VALIENTE HOY ES SER MODERADO
Diego Garrocho. Profesor de Ética y Filosofía en la
Universidad Autónoma de Madrid. Autor del ensayo Moderaditos. Una defensa de la valentía política, con el que ha querido hacer «una
apología de la duda, que no de la incertidumbre, la tibieza o el relativismo»
En Nueva Revista, el filósofo respondió a las preguntas de los asistentes al Foro Nueva Revista en la Universidad Villanueva. Esta es la crónica:
Ser moderado, moderadito, está mal visto en la presente coyuntura marcada por la polarización. Se suele identificar con «traidor», «hipócrita timorato» o «tibio». Nada que ver con la realidad. Lo detalla el filósofo y periodista Diego Garrocho:
Ser moderado es «exponer de forma educada las opiniones», «escuchar las razones del antagonista, barajando la posibilidad de llegar a cambiar de parecer» y «saber disentir de los tuyos».Explicó el filósofo que lo escribió desde «el hartazgo que
orbita en torno al término moderado o moderación». Era preciso dejar sentado
que moderación no es sinónimo de «equidistancia, ni de relativismo». Y que se
pueden «defender las ideas, incluso con muchísima vehemencia, pero desde unas
coordenadas muy concretas, desde el respeto».
Pero nos encontramos actualmente en «un contexto de
polarización tan extrema, que la moderación tiene un coste y lejos de agradar a
todo el mundo parece que los moderados son unos traidores a la causa propia».
Así que la hipótesis fundamental del ensayo es que, dada la coyuntura, «la
moderación tiene un valor casi revolucionario, que exige mucha valentía». Lo
valiente hoy es ser moderado. De ahí el subtítulo: Una defensa de la
valentía política.
Y de forma humilde y educada, el libro no es otra cosa que
«una botella arrojada al mar o una bengala en medio del oceáno para reivindicar
una vieja virtud, que ha pertenecido a la gran tradición intelectual y que
encontramos en Platón o en Aristóteles, referida como una de las
virtudes principales».
Apología de la duda, pero no del relativismo
El autor ha querido hacer con Moderaditos una
apología de la duda, pero no de la incertidumbre, la tibieza o el relativismo.
Lo cual tiene un precio. Esa actitud supone «dudar de nosotros mismos, y nos
obliga a llevar una vida más esforzada, más incierta, más incómoda. Y dudar
también de los propios, ser capaz de cuestionarlos o desafiarlos, algo que normalmente
no se premia. Ya que quienes abrazan una bandera, un partido político, un grupo
pueden encontrar un calor y una protección que es muy tentadora».
La trayectoria periodística de Garrocho es un ejemplo de
superación de maquiavelismos y polarización: quien fue jefe de Opinión de ABC es
ahora columnista de El País, y además comentarista de la
cadena Cope. «No es tan extraño», aclaró, «porque, en el fondo, las cosas que
escribo se parecen mucho y responden a lo que yo creo que debe ser un periódico
de una democracia liberal: un artefacto de estímulo intelectual, en el que debe
concurrir ideas distintas y competir entre ellas».
El autor planteó en el coloquio la responsabilidad que han
tenido políticos, medios de comunicación en general y redes sociales en
particular en encender la mecha. «El problema —detalló— es que, hoy en
día, no siempre podemos distinguir quién es un comunicador y quien un operador
político», dos campos que deberían estar perfectamente deslindados en una
democracia. Y sin embargo, en «las tertulias de muchas cadenas de televisión o
radio, hay tertulianos que están fijando posición con argumentarios que les
llegan al móvil. Lo he visto yo personalmente: he discutido con personas que
estaban mirando el móvil y recibiendo instrucciones».
El poder nos quiere polarizados
El clima de polarización se exacerba con dos novedades. Una
es la tecnología: «La conversación pública hoy está atravesada por medios
tecnológicos que incentivan el espectáculo de ver a gente pegándose en Twitter,
por ejemplo». Y la otra es el dinero: «La polarización es un enorme negocio.
Como señalaba Martin Baron, el antiguo director del Washington
Post, nadie estaría polarizando si no fuera rentable, electoral o
económicamente». En ese sentido, «el poder nos quiere polarizados».
No es fácil cambiar ese estado de cosas. Habría que exigir
responsabilidad a los políticos y también a los editores y empresarios de la
comunicación, sostiene el filósofo. Y recordar que «una democracia
funciona no solo cuando la derecha vigila a la izquierda, sino cuando la mejor
derecha vigila a la peor derecha y la mejor izquierda vigila a la peor
izquierda».
El juego de consensos y disensos
«Las sociedades se construyen sobre consensos», pero la
propuesta de Garrocho pasa «por construir otra manera de disentir». Algo a lo
que no estamos muy acostumbrados.
Es perfectamente legítimo que «haya personas que tienen
órdenes de valores que impugnan el mío y me parece bien que podamos discutir, y
tener derecho a ejercer esa diferencia». Esa diferencia enriquece el debate.
Pero para ello debemos aprender a «no considerar que quien piensa de manera
distinta de la mía es malo. Y ese es un riesgo de la polarización: satanizar la
alternativa política».
«No quiero anular ese disenso, sino celebrarlo, y aprovecharlo
para perfeccionar mis ideas o para tumbarlas», añadió Garrocho. Porque, además,
al demonizar al otro, «nos olvidamos de exigir a los propios, que creo que es
uno de los mecanismos de perfección que tiene la democracia».
Politización de la justicia
También ha contribuido a la polarización la politización de
la justicia. Garrocho considera que, al margen de tribunales de extracción
política como el Constitucional, «no ha habido hasta ahora jueces de partido.
Un juez progresista podía votar en contra de los intereses de un gobierno
progresista y un juez conservador podía votar en contra de los intereses de un
partido conservador.
En cualquier caso, la solución para mejorar la judicatura
«no es politizarla más, no es que la controlen los políticos, sino que la
controlen menos. Necesitamos que la justicia esté cuanto menos politizada,
mejor; y cuanto más lejos estén el poder legislativo del judicial, mejor».
Garrocho afirma que la clave para los políticos y los jueces
es seguir el imperio de la ley y señala que, de los tres poderes, el que le
merece más confianza, en principio, es el judicial. Porque, «para empezar, sus
integrantes han pasado por una oposición o han respondido a un proceso de
decantación por mérito y capacidad».
Respecto al exceso de judicialización de la política, el
filósofo sostiene que se deben juzgar y perseguir los delitos con la misma
vehemencia, «los cometa un labriego o un presidente del Gobierno». Y refuta la
opinión de quienes alegan que los delitos inspirados por causas políticas deberían
formar parte de un juego ajeno al imperio de la ley. «Que un delito tenga
inspiración política no atenúa esa responsabilidad, sino que la agrava»,
afirma. De hecho, «los peores desastres del siglo XX eran de inspiración
política y a nadie se le ocurre pensar que tenían que resolverse fuera del
ámbito del derecho».
https://www.nuevarevista.net/diego-s-garrocho-valiente-moderado/

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