¿QUIÉN SE ATREVE A TRAER VIDA?
HIJOS DE LOS HOMBRES:
Espejo moral de una época fatigada y sin red
Hay películas que no se limitan a contar una historia: te
colocan delante un espejo y te obligan a mirar lo que preferirías no ver. Hijos de los hombres hace eso con una potencia
peculiar. No va solo de un mundo sin infancia, sino que va de algo más
incómodo: de una civilización que, al dejar de imaginar un futuro, se vuelve
administradora del miedo. Un mundo que sigue funcionando —hay pantallas,
burocracias, transportes, propaganda— pero ya no sabe para qué. La vida
continúa, sí, pero sin promesa y cuando la promesa desaparece, lo humano se
encoge.
La escena del nacimiento (y todo lo que sucede alrededor de ese hecho imposible) es todo un golpe emocional. Lo es, pero su fuerza no es sentimental: es antropológica. En mitad del ruido, del control, de la violencia y de la desconfianza, el bebé irrumpe como un acontecimiento que desarma el guion del mundo. Durante unos segundos, la guerra se suspende. Las armas bajan. La mirada cambia, como si el cuerpo recordara, antes que la mente, que una vida nueva no es un dato: es un sentido.
Esa escena sirve para pensar la crisis de natalidad actual
con más verdad que muchos informes, porque nuestra crisis demográfica —en
España y en el mundo en general— no es únicamente un asunto de números. Es una
pregunta moral y cultural encarnada en estadísticas. La pregunta es sencilla:
¿estamos ofreciendo un futuro al que merezca la pena traer vida?
Los datos son claros, pero fríos. En España, durante 2024 se
registraron 318.005 nacimientos y el número medio de hijos por mujer cayó hasta
1,10. En el marco europeo, España se sitúa entre los países con fecundidad más
baja. La discusión pública suele reaccionar con reflejos: “faltan ayudas”,
“falta conciliación”, “falta vivienda”, “falta voluntad”, “falta cultura
familiar”. Cada uno elige su explicación como quien elige un bando. Pero lo
decisivo es comprender el clima común que hace posibles todas esas razones.
En Hijos de los hombres, la infertilidad global no funciona como
una rareza científica: funciona como un símbolo del agotamiento de la
confianza. Cuando el mundo deja de esperar, se vuelve duro; se vuelve cínico; se
vuelve gobernable por el miedo.
La política se transforma en seguridad; la convivencia, en
sospecha; la compasión, en debilidad; el cuidado, en carga. Y entonces la vida,
que para prosperar necesita cobijo, se convierte en riesgo. ¿No se parece
demasiado a lo que respiramos? Quizá no en el grado de violencia explícita,
pero sí en el régimen afectivo: la sensación de intemperie. Un mundo que exige
rendimiento y ofrece fragilidad. Una cultura que predica libertad y produce
aislamiento; un entorno que idolatra la autonomía, pero castiga la dependencia.
Y tener hijos —que es entrar de lleno en la dependencia real, cotidiana,
física, moral— se vive como una apuesta peligrosa, a veces como una temeridad.
Hay algo que conviene decir sin rodeos: la crisis de
natalidad no se entiende sin la crisis del cuidado. Y el cuidado no es una
palabra amable: es una estructura moral. Cuidar implica tiempo, renuncia,
atención, permanencia, vínculo. Implica aceptar que el otro —un bebé, un hijo,
un enfermo, un anciano— te interrumpe, y que esa interrupción no es un fallo
del sistema: es el corazón de la vida humana. Pero nuestra época ha ido
convirtiendo la interrupción en una amenaza. Vivimos bajo una lógica utilitarista
que mide el valor por la productividad, por la eficiencia y por el resultado.
En ese marco, el cuidado aparece como algo secundario,
contratable, casi vergonzante; y cuando el cuidado pierde dignidad social, la
maternidad y la paternidad se degradan a problema privado. Se les pide que se
apañen, se les ofrece como máximo una compensación administrativa, como si
traer vida fuera un hobby que merece una pequeña bonificación. En ese punto, el
lenguaje traiciona: se habla de “cargas”, de “costes”, de “impacto en la
carrera”, de “penalización salarial”, de “compatibilizar”.
Todo eso existe y pesa, pero el modo en que lo nombramos
delata un mundo que ha dejado de considerar la vida como un bien compartido. En
una sociedad sana, la infancia es un asunto público no porque el Estado la
gestione, sino porque la comunidad la honra. Cuando una sociedad deja de honrar
la fragilidad, se vuelve inhóspita y una sociedad inhóspita no fecunda: se
protege.
Por eso es tan pobre reducir la natalidad a una ecuación
económica. Lo económico importa, claro. La vivienda se ha convertido en un
candado: si no hay hogar, no hay nido. La precariedad laboral prolongada impide
planificar. El coste de la crianza no es solo dinero: es energía, tiempo,
estabilidad emocional. Pero incluso cuando hay cierta solvencia, el problema
persiste. ¿Por qué? Porque no basta con poder: hay que desear. Y el deseo
necesita un suelo cultural que lo sostenga. Ahí aparece otro núcleo: la
soledad. No la soledad romántica del “me gusta estar solo”, sino la soledad
estructural: redes débiles, familias dispersas, comunidades rotas, vecindarios
sin vida, amistades degradadas a mensajería intermitente.
Estamos conectados y, sin embargo, solos. Y la soledad no es un estado de ánimo: es una condición que erosiona la natalidad de forma implacable. Porque criar requiere manos, requiere tribu, un “nosotros” que no sea un lema, sino una presencia. La película muestra un mundo donde los vínculos están rotos y el miedo ocupa su lugar. Nosotros vivimos un mundo donde los vínculos se han vaciado y la pantalla ocupa el hueco.
Diferente superficie,
parecido resultado: menos densidad humana y, cuando hay menos densidad humana,
el cuidado se vuelve más caro, más difícil, más agotador. Entonces aparece la
fatiga anticipada: “no me da la vida”; y esa frase, tan contemporánea, es
reveladora. No dice solo “no tengo tiempo”, dice: la vida no me sostiene.
En ese clima, la maternidad (y la paternidad) se va
aplazando. Primero por prudencia, luego por costumbre, después por inercia y,
finalmente, por una transformación más profunda: la vida se organiza como un
proyecto de optimización del yo. Experiencias, autonomía, movilidad,
autoexpresión, disponibilidad constante. Tener hijos no encaja ahí porque
introduce límites y nuestra cultura, que no sabe ya convivir con límites, vive
los límites como derrota. La tecnociencia ha aportado soluciones reales y
alivios legítimos, pero también ha alimentado un espejismo: que todo puede
posponerse sin coste, que la biología siempre se negocia, que la vida es un
calendario editable.
Ese espejismo no solo produce frustración íntima cuando la
realidad no obedece: produce también una cultura del aplazamiento permanente y
el aplazamiento, cuando se convierte en norma, no es neutral: seca el deseo.
Aquí conviene decir algo delicado: a veces no es que “no se quiera” tener
hijos; es que se ha aprendido a no querer para no sufrir. El “no quiero”
protege del duelo del “no puedo”. El “no quiero” evita mirar de frente la
inseguridad, la falta de red, el miedo a no estar a la altura. Es una defensa
psicológica colectiva: si la vida parece demasiado dura, se le baja el volumen
al deseo. No porque seamos egoístas, sino porque estamos cansados. Cansados de
sostenernos solos.
Y esta es la clave que Hijos de los hombres coloca
en primer plano: una civilización sin nacimientos es una civilización sin
horizonte. Cuando el futuro se rompe, el presente se vuelve supervivencia; y en
supervivencia no se funda una familia: se resiste. La natalidad cae no solo por
falta de recursos, sino por falta de promesa compartida. De ahí que muchas
“políticas de natalidad” fracasen; no porque sean inútiles, sino porque llegan
tarde o alcanzan solamente la superficie. Se puede dar dinero, sí; se pueden
ampliar permisos, sí; se puede ayudar con guarderías, sí. Se debe.
Sin embargo, si el clima cultural sigue diciendo que cuidar
es perder, que la dependencia es humillante, que el hogar es irrelevante, que
el tiempo dedicado al otro es tiempo tirado, entonces el mensaje profundo sigue
siendo: “no te metas en eso”. Y la gente escucha el mensaje profundo. Hay,
además, un punto incómodo que preferimos evitar: el aborto, más allá del debate
moral y jurídico, también revela una fragilidad social. No se trata de negar la
agencia personal, sino de reconocer que muchas decisiones se toman en
condiciones de intemperie: soledad, miedo, precariedad, falta de acompañamiento
real. Una sociedad que acompaña menos empuja más, y luego llama “elección” a lo
que se decidió en soledad. Esto no simplifica la complejidad del fenómeno; la
ilumina: cuando no hay comunidad, el drama se privatiza y el peso cae entero
sobre una persona.
Volvamos a la película. Lo más aterrador no es la ausencia
de niños, sino que lo más aterrador es cómo el mundo se acostumbra, cómo la
normalidad se adapta al vacío. Eso es, quizá, lo que más se parece a la
actualidad: la capacidad de normalizar lo anómalo. De aceptar que la vida se
empobrece y llamarlo progreso. De convivir con la caída de la natalidad como si
fuera un dato técnico, no una transformación civilizatoria. Porque cuando
disminuyen los nacimientos no cambia solo la pirámide poblacional. Cambia el
ritmo moral de un país, la relación entre generaciones, el lugar simbólico de
la infancia y la idea misma de continuidad.
En el fondo, cambia la pregunta que late por debajo de todo:
¿seguimos creyendo en algo que nos trascienda? La natalidad es un acto de
confianza: una apuesta por el vínculo y una afirmación de futuro. No se puede
pedir confianza a quienes viven rodeados de incertidumbre, como tampoco se
puede pedir apostar por el vínculo en una cultura que ha hecho del vínculo un
riesgo reputacional (“no dependas”, “no te ates”, “no te compliques”). No se
puede pedir futuro a quienes viven en un presente sin hogar, sin comunidad, sin
tiempo.
Por eso, si se quiere hablar seriamente de la crisis de
natalidad, se tiene que hablar de tres cosas que suelen quedar fuera del debate
técnico:
1) La dignidad del cuidado. No como un servicio de segunda,
sino como una categoría superior de lo humano. Cuidar no es solo “hacer cosas”:
es sostener vidas y sostenerlas debería ser un motivo de prestigio moral, de
reconocimiento social, de corresponsabilidad real. No basta con “conciliar”:
hay que reordenar prioridades. Si una sociedad no honra el cuidado, no puede
sorprenderse de que la gente tema la crianza.
2) El hogar como infraestructura humana. La vivienda es un
problema material, sí. Pero el hogar es algo más: es el lugar donde la vida se
vuelve habitable. Un país puede tener tecnología, universidades, servicios,
ocio, pantallas, viajes, etc., y, sin embargo, carecer de hogares. Porque el
hogar no se reduce a metros cuadrados: requiere estabilidad, tiempo, presencia,
continuidad, vínculos intergeneracionales. Sin hogares el futuro se vuelve una
palabra sin cuerpo.
3) Comunidad concreta. No la comunidad como consigna, sino
como vecindad, amistad, familia extensa, apoyo mutuo, interdependencia asumida.
La natalidad no se sostiene solo con derechos individuales; se sostiene con
redes. Una red fuerte no elimina las dificultades, pero las reparte y lo que se
reparte pesa menos. Una sociedad de individuos aislados convierte la crianza en
una empresa heroica y nadie debería tener que ser héroe para vivir lo humano.
Esto no es nostalgia. Es realismo antropológico. La vida
humana siempre ha sido comunitaria, incluso cuando se ha idealizado la
autonomía. La diferencia es que antes la dependencia era visible y compartida;
ahora se oculta y se individualiza. Y lo que se individualiza se vuelve más
caro, más solitario, más frágil. La película, al final, no ofrece un programa
político, sino que ofrece una imagen: un bebé como interrupción del cinismo. Y
esa imagen nos devuelve una intuición fundamental: la vida nueva no es solo un
nacimiento; es una posibilidad de reconciliación con el futuro. Pero esa
reconciliación no ocurre por arte de magia, sino que requiere una decisión
cultural: dejar de vivir bajo la administración del miedo.
¿Qué significaría eso hoy? Significaría asumir que la
natalidad no se arregla con propaganda ni con culpabilización, sino con
condiciones de cobijo. Condiciones materiales (vivienda, trabajo, estabilidad),
pero también con condiciones morales: reconocimiento, apoyo, comunidad,
dignidad del cuidado, tiempo para lo esencial. Significaría dejar de llamar
libertad a la intemperie y recordar algo que quizá hemos olvidado: que una
sociedad se mide, en último término, por cómo trata la fragilidad.
Hay un tipo de progreso que produce desarraigo. Un tipo de
modernidad que fabrica individuos funcionales y vidas vacías. Un tipo de éxito
que multiplica opciones y reduce sentido. Hijos de los hombres lleva
esa lógica al extremo para que podamos verla. La pregunta es si necesitamos una
distopía para reaccionar. Quizá la crisis de natalidad sea, en el fondo, una
alarma silenciosa: no nos está diciendo solo que faltan niños; nos está
diciendo que falta futuro habitable y que el futuro habitable no se compra: se
construye con vínculos, con hogares, con tiempo, con cuidado. Con una cultura
que no penalice lo humano. Porque, al final, traer vida no es un cálculo. Es un
acto de confianza y la confianza —como el cuidado— no se decreta, se merece.

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