EL DERECHO A LA LENTITUD
La escritora española
María Sánchez abraza las sensibilidades de la naturaleza y del territorio para
cultivar una literatura atenta a sus ciclos, afectos y heridas.
María Sánchez vive desde hace tres años en una casa de campo,
en una pequeña aldea de Galicia. Es una zona de clima atlántico, abundante en
vegetación y humedad, pero también con extensas plantaciones de pino, una
especie no autóctona. Esa combinación ha provocado que durante los últimos
meses se registraran incendios forestales que han afectado profundamente el
territorio.
Al igual que su abuelo paterno, María es veterinaria. En su más reciente libro, Fuego la Sed, recupera el registro de lluvias que él llevaba, donde se evidencia la disminución progresiva de las precipitaciones. Las afectividades, los cambios acelerados por el cambio climático, la sequía y la necesidad de dejar una huella del territorio, son temas que atraviesan su obra. “Mis raíces están ahí, es mi territorio emocional”, expresa.
E: ¿Qué es para ti ser una mujer que escribe desde y
sobre la vida de campo?
M: Creo que me
sentí quizá muy falta de esos referentes, de mujeres que escribieran desde el
campo. Escribir un libro, publicarlo, para mí era una manera de decir, “oye,
también se puede escribir desde aquí”, romper esos centros y discursos pues con
las personas que somos del campo, que vivimos o venimos de un pueblo, discursos
que son muy paternalistas, condescendientes y urbanocéntricos. Ser escritora
desde aquí es un golpe sobre la mesa y un reclamo por el derecho a la lentitud.
Me parece que es súper político y necesario escribir sobre cómo florece un
árbol, cómo se trabaja una huerta, cómo se vive fuera de las grandes ciudades.
E: ¿Qué buscaste revelar sobre las narrativas de campo?
M: El ensayo Tierra de mujeres ha sido brutal, porque en todas
las presentaciones —de sitios, familias e historias muy diferentes a la mía— ha
habido dos frases que se han repetido muchísimo: “Este libro lo podría haber
escrito yo” y “Has contado mi vida”. O sea, había esa orfandad y esa necesidad
de sentirse reconocida en un libro. Y luego, me cansaba esa romantización que
siempre se hace de las personas que somos de origen rural, que somos pobres,
analfabetas o violentas. Yo siempre digo que hay dos extremos: uno es Walden,
de Thoreau, y el otro es Los santos inocentes, de Miguel Delibes.
Además, al haber estudiado en la universidad y no haber
hecho carrera académica, estaba también muy cansada de ese hiperextractivismo
que muchas veces se practica desde la academia. Yo, por ejemplo, que trabajo
muchísimo con cabreras, pastores y ganaderos, veo cómo la academia vampiriza esos
saberes en forma de tesis o publicaciones, y esas personas luego nunca aparecen
con nombre ni apellido. Estaba cansada de que siempre fuésemos el sustrato para
otro, pero nosotros nunca pudiésemos tener ese espacio para contarlo.
E: Una de tus búsquedas es reivindicar la lentitud,
desafiando el vértigo que la vida capitalista impone. Cómo eso se manifiesta en
la manera que vas zurciendo tus relatos.
M: Creo que siempre, las personas que venimos de
familias que viven en el campo, que estamos fuera de esos centros y esas
grandes ciudades, es algo que tenemos muy interiorizado, pero no le hemos
puesto palabras. Siempre en mi casa, estar guapa es, por ejemplo, tener salud,
no que te hayas operado o que te hagas la uñas, por ponerte un ejemplo tonto. O algo que en mi casa se aprecia mucho es sentarnos todos a comer,
conversar y saber de dónde viene la comida.
La felicidad es poder salir, ir a la huerta, salir por setas
y recolectar hierbas. Entonces, una no es consciente del privilegio y de la
vida que le han dado hasta que llega a una ciudad y ves cómo consumimos todo.
Ha sido parte de mi proceso darme cuenta de la suerte de haber nacido en una
familia donde lo importante son cosas que están fuera de estos mecanismos que
estamos hablando. Para mí es muy importante pelearlo, más en estos tiempos
donde parece que la lentitud va a ser privilegio de las personas que tienen
dinero. No va a ser un derecho para todos.
E: ¿Cómo reconstruir comunidades, espacios cuando estamos tan mediados por la tecnología? Una comunidad que también sea
crítica del modelo que devasta la naturaleza ¿Qué reflexión tienes en torno a
eso?
M: Necesitamos políticas públicas que pongan la
vida en el centro. O sea, no podemos hacer que las personas se sientan
culpables porque no tienen tiempo para ir al mercado a comprar para cocinar, o
porque no tienen tiempo para salir a caminar o ir a un parque. Hay estudios que
muestran, por ejemplo, cómo las personas con menos recursos dentro de las
ciudades viven en los sitios donde hay menos árboles y menos áreas verdes.
Otros estudios demuestran que las personas que tienen más enfermedades
relacionadas con la comida son quienes compran comida más barata: la
industrial.
Vivimos en tiempos en los que ya no hay separación entre las
horas de descanso y el trabajo, porque tenemos el correo en el celular, y es
muy difícil defender eso y pelearlo, porque para muchos significa pagar una
factura, y no te puedes permitir el privilegio de decir “chao, WhatsApp”.
Entonces, creo que necesitamos esas políticas que pongan la buena vida en el
centro, y que se ruralicen las ciudades en el sentido de que hagamos zonas
verdes, huertos urbanos en todos los colegios —no solo los privados—, salidas
al campo para aprender con y siendo naturaleza.
M: Me ha gustado mucho una palabra que has
usado, que es iluminador, porque justamente es algo que quería
lograr con este poemario. Nace de ver cómo el territorio en Andalucía, de donde
es mi familia, donde teníamos las cabras, donde siempre ha habido pastoreo,
ganadería extensiva, donde crecí y amé, que ha dejado de ser así por la falta
de lluvia. Hay árboles que se secan, arroyos de los que no vuelve a aflorar
agua. El sitio ha cambiado tanto que ya cuando era pequeña, escuchaba a mi
padre y a mi abuelo decir que llovía cada vez menos.
Las guardas del libro son los registros de
lluvia de mi abuelo cada año. Para mí, el libro era una manera de volver a
querer ese lugar del que yo soy y que, para mí, también es mi familia. Hay un
árbol genealógico que son todos los animales que vivieron en ese trocito de
tierra: una forma de volver a estar ahí, pero de otras maneras y con otros
afectos.
E: En la imagen de portada, brotan plantas de las manos
de una sacerdotisa…
M: Sí, es reimaginar el estigma no como una
herida sino como un brote, con nosotras, porque llevamos las semillas para el
mañana. El poemario tiene lugares oscuros, hay tristeza porque el cambio
climático es una realidad, pero me daba mucho miedo que el libro me llevase a
la inmovilización. Por eso, el último poema lleva a que tú también puedes
plantar ese peral aunque no tengas un bebé, aunque no tengas una nieta, hay que
seguir sembrando buenas sombras.
E: Escribes: “Serán otros los que tengan que aprender a
leer nuestros huesos, las cenizas de los bosques que fueron un día amplia y
amable sombra.” ¿Qué activó la literatura en ti para impulsarte a escribir
desde la memoria?
M: Creo que esos dispositivos que se activan en
mí para escribir vienen de afuera de los libros y también de otra pregunta que
atravesó Fuego la sed en su escritura, pero que también me
atraviesa mucho como ciudadana: ¿qué tipo de antepasada quiero ser para la
gente del mañana?, ¿qué quiero dejar? Pensaba mucho en eso, en todo. Por
ejemplo, en mi abuelo plantando esos árboles, como en El campesino de
la trilogía de la fatiga de John Berger, que sabe que su hijo no se va
a dedicar al campo, pero sigue plantando arbolitos para la gente del mañana. En
ese tipo de herencia fuera de lo económico que dejamos: ¿qué tierras?, ¿qué
sistemas?, ¿qué costumbres?, ¿qué semillas vamos a dejar?, ¿qué saberes vamos a
dejar a las personas que vengan, más allá del linaje y de lo sanguíneo. En el
libro el concepto de familia va más allá de lo humano y alcanza la tierra, los
árboles, los animales.
E: Al final del libro escribes sobre los avistamientos de
aves, ¿fueron todas las aves y pájaros que viste mientras escribías el libro?
M: Yo soy muy pajarera, me encanta ver los
pájaros, pero no lo entiendo como una manera de consumo, porque hay muchos
pajareros que se hacen una lista de pájaros y viajan por el mundo para tacharla
a medida que los ven. Yo estoy muy en contra de eso. Es por el simple hecho de
ver un pájaro y disfrutarlo, aunque muchas veces no sepa identificarlo: ya
aprenderás. Entonces, sí, quería darle las gracias a esos pájaros porque me
hacen tan feliz: el que se aparezcan en la ventana o que, de repente, voy
caminando y se me cruce uno. Y quería, a modo de cerrar el libro, nombrar a
todos ellos que acompañaron la escritura. Nombrarlos a todos ellos.
E: Y los reconociste todos…
M: Bueno, sí, porque he tenido la suerte de que
a mi padre le encantan los pájaros. El libro que más me gusta, de mi vida, es
la guía de pájaros de Peterson. Desde pequeña, siempre he ido con mi padre al
campo, a estar en silencio, a escondernos, simplemente por ver los pájaros. Esa
es otra cosa que siempre me enseñó mi padre: “Guarda el pájaro en tu cabeza y,
cuando llegues a casa, lo buscas en la guía”. Entonces, fíjate qué bonito es
tomarte el tiempo para esto. A mí me encanta eso de llegar, por ejemplo, con
las plumas y, bueno, a lo mejor no soy capaz de adivinar de qué pájaro es, pero
intento buscarlo, más allá de la solución fácil.
E: Mientras escribías Fuego la sed, ¿qué
otros relatos comenzaron a abrirse en ti, que te gustaría seguir escribiendo?
M: No voy a hablar de mí como escritora, sino,
quizás, decirte de lo que me gustaría que pudiésemos leer. Creo que es muy
importante dignificar las voces y los saberes de las personas que no escriben,
que no son escritoras, pero que escriben de otras maneras. Y pienso en el arte
textil, en la cerámica, en todos esos saberes y haceres, en especial de las
mujeres indígenas. Por ejemplo, hace poco estuve con una artista de Guatemala
que se llama Marilyn
Boror, y ella me decía, porque hablábamos de nuestras abuelas, y yo dije que
mi abuela era analfabeta, ella me respondió que depende para quién. Mi abuela
sabía muchas cosas, aunque no supiese escribir ni leer. Y me encantó mucho esa
manera de verlo, porque mi abuela, por ejemplo, no fue al colegio ni a la
universidad, pero conservaba semillas de un año al otro, tenía un huerto de
autosubsistencia, tenía un conocimiento que está más allá de los libros y la
academia. Y a mí me gustaría que se redignificaran todos esos saberes.
https://endemico.org/maria-sanchez-ser-escritora-desde-el-campo/


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