EL ERROR COMO PRUEBA DE HUMANIDAD
El error y la torpeza lingüística son un nuevo valor cultural. Así es como algo indeseable se transforma en deseable
Errar es humano, demasiado humano que diría el filósofo bigotudo. Antes ya lo advirtieron otros como Séneca o Cicerón. La IA, que es muy lista, pero acaba de nacer, también se ha dado cuenta y se ha propuesto equivocarse más y mejor: mejor es… al modo humano. Existen ya numerosas herramientas cuya virtud es fallar como lo haría una persona. Así es como algo, en principio indeseable se transforma en deseable. Del «errar es humano» se ha acabado en el «no errar no es humano» y esto puede tener implicaciones sobre todo para quienes se dedican a escribir para los demás.
¿Hay que fallar a propósito? ¿Qué pasa si mi ritmo de
escritura pide rasgos de los que ahora abusan las máquinas? La periodista y
escritora Te- Ping Chen publicaba el mes pasado en The Wall
Street Journal un reportaje con distintos testimonios. Uno hablaba de
un nuevo macartismo, de forzar un estilo poco natural con el único objetivo de
distanciarse de nuevos modelos de lenguaje y así poder hacer frente a posibles
acusaciones de usar materiales producidos con IA.
Hay otras soluciones más creativas, más artesanas, pero
quizá tampoco haya que estrujarse mucho el cerebro: la mejor receta para
parecer humano es serlo. Los errores siempre vienen con la práctica.
Es cierto. Hay un ligero temblor de la cámara al final de
esa escena icónica de la primera entrega de El Padrino en la
que Al Pacino, Michael, ha ido a buscar el arma al baño de un
restaurante y al volver tirotea al jefe de policía McCluskey y al mafioso
Virgil Sollozzo con quienes comía. Lo cuenta Javier Pallero en Medium en un texto sobre el significado de la
perfección en la era de la IA, porque ese temblor, ese detalle imperfecto y
fascinante, es producto de un golpe que, en la huida, el actor se da contra el
pie del trípode. Es un error, pero también es una bendición: esa
sacudida hace que el espectador se sienta verdaderamente implicado en la escena.
La reflexión de Pallero es de hace un par de años, lo que, teniendo en cuenta el ritmo de los avances en IA, equivale a un par de siglos, pero el ejemplo está bien elegido porque en estos dos años se ha consolidado esa tendencia que despuntaba entonces y que hoy ya consagra los errores, voluntarios o no, como marca de humanidad. Incluso tiene un nombre: typomaxxing.
Sería una derivada del efecto Pratfall, descrito originalmente en 1966
por Elliot Aronson, y se define como la tendencia a que la simpatía
hacia una persona cambie, crezca, después de cometer un error. Cuando se
utiliza en marketing se la denomina también efecto de
imperfección en referencia a los beneficios que se pueden derivar de cometer
errores.
El error como una de las bellas artes
El fenómeno repunta en la actualidad con la generalización y
auge de las inteligencias artificiales. Existen ya numerosas aplicaciones
dispuestas a esparcir errores aquí y allá con el fin de humanizar la
escritura. Jordi Pérez Colomé, en un artículo para El País, se fijaba en una de ellas que lleva su
espíritu en el ADN de su nombre: Sinceerly «añade una errata en una típica palabra para
despedir correos, como si se llamara ‘cordilamente’», explica el autor. La
aplicación tiene tres niveles «de intensidad» para convertir textos formales
perfectos y desalmados, modo IA, en algo que suene más sincero. Los niveles
son: «Sutil, humano o CEO».
A base de añadir errores, el objetivo de esta IA es
conseguir que los mensajes suenen «sinceramente humanos».
En esta huida apresurada, como la de Corleone, el problema
es que el error, la vacilación, la contradicción y la torpeza lingüística se
están transformando en un nuevo valor cultural. Y así es como algo
indeseable se transforma en deseable: se ha dado el salto equívoco del «errar
es humano» a «no errar no es humano».
¿Un nuevo macartismo?
Te-Ping Chen firmaba un artículo en The
Wall Street Journal titulado Los autores están llegando a
estos extremos para demostrar que no usaron IA y para el que recogía
diversos testimonios. Uno de ellos era el de Sarah Suzuki, redactora
publicitaria, quien afirmaba haber cambiado su estilo. Lo había hecho mucho más
informal y lleno de exclamaciones. No estaba muy contenta: «Me da mucha
vergüenza, pero es lo que hay que hacer para sonar humana». Existe cierto
temor entre profesionales de la escritura a ser acusados de utilizar material
fabricado por IA, lo que está obligando a los redactores a ser quienes no
son de forma artificial e impostada: «Es como el nuevo macartismo». «Una
locura. La gente exige pruebas de algo que no se debería tener que demostrar».
La nueva caza de brujas presenta pruebas como el uso
frecuente del guion largo; frases como «no es X, sino Y»; listas y series de
tres elementos; el empleo de conectores del tipo «es esencial» y «resulta
fundamental…». Para resumir, lo que le sobra a la escritura mecánica es
coherencia, simetría y perfección.
Artesanía y sentido comun
Frente a los modelos correctores de todo lo anterior,
algunas personas optan por la «artesanía». Sean Chou, cofundador de varias
empresas tecnológicas, aparece en el reportaje de The Wall Street
Journal contando que usa IA para sus publicaciones en LinkedIn y luego
las corrige reemplazando «las rayas largas con dos rayas más pequeñas, con la
esperanza de que parezcan más hechas a mano».
Otras actitudes aplican sencillamente el sentido
común. Ryan Johnson aporta al reportaje su experiencia, sus trucos
para evitar la sensación de escritura mecánica. Constata la obsesión por
detectarla incluso cuando no existe. Él mismo es presa de ella: confiesa haber
pensado en IA al ver guiones largos en la Biblia. «Es gracioso, pero, claro que
no; los buenos escritores también hacen eso, así que tranquilidad». Eso es. Lo
importante, en todo caso, es mantener a raya la paranoia y recordar que la
mejor manera de parecer humano es ser humano; los errores aparecen con la
práctica.
https://www.nuevarevista.net/del-error-como-prueba-de-humanidad/

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