17.2.26

Hay que saber cuándo es momento de luchar y cuándo hay que cambiar de rumbo

AGUANTAR, PERO ¿HASTA CUÁNDO?

Provengo de una familia donde las mujeres aprietan los dientes y siguen adelante pase lo que pase, y me he criado en una sociedad que ha hecho de la resistencia a ultranza su leitmotiv . Y eso deja huella, configura tu mundo, por muy psicóloga que seas.

Como resultado, siempre pensó que todo logro que merezca la pena acarrea una buena dosis de sacrificio. Si quieres alcanzar algo importante, tendrás que hacer renuncias por el camino. Ninguna transformación personal ocurre sin atravesar ciertas dosis de incomodidad.

Asimismo, estoy convencida de que la resiliencia, esa palabra que se ha puesto de moda en los últimos tiempos, se forja en los momentos más oscuros, esos en los que estamos a punto de tirar la toalla, pero decidimos resistir, a pesar del cansancio, las dudas o el miedo.

Eso significa que es importante aguantar y no darnos por vencidos ante el primer tropiezo. Pero también soy consciente de que a veces aguantamos demasiado, mucho más de lo saludable, lo recomendable y lo sensato. En ese punto acabamos desarrollando una resiliencia tóxica que no da frutos, solo nos consume por dentro.

¿De dónde surge esa necesidad de aguantar?

Casi todos somos hijos de una cultura que, de una u otra manera, glorifica el sacrificio. El emprendedor que duerme cinco horas al día. La madre que nunca descansa. El estudiante modelo que sacó su carrera a base de ansiedad e incontables tazas de café. El autónomo que no se va de vacaciones porque nunca es un buen momento. E incluso el pueblo que resiste contra viento y marea los desmanes de sus políticos y administradores, aunque muchas veces en ello no solo les vaya el bienestar, sino incluso la vida.

A todos ellos se les aplaude y se les considera dignos de admiración, pero pocas veces les preguntamos cómo están.

Se ha demostrado que la sobreexigencia desmedida, ese tirar para adelante sin descansar ni darnos tiempo para recuperarnos, conduce progresivamente al burnout. Obviamente, no ocurre de golpe, es un proceso lento pero inexorable que se agrava a medida que nos exigimos más y más.

Aunque resulte curioso, ese nivel de sobreexigencia personal no ha existido siempre. El ocio y el descanso eran primordiales para los antiguos filósofos griegos, quienes no concebían una vida sin tiempo para reflexionar. No veían el descanso y la desconexión como un “premio” por haber trabajado duro sino como una necesidad vital para tener lo que llamaban una “buena vida”.

Para Aristóteles, por ejemplo, cualquier exceso era un vicio porque el objetivo en la vida era encontrar el justo punto medio. Incluso los filósofos estoicos, que fueron los que más pregonaron la resistencia, hicieron una diferenciación entre las cosas que dependen de nosotros y las que no están en nuestras manos. Para ellos, la inteligencia consistía en enfocarse en las primeras y dejar ir las segundas.

Eso significa que los estoicos no resistían por masoquismo, sino porque querían ser coherentes con su sistema de valores, pero en el momento en que algo escapaba de su voluntad o podía destruir su integridad moral o mental, daban un paso atrás. Y ese paso atrás no era visto como debilidad, sino como sabiduría.

La confusión moderna: resiliencia no es autoexplotación

Es probable que también tú hayas crecido escuchando frases como “tienes que ser fuerte”, “no te rindas” o “aguanta un poco más”. A veces, todos necesitamos a alguien que nos recuerde que tenemos la fuerza para resistir. Pero también es importante no confundir la resiliencia con la autoexplotación, un concepto que no solo se aplica al trabajo, sino a la vida en general.

Nos autoexplotamos cuando no nos quejamos, aunque tengamos mil y un motivos para hacerlo.

Nos autoexplotamos cada vez que no reconocemos el dolor, no ponemos límites o no pedimos ayuda si la necesitamos.

Nos autoexplotamos cuando no nos bajamos del tren, aunque seamos conscientes de que va directo al agotamiento.

Nos autoexplotamos cada vez que nos marcamos ritmos imposibles, mantenemos rutinas que nos apagan y nos aferramos a relaciones que han perdido su razón de ser.

Pero la auténtica resiliencia no es resistencia ciega, sino adaptación inteligente. Y adaptarse no siempre implica aguantar, a veces implica cambiar, frenar o incluso soltar lo que ha perdido su sentido o nos daña.

No es casual que un estudio haya constatado que las personas que son capaces de abandonar sus metas inalcanzables y reajustar sus objetivos tienen una mejor salud mental y reportan una mayor sensación de bienestar. Y es que en ciertos contextos renunciar o luchar contra lo que nos está consumiendo, en vez de aguantar estoicamente, es lo más sensato.

La pregunta que lo cambia todo

No es necesario perderse por los vericuetos de la mente para saber cuándo debemos parar, solo hay que cambiar la manera en que vemos lo que nos ocurre. La pregunta no es si puedes aguantar un poco más, sino: ¿a qué precio? Eso lo cambia todo.

Es probable que puedas aguantar un poco más, pero si eso exige un sacrificio desmedido, probablemente no valga la pena. Si aguantar un poco más consume tu salud, te exige renunciar a tus valores o tu dignidad o te arrebata la paz mental, quizás lo más inteligente sea dejarlo ir o poner los puntos sobre las íes y reclamar tus derechos.

La clave, como todo en la vida, consiste en la mesura, una de esas palabras que parece en vías de extinción. No te rindas demasiado pronto, pero tampoco soportes lo indecible. Hay que saber cuándo es momento de luchar y cuándo es momento de cambiar de rumbo. Y eso, créeme, acaba siendo extremadamente liberador.

Jennifer Delgado

https://rinconpsicologia.com/hasta-cuando-aguantar/

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