AGUANTAR, PERO ¿HASTA CUÁNDO?
Provengo de una familia donde las mujeres aprietan los
dientes y siguen adelante pase lo que pase, y me he criado en una sociedad que
ha hecho de la resistencia a ultranza su leitmotiv . Y eso
deja huella, configura tu mundo, por muy psicóloga que seas.
Como resultado, siempre pensó que todo logro que merezca la pena acarrea una buena dosis de sacrificio. Si quieres alcanzar algo importante, tendrás que hacer renuncias por el camino. Ninguna transformación personal ocurre sin atravesar ciertas dosis de incomodidad.
Asimismo, estoy convencida de que la resiliencia, esa palabra que se ha puesto de moda en los
últimos tiempos, se forja en los momentos más oscuros, esos en los que estamos
a punto de tirar la toalla, pero decidimos resistir, a pesar del cansancio, las
dudas o el miedo.
Eso significa que es importante aguantar y no darnos por
vencidos ante el primer tropiezo. Pero también soy consciente de que a veces
aguantamos demasiado, mucho más de lo saludable, lo recomendable y lo sensato.
En ese punto acabamos desarrollando una resiliencia tóxica que no da
frutos, solo nos consume por dentro.
¿De dónde surge esa necesidad de aguantar?
Casi todos somos hijos de una cultura que, de una u otra
manera, glorifica el sacrificio. El emprendedor que duerme cinco horas al día.
La madre que nunca descansa. El estudiante modelo que sacó su carrera a base de
ansiedad e incontables tazas de café. El autónomo que no se va de vacaciones
porque nunca es un buen momento. E incluso el pueblo que resiste contra viento
y marea los desmanes de sus políticos y administradores, aunque muchas veces en
ello no solo les vaya el bienestar, sino incluso la vida.
A todos ellos se les aplaude y se les considera dignos de
admiración, pero pocas veces les preguntamos cómo están.
Se ha demostrado que la sobreexigencia desmedida, ese tirar
para adelante sin descansar ni darnos tiempo para recuperarnos, conduce progresivamente
al burnout. Obviamente, no ocurre de
golpe, es un proceso lento pero inexorable que se agrava a medida que nos
exigimos más y más.
Aunque resulte curioso, ese nivel de sobreexigencia personal
no ha existido siempre. El ocio y el descanso eran primordiales para los
antiguos filósofos griegos, quienes no concebían una vida sin tiempo para
reflexionar. No veían el descanso y la desconexión como un “premio” por haber
trabajado duro sino como una necesidad vital para tener lo que llamaban una
“buena vida”.
Para Aristóteles, por ejemplo, cualquier exceso era un vicio
porque el objetivo en la vida era encontrar el justo punto medio. Incluso los
filósofos estoicos, que fueron los que más pregonaron la resistencia, hicieron
una diferenciación entre las cosas que dependen de nosotros y las que no están
en nuestras manos. Para ellos, la inteligencia consistía en enfocarse en las
primeras y dejar ir las segundas.
Eso significa que los estoicos no resistían por masoquismo,
sino porque querían ser coherentes con su sistema de valores, pero en el
momento en que algo escapaba de su voluntad o podía destruir su integridad
moral o mental, daban un paso atrás. Y ese paso atrás no era visto como
debilidad, sino como sabiduría.
La confusión moderna: resiliencia no es autoexplotación
Es probable que también tú hayas crecido escuchando frases
como “tienes que ser fuerte”, “no te rindas” o “aguanta un
poco más”. A veces, todos necesitamos a alguien que nos recuerde que
tenemos la fuerza para resistir. Pero también es importante no confundir la
resiliencia con la autoexplotación, un concepto que no solo se aplica al
trabajo, sino a la vida en general.
Nos autoexplotamos cuando no nos quejamos, aunque tengamos
mil y un motivos para hacerlo.
Nos autoexplotamos cada vez que no reconocemos el dolor, no
ponemos límites o no pedimos ayuda si la necesitamos.
Nos autoexplotamos cuando no nos bajamos del tren, aunque
seamos conscientes de que va directo al agotamiento.
Nos autoexplotamos cada vez que nos marcamos ritmos imposibles,
mantenemos rutinas que nos apagan y nos aferramos a relaciones que han perdido
su razón de ser.
Pero la auténtica resiliencia no es resistencia ciega, sino
adaptación inteligente. Y adaptarse no siempre implica aguantar, a veces
implica cambiar, frenar o incluso soltar lo que ha perdido su sentido o nos
daña.
No es casual que un estudio haya constatado que
las personas que son capaces de abandonar sus metas inalcanzables y reajustar
sus objetivos tienen una mejor salud mental y reportan una mayor sensación de
bienestar. Y es que en ciertos contextos renunciar o luchar contra lo que nos
está consumiendo, en vez de aguantar estoicamente, es lo más sensato.
La pregunta que lo cambia todo
No es necesario perderse por los vericuetos de la mente para
saber cuándo debemos parar, solo hay que cambiar la manera en que vemos lo que
nos ocurre. La pregunta no es si puedes aguantar un poco más, sino: ¿a qué
precio? Eso lo cambia todo.
Es probable que puedas aguantar un poco más, pero si eso
exige un sacrificio desmedido, probablemente no valga la pena. Si aguantar un
poco más consume tu salud, te exige renunciar a tus valores o tu dignidad o te
arrebata la paz mental, quizás lo más inteligente sea dejarlo ir o poner los
puntos sobre las íes y reclamar tus derechos.
La clave, como todo en la vida, consiste en la mesura, una
de esas palabras que parece en vías de extinción. No te rindas demasiado
pronto, pero tampoco soportes lo indecible. Hay que saber cuándo es momento de
luchar y cuándo es momento de cambiar de rumbo. Y eso, créeme, acaba siendo
extremadamente liberador.
Jennifer Delgado
https://rinconpsicologia.com/hasta-cuando-aguantar/

No hay comentarios:
Publicar un comentario