inicio del colapso anunciado para finales de esta década del 2020 por los escenarios estándar de los Límites del Crecimiento, y hubo quien vio el fin instantáneo del capitalismo en la crisis del 2008 durante la misma). Es difícil aportar algo útil en medio de una vorágine, así que espero no equivocarme demasiado.
[3Eloraculodegaia.info contiene todas las referencias científicas y literarias sobre esta cosmovisión que identifica a Gaia con un organismo, y que he denominado Teoría de Gaia Orgánica.
[4The five stages of collapse, Dmitry Orlov, 2012, New society publishers. La cita se la debo a Ferran Vilar, quien discute con más detalle estas fases en el contexto del coronavirus, en un texto imprescindible por lo certero de su análisis.
[5Elysium (2013) es una película escrita y dirigida por Neill Blomkamp que nos muestra un año 2154 en el que los ricos (100.000 individuos: ¡cómo me recuerda a los 144.000 elegidos del Apocalipsis!) viven en una cómoda y lujosa estación espacial mientras que miles de millones de personas pobres tienen que vivir en las ruinas de una Tierra ecológicamente devastada. Blomkamp la definió como una película que describe el presente.
[6] Capellán-Pérez, I., Blas, I. de, Nieto, J., Castro, C. de, Miguel, L.J., Carpintero, Ó., Mediavilla, M., Lobejón, L.F., Ferreras-Alonso, N., Rodrigo, P., Frechoso, F., Álvarez-Antelo, D., 2020. “MEDEAS: a new modeling framework integrating global biophysical and socioeconomic constraints“, Energy Environmental Science.
[7] Jorge Riechmann con su Simbioética (libro que se editará en breve, espero), aunque con matices diferentes a los míos, profundiza mucho más que yo en términos y contextos similares.
[8] Casi me atrevería a decir que es así literalmente. Cierta sensación post-Chernóbil, de que Gaia vuelve por sus fueros, nos invade a más de uno viendo animales o estrellas en las ciudades u oyendo más pájaros de lo habitual en los árboles al otro lado de la ventana.
VISTO EN:

No hay comentarios: