EL FIN DE LA VIOLENCIA
Una noticia reciente: El Gobierno lleva a la Fiscalía
los discursos de odio contra meteorólogos y divulgadores climáticos. Una vez
más, vemos que la polarización y el negacionismo trabajan para
ciertos intereses (destructivos).
Para corregir un error, lo primero es admitirlo. Reconozcamos que algunos de los pilares de nuestra sociedad están construidos sobre la violencia.
- El patriarcado se reconoce
cuando vemos la agresividad contra las mujeres y los niños.
- El antropocentrismo nos ha
llevado a que se pierdan especies a un ritmo insólito.
- El ecocidio es una forma de
brutalidad contra toda la biosfera, humanos incluidos
- El racismo —disfraz de la aporofobia— necesita violencia
sobre la que articularse.
- Los paraísos fiscales, el turismo depredador o
los impuestos regresivos (el
IVA, por ejemplo) son una forma legal de promover una desigualdad que
salpica violencia contra los más pobres, a los que expulsa fuera de los
márgenes para luego culparlos por buscarse la vida donde a las élites no les
interesa.
Afirmar que la violencia es intrínseca al ser humano es
negarse a comprender que detrás de cada misil, de cada bala y de cada puñetazo
hay una mano gobernada por una mente humana. La violencia —como la paz— se puede enseñar, se puede aprender y
también se puede desaprender.
La paz como camino
El camino de la no violencia no es el de la resignación ni
el de la indiferencia. Implicarse en la paz exige coherencia en los gestos
cotidianos: en lo que consumimos,
en lo que toleramos y en lo que legitimamos. Nuestro voto
democrático y nuestras exigencias políticas influyen e importan, incluso aunque
nuestra opción no consiga ni un escaño. Cada día es un reto para educar (y
educarnos) en pacifismo, feminismo, ecoanimalismo, etc.
En este sentido, deberíamos rechazar productos o eventos que
apoyen actos de violencia. Por ejemplo, productos procedentes de países que ejercen violencia desmedida (Israel,
Rusia, Estados Unidos, Arabia Saudí, Marruecos…), pero también películas, publicidad o videojuegos, contenidos que normalizan
la violencia. Por supuesto, la gran mayoría de adolescentes sabe distinguir
entre disparar en un videojuego y disparar en la vida real, pero acostumbrarse
a hacerlo de jóvenes en el mundo virtual, facilita dar el salto a hacerlo en el
mundo real.
Lo saben bien los cazadores y los taurinos.
Si no enseñas a los niños este tipo de agresividad, será más difícil que de
mayores quieran disparar a un ciervo o disfrutar del sufrimiento de un toro
sangrando. Una mente educada en la
paz jamás disfrutará de la violencia. Lo que deja de parecernos
aceptable termina dejando de practicarse.
Tiempos turbios como el petróleo
Corren tiempos extraños en los que un presidente de Estados
Unidos insulta, promueve la rebelión, ataca, bombardea, justifica un genocidio,
exige un aumento del gasto militar…, y acto seguido pide para sí mismo el
Premio Nobel de la Paz. La
contradicción ya no escandaliza: se ha normalizado. Resulta igualmente
revelador que la ganadora del premio en 2025 —la venezolana María Corina Machado— quisiera
compartirlo con Donald Trump por
el mérito de haber secuestrado —mediante bombas y crueldad— al presidente de
Venezuela. Por muy indigno presidente que fuera Nicolás Maduro, usar la violencia contra
él jamás debería ser el argumento para merecer un premio pacifista.
Ante el petróleo robado, han surgido empresas-vampiro
como Repsol, que se han
arrodillado ante Trump para conseguir un trozo de la sangre venezolana. Repsol
se hundiría en ventas y en bolsa, si la España de hoy fuera la misma que la
España del «No a la guerra»
contra Aznar (2003) o la España del 15-M (2011). ¿Quién quiere repostar en una
empresa que roba a un país hermano?
España estalló contra la guerra de Irak en la que nos metió
el presidente Aznar. ¿Qué protestas hay en Estados Unidos contra el robo de
petróleo a otros países? ¿Qué protestas hay en Israel contra el genocidio de
sus vecinos palestinos? Apenas las hay; en parte porque ha existido una
educación comprensiva o que justifica cierta violencia.
Sumar gestos para la paz
No hace falta gritar en las calles. Basta con boicotear todo
lo que provenga de empresas o países violentos o que se aprovechen de la
violencia de otros. Cada gesto —también en redes sociales— suma o resta. No es
lo mismo presumir de unos pendientes de oro que posar con una kufiya
palestina. Consumir es más poderoso que votar.
La no violencia
—especialmente hacia los animales— es un arma muy poderosa que,
además, se contagia por vía oral. Hay mil ejemplos, desde Gandhi hasta casos más recientes,
que muestran que la resistencia no violenta puede erosionar sistemas
aparentemente inamovibles. La
fuerza de la no violencia no reside en la pasividad, sino en su capacidad de
deslegitimar la violencia sin reproducirla. Palestina ha encontrado más
éxito y más apoyo internacional ejerciendo la no violencia que con atentados
terroristas. La Flotilla de la Libertad es solo un ejemplo vivo que nace para
frenar a una potencia violenta, para desacreditarla y para complicarle la
existencia sin derramar nada de sangre.
https://blogsostenible.wordpress.com/2026/02/05/el-fin-de-la-violencia/

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